miércoles, 27 de marzo de 2013

Los embarazos de Catalina de Aragón

Posible retrato de Catalina de Aragón con un niño


El rey necesitaba herederos, por lo cual tenía sobradas razones para hacer asiduamente el amor con su esposa. En el caso de Enrique VIII, dado su afecto por Catalina y el hecho de que ella no fuera ni vieja ni fea ni carente de encantos, era un deber de Estado pero también agradable.



Cuando Tomás Moro elogió a la reina en su coronación por el esplendor de sus antepasados, agregó: "Y será la madre de reyes tan grandes como sus antecesores". A primera vista, esa profecía parecían contar con grandes probabilidades de convertirse en realidad. Era un buen augurio que Catalina de Aragón procediera de un linaje notablemente fértil: su madre había tenido cinco hijos supervivientes que habían llegado a la edad adulta; su hermana, la reina Juana, a pesar de su locura, tenía una familia de seis hijos, y su hermana menor María de Portugal daría a luz nada menos que nueve hijos. Proceder de una familia donde abundaban los alumbramientos era siempre un punto en favor de una mujer, ya que se pensaba que ella, y no el hombre, era quien determinaba esos asuntos. 



1. El primer embarazo malogrado

La reina Catalina concibió su primer hijo con adecuada prontitud después de la boda, en junio de 1509. Cuatro meses y medio más tarde el rey pudo escribirle a su padre político en España diciéndole no sólo que la reina estaba embarazada sino que "el niño en su vientre estaba vivo". La primera señal de vida del feto, aproximadamente a los cuatro meses, era siempre un momento importante; hasta ese momento las partes nunca se sentían absolutamente seguras de que estuvieran enfrentando un embarazo y no otro estado.

Fernando de Aragón


Ese bebé, una hija, nació muerta a los siete meses, el 31 de enero de 1510. Por algún tiempo, Catalina no se lo comunicó a Fernando en España y, cuando lo hizo, le pidió que no se enfadara con ella, pues "ha sido la voluntad de Dios". 



2. Enrique, príncipe de Gales

En todo caso, para el momento en que Catalina le dio la noticia, el 27 de mayo, ya hacía siete semanas que estaba embarazada de nuevo, aunque, según la costumbre de la época, era demasiado pronto para mencionar el hecho. Para fines de septiembre se pedían metros de terciopelo púrpura para "la sala de niños del rey". 

El 2 de enero de 1511 nació un hijo, al que llamaron Enrique por el padre, el abuelo y una larga linea que se extendía hacia atrás hasta los Enriques reales medievales. El príncipe bebé fue bautizado el 5 de enero (la archiduquesa Margarita era la madrina). Apenas unas cuantas semanas más tarde, las cuentas reales, que habían consignado numerosos pagos por terciopelo escarlata y carmesí para el torneo, pagaban a los comerciantes tela negra para el sepelio del príncipe Enrique, que solo había vivido cincuenta y dos días. 


3. Un aborto en 1513

La reina volvió a concebir en la primavera de 1513, poco antes de que el rey viajara a Francia, aunque abortó en octubre. Como no hubo preparativos para el parto, parece que fue aborto y no el nacimiento de un bebé muerto. 


4. Otro príncipe Enrique en 1514

A comienzos de febrero de 1514, como ella le contó a su padre, dio a luz a un hijo al final del embarazo: "Un príncipe que no siguió viviendo luego". Sin embargo, es importante no juzgar este relato de infortunio ginecológico según las pautas modernas, y mucho menos con el prejuicio que supone conocer el final de la historia. Se ha estimado que, en las familias aristocráticas de Inglaterra, sólo dos de cada cinco nacidos vivían. Hasta ese momento, en seis años, la reina había concebido al menos cuatro veces: aún no había cumplido los treinta. Y unos cuantos meses después del nacimiento del bebé en mayo de 1515, la reina volvió a quedar embarazada. 


5. Un parto exitoso: la princesa María

El 18 de febrero de 1516, a las cuatro de la mañana, la reina Catalina dio a luz una hija que fue llamada María. El parto había sido largo y duro. Aparte de los sufrimientos de la madre, el bebé era sano, robusto incluso. 




Como en todo alumbramiento de toda dama real de esa época, se había esperado con confianza "un príncipe". La llegada de una princesa significó que las celebraciones fueron adecuadamente reducidas. La reina Catalina nunca tuvo ocasión de decirle a su padre que Dios le había enviado al fin una hija saludable, aunque mujer. En realidad, la noticia de la muerte del rey Fernando le fue ocultada a la reina para que de la pena no se pusiera prematuramente de parto. 



6. El último embarazo 

En 1518 pareció que remediaría su única deficiencia: el aporte de un heredero varón. En algún momento de la primavera, tal vez a fines de febrero, volvió a quedar encinta.
El anuncio público de ese acontecimiento próximo "tan encarecidamente deseado por todo el reino", según las palabras de Giustinian, tuvo lugar a comienzos de julio. El príncipe esperado tan confiadamente resultó ser una princesa que nació muerta.



Bibliografia                                                                                         Fraser, Antonia: Las Seis Esposas de Enrique VIII, Ediciones B, Barcelona, 2007.

martes, 26 de marzo de 2013

La corte de Catalina de Aragón

Catalina de Aragón

En la corte del rey Enrique VIII y Catalina de había muchísimo ceremonial y formalidad, y muchísimo caos. Las reformistas Ordenanzas Eltham de 1525-1526 ilustran gráficamente la clase de desorden que imperaba (además de dar una idea de la necesidad constante de hierbas y perfumes para endulzar el aire, como se refleja en las cuentas reales). Después de la comida —que debía tener lugar entre las diez y la una— y la cena —de las cuatro a las siete— la comida y la bebida que sobraban debían darse a los mendigos, en lugar de ser abandonadas a las moscas y a los gusanos, y las carnes troceadas no debían darse a los perros. No debía haber "galgos, mastines, sabuesos u otros perros" en los palacios reales, aparte de unos cuantos perros de aguas pequeños para las damas (aunque las numerosas instrucciones que prohibían los perros en los dormitorios sugieren que, en general, esas órdenes eran desobedecidas). Los cocineros no debían trabajar desnudos, sino que había que darles ropa. No debía haber ayudantes de cocina desnudos o mal vestidos. 

