viernes, 1 de septiembre de 2017

Recuerdos de los supervivientes (Encuestas)

La política nazi de los años treinta perseguía hacer tan insoportable la vida de los judíos que éstos se viesen obligados a abandonar el país. En gran medida, esta política fue un éxito: muchos judíos emigraron durante esa década. Sin embargo, a pesar de la discriminación económica, social y jurídica, otros muchos judíos prefirieron quedarse en Alemania, con la esperanza de que Hitler y los nazis desapareciesen y el país recuperase la normalidad.


Aunque al final se demostró que las esperanzas de los judíos eran ilusorias, no eran consecuencia de un proceso irracional; de hecho, se basaban en un lúcido análisis de las intenciones y actitudes de los vecinos, compañeros de clase y colegas alemanes, así como el trato que recibieron los judíos por parte del estado nazi y los oficiales del partido.

Encuesta de los supervivientes judíos de Krefeld, 1996

1. ¿Qué trato recibió usted de sus compañeros de colegio no judíos?

Cordial 22%
Principalmente cordial 18%
Una mezcla de cordial y no cordial 22%
Principalmente no cordial 2%
No cordial 7%
No tenía relación con los escolares no judíos 16%
No recuerda 0%
Otro tipo 2%
NS/NC 11%

2. Antes de 1933, ¿Qué trato recibió su familia de los ciudadanos no judíos?

Cordial 47%
Principalmente cordial 27%
Una mezcla de cordial y no cordial 11%
Principalmente no cordial 2%
No cordial 0%
No tenía relación con los escolares no judíos 2%
No recuerda 7%
Otro tipo 0%
NS/NC 4%

3. Después de 1933, ¿Hubo algún cambio en el trato que recibía su familia de los ciudadanos no judíos? ¿Cómo describiría dicho cambio?

Sin grandes cambios; cordial o principalmente cordial 20%
Empeoramiento gradual; mezcla 26%
Claramente peor; principalmente no cordial 33%
NS/NC 22%

4. ¿Recibió usted ayuda o apoyo significativo de los alemanes no judíos durante el Tercer Reich?

No 89%
Si 9%
NS/NC 2%

5. ¿Fue interrogado alguna vez por la Gestapo o por la policía?

No 89%
Si 9%
NS/NC 2%

6. ¿Sentía miedo por la posibilidad de que lo detuviesen durante el Tercer Reich?

Sentía un miedo constante 20%
Sentía miedo ocasionalmente 42%
No temía que tal cosa pudiera ocurrir 27%
NS/NC 11%

7. ¿Cuándo abandonó Alemania?

1933 11%
1934 2%
1935 2%
1936 7%
1937 7%
1938 20%
1939 29%
1940 4%
1941 4%
1942 2%
1943 0%
1944 2%
NS/NC 9%


NOTA: La media de edad de los encuestados era de setenta y seis años en el momento de realizar la encuesta (abril-junio de 1996). (Algo más del 50% de los encuestados nació en 1921 o en una fecha anterior).


Fuente
Johnson, Eric A.. (2002). El terror nazi. Barcelona y Buenos Aires: Editorial Paidós.

Kristallnacht, la noche de los Cristales Rotos (Parte 2)




Estos acontecimientos impactaron al mundo y a gran parte de la sociedad alemana. Muchos oficiales y altos cargos nazis condenaron los disturbios incontrolados y los daños causados a las relaciones internacionales como consecuencia del pogromo de la Kristallnacht que desencadenó Goebbels. Göring, que viajaba en tren cuando comenzaron las acciones contra los judíos, se sintió indignado cuando tuvo conocimiento de los hechos a su llegada a Berlín. No tardó tiempo en reaccionar: llamó rápidamente a Hitler para expresar su desacuerdo el 10 de noviembre y tomó medidas para controlar la situación. Al día siguiente se ordenó el cese del pogromo. 

El 12 de noviembre, Göring pronunció en Berlín una conferencia a la que asistieron los altos cargos del estado, el partido y la policía, así como los principales representantes de las compañías de seguros alemanas. Abrió la sesión declarando que ya había sufrido suficientes agravios y que ahora, de una vez por todas, iba a tomar las medidas necesarias para resolver la cuestión judía:
La reunión de hoy tiene un carácter decisivo. He recibido una carta en nombre del Führer [...] donde se ordena que la cuestión judía sea ahora, de una vez por todas, coordinada y resuelta de un modo u otro. [...] Esta vez debemos optar por algo decisivo. Porque, caballeros, creo que ya hemos tenido bastantes manifestaciones de violencia. No perjudican a los judíos, sino a mí mismo, como máxima autoridad en la coordinación de la economía alemana. Si hoy se destruye una tienda judía y sus bienes son arrojados a las calles, la compañía de seguros tendrá que pagar los daños, algo que ni siquiera afecta a los judíos. Además, los bienes destruidos provienen de los bienes del consumidor, que a su vez pertenecen al pueblo. [...] No deseo que quede una sola duda, caballeros, sobre el objetivo de esta reunión. No hemos venido simplemente a hablar, sino a tomar decisiones, e imploro a las instancias competentes que tomen las medidas oportunas para eliminar a los judíos de la economía alemana.
En la clausura de la conferencia, Göring exclamó: "De una vez por todas quiero erradicar los actos individuales [contra los judíos]". A partir de entonces, la persecución de los judíos se llevó a cabo al estilo metódico alemán, no en estallidos violentos y disturbios populares. Raul Hillberg apunta lo siguiente: "El pogromo de noviembre fue la última oportunidad para la violencia callejera contra los judíos. [...] A partir de entonces sólo fue posible tratar a los judíos de un modo "legal", es decir, de un modo metódico que permitía la planificación adecuada y concienzuda de cada medida". Los disturbios dieron paso a la normalidad en la mayor parte de las localidades antes del 11 de noviembre, pero los efectos secundaron perduraron varias semanas más. 

El 12 de noviembre, Göring ya había aprobado varios decretos en los que atribuía a los judíos la responsabilidad del asesinato de Rath -por el cual tendrían que pagar una multa de mil millones de marcos y costear los daños ocasionados- y excluía a los judíos de la vida económica alemana. Según el último decreto, del 1 de enero de 1939:

  • Se prohibía a los judíos que tuviesen tiendas al por menor o de venta por correo o trabajasen como comerciantes autónomos, pues ya no podían ofrecer al público bienes o servicios en mercados, ferias o muestras.
  • Podían ser despedidos con un aviso de sólo seis semanas de antelación.
  • Perdían todo derecho a reclamar el subsidio de desempleo o pensiones de jubilación.

Los expedientes de la Gestapo y los autos del Tribunal Especial relativos a los judíos de Krefeld, Colonia y Bergheim subrayan la precaria situación que vivieron los judíos desde la Kristallnacht hasta el estallido de la guerra, en septiembre de 1939. Muy pocos judíos acusados de infracciones de cualquier tipo recibían ahora medidas de indulgencia por parte de las autoridades. Casi todos fueron enviados directamente a campos de concentración, o bien condenados por tribunales alemanes y, después de cumplir la condena, enviados por la Gestapo a campos de concentración. Los datos sugieren también que no sólo la Gestapo y los tribunales castigaron más severamente a los judíos después de la Kristallnacht, sino que la Gestapo dedicó más recursos que antes a la incriminación de los judíos. 

Antes de noviembre de 1938, la Gestapo permitía que la población civil informase sobre los casos judíos, excepto cuando se trataba de presuntas actividades comunistas o peligrosas para el régimen. Después de la Kristallnacht, la Gestapo confiaba mucho menos en la población como fuente de información sobre los judíos, y mucho más en su propia red de espionaje. En 1939, las protestas comunistas, socialistas, religiosas o de otro tipo ya habían sido acalladas. La prioridad de la Gestapo y el régimen era obligar a los judíos a abandonar el país. 


