domingo, 30 de junio de 2019

Juana I de Castilla "la Loca" (Parte 4)

Discordias familiares
El derecho a gobernar Castilla era la causa principal de la discordia entre Fernando y Felipe. Sin embargo, el matrimonio del Rey Católico con Germana de Foix, sobrina del rey francés, había irritado a los castellanos, menguando así la admiración que el reino de su difunta esposa le profesaba. El casamiento del rey aragonés perjudicaba a los archiduques. Incluso circuló el rumor de que Fernando había planeado casarse con Juana la Beltraneja, antigua adversaria de Isabel I, que permanecía en un monasterio portugués. Sin embargo, las razones del rey aragonés estaban justificadas. La alianza de Maximiliano y Felipe de Habsburgo con su mayor enemigo, el rey de Francia, lo dejaba desprotegido, por lo que tuvo que congraciarse con el rey francés por su propia cuenta.

Fernando de Aragón

El 28 de mayo salieron Juana y Felipe de La Coruña, seguidos por una numerosa comitiva. Eran más los nobles que preferían probar fortuna con los nuevos monarcas antes que seguir bajo la autoridad del rey aragonés. Fernando solo contaba con grandes como el duque de Alba y el conde Cifuentes. El cardenal Jiménez de Cisneros fue quien consiguió que suegro y yerno se reunieran en Remesal. 

El 20 de junio de 1506, en Remesal, tuvo lugar la reunión entre Felipe el Hermoso y Fernando el Católico, cuyo objetivo era zanjar el conflicto por el gobierno de Castilla y León. El rey Fernando iba en disposición de paz, acompañado por el duque de Alba, el conde de Cifuentes, algunos señores de su casa y oficiales de su servicio, un total de doscientos y desprovistos de armas. En cambio, Felipe venía con un gran acompañamiento armado. Según los cronistas sus expresiones eran curiosas, contrastando el rostro alegre de Fernando con el gesto adusto y preocupado de Felipe. Fernando recibió con gracia a los nobles, antaño leales a su causa, ahora al servicio de Felipe. Lo que más resintió, fue no poder ver a su hija, que permaneció en Puebla de Sanabria. 


El 27 de junio, el rey Fernando firmó la nueva concordia en la iglesia de Villafáfila, en presencia del arzobispo de Toledo. El rey Felipe juró a su vez en Benavente. Se declaró en la concordia de Villafáfila que correspondían al Rey Católico la mitad de todas las rentas del reino y las de las Indias. La Concordia proporcionó a Fernando una salida airosa, que hubo de pagar con una carta firmada el 27 de junio, que suponía el reconocimiento de la incapacidad de su hija para reinar con un claro alegato contra su estado mental. 
Con esto último, por consejo de Filiberto de Vere, Felipe pretendía convertirse en rey por derecho propio. Las Cortes de 1506 se negaron a declarar la incapacidad de la reina, al igual que su confinamiento. Los procuradores de las ciudades contaban con poderes para jurar a la reina únicamente. Estos hechos impacientaban a Felipe, y al no contar con el soporte de las instituciones, recurrió al apoyo de los grandes nobles.


A punto estuvo don Felipe de cumplir sus propósitos, cuando medió el almirante de Castilla, Fadrique Enríquez de Velasco, quien estuvo al mando de la flota que trasladó a la infanta Juana en su primer viaje a Flandes y desde entonces le era muy devoto. De ningún modo aceptaría tal incapacidad, si antes no hablaba con la reina. El encuentro tuvo lugar en Mucientes; estuvieron presentes el almirante y Pedro López de Padilla. Durante la entrevista, doña Juana contestó con tal prudencia, que no les quedó duda de que podía ser mejor soberana que un rey que ni siquiera sabía valerse del castellano. Al recibir al almirante, Juana le preguntó si venía de donde estaba el rey, su padre, y qué tal le dejaba. El almirante respondió que el día anterior se había separado de él en la aldea de Tudela y que estaba bien, ahora de camino a sus reinos en Aragón. El almirante de Castilla concluyó que la reina "nunca respondió cosa que fuese desconcertada". Los nobles declararon por escrito que no había vestigio de insania en la reina y los procuradores se adhirieron a tal declaración. Juana intentó trasladar las Cortes a Toledo, pero Felipe insistió en que continuasen en Valladolid. El 10 de julio entraron los reyes a Valladolid debajo de un palio de brocado. El 12 de julio del 1506 las Cortes juraron a doña Juana como reina y señora natural, a Felipe como «verdadero y legítimo señor», pero no por derecho propio sino porque era su «legítimo marido», y al príncipe Carlos como heredero y sucesor de aquellos reinos. 

Muerte de Felipe el Hermoso
Mientras tanto, Juana comenzaba con los meses mayores de su embarazo, que era cuando su marido le mostraba mayor desvío. Entró en una de esas melancolías que le acompañarían el resto de sus días. Ser reina de Castilla no le había traído ninguna felicidad, sin duda; lejos de sus hijos y desde una amarga posición en el conflicto entre su padre y su marido. Juana podía ser una esposa devota, pero tenía en alta estima a sus regios progenitores y no estaba en disposición de enemistarse con su padre. Cuando todo se encaminaba a un próximo y brusco rompimiento entre suegro y yerno, Felipe adoleció de una súbita enfermedad que habría de acabar con su vida.