Escena de "Enrique VIII y sus seis esposas"

En cuanto a las habitaciones reales, los sirvientes tenían que levantarse a las seis y limpiar de toda suciedad la cámara privada del rey, de modo que estuviera aseada y saludable cuando él se levantara; que los pajes debían levantarse a las siete y las cámaras del rey y de la reina debían estar listas a las ocho. La entrada a la cámara del rey debía estar despejada, limpia, no debía haber en ella ni cerveza, ni agua, ni carnes troceadas ni otras sobras, ni una multitud de gente, de modo que el soberano pudiera tener "amplio pasaje" a la cámara de la reina. 

Era de acuerdo con la costumbre que el rey y la reina vivieran en dos casas colindantes con sus propios servidores. Por esta razón, la presencia de la reina fue muy bien recibida, ya que aumentaba sustancialmente la cantidad de puestos disponibles en la corte. Había un comedor en el que se comía con gran ceremonia; por otra parte, sus respectivas suites eran imágenes especulares una de otra. El trazado variaba de un palacio a otro según su tamaño, pero en principio cada uno tenía una cámara privada, un dormitorio detrás, un vestidor, una sala para el desayuno, un gabinete u oratorio, un estudio o biblioteca y una cámara de baño. Esas suites generalmente estaban en el mismo piso, con los dormitorios tan próximos como fuera posible. 

La casa original de la reina Catalina estaba integrada por 160 personas, sólo ochos de las cuales eran españolas, aunque entre éstas había dos importantes figuras de su pasado, María de Salinas, que agradaba al rey (le había puesto su nombre a una nave) y fray Diego (al que no quería, pero que gracias al favor de Catalina sobrevivió a su servicio hasta 1515). El primer lord Chambelán de Catalina era el venerable conde de Ormonde, un veterano de la Guerra de las Rosas, pero en mayo de 1512 su puesto fue ocupado por William Mountjoy (que se casó con Inés de Benegas, una de las damas españolas que le quedaban a la reina). 


Según Eric Ives, Catalina todavía tenía una casa de 200 personas, entre ellos 30 damas de honor, en 1531.


Ladies in Waiting (8):
  • Anne Hastings, Countess of Derby
  • Anne Hastings, Countess of Shrewsbury
  • Mary Say, Countess of Essex
  • Elizabeth Scrope, Countess of Oxford
  • Margaret Scrope, Countess of Suffolk
  • Anne Stafford, Lady Hastings
  • Elizabeth Stafford, Lady Fitzwalter
  • Agnes Tylney, Countess of Surrey


Replacements by 1517:
  • Maud Green, Lady Parr
  • Elizabeth Howard, Lady Boleyn (or possibly *Anne Tempest, Lady Boleyn)
  • Margaret Plantagenet, Lady Pole
  • Joan Vaux, Lady Guildford


Ladies of the Bedchamber 
  • Anne Bourchier, Lady Dacre of the South
  • Margaret Brent (?), Lady Bergavenny
  • Mabel or Margaret Dacre, Lady Scrope
  • Mary Grey, Lady Ferrers of Chartley (or her mother-in-law, Cecilia Bourchier)
  • Lady Percy [*Lady Anne Percy, who became the second wife of Lord Maltravers in 1511 and was Countess of Arundel 1524+]
  • Inez de Venegas, Lady Mountjoy (Lord Mountjoy’s 2nd wife)
  • Elizabeth Willoughby, Lady Maltravers


Maids of Honor (over the period 1509-1536):
  • Dorothy Badby
  • Elizabeth Blount
  • Gertrude Blount
  • Anne Boleyn
  • Joan Champernowne
  • Elizabeth Darrell
  • Margery Horsman
  • Frideswide Knight
  • Mary Norris
  • Katherine Payne [later married Thomas Holles]
  • Jane Popyngcort
  • Maria de Salinas
  • Jane Seymour
  • Anne Stanhope
  • Lucy Talbot
  • Anne Weston
  • Mary Zouche


Chamberers October 18, 1511:
  • Elizabeth Collins
  • Elizabeth Lisle
  • Margaret Pennington
  • Elizabeth Vargas (Isabel de Vargas)


November 18, 1514:
  • Elizabeth Collins
  • Blanche Merbury
  • Margaret Mulshoo
  • Elizabeth Vargas


In unspecified positions:
  • Margaret ap Owen; widow of Thomas (d. by July 1, 1511); mother of Rees
  • Margaret Atwell (1529)
  • Mary Boleyn, Lady Carey
  • Margaret Bourchier, Lady Bryan
  • Mary Brandon, Mrs. Redyng (at least from 1509-1515)
  • Mabel Clifford, Lady Fitzwilliam
  • Elizabeth Dannett
  • Alice Davy
  • Margaret Ellerbek, Mrs. Marzen
  • Elizabeth Ferrers
  • Lady Catherine Gordon
  • Margaret, Lady Grey 
  • Catherine Hussey, Lady Bray
  • Anne Jerningham
  • Anne Knyvett, Lady St. Leger
  • Anne Knyvett ("one of the queen's gentlewomen" before 1527)
  • Eleanor Pole, Lady Verney 
  • Eleanor Radcliffe, Lady Lovell
  • Mary Roos, Mrs. Denis/Denys
  • Anne Sandys, Mrs. Weston
  • Elizabeth Scrope, Lady Pechey
  • Mary Scrope, Lady Jerningham
  • Anne Verney, Lady Weston
  • Elizabeth, wife of Reginald Wolvenden
  • Margaret Wotton, Marchioness of Dorset