Fuente
Johnson, Eric A.. (2002). El terror nazi. Barcelona y Buenos Aires: Editorial Paidós.

jueves, 31 de agosto de 2017

Kristallnacht, la noche de los Cristales Rotos (Parte 1)

Toda apariencia de moderación en el trato de los nazis hacia los judíos llegó a su fin en noviembre de 1938, cuando se desató el pogromo de la Kristallnacht. No obstante, los datos indican que la mesura temporal de los nazis en su política antisemítica -necesaria en parte por el deseo de Hitler de ofrecer una buena imagen a los extranjeros durante los Juegos Olímpicos de 1936- había finalizado al menos un año antes.


El 27 de noviembre 1937, el ministro de Economía del Reich, Hjalmar Schacht, que había supervisado el programa de renovación económica pero que también se había opuesto al antisemitismo radical en materia económica, fue destituido. Una vez eliminado el estorbo de Schacht, los empresarios judíos recibieron cada vez más presiones para vender sus negocios a firmas arias, siempre a precios muy inferiores a su valor en el mercado. El decreto de Göring del 15 de diciembre de 1937 redujo el cupo de materias primas y el mercado de divisas de los negocios judíos, y el del 1 de marzo de 1938 privó a los judíos del derecho de recibir contratos públicos. Para facilitar la "arianización" de la economía e impedir que los judíos conservasen sus bienes, Göring decretó el 26 de abril de 1938 que todas las propiedades judías por un valor superior a los 5.000 marcos fuesen registradas oficialmente. Entre junio y julio se aprobaron medidas adicionales para prohibir a los médicos, dentistas y veterinarios judíos atender a pacientes arios o a sus animales.

El acoso y la humillación de los judíos se exacerbaron en diversos aspectos durante este período, a medida que el régimen incrementó sus esfuerzos para obligar a los judíos a emigrar. La propaganda antisemítica se hizo más virulenta, muchos municipios aumentaron sus restricciones sobre el movimiento judío y los letreros "sólo para alemanes" fueron cada vez más comunes en los bancos de los parques. Un decreto promulgado el 17 de agosto de 1938 regulaba los nombres de pila, iniciando un proceso consistente en marcar a los judíos (proceso que culminó en septiembre de 1941 cuando se obligó a los judíos mayores de seis años a ponerse una estrella de David amarilla con la palabra judío cada vez que salían en público). De acuerdo con esta medida, que entró en vigor el 1 de enero de 1939, los judíos debían ser fácilmente identificables, eligiendo para sus hijos recién nacidos nombres prescritos en una lista, como Abimelech, Hennoch o Zedek para los varones, y Breine, Cheiche o Jezebel para las mujeres. 

Pese al acelerado ritmo de la persecución, muchos judíos se aferraron a la esperanza, cada vez más lejana, de que mejorase la situación, o al menos no empeorase. Sin embargo, de la noche a la mañana los judíos indecisos entraron en razón. "La Kristallnacht sucedió en noviembre de 1938 y todo cambió", afirmaba Max Rein en una carta que escribió el 1 de abril de 1988 a los organizadores de un intercambio entre antiguos judíos de Krefeld y escolares de la ciudad, en la víspera del quincuagésimo aniversario del pogromo.

La noche del 9 al 10 de noviembre de 1938, y durante varios días después, los judíos de Krefeld, Colonia, Bergheim y el resto de Alemania sufrieron un arrebato de violencia antisemítica sin parangón en todos los años del Tercer Reich. En unos días, casi todas las sinagogas y lugares de culto judíos fueron profanados e incendiados, miles de establecimientos y pisos particulares judíos fueron saqueados y destruidos, 91 personas fueron asesinadas, unos 26.000 hombres judíos fueron enviados a campos de concentración, y otros miles de judíos acabaron temporalmente en prisión preventiva o retenidos por las autoridades. Tales atrocidades se cometieron a la vista de todos. Robert Gellately lo ha explicado así: "Era imposible no ser testigo [...] Casi de la noche a la mañana llegó el final para muchas comunidades judías pequeñas".

Hershel Grynszpan

El 7 de noviembre de 1938, Hershel Grynszpan, adolescente judío de diecisiete años educado en Hanover, disparó a un joven diplomático alemán llamado Ernst vom Rath en la embajada alemana de París. Este acto de Grynszpan fue la represalia por la noticia que había recibido recientemente de su hermana, donde se le comunicaba que sus padres habían sido deportados a Polonia al final de octubre. Rath murió dos días después, el 9 de noviembre. En ese momento, Hitler, Joseph Goebbels y otros líderes del Partido Nazi se encontraban reunidos en el ayuntamiento de Munich, celebrando el intento de golpe de estado frustrado llevó a cabo Hitler quince años antes. Cuando recibieron la noticia de la muerte de Rath, aproximadamente a las 8:30 de la tarde, Goebbels aprovechó la ocasión para liderar la persecución judía. Después de un vehemente discurso antisemítico, en el que exigía que los judíos pagasen colectivamente por el asesinato de Rath, los líderes del partido, los hombres de las SA y los oficiales de la Gestapo de toda Alemania recibieron llamadas telefónicas en las que se les instaba a emprender acciones inmediatas contra los judíos. 

Aproximadamente a las 10:30 de la noche, en la sede regional del Partido Nazi de Krefeld se recibió una llamada de Munich a través de la cual se comunicaba la orden de Goebbels de emprender acciones contra los judíos. La orden fue transmitida a Diestelkamp, quien a su vez puso en marcha el pogromo asignando las principales funciones a hombres de las SA y las SS vestidos de civiles. La implicación de la Gestapo comenzó algo más tarde. La Gestapo no debía intervenir excepto si era para garantizar el cumplimiento de ciertas normas relativas a las "manifestaciones":

  • No incendiar las sinagogas situadas en zonas que podían poner en peligro los edificios vecinos;
  • Destruir pero no saquear las tiendas y casas judías;
  • No dañar los negocios no judíos;
  • Y no molestar a los extranjeros, aunque fuesen judíos.
En cuanto los oficiales de la Gestapo quedasen liberados de las responsabilidades de control, debían detener a todos los judíos varones que cupiesen en los calabozos locales, sobre todo hombres acaudalados y no excesivamente mayores. Durante la mañana del 10 de noviembre y a lo largo de todo ese día y el siguiente, la Gestapo de Krefeld procedió a detener a 63 hombres judíos de edades comprendidas entre los diecinueve y sesenta y seis años. Después de pasar varios días en la cárcel local de Krefeld, estos hombres fueron enviados junto con varios cientos de judíos de la región del Rin y del Ruhr al campo de concentración de Dachau, situado a las afueras de Muchich. En Dachau, los hombres recibieron un anticipo de lo que tenían reservado para los judíos que permanecían en Alemania. Estos hombres judíos, en su mayor parte, fueron liberados al cabo de tres o cuatro semanas, después de que sus familiares pagasen el billete de vuelta y después de haber aportado pruebas de que ya habían hecho los preparativos para emigrar. 
La experiencia de los judíos que no habían sido enviados a Dachau no fue menos terrorífica. Aunque la mayoría de los ciudadanos alemanes sólo presenció el pogromo y no participó en él, muchos se sentían avergonzados por ello, y algunos incluso ayudaron a los judíos durante aquel proceso*.





*Ian Kershaw, en su estudio sobre la actitud del pueblo en la Alemania nazi, sostiene que los ciudadanos reaccionaron al pogromo con "un gran movimiento de desaprobación. [...] La afirmación de Goebbels de que el pogromo había sido la "respuesta espontánea" del pueblo alemán ante el asesinato de Vom Rath era universalmente reconocida como rídicula". Popular opinion and political dissent in the Third Reich, op, cit., págs. 262-263.