Aparentemente, durante los festejos en la fortaleza de Burgos, Felipe bebió una gran cantidad de agua fría tras un juego de pelota. Sin embargo, prosiguió con su actividad normal durante varios días, hasta que finalmente tuvo necesidad de llamar a los médicos al sentir fuertes escalofríos. La evolución de la enfermedad fue muy rápida y acompañada de terribles trastornos físicos, que permiten suponer una gran complejidad en el proceso que le llevó a la muerte. 

Según la leyenda, murió por beber estando sudado, pero como comentó un famoso jugador de la época, Juan Egaña, conocido en Inglaterra como John Egont, «si eso fuera cierto ninguno saldríamos con vida de estas partidas, pues de nadie se conoce que beba teniendo frío, sino calor». Sospecharon algunos de su corte que la enfermedad fuese producida por envenenamiento. Sus médicos solicitaron el auxilio de varios colegas españoles y en especial del doctor Gonzalo de la Parra, profesor en la universidad de Salamanca y médico del infante Fernando. El doctor viajó desde Valladolid, examinando al enfermo e intercambiando impresiones con sus médicos y así conoció que el rey después de enfriarse el día 16 se sintió mal, pero lo mantuvo en secreto hasta que tres días después hubo de recurrir a los doctores. Otro de los médicos españoles que visitaron al enfermo fue el doctor Yanguas, físico del arzobispo de Toledo. 

La muerte del efímero rey de Castilla se convirtió en fuente de rumores que perduraron por bastante tiempo. Se cree que pudo ser la peste. La epidemia desde luego había seguido a la corte durante el verano de 1506 y el rey Felipe hubo de instalarse en Tudela de Duero huyendo de Valladolid, donde se habían manifestado casos de pestilencia y, posteriormente, también en Burgos. Incluso la reina hubo de abandonar esta ciudad y más tarde Torquemada, villa en la que la peste atacó a la población con gran virulencia.

Doña Juana, olvidando todos los agravios recibidos, se puso a la cabecera del enfermo. El doctor Parra, médico de la corte, le indicó que no era conveniente que estuviera cerca del enfermo, ya que se encontraba en su quinto mes de embarazo. Pero Juana no hizo caso a tales advertencias. Tampoco se recataba de besarle, con grandes muestras de amor, y lo poco que durmió durante los seis días que duró la enfermedad, lo hizo recostada sobre el pecho de su augusto esposo. Éste, mientras conservó el sentido, no hacía más que manifestarle su agradecimiento por cuanto estaba haciendo por él, y prometerle que si Dios, en su inmensa benevolencia, le conservaba la vida, todo habría de ser muy distinto de allí en adelante, y hasta le aseguró que, por darle gusto, aprendería el habla castellana.


Capilla Real de Granada

Un día antes de la muerte de Felipe, el arzobispo Francisco Jiménez de Cisneros convocó un consejo para la formación de un gobierno provisional. También escribió al rey Fernando. Cuenta el citado doctor Parra que «a todos nos admiraron las disposiciones de nuestra señora, la reina, en esos tristes momentos; las fatigas y trabajos que tomaba sobre sí hacían temer por su salud, pero nada sucedió pues es mujer nacida para soportar cualquier fatiga. Siendo muy cristiana, como era, se sentía muy confortada viendo a su regio esposo tan compungido y arrepentido de su vida pasada; durante los últimos días, en los que su majestad, el rey, no parecía oír ni entender, la reina no por eso se apartaba de él, y le decía cosas muy dulces y amorosas, al tiempo que le musitaba oraciones para la buena muerte, por si las podía oír con los sentidos del alma. Falleció y siguió junto a él, pues decía que teólogos había que entendían que el alma tarda en abandonar el cuerpo más de lo que nosotros creemos y que en tanto hubiera espíritu convenía decirle cosas que fueran de su gusto. Costó separarla de su cuerpo, al que hizo muchas muestras de amor, con besos y caricias, pero sin perder la compostura, y sin que ese afán pueda atribuirse al extravío del que diera muestras en otras ocasiones. Por contra, hizo reflexiones muy cristianas sobre lo perecedero que es todo en esta vida mortal, y cómo tanto que urdió su difunto esposo para llegar a reinar en Castilla, para al cabo ser rey por no más de cuatro meses, que ni siquiera fueron los más felices de su vida». Falleció Felipe de Austria, a los 28 años, un 25 de septiembre de 1506. El cuerpo del difunto rey sería trasladado al monasterio de Miraflores, no muy lejos de Burgos, donde se le depositaría, hasta que fuese enterrado en la capilla real de Granada, donde reposaba la reina Isabel.


Bibliografía

RODRÍGUEZ VILLA, A. (1892). La Reina Doña Juana la Loca. Estudio histórico. Madrid.

Zalama, M. (2010). Juana I en Tordesillas. Valladolid: Grupo Página, pp.69-95.