Ladies at table with the queen, July 1517:
  • Lady Jane Guildford
  • Margaret, Marchioness of Dorset
  • Elizabeth, Countess of Surrey
  • Mary, Lady Willougby
  • Lady Mabel Fitzwilliam
  • Lady Elizabeth Boleyn
  • Alice, Lady Mountjoy
  • Lady Elizabeth Grey


Ladies living at court and participating in revels 1517-18:
  • Elizabeth Blount
  • Anne Browne
  • Margaret Bruges
  • Elizabeth Bryan, Lady Carew
  • Margaret Bryan, Lady Guildford
  • Anne Carew 
  • Elizabeth Dannett
  • Mary Fiennes
  • Alice Kebel, Lady Mountjoy (Lord Mountjoy's 3rd wife)
  • Anne Knyvett, Lady St. Leger 
  • Elizabeth Stafford, Countess of Surrey
  • Anne Weston
  • Mary Wotton

Ladies at court in January 1518:
  • Lady Norfolk
  • Lady Mountjoy
  • Lady Darrell

Twelve performers at Cardinal Wolsey's banquet in 1518:
  • The French Queen
  • Lady Guildford younger
  • Lady Carew
  • Elizabeth Blount
  • Lady St. Leger
  • Anne Carew
  • Anne Browne (daughter of Sir Matthew)
  • Anne Wotton
  • Mary Fiennes
  • Margaret Bruges

Ladies given "rewards" in January 1519:
  • The French Queen
  • Lady of Norfolk
  • Lady Marquess
  • Lady Kateryn
  • Ladies Surrey, Hastings, Daubeney, Bullayn, Salisbury, Shelton, Neville, and Fitzwalter



Era un modo de vida que no impedía la intimidad: el rey solía llevar visitantes sin previo aviso a una cena tardía en la cámara de la reina (su tercera comida importante del día) o de pronto decidía que quería comer carne, lo que la obligaba a darse prisa como cualquier esposa orgullosa de su maneja de la casa, decidida a satisfacer una necesidad masculina. La domesticidad de la vida de Catalina con sus damas era la contrapartida del papel más formal de la reina al presidir los torneos como la "dama" oficial del señor Corazón Leal. Una buena parte de ese tiempo libre lo dedicaba a bordar las camisas del rey —a menudo en blanco y negro, los colores de Castilla—, otra actividad de la que se enorgullecía Catalina y que, como la admiración de ella por los bailes y las competencias deportivas de él, no podía disgustar al esposo. 

Enrique VIII

El rey ni siquiera satisfacía sus necesidades naturales en privado: el papel del servidor del bacín, responsable del mantenimiento del sillico real (así como de la ropa interior y de los objetos del rey cuando viajaba), era en consecuencia uno de los puestos más importantes de la corte, porque implicaba la proximidad última a la persona del rey. Cuando el rey Enrique VIII decidía hacer el amor con su esposa, descorrían las cortinas de su cama, se enviaba a buscar su camisón (o bata) y lo ayudaban a ponérselo, y se llamaba a una escolta de pajes o servidores del dormitorio para que lo acompañaran con antorchas por el pasillo hasta la cámara de la reina. 


Bibliografia                                                                                         Fraser, Antonia: Las Seis Esposas de Enrique VIII, Ediciones B, Barcelona, 2007.

http://www.kateemersonhistoricals.com/lists.htm

sábado, 23 de marzo de 2013

Juana de Arco, la doncella de Orleans (parte 1)





Primeros años
Juana de Arco nació en día de la Epifanía de 1412, en Domrémy, pequeño pueblecito de Champagne, Francia. Su padre, Jacobo d’Arc, era un hacendado de cierta importancia, hombre bueno, frugal y un tanto huraño. La madre de Juana, que amaba mucho a sus cinco hijos, educó a sus dos hijas en los quehaceres domésticos. Juana declaró más tarde: "Sé cocer e hilar como cualquier mujer". Pero nunca aprendió a leer ni a escribir. 


El debate sobre la fecha de nacimiento de la doncella de Orleans, no lo consiguió resolver ni ella misma en el proceso, cuando le preguntaron qué edad tenía. Ella respondió lo siguiente: “alrededor de diecinueve años, creo”. Aunque no estaba segura, la historiografía ha interpretado esta declaración al pie de la letra y de esta manera, restándole la fecha en la que se realizó esta pregunta en el proceso, el 24 de febrero de 1431, las cuentas dan el 1412 como la fecha más probable de nacimiento.



Los vecinos de la familia, en el proceso de rehabilitación de la santa, dejaron testimonios conmovedores de la piedad y ejemplar conducta de la joven. Tanto los sacerdotes que la conocieron como sus compañeros de juegos, atestiguaron que le gustaba ir a orar a la Iglesia, que recibía con frecuencia los sacramentos, que se ocupaba de los enfermos y era particularmente bondadosa con los peregrinos, a los que más de una vez, cedió su lecho. Según uno de los testigos "era tan buena, que todo el pueblo la quería.".