Fuente
Johnson, Eric A.. (2002). El terror nazi. Barcelona y Buenos Aires: Editorial Paidós.

martes, 29 de agosto de 2017

Las Leyes de Nuremberg



Los líderes del Partido Nazi de Berlín estaban preocupados por los casos en los que las autoridades judiciales y policiales tenían que combatir los impulsos antisemíticos de los activistas del Partido Nazi y otros extremistas a fines al régimen. En 1935 tomaron importantes medidas para tranquilizar a los militantes y controlar la situación. El 11 de abril de 1935, el Secretario del Partido Nazi, Hess, dio la orden siguiente a los miembros del partido:

Si bien comprendo que todos los nacionalsocialistas decentes se opongan a estas nuevas tentativas judías con gran indignación, debo advertirles con la máxima diligencia que no den rienda suelta a sus sentimientos por medio de actos de terror contra individuos judíos, pues esto sólo provocará que los miembros del partido entren en conflicto con la policía política, que a su vez está formada por muchos militantes del partido, y esto será bien recibido por los judíos. La policía política en tales casos sólo puede cumplir las órdenes estrictas del Führer de emplear todas las medidas necesarias para mantener la paz y el orden, posibilitando así que el Führer reprenda en cualquier momento las atrocidades y boicots denunciados por los judíos del extranjero.


Además de la advertencia de Hess, la dirección del Partido Nazi también tomó otras decisiones importantes a partir de entonces para presionar más a los judíos y clarificar su estatus legal. La más significativa fue la aprobación de la "Ley para la protección de la sangre y el honor alemanes y la ciudadanía del Reich" el 15 de septiembre de 1935, que supuso un paso crucial en la persecución "legal" de los judíos. Las Leyes de Nuremberg, promulgadas el último día de la Fiesta-Mitin Anual del Partido en Nuremberg y justo después de una nueva oleada popular de atrocidades y boicots antisemíticos por toda Alemania, conferían a la policía y a las autoridades judiciales nuevas armas poderosas para perseguir a los judíos. Las nuevas leyes excluían a los judíos de los derechos de ciudadanía, aportaban una definición legal de "judío" y proscribían las relaciones físicas entre judíos y no judíos.

La Ley para la protección de la sangre y el honor alemanes y la ciudadanía del Reich incrementó la vulnerabilidad jurídica de los judíos y su aislamiento social, al declarar ilegales el matrimonio y el contacto sexual entre judíos y arios, prohibir que los judíos contratasen a mujeres alemanas menores de cuarenta y cinco años como servicio doméstico e impedir que desplegasen la bandera alemana o los colores del Reich. Dado que Hitler creía que las relaciones sexuales siempre son iniciadas por los hombres, sólo éstos eran procesados por incumplir las prohibiciones sexuales de estas leyes. En teoría, tanto los judíos como los individuos "de sangre alemana" podían ser castigados (con condenas de hasta quince años de prisión) por cometer el nuevo crimen de Rassenschande (habitualmente traducido como "corrupción racial").

A causa de la nueva oleada de medidas contra los judíos, fue necesario definir quién era o no era considerado "judío". Para la mayor parte de los militantes y oficiales del partido, cualquier individuo con una gota de sangre judía era judío y merecía ser perseguido hasta el final. 

Muchos funcionarios judiciales y del estado consideraban necesario distinguir entre:

  • Volljuden (judíos puros).
  • Mischlinge (personas nacidas de matrimonios mixtos formados por un cónyuge judío y otro no judío). Posteriormente subdivididas en dos grupos: de primer grado (con dos abuelos judíos) y segundo grado (un sólo abuelo).
Raul Hilberg señala que "el partido "combatía" al semijudío como portador de "influencia judía"; el servicio civil quería proteger "la parte alemana" de los semijudíos". Al final, la definición se redactó en el Ministerio del Interior y la opinión perdedora fue la del partido.

La primera regulación de la Ley de ciudadanía del Reich, aprobada el 14 de noviembre de 1935, recogía dicha definición. Según la nueva legislación de noviembre, un judío era todo individuo con tres o más abuelos judíos. En diversas condiciones especiales también entraban en la definición los individuos con sólo dos abuelos judíos: si antes del 15 de septiembre de 1935 habían contraído matrimonio con un judío o eran miembros de la comunidad religiosa judía; si habían sido concebidos en una relación extramatrimonial entre un progenitor judío y otro no judío y habían nacido después del 31 de julio de 1936; o si habían sido concebidos en un matrimonio mixto contraído después del 15 de septiembre de 1935. Las personas que no correspondían a ninguno de los anteriores supuestos pero que tenían al menos un abuelo judío se definían como Mischlinge. Éstos no eran considerados arios, por lo tanto, se encontraron en una posición precaria en la Alemania nazi. No obstante, la mayoría corrió mejor suerte que los "judíos puros" y sobrevivieron al Holocausto. 

La Gestapo

Una vez definidos los judíos, su persecución podía proceder de acuerdo con unos principios más técnicos. Con tal fin, el centro del aparato del terror, con sede en Berlín, creó un departamento especial, encabezado por "especialistas en la persecución a los judíos", para coordinar este asunto. En el otoño de 1936 se constituyó una nueva sección del SD para los asuntos judíos, con Adolf Eichmann como vicepresidente. Su finalidad era centralizar "todo el trabajo de la cuestión judía desarrollado por el SD y la Gestapo" y declaró el 18 de diciembre de 1936 que el principal objetivo de la policía política sería "la reducción de la influencia judía en todas las esferas de la vida pública (incluida la economía) [y] el fomento de la emigración judía". 



Fuente:
Johnson, Eric A.. (2002). El terror nazi. Barcelona y Buenos Aires: Editorial Paidós.

domingo, 20 de agosto de 2017

Isabel de Baviera "Sissi" (parte 3)

Vida como emperatriz
La joven emperatriz había perdido lo que más apreciaba: su libertad. El tiempo ya no le pertenecía y tendría que soportar interminables fiestas, ceremonias, desfiles militares y recepciones sin perder jamás la sonrisa. El rígido ceremonial de los Habsburgo impedía que los demás se dirigieran a ella, únicamente responder a sus preguntas. Debía ser gentil, pero distante. Los besos y abrazos estaban prohibidos, incluso a sus familiares. Sólo se podía besar la mano de la soberana. La archiduquesa Sofía la vigilaba, criticando todos sus movimientos.

Ni siquiera en la alcoba imperial existía intimidad. Los lacayos y doncellas se encargaban de difundir rumores. Toda la corte se enteró de que no habían consumado el matrimonio hasta el tercer día.


Tras una semana de audiencias, recepciones, bailes de salón y cenas de gala, los emperadores se retiraron al palacio de Laxenburg para disfrutar de su luna de miel. Fue entonces cuando Sissi por primera vez fue consciente de su soledad y aislamiento. Cada mañana muy temprano el emperador viajaba hasta el palacio de Hofburg, en Viena, a unos veinte kilómetros de Laxenburg, para atender sus asuntos y ella se quedaba sola todo el día en compañía de su suegra. Su madre Ludovica y sus hermanos —incluida Nené— habían regresado a Baviera. Ya no tenía con quién desahogarse y las personas que la rodeaban, desde la condesa Esterházy hasta sus doncellas, eran unas desconocidas. Sissi sólo se entretenía con las inseparables mascotas traídas de Possenhofen. Llevada por una profunda añoranza, se refugiaba en la poesía y llenaba páginas enteras con versos que reflejaban su estado de ánimo.

Los primeros meses en Viena fueron muy duros para Sissi. Ella, que venía de un ambiente liberal, tenía que enfrentarse al rigor de la corte más solemne y antigua de Europa. Se sentía prisionera en una jaula de oro, atormentada por los enfrentamientos con su suegra. La emperatriz era considerada caprichosa y excéntrica. En su primera cena en el Palacio Imperial de Hofburg su comportamiento «tan inapropiado» causó un gran revuelo. En aquella velada Sissi pidió cerveza en lugar de vino, ante el asombro de todos los comensales, y después se quitó los guantes para coger los cubiertos. Sofía la reprendió con estas duras palabras: «Has escandalizado a todo el mundo comportándote como una lugareña bávara. Los guantes están prescritos por la etiqueta, la cerveza no es bebida para una emperatriz, por lo menos en público. No es correcto reír para una emperatriz, debe limitarse a sonreír, tanto si se divierte como si se aburre». La respuesta de Sissi fue tajante: «Si no me quiere tal y como soy lo siento mucho, pero no voy a cambiar»Aunque la emperatriz contaba con el apoyo de su esposo, éste no podía entender que sufriera tanto por estar sola. Su madre Sofía le había educado en un completo aislamiento y había hecho de él un joven muy educado, consciente de sus obligaciones, íntegro y defensor de los valores del Antiguo Régimen. Francisco José aceptaba estos sacrificios como algo inherente a su cargo. 


