sábado, 23 de marzo de 2013

Juana de Arco, la doncella de Orleans (parte 1)





Primeros años
Juana de Arco nació en día de la Epifanía de 1412, en Domrémy, pequeño pueblecito de Champagne, Francia. Su padre, Jacobo d’Arc, era un hacendado de cierta importancia, hombre bueno, frugal y un tanto huraño. La madre de Juana, que amaba mucho a sus cinco hijos, educó a sus dos hijas en los quehaceres domésticos. Juana declaró más tarde: "Sé cocer e hilar como cualquier mujer". Pero nunca aprendió a leer ni a escribir. 

El debate sobre la fecha de nacimiento de la doncella de Orleans, no lo consiguió resolver ni ella misma en el proceso, cuando le preguntaron qué edad tenía. Ella respondió lo siguiente: “alrededor de diecinueve años, creo”. Aunque no estaba segura, la historiografía ha interpretado esta declaración al pie de la letra y de esta manera, restándole la fecha en la que se realizó esta pregunta en el proceso, el 24 de febrero de 1431, las cuentas dan el 1412 como la fecha más probable de nacimiento.

Los vecinos de la familia, en el proceso de rehabilitación de la santa, dejaron testimonios conmovedores de la piedad y ejemplar conducta de la joven. Tanto los sacerdotes que la conocieron como sus compañeros de juegos, atestiguaron que le gustaba ir a orar a la Iglesia, que recibía con frecuencia los sacramentos, que se ocupaba de los enfermos y era particularmente bondadosa con los peregrinos, a los que más de una vez, cedió su lecho. Según uno de los testigos "era tan buena, que todo el pueblo la quería.".

Juana tuvo una infancia feliz, aunque un tanto turbada por los desastres que asolaban el país y por el constante peligro de un ataque armado sobre la población de Domrémy, situada en la frontera de Lorena. Antes de emprender su gran empresa, Juana tuvo que huir, por lo menos una vez, con sus padres, a la población de Neufchatel, a trece kilómetros de distancia, para escapar de las manos de los piratas borgoñones que saquearon Domrémy. Los intentos de Francia por recuperar los territorios perdidos precipitaron uno de los más largos y sangrientos conflictos de la historia de la humanidad: la Guerra de los Cien Años, que duró en realidad 116.


Enrique V de Inglaterra

Santa Juana era todavía muy niña cuando Enrique V de Inglaterra invadió Francia, asoló Normandía y reclamó la corona de Carlos VI. Francia se hallaba en aquel momento dividida por la guerra civil entre los partidarios del duque de Borgoña y el duque de Orleáns, de suerte que no había podido organizar rápidamente la resistencia. Por otra parte, después de que el duque de Borgoña fue traidoramente asesinado por los hombres del delfín, los borgoñeses se aliaron con los ingleses, que apoyaban su causa. La muerte de los monarcas rivales, ocurrida en 1422, no mejoró la situación de Francia. El duque de Bedford, regente del monarca inglés, prosiguió vigorosamente la campaña y las ciudades cayeron, una tras otra, en manos de los aliados.


Carlos VII

 Entre tanto, Carlos VII, o el delfín, como se insistía en llamarle, consideraba que la situación no tenía remedio y se entregaba a frívolos pasatiempos en su corte.

Apariencia 



El tratamiento artístico de su figura fue sumamente variado, y a menudo apartándose de los pocos testimonios históricos, que indican que Juana, de poco menos de 20 años, era una joven alta y robusta (que podía usar las vestimentas de los soldados sin alterar su talle) y de pelo negro. Además (detalle esgrimido por los inquisidores insistentemente, como para indagar sobre su presunta condición demoníaca) sabemos que era bella y elegante, no desestimando algún atuendo suntuoso que le fuera obsequiado. Y las propias actas del juicio desestiman la leyenda de que se trataba de una campesina ignorante. 

Si bien era analfabeta, los diálogos consignados hablan de una perspicacia y sutileza sorprendentes, que en más de una ocasión dejaron mal parados a sus doctos interrogadores. 




Gracias a los miembros de la Asociación de Nuestra Señora de Bermont, se encontró en una capilla del siglo XI, ubicada a unos 500 metros de la casa natal de Juana, un fresco en que aparece, entre los pliegues del manto de Santo Thibaut, representado de pie, una joven arrodillada. Según los expertos, se trataría de la doncella de Orléans. 

Si se considera auténtica esa pintura, de estilo algo primitivo, Juana sería oriunda de Lorena por su aspecto físico. Pelo abundante, más bien rubio, apenas disimulado bajo una cofia; mejillas carnosas, una tez clara, una boca bien dibujada y magníficos ojos azules que iluminan el rostro. Sin embargo, se pone en duda el azul de los ojos porque, en esa época, los pintores utilizaban casi siempre la azurita, piedra preciosa que hacían venir de Italia y que trituraban para obtener un colorante. La azurita es un carbonato de cobre de color azul intenso.


Las primeras revelaciones


A los catorce años de edad, Santa Juana tuvo la primera de las experiencias místicas que habían de conducirla por el camino del patriotismo hasta la muerte en la hoguera. Primero oyó una voz, que parecía hablarle de cerca, y vio un resplandor; más tarde, las voces se multiplicaron y la joven empezó a ver a sus interlocutores, que eran, entre otros, San Miguel Arcángel, Santa Catalina y Santa Margarita. Poco a poco, le explicaron la abrumadora misión a que el cielo la tenía destinada: ella, una simple campesina, debía salvar a Francia. Para no despertar la cólera de su padre, Juana mantuvo silencio. 

Pero, en mayo de 1428, las voces se hicieron imperiosas y explícitas: la joven debía presentarse ante Roberto de Baudricourt, comandante de las fuerzas reales, en la cercana población de Vaucouleurs. Juana consiguió que un tío suyo que vivía en Vaucouleurs la llevase consigo. Pero Baudricourt se burló de sus palabras y despidió a la doncella, diciéndole que lo que necesitaba era que su padre la castigase ejemplarmente. 


Las visiones de Juana de Arco

En aquel momento, la posición militar del rey era desesperada, pues los ingleses atacaban Orleáns, el último reducto de la resistencia. Juana volvió a Domrémy, pero las voces no le dieron descanso. Cuando la joven respondió que era una campesina que no sabía ni montar a caballo, ni hacer la guerra, las voces le replicaron: "Dios te lo manda."  Incapaz de resistir a este llamamiento, Juana huyó de su casa y se dirigió nuevamente a Vaucouleurs. El escepticismo de Baudricourt desapareció cuando recibió la noticia oficial de una derrota que Juana había predicho; así pues, no sólo consintió en mandarla a ver al rey, sino que le dio una escolta de tres soldados. Juana pidió que le permitieran vestirse de hombre para proteger su virtud. 


Bibliografia 
•Mark Twain, Juana de Arco, Palabra, 1995.


http://www.leedor.com
http://www.lanacion.com.ar/

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