Juana tuvo una infancia feliz, aunque un tanto turbada por los desastres que asolaban el país y por el constante peligro de un ataque armado sobre la población de Domrémy, situada en la frontera de Lorena. Antes de emprender su gran empresa, Juana tuvo que huir, por lo menos una vez, con sus padres, a la población de Neufchatel, a trece kilómetros de distancia, para escapar de las manos de los piratas borgoñones que saquearon Domrémy. Los intentos de Francia por recuperar los territorios perdidos precipitaron uno de los más largos y sangrientos conflictos de la historia de la humanidad: la Guerra de los Cien Años, que duró en realidad 116.


Enrique V de Inglaterra


Santa Juana era todavía muy niña cuando Enrique V de Inglaterra invadió Francia, asoló Normandía y reclamó la corona de Carlos VI. Francia se hallaba en aquel momento dividida por la guerra civil entre los partidarios del duque de Borgoña y el duque de Orleáns, de suerte que no había podido organizar rápidamente la resistencia. Por otra parte, después de que el duque de Borgoña fue traidoramente asesinado por los hombres del delfín, los borgoñeses se aliaron con los ingleses, que apoyaban su causa. La muerte de los monarcas rivales, ocurrida en 1422, no mejoró la situación de Francia. El duque de Bedford, regente del monarca inglés, prosiguió vigorosamente la campaña y las ciudades cayeron, una tras otra, en manos de los aliados.


Carlos VII


Entre tanto, Carlos VII, o el delfín, como se insistía en llamarle, consideraba que la situación no tenía remedio y se entregaba a frívolos pasatiempos en su corte mientras el país se desgarraba en batallas.



Apariencia 




El tratamiento artístico de su figura fue sumamente variado, y a menudo apartándose de los pocos testimonios históricos, que indican que Juana, de poco menos de 20 años, era una joven alta y robusta (que podía usar las vestimentas de los soldados sin alterar su talle) y de pelo negro. Además (detalle esgrimido por los inquisidores insistentemente, como para indagar sobre su presunta condición demoníaca) sabemos que era bella y elegante, no desestimando algún atuendo suntuoso que le fuera obsequiado. Y las propias actas del juicio desestiman la leyenda de que se trataba de una campesina ignorante. 



Si bien era analfabeta, los diálogos consignados hablan de una perspicacia y sutileza sorprendentes, que en más de una ocasión dejaron mal parados a sus doctos interrogadores. 



Gracias a los miembros de la Asociación de Nuestra Señora de Bermont, se encontró en una capilla del siglo XI, ubicada a unos 500 metros de la casa natal de Juana, un fresco en que aparece, entre los pliegues del manto de Santo Thibaut, representado de pie, una joven arrodillada. Según los expertos, se trataría de la doncella de Orléans. 


Si se considera auténtica esa pintura, de estilo algo primitivo, Juana sería oriunda de Lorena por su aspecto físico. Pelo abundante, más bien rubio, apenas disimulado bajo una cofia; mejillas carnosas, una tez clara, una boca bien dibujada y magníficos ojos azules que iluminan el rostro. Sin embargo, se pone en duda el azul de los ojos porque, en esa época, los pintores utilizaban casi siempre la azurita, piedra preciosa que hacían venir de Italia y que trituraban para obtener un colorante. La azurita es un carbonato de cobre de color azul intenso.




Las primeras revelaciones




A los catorce años de edad, Santa Juana tuvo la primera de las experiencias místicas que habían de conducirla por el camino del patriotismo hasta la muerte en la hoguera. Primero oyó una voz, que parecía hablarle de cerca, y vio un resplandor; más tarde, las voces se multiplicaron y la joven empezó a ver a sus interlocutores, que eran, entre otros, San Miguel Arcángel, Santa Catalina y Santa Margarita. Poco a poco, le explicaron la abrumadora misión a que el cielo la tenía destinada: ella, una simple campesina, debía salvar a Francia. Para no despertar la cólera de su padre, Juana mantuvo silencio. 



Pero, en mayo de 1428, las voces se hicieron imperiosas y explícitas: la joven debía presentarse ante Roberto de Baudricourt, comandante de las fuerzas reales, en la cercana población de Vaucouleurs. Juana consiguió que un tío suyo que vivía en Vaucouleurs la llevase consigo. Pero Baudricourt se burló de sus palabras y despidió a la doncella, diciéndole que lo que necesitaba era que su padre la castigase ejemplarmente. 




En aquel momento, la posición militar del rey era desesperada, pues los ingleses atacaban Orleáns, el último reducto de la resistencia. Juana volvió a Domrémy, pero las voces no le dieron descanso. Cuando la joven respondió que era una campesina que no sabía ni montar a caballo, ni hacer la guerra, las voces le replicaron: "Dios te lo manda."  Incapaz de resistir a este llamamiento, Juana huyó de su casa y se dirigió nuevamente a Vaucouleurs. El escepticismo de Baudricourt desapareció cuando recibió la noticia oficial de una derrota que Juana había predicho; así pues, no sólo consintió en mandarla a ver al rey, sino que le dio una escolta de tres soldados. Juana pidió que le permitieran vestirse de hombre para proteger su virtud. 



Bibliografia 
•Mark Twain, Juana de Arco, Palabra, 1995.


http://www.leedor.com
http://www.lanacion.com.ar/

viernes, 8 de marzo de 2013

El asunto de la nueva abadesa de Wilton

El asunto de la nueva abadesa de Wilton, en la primavera de 1528, demostró que el rey podía estar enamorado pero seguía siendo el rey. Fue una lección tal vez para Ana Bolena sobre los límites de todo dominio femenino sobre Enrique VIII, pero fácilmente ignoraba en vista de las extravagantes promesas del rey. 