Francisco José la amaría hasta el final de su vida, pero siempre se sentiría apegado a su papel de emperador, conservador y absolutista. Isabel también se sentía excluida porque su esposo nunca le informaba sobre los acontecimientos que sacudían el imperio. El emperador sólo consultaba los asuntos de Estado con su poderosa madre, cuyos consejos apreciaba mucho. Como emperatriz de Austria, ostentaba una interminable lista de títulos y cuarenta y siete países más cuya existencia desconocía y ni sabía situar en un mapa. También ignoraba todo sobre la difícil situación que atravesaba Austria, sumida en la bancarrota, amenazada por guerras y hambrunas y muy atrasada en comparación a otros  países europeos. Las duras acciones represivas desatadas por el emperador contra los revolucionarios democráticos y los nacionalistas húngaros de 1848 habían provocado un malestar que ponía en peligro la unidad del imperio.

Sissi visitó conventos e iglesias, orfanatos, escuelas y hospitales para pobres. Su forma sencilla y afectuosa de dirigirse a los más desfavorecidos despertó el entusiasmo de la gente. Pero Sofía no se lo permitió y le otorgó un papel meramente decorativo.

Maternidad
La relación de Sissi con su suegra empeoró al quedar embarazada. El emperador apenas tenía tiempo para ella debido a la guerra de Crimea. Rusia ahora era enemiga de Austria y los ejércitos imperiales habían sido movilizados para impedir que su influencia se agrandara, como el zar pretendía, a costa de los territorios del Imperio turco. Sofía, esperanzada ante la llegada de un príncipe heredero, se mostraba aún más controladora con su nuera. En una carta fechada el 29 de junio de 1854, Sofía le dice al emperador: «Me parece que Sissi no debería pasar tantas horas con los papagayos, pues, especialmente en los primeros meses de embarazo, es peligroso ver con insistencia determinados animales, ya que el pequeño en camino puede parecerse a ellos. Es conveniente que se mire mucho al espejo o que te contemple a ti. Que procurase hacerlo así sería muy de mi gusto». También le prohibió que sus enormes perros alemanes, que la seguían a todas partes, entraran en sus aposentos.

En marzo de 1855, a los diecisiete años, Sissi dio a luz a una niña robusta, bautizada con el nombre de su abuela y madrina, Sofía, sin que nadie consultara a la madre. Al año siguiente, en julio, y para desencanto del emperador que deseaba un varón, tuvo otra niña a la que llamaron Gisela. La emperatriz se mostró feliz con el nacimiento de sus hijas. Pero la archiduquesa Sofía se interpuso una vez más en la felicidad de la pareja. Considerando que su nuera era demasiado joven e inestable para criar a las princesas, decidió ocuparse de sus nietas y ordenó que se instalaran las habitaciones de las niñas cerca de las suyas.


Sissi con su hija Gisela y Rodolfo

Con el paso de los meses la separación de sus hijas se le hizo insoportable y le pidió al emperador que tomara cartas en el asunto. Francisco José se armó de valor para escribir la siguiente carta a su madre: «Le suplico encarecidamente que tenga condescendencia para con Sissi si tal vez le parece una madre demasiado celosa. ¡Es una esposa y madre tan abnegada! Si usted se digna considerar con calma el asunto, quizá comprenda la pena que nos produce ver a nuestras hijas prácticamente encerradas en su casa, mientras que la pobre Sissi se ve obligada a subir la estrecha escalera para sólo raras veces encontrar solas a las pequeñas […]. Además, Sissi no tiene en absoluto la intención de privarla a usted de las niñas, y me encargó especialmente que le dijera que las pequeñas estarán siempre a su completa disposición»Por primera vez el emperador desautorizó a su madre. Ésta, indignada ante la idea de apartar a las princesas de su lado, amenazó con abandonar para siempre Hofburg. 

Escena de película Sissi Emperatriz

Ante la delicada situación de aislamiento que atravesaba Austria tras el fin de la guerra de Crimea y los movimientos independentistas, Francisco José decidió reconquistar el aprecio de las provincias más problemáticas, Hungría y Lombardía-Venecia. Para demostrar su poderío militar, los emperadores viajaron en el invierno de 1856 a sus dominios en la Alta Italia. En sus apariciones iban siempre acompañados por un gran séquito militar, lo que constituía una provocación los italianos hartos de la ocupación de su país. Semanas después de la estancia en Italia, los emperadores emprendieron viaje a Hungría. Las relaciones entre Viena y Budapest eran sumamente tensas desde 1848, cuando la rebelión de la aristocracia húngara fue brutalmente reprimida por el ejército. La corte de Viena, con la archiduquesa Sofía al frente, era antihúngara; en cambio la emperatriz Isabel sentía simpatía por ese pueblo.

Gisela de Habsburgo

Como iban a ausentarse por cuatro meses, Isabel quiso llevar consigo a sus hijas, provocando un nuevo enfrentamiento con Sofía. Pese a las protestas de la archiduquesa con respecto a la larga y agotadora travesía que podría perjudicar a las niñas, Isabel consiguió que sus hijas la acompañaran. 

Hungría era un país al que la joven se sintió unida para siempre, donde había sido recibida con afecto y respeto. Mientras que en Hungría se admiraba su habilidad para la equitación, a los miembros del séquito imperial les horrorizaba ver a la soberana montada en un caballo. Sin embargo, Sissi guardaría un triste recuerdo de su primer viaje oficial a Hungría. Su hija mayor, Sofía, de dos años, cayó enferma de fiebres y disentería. Aunque los padres estaban muy inquietos, el doctor Seeburger los tranquilizó diciendo que no era nada grave y que su estado era debido a la dentición. Pero en los días siguientes la salud de la pequeña Sofía empeoró, por lo que el viaje de los emperadores a las provincias húngaras tuvo que ser suspendido. Isabel no separó del lecho de su hija.

Tras doce horas de agonía, Sofía falleció víctima del tifus el 29 de mayo de 1857, en brazos de su madre. «Nuestra pequeña ya tiene su morada en el cielo. Hemos quedado llenos de aflicción. Sissi, resignada ante los designios del Señor», telegrafió Francisco José a su madre. La pareja imperial regresó de inmediato a Viena. La archiduquesa Sofía de Habsburgo-Lorena fue enterrada en la cripta de los Capuchinos, donde reposaban los restos de los Habsburgo.

Sofía de Habsburgo

La muerte de Sofía sumió a Sissi en una depresión que marcaría su carácter para siempre. Lloraba sin cesar y se negaba a comer. El sentimiento de culpa por la muerte de su primogénita la perseguiría toda la vida. Esta tragedia familiar hizo que Sissi se convenciera de su incompetencia como madre y terminó por aceptar que sus suegra se hiciera cargo de Gisela, su hija de once meses.

En el verano de 1857, en vista del alarmante estado anímico de la emperatriz, Ludovica tuvo que viajar a Viena para intentar consolarla, pero ni siquiera su madre y sus hermanos consiguieron animar a Isabel. Además, en esta época tan dolorosa para Sissi, el hermano menor de Francisco José, Maxilimiliano, se casó con Carlota de Bélgica. La esposa de Maximiliano era bella, inteligente, rica y con un árbol genealógico intachable. La archiduquesa Sofía no tardaría en comparar la buena educación de la joven belga con la de Isabel de Baviera.

Rodolfo de Habsburgo

La situación de Sissi mejoró a finales de 1857, cuando se supo que estaba embarazada. El 21 de agosto de 1858 dio a luz en Laxenburg a un heredero. Fue nombrado Rodolfo, en memoria del primer emperador de la dinastía Habsburgo. 





