jueves, 25 de enero de 2018

Isabel de Valois, reina consorte de España

Nacimiento y primeros años
Cuando Enrique y su esposa, Catalina de Médicis, aún eran delfines de Francia, nació el 13 de abril de 1546 en el castillo de Fontainebleau una niña a la que se impuso por nombre Isabel. A los tres años de edad, la princesa francesa fue prometida en matrimonio al rey de Inglaterra, Eduardo VI. La infancia de Isabel transcurrió en la itinerante corte francesa, rodeada de comodidades. Tras su nacimiento, fue puesta bajo la tutela de la amante de su padre, Diana de Poitiers. Cuando la princesa tuvo edad suficiente comenzó su instrucción en compañía de María Estuardo, la prometida de su hermano el futuro Francisco II. La educación de ambas tuvo un marcado carácter humanista y fue vigilada atentamente por Catalina de Médicis. Isabel demostró en todo momento poseer una gran inteligencia y parece que desde su infancia sintió adoración por la música y por las artes, seguramente como fruto de su educación, muy influenciada por los principios del Renacimiento.

Isabel de Valois, Clouet, 1549. Fuente: Madame Guillotine.co.uk


Matrimonio
El proyectado matrimonio con el rey inglés no llegó a celebrarse debido a la muerte de Eduardo VI en 1553. La primera aparición pública de Isabel de Valois se produjo con motivo de la boda del futuro Francisco II y María Estuardo. En la búsqueda de un nuevo pretendiente surgió el nombre de Carlos, hijo de Felipe II, enlace que se acordó en 1558, cuando Isabel tenía doce años y Carlos trece. El príncipe Carlos era un muchacho enfermizo y retrasado a quien le hizo mucha ilusión su prometido enlace al contemplar el retrato de su novia, enviado desde la corte francesa. Cuando iniciaron las negociaciones, aún vivía la segunda esposa de Felipe, por lo que la muerte de María Tudor provocó un cambio de planes. La alianza matrimonial con Francia era necesaria, y viendo que la boda de su hijo Carlos tardaría en realizarse, Felipe decidió sustituir a su hijo y ofrecerse él mismo como esposo de Isabel, como parte de los acuerdos alcanzados en la paz de Cateau-Cambrésis. Así el compromiso de la princesa y el rey de España quedó sellado el 3 de abril de 1559. No cabe duda de que el cambio de planes por parte del rey Felipe se debió a motivos políticos (poner fin a la enemistad entre los Austria y los Valois), contrario a lo que piensan los románticos.


Felipe II e Isabel de Valois, del Libro de Horas de Catalina de Médicis. Photo: Bibliothèque national de France.

El 22 de junio de 1559 se celebró en la catedral de Nuestra Señora de París la boda de la princesa Isabel de Valois con Felipe II, representado por poderes por el duque de Alba. Los enviados españoles llegaron a París unos días antes al señalado por la boda. El duque se arrodilló ante el rey, el cual le hizo levantar y, cogiéndole amistosamente del brazo, penetraron ambos en el salón, donde esperaban Catalina e Isabel, acompañadas por toda la corte.

Un cortejo imponente marchó desde el palacio del obispo a Nuestra Señora. Numerosos criados arrojaban monedas a la multitud que se apretujaba para ver a la princesa. Isabel, alta y morena, realzaba su belleza con un traje tejido de oro tan cubierto de pedrerías que apenas se distinguía la tela que lo formaba. Sobre los negros cabellos llevaba una corona cerrada en cuyo centro una espiga de oro sostenía un deslumbrador diamante que su padre le había regalado. Se apoyaba en el brazo de Enrique II. Llevaban la cola del gran manto de terciopelo azul, su hermana Claudia, duquesa de Lorena, y su cuñada María Estuardo, reina de Escocia. Terminada la ceremonia, Ruy Gómez se adelantó y puso en el dedo de la que ya era reina de España una sortija adornada con un diamante.