William Carey, esposo de María Bolena

El 24 de abril de 1528 murió la anciana abadesa de Wilton, Cecily Willoughby. Había unas cincuenta monjas en el convento y unos cuantos escándalos relacionados con ellas. Por lo tanto, la elección por parte de Wolsey de la nueva abadesa, la dama Isabel Joudain, una mujer "anciana, prudente y discreta", hermana de la abadesa del convento mejor dirigido de Syon, fue inteligente. Pero la facción Bolena —como estaba comenzando a ser— tenía otros planes. William Carey, esposo de María Bolena, parece haber sido el principal promotor de lo que sucedió: propuso que su hermana, lady Eleanor Carey, fuera elegida en lugar de lady Isabel. El rey Enrique escuchó debidamente sus pretensiones.


María Bolena

Se supo entonces que lady Eleanor era una de las monjas de pasado oscuro que habían causado el desprestigio de Wilton. En ese punto, el rey Enrique dejó de patrocinar a lady Eleanor. Su carta a Ana Bolena sobre el tema —a pesar de figurar entre las cartas de amor y estar encabezada "mi predilecta"— es muy firme al respecto. Relatando los detalles de la confesión de lady Eleanor —"dos hijos con dos sacerdotes distintos" y "desde [entonces] ha sido mantenida por un servidor del que fue lord Broke"— agregaba: "Por lo cual ni por todo el oro del mundo cargaría vuestra conciencia y la mía haciéndola directora de la casa..." Subrayaba la cuestión de la conciencia: "Confío en que no [desearías] que...por un hermano o una hermana empañe así mi honor o mi conciencia"


Enrique VIII y el cardenal Wolsey

La hermana mayor de Eleanor, también una monja en Wilton, fue propuesta como candidata para el puesto. Esta debió haber sido Ana Carey. Pero el rey decidió que ninguna de ellas debería tener el puesto pero Wolsey se adelanto en favorecer a lady Isabel. 


Bibliografia                                                                                                      Fraser, Antonia: Las Seis Esposas de Enrique VIII, Ediciones B, Barcelona, 2007.

martes, 5 de marzo de 2013

La caída y muerte de Ana Bolena (parte 4 y última)

"La espada de Calais"



Ahora la reina Ana vivía esperando su muerte hora a hora. Después de la dignidad de su conducta en el juicio, volvió a una conducta más errática. Podía estar "muy contenta" y tomar "una gran comida", o hecha un mar de lagrimas. A veces, decía Kingston, la reina decididamente deseaba morir y "a la hora siguiente todo lo contrario de eso". Oscilaba entre hablar de retirarse a un convento —"y tiene esperanzas de vida"— y discutir su propia ejecución.  

Esta última perspectiva llevó a la reina a hacer un chiste negro. El "verdugo de Calais" había sido convocado especialmente (a un coste de 24 libras) ya que era un experto con la espada; así, en el caso de Ana, la afilada y eficiente "espada de Calais" reemplazaría el hacha. Ése era un favor para la victima, ya que su muerte probablemente fuera rápida (el uso del hacha podía ser a veces un asunto terriblemente largo). 



Cuando la reina se enteró, había "oído decir que el verdugo era muy bueno", dijo que estaba muy bien pues ella tenía "un cuello pequeño". Luego se lo rodeó con la mano, ese "cuello marfileño...muy erguido", una vez elogiado por un admirador como su belleza característica. Todo el tiempo, según Kingston, ella "rió de corazón". Kingston agregó que había visto a "muchos hombres y mujeres" ejecutados que habían estado "en gran pena", mientras "esa dama tiene mucha dicha y placer en la muerte". 

Un matrimonio inválido


Pero Ana Bolena no moriría como una reina, ese título por el cual había tenido al rey en juego siete largos años granjeándose la hostilidad de casi todo el país. Antes de que llegara la hora de su muerte, debía tener lugar un ritual extravagante: al rey se le aseguró un segundo divorcio.  Es decir, el matrimonio de Ana con el rey Enrique VIII fue declarado inválido por el arzobispo Cranmer. No se sabe con seguridad por qué se creyó necesaria esa farsa judicial. Tampoco se entiende su lógica, porque si Ana nunca había estado casada legalmente con el rey, no podía haber cometido adulterio como su esposa. 

Pueden suponerse las razones que satisficieron a Cranmer para poder declarar legalmente inválido el matrimonio del rey con Ana Bolena. Posiblemente Ana le confiara a Cranmer, en una entrevista del 16 de mayo, que ella había tenido no sólo un precontrato con lord Percy sino que también se había casado en secreto con él; o bien que la relación de ambos se había consumado después del compromiso. En eso, Ana puede haber estado exagerando para salvar su vida, o tal vez, como se ha comentado, dijera la verdad ahora que le interesaba ser sincera. Su relación con Percy había sido al parecer bastante ambivalente como para justificar una dispensa del Papa a fines de 1527 para cubrirla; la posterior esposa de Percy adujo que su esposo había tenido un precontrato con Ana, aunque el propio Percy lo negó rotundamente. 