Fuente:
Morato, Cristina Morato, "Reinas malditas", Plaza&Janes, 2014

lunes, 3 de julio de 2017

Enrique VII de Inglaterra, padre de la dinastía Tudor (Parte 3)

Nace una dinastía
Para el joven Enrique VII, la batalla de Bosworth Field era sólo el comienzo. A la edad de 28 años, él se enfrentó a la desalentadora tarea de aferrarse al trono y pasarlo a sus herederos (algo que los reyes ingleses, desde Enrique V, no habían podido hacer). En una tierra de la que poco sabía, rodeado de enemigos, él esperaba traer paz y estabilidad. Treinta años de guerra civil habían entregado un peligroso grado de poder en las manos de los barones ingleses. Las arcas reales estaban vacías y la reputación del país entre sus rivales extranjeros estaba peligrosamente baja. El reino necesitaba sanar y el pueblo inglés esperaba que su nuevo rey realizara el milagro.

A primera vista, Enrique estaba poco preparado para su rol como rey. Separado de su madre a los cuatro años, él había sido educado en el exilio en Gales y Francia sin un padre que lo guiara. Cuando sólo tenía doce años, perdió a su guardián de confianza (lord Herbert) y obligado a gastar su juventud temprana en ociosidad forzada en la corte bretona. Mientras que todos los nobles ingleses estaban acostumbrados a regir grandes propiedades, Enrique nunca había dirigido ni una pequeña casa solariega. A pesar de sus evidentes desventajas, la problemática juventud le proporcionó varias cualidades útiles. Desde temprana edad, había observado los juegos de poder protagonizados por otros, adquiriendo una comprensión íntima del peligroso mundo de la política. Dentro de su pequeño circulo de amigos y asesores de confianza, Enrique había aprendido a no confiar en los juicios de otros. En cambio, creció acostumbrado a juzgar personajes y situaciones por sí mismo, tomar acción sólo después de una cuidadosa consideración. Sobre todo, sus años inseguros le habían dejado un deseo abrumador de estabilidad. 

Primeramente, estaba la cuestión de los partidarios de Ricardo III. La primera acción que tuvo lugar fue la exhibición del cuerpo mutilado del rey Ricardo (un gesto espantosamente brutal para los ojos modernos, pero que en ese entonces era habitual). Probando que Ricardo había muerto, Enrique acallaba los rumores de que el ex rey había sobrevivido, eliminando así una potencial fuente de rebelión en el futuro. También se ocupó rápidamente de otra potencial amenaza a su corona. El sobrino de Ricardo de diez años, Eduardo, conde de Warwick, era una posible figura para un levantamiento York. Enrique envió tropas a Yorkshire con órdenes de capturar a Eduardo y enviarlo a la Torre de Londres, donde vivió con comodidades pero encerrado bajo llave. Antes de su muerte, Ricardo III había nombrado a su sobrino, John de la Pole, conde de Lincoln, su heredero, pero Lincoln y su padre, el duque de Suffolk, habían ofrecido su lealtad a Enrique después de Bosworth. Lincoln fue invitado a formar parte del Consejo Real. 


Después del caos de la guerra, Enrique tuvo que afrontar el desafío de mantener un gobierno estable. Como regla general, todo funcionario público que no desempeñó un papel activo en Bosworth podía mantener su puesto. Naturalmente, algunos de los partidarios más cercanos de Enrique recibieron puestos de alto estatus. John Morton fue hecho arzobispo de Canterbury y Lord Canciller. Su tío Jasper fue convertido en duque de Bedford y miembro del Consejo Real, mientras que los hermanos Stanley fueron nombrados consejeros reales. Para John de Vere, conde de Oxford, que había jugado un rol en la invasión Tudor, Enrique había reservado el puesto de Alto Almirante de Inglaterra y condestable de la Torre.

Actual Westminster

El 30 de octubre de 1485, Enrique Tudor fue coronado rey en la abadía de Westminster. Era su primera aparición como rey, por lo que tomó gran cuidado para impresionar a sus súbditos, vistiendo con elegancia y joyas. Una semana después, el Parlamento concedió las riquezas de la corona a Enrique y sus herederos. Finalmente, firmemente establecido su rol como monarca, volvió su atención a otra ceremonia que aseguraría su lugar en el trono inglés: el matrimonio con la princesa Elizabeth de York. 

La rosa roja y blanca
Desde que había hecho su voto solemne en la catedral de Rennes, Enrique había decidido casarse con Elizabeth. Como hija de Eduardo IV, esperaba que al tomar como esposa a la princesa York los partidarios de la casa de York se convirtieran en aliados. Esta unión era crucial para el destino de la nación. El matrimonio tuvo lugar el 18 de enero de 1486 y marcó el fin del conflicto que había rasgado al país por treinta años. La rosa roja de Lancaster y la rosa blanca de York se unieron en un poderoso símbolo de la dinastía que había nacido: la rosa Tudor. 



Aunque fue una boda por conveniencia política, su unión no careció de amor y cercanía. Enrique VII fue el único Tudor que tuvo la fortuna de una larga y estable vida familiar. Al momento de su matrimonio, el panorama no podía ser más alentador; una pareja joven y hermosa, símbolo de la unión entre Lancaster y York, y no menos importante, pronto dieron a Inglaterra un heredero, lo cual podía ser interpretado como una señal de que la Providencia Divina aprobaba el nuevo mandato. En septiembre de 1486, Elizabeth dio a luz a un hijo en Winchester, la antigua capital del reino del legendario rey Arturo. El niño fue llamado Arturo en un deliberado intento por vincular la dinastía Tudor con el antiguo rey. Desde muy temprana edad, se consideró como futura esposa para el príncipe Arturo a una de las infantas de Castilla y Aragón, Catalina. Una alianza anglo española sería beneficiosa para Inglaterra con el fin de reforzar la legitimidad de los Tudor ante los reinos europeos, ya que la casa de Trastámara era prestigiosa y el poderío de los Reyes Católicos más que evidente. 

En 1489, nació una niña en el palacio de Westminster, llamada Margarita. Su mano fue destinada al rey Jacobo IV de Escocia. Uno de los fines de esta alianza era alejar a Escocia de la influencia francesa y poner fin al apoyo del rey escocés a Perkin Warbeck (de quien hablaremos más adelante). Esta unión daría lugar a la unión de las coronas, con el ascenso de su bisnieto, Jacobo I de Inglaterra y VI de Escocia. 

Erasmo visitando a los hijos de Enrique VII. Margarita (vestido rojo), Enrique y María.

En 1491 nace uno de los más famosos y absolutos monarcas de Inglaterra, Enrique. A pesar de ello, no se sabe mucho sobre sus primeros años, ya que no se esperaba que fuera a convertirse en rey. El joven Enrique era muy cercano a su madre, sufrió mucho por su muerte y siempre la recordaría con sumo cariño. Enrique VIII llegó a tener seis esposas, una vida matrimonial turbulenta contraria a la que gozaron sus padres. Es probable que Enrique buscara a la esposa ideal en cada mujer a la que desposó, como su madre, y ello es la razón de sus fracasos maritales.     



Fuente:
Bingham, Jane, "The Tudors", Metro Books, New York, 2012. 

domingo, 30 de abril de 2017

Serie Isabel (Reseña)

Esta reseña puede contener spoilers (sé que son hechos históricos, pero habrá quienes no estén tan familiarizados con la historia de Isabel de Castilla)
La serie Isabel es una de mis favoritas del género histórico. Realmente, yo nunca había visto una serie española y ésta la encontré por casualidad. Es protagonizada por Michelle Jenner y Rodolfo Sancho en los personajes de los Reyes Católicos. Tiene tres temporadas: la primera desde su niñez hasta su proclamación como reina y los conflictos por la sucesión castellana; la segunda se enfoca en la conquista de Granada, la instauración de la Inquisición y la expulsión de los judíos; y la tercera culmina con la muerte de la reina y las desgracias de sus hijos. 