A esta ceremonia nupcial siguieron una serie de fiestas a cuál más aparatosa, la última de las cuales fue un gran torneo que se realizó en el patio del palacio Des Tournelles. Enrique II era hombre dado a los deportes. Como final de las fiestas se había organizado un torneo en el que participaban los más brillantes caballeros de la corte francesa. Cuando se dio cuenta de que el conde de Montgomery había puesto su lanza en alto por haber sido vencedor de sus adversarios, el rey quiso luchar contra él y en el choque se rompió la lanza del conde con tan mala fortuna que una astilla penetró por los intersticios de la visera, incrustándose en un ojo. El rey cayó al suelo. Se llamó a los médicos de la corte, que no sabían qué hacer en aquel caso. Se reprodujo la herida del rey en unos condenados a muerte a fin de investigar la cura, pero fue en vano. El rey de Francia murió cuatro días después, el 10 de julio de 1559.

Reina de España
La muerte del rey Enrique y la coronación de Francisco II hicieron retrasar la partida de la tercera esposa de Felipe II. No fue hasta enero de 1560 cuando Isabel sale del castillo de Blois para dirigirse a su nuevo país. El viaje fue duro; hasta finales de enero llega a la frontera, donde los sorprende una tempestad de nieve. A duras penas llegan al monasterio en Roncesvalles. En la gran sala de este monasterio tiene lugar la entrega de la reina a los representantes del rey español. Después, la comitiva continuó con su viaje hasta llegar a Guadalajara, alojándose en el palacio del Infantado. Isabel de Valois llegó al mencionado palacio el 28 de enero de 1560, allí fue recibida por su cuñada Juana de Austria, que se encargó de presentarle sus respetos en nombre de la familia real. Dos días después, arriba Felipe desde Toledo. Al día siguiente, 31 de enero, se bendijo la unión en la capilla del palacio, oficiando el cardenal Mendoza. Inmediatamente después se iniciaron los festejos, los cuales incluyeron numerosos banquetes, corridas de toros, música, recitaciones y fiestas de cañas. El día 3 de marzo los monarcas emprendieron el viaje a Toledo, donde se encontraba el infante Carlos; ciudad a la que llegaron el día 12 del mismo mes. Fue en esta ciudad donde se produjeron las mayores celebraciones y allí la reina recibió el cariño de sus súbditos. Isabel que penetró en la ciudad por la puerta de la Bisagra, tardó más de seis horas en llegar a la puerta del Alcázar, donde fue recibida por su hijastro, don Carlos; por Juan de Austria y por Alejandro Farnesio. Pero a los pocos días de su llegada a Toledo, Isabel cayó gravemente enferma, aquejada de viruela; por lo que quedaron suspendidos los festejos.

Escena de serie Reinas

La vida matrimonial de Isabel de Valois fue armoniosa, ya que ambos esposos se profesaron un gran cariño, a pesar de las discretas infidelidades cometidas por Felipe II, entre los años 1560 y 1564, sobre las cuales Isabel no realizó ningún comentario. Así la reina en una carta enviada a su madre afirmó lo siguiente: Este lugar me parecía uno de los más aburridos del mundo. Pero os aseguro, Señora, que tengo un marido tan bueno y soy tan feliz que aun cuando fuese cien veces más aburrido, yo no me aburriría nadaA finales de 1560 Isabel tuvo la primera regla y Felipe II se decidió a consumar el matrimonio, lo cual no fue fácil porque, como el embajador francés escribía a la reina Catalina de Médicis, "la fuerte constitución del rey causa grandes dolores a la reina, que necesita de mucho valor para evitarlo".

La corte española era muy distinta a como la pintan algunos historiadores. Al rey Felipe II le gustaba bailar y al parecer lo hacía con gracia compartida por la de su esposa. Se celebraban pequeñas y grandes fiestas, entre las que figuraban las partidas de caza que tanto gustaban a la reina por ser una magnífica cazadora con ballesta.