Cranmer

No hay motivo para que creer, como a veces se sugiere, que el arzobispo Cranmer engañara a Ana para asegurarse de una confesión: que le planteara engañosamente la perspectiva de la supervivencia a cambio de esa confesión. Las periódicas esperanzas "de vida" de Ana formaban parte de su perturbación, como demuestra el detallado relato de Kingston. La conducta del arzobispo en todo eso fue bastante ignominiosa sin necesidad de agregados. Él había sido la creación de los Bolena y, como tal, se elevó desde un relativo anonimato. Había sido el hombre que apoyo al rey en la anulación de su matrimonio con Catalina, inmediatamente después puso la corona sobre la cabeza de Ana. Ahora anuló el matrimonio que había ayudado a crear. Una carta al rey escrita el 3 de mayo indica la subordinación de espíritu que le permitió a Cranmer dar ese paso sin aparentes problemas de conciencia.
Por una parte, escribió Cranmer: "Nunca tuve mejor opinión de una mujer que la tenía de ella [Ana] lo que me hizo pensar que no debía ser culpable" Por otra parte: "Creo que Su Majestad no habría sido tan lejos, salvo que ella fuera culpable". 
El decreto de nulidad fue fechado el 17 de mayo, la copia oficial firmada el 10 de junio y suscrita por las dos cámaras del Parlamento el 28 del mismo mes, una semana después de la convocatoria. El matrimonio del rey y su segunda esposa quedaba oficialmente disuelto. Pero para entonces la ex reina Ana hacia tiempo que había muerto. Fueron a buscarla temprano por la mañana: hacia las ocho, el viernes 19 de mayo. Le había hecho una extensa confesión al arzobispo Cranmer el día antes y había recibido los sacramentos; mantuvo con fuerza su inocencia de los cargos contra ella y manifestó humildemente su amor al rey. 

Preparando la ejecución
Hubo cierta preocupación por el carácter público de la ejecución de la ex reina. Se temía lo que ella podía decir a la multitud en sus palabras de despedida; ¿podía confiarse en que siguiera el excelente ejemplo de su hermano? Kingston, entre otros, le sugirió a Cromwell "que a la hora de su muerte" Ana podría "declarar ser una buena mujer con todos los hombres" menos con el rey. Este comentario mordaz probablemente se debiera a la reciente experiencia de Kingston con la naturaleza volátil de su prisionera. Se decidió ejecutar la sentencia no en Tower Hill, donde el público tenía libre acceso, sino dentro de la Torre, sobre el prado convenientemente contiguo a la capilla. Una ventaja más de emplear ese punto más privado era el hecho de que los portones de la Torre solían estar cerrados por la noche, de modo que podía controlarse la entrada.

De ese modo, en la Torre se congregó poca gente esa mañana de viernes, aunque no se trató de una ejecución a puerta cerrada. Thomas Cromwell estuvo presente, para supervisar la adecuada realización de su plan, con el lord canciller Audley, acompañado del heraldo Wriothesley. Los duques de Norfolk y Suffolk también estuvieron allí, así como el enfermizo joven duque de Richmond al que Ana Bolena supuestamente había tratado de envenenar. 


Henry Fitzroy


Charles Brandon

Presentes estaban el alcalde de Londres y sus sheriffs. Además acudieron los habitantes de la Torre, prácticamente una pequeña ciudad con sus múltiples viviendas. Antonio de Guaras, por ejemplo, que vivía muy cerca y tenía amigos que vivían dentro de la Torre, consiguió entrar la noche anterior, y así pudo contar de primera mano la ejecución en su Spanish Chronicle, a pesar del celo de las autoridades en no permitir la presencia de imperialistas. 

La apariencia de Ana en sus últimos minutos



En opinión de De Guaras Ana Bolena demostraba "un espíritu endemoniado" mientras la observaba recorrer a pie, seguida por cuatro damas jóvenes, la breve distancia de unos cincuenta metros levemente cuesta arriba desde la vivienda del vicegobernador hasta el prado. Parecía "tan alegre como si no fuera a morir". Pero es más probable que esa alegría se debiera no tanto a la indiferencia como a una bienvenida a su destino: dichosa liberación de sus problemas. Otros testigos coincidieron en que Ana había recibido su muerte con "mucha dicha y placer" como había convencido a sir William Kingston de que lo haría. De Carles oyó decir que en su dignidad y compostura nunca lució más hermosa. Las lagrimas y la histeria habían terminado.

Ana Bolena llevaba una capa de armiño sobre un traje suelto de damasco gris oscuro, con detalles de piel y enagua carmesí. Una cofia de lino blanco le sostenía el cabello debajo del tocado. Había prometido no decir nada "sino lo que fuera bueno" cuando pidió autorización para dirigirse al pueblo, y mantuvo su palabra. 

El último discurso
Habló simple y conmovedoramente. 
«Buena gente cristiana, he venido aquí para morir, de acuerdo a la ley, y según la ley se juzga que yo muera, y por lo tanto no diré nada contra ello. He venido aquí no para acusar a ningún hombre, ni a decir nada de eso, de que yo soy acusada y condenada a morir, sino que rezo a Dios para que salve al rey y le de mucho tiempo para reinar sobre ustedes, para el más generoso príncipe misericordioso que no hubo nunca: y para mí él fue siempre bueno, un señor gentil y soberano. Y si alguna persona se entremete en mi causa, requiero que ellos juzguen lo mejor. Y así tomo mi partida del mundo y de todos ustedes, y cordialmente les pido que recen por mí»

Pronunció esas palabras, según escribió Wriothesley, "con un semblante sonriente". 

La ejecución



Luego Ana se arrodilló. Sus damas le quitaron el tocado, dejándole la cofia blanca que le sostenía el espeso cabello negro apartado del largo cuello. Una de las damas le puso una venda sobre los ojos. Ella dijo: "A Jesucristo encomiendo mi alma". 


Decapitación de Ana

A los presentes les pareció entonces que "de pronto el verdugo le arrancó la cabeza de un golpe" con su espada que apareció como por arte de magia, inadvertida para todos, incluida la mujer arrodillada. De hecho, la famosa "espada de Calais" había sido escondida en la paja que rodeaba el estrado. Para conseguir que Ana pusiera la cabeza en la posición correcta y dejara de mirar instintivamente hacia atrás, el verdugo había gritado "traedme la espada" a alguien que estaba de pie en los escalones próximos. Ana Bolena volvió la cabeza. La acción se cumplió. 