Primera temporada
Michelle Jenner ofrece una actuación casi impecable desde el principio. Es una niña religiosa y firme, que poco a poco verá incrementada su fortaleza de espíritu. Pablo Derqui como Enrique IV y Ginés García Millán como Juan Pacheco me parecieron personajes memorables, por sus ocurrencias y el carácter complejo que demuestran. La actuación de Víctor Elías como Alfonso de Castilla no me impresiono realmente, aunque casi al final de la primera temporada nos regala una maravillosa y desgarradora escena junto a su hermana. Chacón, el tutor de los infantes Alfonso e Isabel, es un personaje recurrente a lo largo de las tres temporadas. Ya desde la primera temporada aparece Fernando de Aragón, con una interpretación aceptable, sin más, pero que mejora muchísimo conforme avanza la trama. 


Bárbara Lennie, pese a que en ocasiones su tono de voz resultaba exagerado, me gusto por el hecho de que mostró una faceta más profunda de Juana de Avis; una mujer dura y frívola, en el fondo infeliz por una vida desprovista de pasión y verdadera alegría. El asunto de la paternidad de su hija no es aclarado, sino que se dejan pistas en el aire. Se deja entrever la sincera lealtad de Beltrán a Enrique IV, pero llaman la atención los comentarios que recibe de la reina.  


A mi parecer, la primera temporada fue la que mostró más desnudos y escenas sangrientas, sin embargo, no estoy de acuerdo con la comparación que se hace con la serie The Tudors. Después de la primera temporada, las escenas de desnudos se tornan esporádicas y varias son noches de bodas en las que no se muestra nada explícito. Hay varios errores en cuanto a vestuario, como los zapatos de los varones o el hecho de que mujeres casadas aparezcan con el cabello suelto. También es curioso que en la primera temporada los reyes de Castilla son llamados "majestad" y en la segunda "alteza".  

Segunda temporada
En esta temporada, hay tres personajes que sufren un gran cambio: Isabel, Fernando y Juana la Beltraneja. Fernando sigue siendo el carismático  y persistente líder de un ejército que combate contra las fuerzas juanistas, pero ahora parece haberse convertido tanto en esposo como rival de la reina Isabel, a quienes une el amor y la ambición. Ambos son poderosos, inteligentes y dispuestos a obtenerlo todo. En este punto de la historia, Fernando se da cuenta de que Isabel no será la esposa obediente que todo rey deseaba en esa época. En cuanto a Juana la Beltraneja, también ha dejado de ser la tierna niña que era antes de morir su madre. Aunque hubo comentarios acerca de que este personaje se torno aborrecible, también inspira pena ya que, tal como menciona en un capítulo, ya no puede confiar en nadie. Un gran problema en la serie es que los personajes no siempre aparentan la edad que deberían aparentar. En este caso, hay una escena en la que Juana se ve casi de la misma edad que la infanta Isabel de Aragón. 


En cuanto a Isabel, debo decir que no estoy de acuerdo con los comentarios acerca de que en esta serie se le representa como una mujer santa. Piadosa si, porque se muestra la confianza plena que Isabel mantiene por su fe. Hay quienes dicen que la reina no fue una verdadera mujer cristiana por sus acciones contra los judíos y musulmanes, eso sin duda se piensa desde la perspectiva del siglo XXI. Pero hay que tomar en cuenta que en el siglo XV se tenía un concepto distinto acerca de una persona devota. Si en la actualidad la Iglesia predica acerca de la tolerancia hacia quienes piensan diferente, en los tiempos de Isabel se aplaudía a quien expulsará a los judíos de sus reinos. Pero, claro esta que la reina no es presentada como una santa. Ella esta dispuesta a lo que sea por mantener el poder y doblegar a los nobles que se rebelan contra su reinado. Esta en su ánimo vengarse de quienes la separaron de su madre y hermano. 


Debo hacer un comentario acerca de Gina Laline en su papel como la infanta Isabel de Aragón. Empezando por su aspecto, que no corresponde a la bella infanta de ojos claros que describen los cronistas, hasta su actuación pobre y poco creíble. De la actuación del joven que interpreta a Alfonso de Portugal no hay mucha diferencia con la de Gina Laline. Realmente ninguno parece haberse adentrado en los papeles de Isabel y Alfonso, hasta el tono de voz que emplean para declararse su amor es terriblemente monótono. La escena de la muerte del príncipe portugués se salvo un poco gracias a la presencia de Álvaro Monje como el rey Juan II de Portugal. En un principio, Monje me convencía como príncipe, más no como rey, pero después del capítulo donde muere su hijo me agradó como rey de Portugal.

Hubo tres personajes que dieron lustre a esta temporada: Hernando de Talavera, Torquemada y Colón. Como fray Hernando intenta frenar a Torquemada, y éste último tan convincente en su papel que realmente llego a caerme muy mal. No me esperaba esa caracterización de Cristobal Colón, ya que desde la primaria he tenido una imagen de él completamente distinta (piel más clara, cabello un poco largo) pero algo que me gusto de este personaje es la química que tiene cuando esta con la reina Isabel.   

La trama judía me ha gustado, por ejemplo, cuando narran el caso del niño de la Guardia. La leyenda de la Susona es diferente a como la había leído, aunque también conmueve la historia de los Susón. En la temporada se puede ver como la antipatía de los cristianos viejos hacia los judíos y conversos va creciendo, hasta que la tensión llega a su punto culminante. La expulsión de los judíos fue una de mis escenas favoritas de la segunda temporada. 


Ahora, respecto a la trama granadina, me parece extraño como se desarrolla el romance entre el emir Muley Hacén y la cautiva Isabel de Solís. Es más comprensible de parte del emir, pero en cuanto a Isabel de Solís, es difícil comprender en que momento cayó enamorada de Muley Hacén. Isabel de Solís/Zoraida es representada por Nani Jiménez. Disculpen esta observación, pero la actriz no brilla ni por su actuación ni por su apariencia física. Nani es bonita, lo acepto, pero no resulta más atrayente que muchas de las mujeres del reparto. O tal vez yo tenía unas expectativas muy altas, porque cuando escuchó hablar sobre la cautiva de Granada, imagino a una mujer sorprendentemente hermosa. Yo tenía entendido que Zoraida era rubia y muy blanca. Roberto Enríquez (Muley Hacén), Javier Mora (el Zagal) y Alicia Borrachero (Aixa) son personajes impecables, el primero un poco desaprovechado, pero todos parecen adentrados en el papel asignado. Boabdil (Álex Martínez) en un principio me pareció soso, pero al final de la temporada se recupera. 

Tercera temporada
Luego de dos temporadas de fortaleza y esplendor de los Reyes Católicos, esta temporada resultará más oscura. Aquí destaca más Fernando de Aragón por sus estrategias contra los franceses y el Papa Rodrigo Borgia. Isabel sigue manteniendo su temple, pero se le nota la depresión por el futuro incierto de sus reinos y el destino de sus hijos. En esta temporada entramos en contacto con las cortes de Portugal, Flandes, Francia, Inglaterra y la de los Estados Pontificios. 


Una de las fallas más evidentes es el maquillaje de los actores. Me encanto la última escena del rey Juan de Portugal, pero resulta increíble que su sucesor, Manuel de Avis, aparente casi la misma edad que él. La participación de Nuria Gallardo como la madre de Manuel es más formidable en esta temporada. Juana la Beltaneja ya no aparece, pero es mencionada en varias ocasiones, demostrando que sigue siendo un fantasma que atormenta a la reina Isabel. 
En la corte de Francia vemos pasar a dos reyes: Carlos VIII y Luis XII. El primero es impulsivo e inestable, el segundo es más cauteloso y vigoroso. Ambos desposan a una prudente Ana de Bretaña, afanada en proteger la autonomía de Bretaña. 
En los Estados Pontificios vemos a Jorge Bosch y Nacho Aldeguer en los papeles de Rodrigo y César Borgia, respectivamente. Jorge Bosch hace una buena interpretación, aunque me hubiera agradado que conservara el aura misteriosa que demostró en la primera temporada, cuando otorga la dispensa a Isabel. El personaje de César Borgia me pareció insoportable, sin más, salvo por algunos comentarios sarcásticos. 
En la corte de Inglaterra sólo se presentan dos personajes: el rey Enrique VII y el príncipe Enrique. La trama inglesa me supo a poco, y no lo digo por la calidad actoral (que sin duda la hubo), pero habría cuadrado muy bien una escena de la boda de Catalina y Arturo, e incluso la controvertida noche de bodas. Debo agregar que Catalina (Natalia Rodríguez), pese a las pocas escenas en las que participó, fue entre los cinco hijos de Isabel la que más me cautivo. Lo de menos es la exquisita belleza de la actriz, sino la fuerza y sentido del deber que imprime en su personaje, haciendo pensar que es la que más se parece a sus padres. 


Para Isabel de Aragón, afortunadamente, se cambia de actriz por María Cantuel. Su fervor religioso, la pena por su difunto marido y el despecho hacia sus padres son reflejados de forma conmovedora. La espiritualidad de Isabel realmente la hacen parecer distinta a sus hermanos, como si ella no perteneciera al mundo terrenal. Llega a ser reina por su matrimonio con Manuel de Portugal. Algo que me desagradó es que se omitiera que el rey de Portugal estaba verdaderamente interesado en Isabel, no tanto por motivos políticos, sino debido a un enamoramiento producido cuando la infanta llegó a Portugal para desposar a Alfonso. Un breve cameo de Manuel me habría gustado en la segunda temporada, recibiendo  a la infanta Isabel o algo por el estilo. La penúltima de las infantas, María de Aragón (Susana Abaitua), que llega a ocupar el trono y lecho vacantes tras la muerte de Isabel, me sorprendió con una actuación que no esperaba de quien interpreta a la hija menos conocida de Isabel y Fernando. Salvo por el detalle de su cabello azabache, me gusto que Abaitua encarnara a una infanta suave de carácter y sensible, en el fondo adolorida por las desgracias que aquejan a su familia, que no ve esperanza en un mejor futuro para ella, pero que pronto se percata de que el destino esta dispuesto a ser generoso con ella. 

Ahora es momento de pasar a Juana. Aunque suene superficial, no pude evitar fijarme en el aspecto físico de Irene Escolar. Realmente no logró pensar en el personaje histórico de Juana de Castilla y asociarlo con Irene Escolar, como ha ocurrido con otros fans de la serie. Las facciones finas y el cabello oscuro no se distinguen en la actriz. Irene es guapa, pero no de la forma en que yo imaginaba a Juana. Respecto a la personalidad que plasma, note que el personaje contradecía con sus acciones muchas de sus frases. Hubo momentos en los que quise ponerme de pie ante las escenas de una dama formidable que confrontaba a Felipe, pero luego, repentinamente, volvía a ser una mujer frágil y mansa o salía con una escena sobreactuada. 

La relación con Felipe tampoco terminó por convencerme. Siento que no estuvo bien desarrollada o el resultado no fue el esperado por los productores. Estoy de acuerdo en que Felipe es un gobernante independiente y ambicioso, pero, mostrar ya desde el primer momento una ambición desmedida y poco creíble. Me hubiera encantado que Felipe demostrará una ambición sutil, disfrazada de carisma. Pero Raúl Mérida, aun con su porte y atractivo, desde su primera aparición parece un principito enfurruñado. Según las crónicas, si hubo pasión la primera vez que Juana y Felipe se vieron. El tema de los celos de Juana no es tratado con solidez. La primera demostración de celos la vemos cuando la archiduquesa corta los cabellos de una dama que ha estado pasando el rato con su esposo mientras ella estaba de luto por su hermana. Después de ahí, no hay más arranques de celos, de tal forma que el tema se olvida, pero no logró entender porque hasta varios capítulos después, se retoma el asunto de los celos y por una simple acción de cortesía por parte de Felipe (le recoge el pañuelo a una dama), como si en los anteriores capítulos no hubiera habido oportunidad de que alguna mujer despertará los recelos de Juana. 

La tercera temporada, si bien es verdad que es más sombría, es un final digno de una gran serie. 


Fuente de imágenes: www.rtve.es

sábado, 11 de marzo de 2017

Isabel de Baviera "Sissi" (parte 2)

Preparativos

Dominio público
Elena (izquierda) y Sissi (derecha)
Creado el: 1 de enero de 1853

Los primeros comentarios acerca de la futura emperatriz de Austria es que, aunque perteneciera a una familia de la alta aristocracia, no tenía la alcurnia de los Habsburgo. El 31 de agosto de 1853 la estancia en Bad Ischl terminó. El emperador debía regresar a sus deberes en Viena y Sissi al castillo de Possenhofen. Para el emperador no resultó fácil separarse de Sissi, e igualmente a Sissi le esperaba un intenso programa de estudios al regreso. La prometida del emperador tuvo que prepararse para su nuevo cometido; aprender francés e italiano, mejorar en poco tiempo su descuidada formación y aprender historia austríaca. Tres veces por semana la visitaba un historiador, el conde Johann Mailáth, quien se ganó el afecto de la futura emperatriz.


Docenas de modistas, bordadoras, zapateros y sombrereras de Baviera trabajaron para tener a tiempo el ajuar de la futura emperatriz. Mientras tanto, la archiduquesa Sofía no dejaba de dar consejos y recordar a su hermana que la princesa debía limpiarse mejor los dientes. Sissi demostró poco interés por los vestidos, joyas y demás regalos costosos. Ninguno de los presentes le causó tanta ilusión como un papagayo que el emperador envió a Baviera. El afecto de Sissi hacia su prometido iba en aumento y cada separación provocaba en ella un mayor desconsuelo.

A principios de marzo de 1854, una vez conseguida la dispensa papal, se firmó el contrato matrimonial. Isabel recibiría como dote la cantidad de cincuenta mil florines. El emperador se comprometió a aumentar esta modesta dote con otros cien mil ducados, a los que añadió doce mil ducados más en concepto del Morgengabe, el «regalo de la mañana», una antigua costumbre de la Casa Imperial que consistía en indemnizar a la esposa en la mañana siguiente de su noche de bodas por la pérdida de su virginidad. Además, la emperatriz obtendría cien mil ducados destinados solo a «vestidos, adornos y limosnas y otros gastos menores». Porque todo lo demás (mesa, ropa de casa y caballos, mantenimiento y pago de la servidumbre, así como lo relativo al mobiliario y decoración de los palacios imperiales) corría a cargo de Francisco José. La asignación anual de que Sissi iba a disponer tras ser coronada emperatriz de Austria era cinco veces mayor que la de la archiduquesa Sofía.

En su última visita a Munich antes de contraer matrimonio, Francisco José entregó a su prometida una valiosa joya que debía lucir el día de la boda. Era una diadema de ópalos y brillantes a juego con el collar y los pendientes, obsequio de Sofía. Por el momento, Sissi no podía quejarse de la forma en que su futura suegra se comportaba con ella. Además de espléndidos regalos, la archiduquesa se volcó en decorar con el máximo lujo la vivienda destinada a los recién casados. El juego de tocador de Sissi era de oro macizo. Sofía decoró los aposentos del apartamento imperial con numerosos tesoros artísticos, cuadros, objetos de plata, porcelanas chinas, estatuas y relojes provenientes de las diversas colecciones privadas de la Casa Imperial.

Cuando Sissi escribió una carta a su futura suegra para darle las gracias por todas las atenciones, a ésta no le gustó el tono de familiaridad que empleó y así se lo hizo saber a su hijo. Francisco José le dijo al respecto a Sissi: «No estaría bien que yo, su hijo verdadero, la tratase de usted pero todos los demás tienen que tratar a mi madre con el respeto y la consideración que merece por su edad y condición». Aquel incidente hirió su sensibilidad y le dejó un amargo recuerdo. Era solamente el comienzo de una relación imposible con su suegra marcada por las constantes desavenencias. Su tía y suegra Sofía de Baviera no iba a ser para ella una «segunda madre» como tanto deseaba Ludovica, sino su peor enemiga en la corte. 