Después de cumplida la sentencia



Luego, una de las damas cubrió la cabeza con una tela blanca y las otras ayudaron con el cuerpo. Ambos fueron llevados veinte metros hasta la capilla de San Pedro ad Vincula. Allá fue enterrada discretamente la desgraciada mujer.


Enrique VIII y Jane Seymour

Enrique VIII y Jane Seymour se comprometieron secretamente en Hampton Court, temprano, en la mañana del 20 de mayo, veinticuatro horas después de la ejecución de Ana Bolena. Se atribuye a Jane el haber conseguido que el rey "reinstaurara" a su hija mayor, María Tudor. A diferencia de su predecesora, la cual nunca vio con buenos ojos a la hija de Catalina de Aragón y nieta de los reyes católicos. 



Ana Bolena represento el tumultuoso cambio que se dio en Inglaterra. El famoso segundo matrimonio de Enrique VIII que derrumbo los cimientos de la Iglesia católica en Inglaterra. Buena o mala, ¿acaso ella merecía tal castigo? Su único error fue no lograr concebir un heredero. Muchos dirán que suplanto a la bondadosa reina Catalina, y que su martirio fue bien merecido. Y sin embargo, la recatada y muy virtuosa Jane Seymour hizo algo parecido. Pero claro, al igual que a Enrique VIII y a la mayoría de sus súbditos, lo más fácil fue culpar a Ana Bolena. La joven Ana poseía un ingenio agudo, ya que Ana no se limitaba a aprender lo que le estaba permitido a las mujeres de su época. En cierta forma, Ana era considerada una mujer moderna para su tiempo, una damisela de tez morena observada con recelo por las facciones conservadoras. Jane Seymour logro el cometido en el que sus dos predecesoras habían fracasado. Pero con lo que sucedió años después nos damos cuenta de las ironías de la vida. El enfermizo niño que Jane dio a luz con tanta dificultad, Eduardo, falleció a los 15 años de edad. María Tudor, vivió 42 años, y paso a la historia como "Bloody Mary", debido a las persecuciones marianas durante su reinado. La niña cuyo nacimiento resulto ser una decepción para su padre, Isabel, tuvo un reinado de 44 años que fue llamado "La Edad de Oro". 


Capilla real de St. Peter ad Vincula

Ana Bolena, de treinta y cinco o treinta y seis años en el momento de su muerte, había sido reina durante casi tres años y medio, pero sólo hacía cuatro meses que había fallecido la primera esposa del rey. Como anticipo a la ejecución de la usurpadora, se dijo que las velas de cera que rodeaban la tumba de la reina Catalina en la catedral de Peterborough se "encendieron solas" en los maitines, el día anterior; del mismo modo misterioso, fueron "apagadas" sin ayuda humana en el Deo Gratias. En otras partes del país la gente juraba que había visto correr liebres —la liebre, el signo de la bruja— y seguiría viéndolas en el aniversario de la ejecución de Ana Bolena.


Tumba de Ana Bolena 


Bibliografia                                                                                                      Fraser, Antonia: Las Seis Esposas de Enrique VIII, Ediciones B, Barcelona, 2007.

lunes, 4 de marzo de 2013

La caída y muerte de Ana Bolena (parte 3)

El juicio de los hermanos Bolena 


Escena de Anne of the Thousand Days

El lunes 15 de mayo tuvo lugar el juicio de lord Rochford y de la reina Ana en la Gran Sala de la Torre de Londres. No fue un juicio a puerta cerrada. Chapuys estimó que unas 2.000 personas asistieron al espectáculo, para las cuales se erigieron plataformas especiales. Ninguno de los ventiséis pares que tomaron parte en el juicio era desconocido para el hermano y la hermana, y con algunos tenían una relación muy estrecha. El tío de ambos, el duque de Norfolk, lo presidió como gran administrador. Participó el suegro de lord Rochford, lord Morley. Hasta el juvenil enamorado de la reina, Henry Percy, conde de Northumberland desde la muerte de su padre, estaba entre los pares presentes, aunque alegó una repentina enfermedad y se marchó antes de que concluyeran las actuaciones.



No era novedoso repudiar públicamente vínculos estrechos. Recuérdese cómo dos de los yernos de Buckingham habían juzgado a éste. Así se demostraba el acatamiento de la voluntad real y los parientes evitaban el inquietante tinte de sospecha en cuanto a su lealtad. Aunque Thomas Bolena, conde de Whiltshire, fue excusado de la tarea de condenar a sus propios hijos, no hay ningún indicio de que el hombre que había sido un fiel servidor del rey durante toda su vida adulta (y que intentaba seguir siéndolo) hiciera algún intento por oponerse a los acontecimientos que conducían a la inevitable condena de ambos. En realidad, denunció puntualmente las acciones contra el rey de los supuestos conspiradores, si no las de sus propios hijos. En eso fue un padre menos frío —aunque no se lo puede describir como muy tierno— que los hombres de su época. En cuanto a Norfolk, lloró —"el agua corría por sus ojos"—pero presidió. Para la mayoría de las personas el rey era como un basilisco y su mirada brillante, estuviera animada por el favor o la furia, mantenía a todos salvo los más fuertes (vienen a la memoria Tomás Mor y John Fisher) en un hipnótico estado de acuerdo. La reina fue juzgada primero. Llegó en un estado de ánimo tranquilo. Según el heraldo Charles Wriothesley, que se hallaba presente, dio "prudentes y discretas respuestas a sus acusadores", excusándose con sus palabras tan claramente "como si no fuera realmente culpable". Pero luego las pruebas presentadas no eran suficientemente convincentes como para producir un cambio de actitud y una confesión. 