En los días previos a la boda, el ajuar de la futura emperatriz quedó listo y fue enviado en veinticinco baúles a la corte de Viena. En el meticuloso inventario que se hizo de todas sus pertenencias queda patente que la novia del emperador no era lo que se consideraba entonces «un buen partido». La mayoría de las joyas que Sissi llevó consigo eran regalo del novio y de su suegra con ocasión de la petición de mano. Las damas de la corte pronto comenzarían a juzgar, a la vista de tan modesto ajuar, a la futura esposa del emperador, a quien desde el primer instante consideraron «una duquesa bávara sin fortuna ni alcurnia».

Para Isabel, que sólo tenía dieciséis años y pasaba sus días corriendo en zuecos libremente por los bosques y parques de Possenhofen, semejante ajuar representaba un lujo hasta entonces desconocido. Acostumbrada a una vida sencilla en el campo, la visión de aquellos elegantes vestidos de raso, de tul o de seda junto a tocados de plumas, encajes y perlas, y sus correspondientes corpiños y miriñaques, le pareció un sueño. El sueño infantil pronto se convirtió en pesadilla, pues a Sissi, que odiaba la altanería aristocrática, le resultó difícil encajar en una corte tan estricta y conservadora como la vienesa. El 27 de marzo de 1854, en un acto que tuvo lugar en la sala del trono del palacio ducal de Munich y en presencia de toda la corte, la princesa Isabel renunció a sus eventuales derechos al trono de Baviera. Aquel mismo día quedó fijada la fecha de la boda.

Boda 

A finales de abril la duquesa Isabel de Baviera abandonaba Munich en compañía de su madre y sus hermanas. Durante buena parte del viaje, que duró tres días enteros, apenas dejó de llorar, tal como fue testigo el enviado prusiano que escribió: «La joven duquesa, a pesar de todo el esplendor y la magnificencia de la posición que le aguarda junto a su egregio esposo, parece muy triste por verse forzada a alejarse de su familia y de su país. Y el dolor de esta separación parece proyectar una sombra de melancolía sobre su rostro…».  
Cuando el carruaje llegó a orillas del Danubio, les aguardaba un majestuoso vapor fluvial —el Francisco José—, puesto a disposición del emperador para trasladar a la comitiva nupcial. El barco estaba equipado con un lujo extraordinario: el camarote de Sissi era de terciopelo púrpura y la cubierta había sido transformada en un jardín florido con una glorieta de rosas en el centro para que la novia pudiera retirarse a descansar.


A lo largo de la travesía, miles de personas, en su mayoría pobres campesinos, se acercaron a las orillas con la esperanza de poder ver a la novia. Aunque se encontraba agotada por el fatigoso viaje, Sissi no dejó de saludar con un pañuelo de encaje y sonreír tímidamente. Aún estaban con ella su madre y sus hermanas, que intentaban entretenerla para aliviar su nerviosismo. Pero a la duquesa Ludovica, que conocía muy bien a su hija, le preocupaba verla tan pálida, silenciosa y asustada. Al llegar al embarcadero de Nussdorf, cerca de Viena, todos los pasajeros se cambiaron de ropa. La futura emperatriz de Austria fue recibida por los vieneses con grandes muestras de afecto y admiración. Autoridades, dignatarios del imperio, los miembros más destacados de la casa de Habsburgo-Lorena y aristócratas esperaban impacientes bajo un arco de flores construido para la ocasión. Sissi hizo su aparición ataviada con un vaporoso vestido de seda rosa, con un amplio miriñaque, mantilla de encaje blanco y un pequeño sombrero a juego. Antes de que el vapor atracara en el muelle, Francisco José, llevado por la impaciencia, saltó a bordo desde la orilla para saludar a su prometida.


Delante de miles de personas que se agolpaban para ver a la novia, la estrechó entre sus brazos y la besó con entusiasmo. Ante esta espontánea escena de amor, el público estalló en vítores y aplausos. Hacía mucho tiempo que los habitantes de Viena deseaban tener una emperatriz como Sissi. Ahora con este matrimonio los austríacos confiaban en que Viena recuperara su antiguo esplendor gracias al encanto y juventud de su emperatriz. Al ver al emperador tan enamorado, muchos pensaron que llegarían tiempos mejores y que, llevado por su felicidad, se mostraría menos déspota y más abierto a las reformas que tanto ansiaba el país. 


Tras abrirse paso entre la multitud la pareja imperial se subió a una carroza dorada y puso rumbo al palacio de Schönbrunn, la espléndida residencia de verano de los Habsburgo. Durante varias horas le fueron presentados, uno por uno, todos los miembros de la casa de Habsburgo —entre ellos los tres hermanos menores de su esposo, primos, tías y tíos—, así como los altos funcionarios de la corte. Tras el intercambio de los regalos de boda, Sissi se retiró a sus aposentos rendida de cansancio, pero la jornada aún no había acabado. Le quedaba por conocer a las personas que a partir de ahora estarían a su servicio en sustitución de sus damas bávaras, obligadas a regresar a Munich. Su camarera mayor era la condesa Sofía de Esterházy, nacida princesa de Liechtenstein y persona de suma confianza de la madre del emperador. Esta estirada dama de cincuenta y seis años, ceremoniosa y severa, prácticamente iba a ejercer de institutriz de la soberana. Desde el primer instante Isabel sintió un profundo desagrado hacia ella porque la consideraba una espía al servicio de su suegra. Tal como anotó un ayudante del emperador: «Por un lado trataba a la joven soberana con demasiados aires de institutriz, mientras que, por otro, veía una de sus principales tareas en iniciar a la futura esposa imperial en toda la chismografía de la alta aristocracia, por la que, naturalmente, la princesa bávara apenas  se interesaba». En cambio sus jóvenes damas de honor, encargadas de iniciarla en las costumbres y ceremonias de la corte, le resultaron bastante más simpáticas. La archiduquesa Sofía le advirtió que, como emperatriz, no debía estrechar lazos de amistad con ninguna persona de su servicio.


La casa de la emperatriz Isabel se componía, además de un secretario, de una camarera, dos doncellas, un mayordomo, un gentilhombre de entrada, cuatro lacayos, un criado y una sirvienta. Cuando ya muy avanzada la noche llegó al fin la hora de acostarse, Sissi recibió de manos de su camarera mayor un cuaderno con el siguiente epígrafe: «Ceremonial para la introducción en la Corte Imperial de Su Alteza Real la Serenísima princesa Isabel de Baviera»Debía estudiar su contenido al pie de la letra para que al día siguiente no cometiera ningún desliz y todo se desarrollara según una tradición que se mantenía inalterable desde siglos atrás.

La prometida del emperador de Austria hizo su entrada en la ciudad de Viena en una rica carroza tirada por ocho caballos blancos con las crines trenzadas y escoltada por dos lacayos vestidos de gala y peluca blanca. Sissi, acompañada por su madre la duquesa Ludovica, lucía un vaporoso vestido de color rosa bordado con hilos de plata y adornado con pequeñas guirnaldas rosas. En la cabeza portaba la diadema de brillantes regalo de su prometido. Con lágrimas en los ojos y un nudo en el estómago, Sissi llegó al que ahora sería su nuevo hogar: el impresionante Palacio Imperial de Hofburg, el edificio más grande de toda la capital. Ajena al sufrimiento y la tristeza de su futura nuera, la archiduquesa Sofía, que esperaba a la novia a la entrada del palacio en compañía de toda su familia, escribió en su diario: «El comportamiento de mi querida niña fue perfecto, lleno de dulce y graciosa dignidad».

La fastuosa boda imperial tuvo lugar en la tarde del 24 de abril de 1854 en la iglesia de los Agustinos y fue oficiada por el arzobispo de Viena. Sissi vestía un delicado vestido blanco, bordado en oro y plata y cola de encaje. En su cabello recogido lucía la diadema de brillantes y ópalos que había pertenecido a Sofía. Todos los cronistas coinciden en el insuperable boato y la magnificencia de este enlace pensado para mostrar al mundo el poderío del Imperio austríaco. Uno de los invitados, el embajador de Bélgica, dijo al respecto: «En una ciudad donde no hace mucho el espíritu revolucionario originó tantos estragos, convenía desplegar toda la grandeza y pompa monárquicas»



Fuente:
Morato, Cristina Morato, "Reinas malditas", Plaza&Janes, 2014.

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