Una nota truncada en el informe legal del juicio se ha considerado a veces un indicio de que ella era verdaderamente culpable de haber mantenido relaciones sexuales al menos con Mark Smeaton. Una confesión en el lecho de muerte de cierta lady Wingfield, unos pocos años antes, "que fue servidora de la reina y compartía las mismas tendencias", que fue contada por la mujer que la escuchó. Pero esa clase de rumores, que surgían milagrosamente cuando eran necesarios, no eran en realidad más plausibles que otros cargos tan imaginativos como que la reina Ana había tratado de envenenar a la reina Catalina y a su hija, o que deseaba matar al rey. La verdadera medida de su sabiduría y su discreción, la fuente quizá de su compostura —después de todo, era reina por méritos propios aunque no la hubieran educado para ello—, era que comprendía que luchar contra su destino no tenía ya sentido. 

Sin duda no era culpable. La reina Ana nunca admitió haber cometido delito alguno y las pruebas en su contra eran una mezcla de verdaderas a medias y de mentiras descaradas. Es menos probable todavía que la reina pusiera en peligro su posición cometiendo adulterio y mucho menos deseara la destrucción del único hombre cuyo favor dependía por completo, el rey. 

El juicio de lord Rochford siguió al de la reina. Las pruebas contra él de incesto con su hermana eran patéticas. Los comentarios negativos que se hicieron mucho después sugerían que la reina "deseando mucho tener un hijo varón que sucediera alpadre, y al hallar que el rey no la contentaba", usó a su hermano (entre otros) para concebir un hijo. Eso era muy diferente de la prueba presentada en su momento. La esposa de Rochford, Jane, se refirió a una "indebida familiaridad" entre hermano y hermana. Eso fue todo. Rochford mismo habría exclamado con amargura ante sus jueces: "Sobre la evidencia de sólo una mujer estáis dispuestos a creer ese gran mal de mí". Hubo por otra parte un vago comentario acerca de que lord Rochford estaba "siempre en el cuarto de su hermana", algo que no constituye ningún delito ni, pensaría uno, es prueba de incesto. No hubo ningún intento de demostrar conspiración para el asesinato. En consecuencia, George Constantine, servidor de sir Henry Norris, habló de "mucho dinero" que se apostaba en favor de la absolución de lord Rochford.


El papel de lady Rochford en el juicio


Jane Parker, esposa de George Bolena

Los jugadores no tenían en cuenta el propósito real del proceso de lord Rochford, que era ensuciar el nombre de su hermana hasta el punto de que su malévola naturaleza se convirtiera en un artículo de fe. La cuestión de la impotencia del rey, sobre la cual se especulaba mucho en privado, podía emplearse para eliminar a la reina Ana. Fue entonces cuando se presentaron las palabras fatales de la reina Ana a lady Rochford, "que le Roy n´estait habile en cas de soy copuler avec femme, et qu´il n´avait ni vertu ni puissance" (que el rey era incapaz de hacer el amor con su esposa y que no tenía ni habilidad ni virilidad). Aunque el documento se había redactado en la corte, lord Rochford tuvo la presencia de ánimo de leerlo en voz alta. Fue mucho más perjudicial que la insensatez relativa al incesto, porque tenía mayores probabilidades de ser veraz. 




Los motivos de Jane Rochford se desconocen: su padre, lord Morley, había sido un devoto partidario de la reina Catalina, y ella misma podía estar tratando de contribuir a la causa de María, la hija de Catalina. O tal vez simplemente tratara de permanecer en el lado ganador (como en realidad sucedió) a pesar de la desventaja de la "culpa" de esposo. En todo caso, tan terribles palabras condenaron a la reina Ana todavía más. Nadie podía insultar al monarca de manera tan devastadora en lo más íntimo y vivir (en especial si había una inquietante posibilidad de que la acusación fuera cierta).

La sentencia, pronunciada por Norfolk, fue la misma en ambos casos: la reina y su hermano debían ser quemados o ejecutados de acuerdo con el deseo del rey. Lord Rochford había negado su culpabilidad y la reina Ana había hecho otro tanto. Tras la sentencia, los dos admitieron formalmente que merecían el castigo. Era lo habitual en la época: proporcionaba un adecuado marco de referencia para pedir el perdón y, dado el caso, evitar la confiscación de propiedades. Finalmente, lord Rochford aceptó la perspectiva de la muerte con lo que ha sido descrito como "fatalismo oriental"; ya que el Estado lo había juzgado culpable, entonces no podía ser inocente. Análogamente, la reina Ana agachó la cabeza humildemente bajo el peso de la justicia real. 

Dos días más tarde, el 17 de mayo, los cinco hombres condenados fueron ejecutados en Tower Hill. Por deseo del rey, les fueron conmutadas las terribles penas que debían pagar en Tyburn. Los cinco murieron declarándose leales a su señor, aunque sólo Smeaton pidió perdón por sus "faltas". Lord Rochford, ejerciendo el privilegio del hombre condenado de dirigirse a la gran multitud que siempre se reunía para asistir a tales espectáculos populares, mantuvo su estoicismo hasta el fin. Ese privilegio a veces se anulaba, en el caso de supuestos subversivos, mediante el redoble de tambores para ahogar las palabras del prisionero. Pero lord Rochford no abusó. 




"Señores todos —empezó con voz vibrante—, vengo aquí no para predicar y dar un sermón sino para morir, ya que la ley lo ha decidido, y a la ley me someto." Luego recomendó a su audiencia que confiara en Dios y no en las "vanidades del mundo". Esos sentimientos de resignación y piedad tuvieron mucha aprobación entre aquellos que poco antes habían estado apostando por su absolución, pues era inocente.  

Bibliografia                                                                                                      Fraser, Antonia: Las Seis Esposas de Enrique VIII, Ediciones B, Barcelona, 2007.

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