Apariencia
Brantóme describe a Isabel en estas palabras: "tenía hermoso rostro y los cabellos y ojos negros, su estatura era hermosa y más alta que la de todas sus hermanas, lo cual la hacía muy admirable en España, donde las estaturas altas son raras y por lo mismo muy apreciadas; y esta estatura la acompañaba con un porte, una majestad, un gesto, un caminar y una gracia mezcla de la española y la francesa en gravedad y en dulzura". El cronista Cabrera de Córdoba la describe de "cuerpo bien formado, delicado en la cintura, redondo el rostro, trigueño el cabello, negros los ojos, alegres y buenos, afable mucho".


Élisabeth de Valois, Anguissola, c1559. Photo: Kunsthistorisches Museum, Vienna. Fuente: 

Los retratos que de Isabel conservan muestran que si no era clásicamente hermosa, tenía, en cambio, el rostro mignon y la figura grácil y esbelta. Además tenía la elegancia y el charme de los Valois, todo lo cual la hacía sumamente atractiva. Aunque su hermana Margarita y su cuñada María Estuardo eran consideradas más bonitas, Isabel era una de las más atractivas entre las hijas de Catalina de Médicis. 

Brantóme asegura haber oído decir que "los cortesanos no se atrevían a mirarla por miedo a enamorarse de ella y despertar celos en el rey su marido y, por consiguiente, correr peligro de la vida"; y que "los hombres de iglesia hacían lo mismo por temor a caer en tentación, pues no confiaban tener bastante fuerza y dominio sobre su carne para guardarse de ser tentada por ella". Afirmaciones que si son seguramente excesivas, resultan elocuentes respecto a la fama de que gozaba la belleza de Isabel entre los súbditos de su esposo.

¿Hubo un amorío entre la reina Isabel de Valois y el príncipe Carlos?
Los rumores acerca de la supuesta infidelidad de Isabel con su hijastro, Carlos de Austria, no tienen ningún fundamento. Felipe II confiaba plenamente en su esposa, llegando a confiarle sus asuntos de Estado. Cuando Catalina de Médicis, reina de Francia, recibe a su hija Isabel, reina de España, después de seis años, en las conversaciones de Bayona de 1565. La madre de Isabel replica "muy española venís", haciendo referencia al empeño de su hija por defender los intereses de la monarquía española.

Según la leyenda, el príncipe Carlos se enamoró de la reina cuando asistió a su boda como testigo, lo cual es falso, ya que el príncipe no asistió a la ceremonia debido a problemas de salud. Según la versión romántica, dada la diferencia de edad, Isabel prefirió buscar amores en los brazos de su hijastro, de entonces catorce años. Lo que no deja de ser absurdo, ya que el rey Felipe, a sus treinta y dos años, era un hombre rubio, juvenil, delgado y de aire más flamenco que español. Carlos era un muchacho con la cabeza grande, cuerpo enclenque, con una giba en la espalda y una pierna más corta que la otra.

Don Carlos de Austria. Retrato del Príncipe de Asturias por Alonso Sánchez Coello.

Las atenciones que la joven reina prodigaba al trastornado don Carlos no prueban nada en cuanto al supuesto romance. Si don Carlos sobrevivía a su padre, como era de suponer, la suerte de Isabel y sus hijos dependería mucho de la relación con su hijastro. Además, Catalina de Médicis concibió el plan de casar a su otra hija, Margarita, con el príncipe Carlos, por lo que era importante que Isabel estuviera en buenos términos con el príncipe.

Al llegar a España, Isabel realmente se compadeció de su hijastro. Si de ella hubiese dependido, habría puesto fin a la discordia que reinaba entre el príncipe y su padre. Don Carlos se sintió conmovido por la acogida de la reina. A pesar de que no conocía freno a sus caprichos y de que todos cuantos le trataban temían su arrogancia, en presencia de Isabel se mostraba lleno de respeto. Le gustaba participar en sus juegos y buscaba el modo de tenerla contenta. No descuidaba ocasión de testimoniar la simpatía que sentía hacia ella. 

El príncipe Carlos era un gran problema para su padre. Ya desde niño se divertía torturando pájaros y a otros animales. En su adolescencia llegó a matar al caballo preferido del rey. Más tarde, tomó la costumbre de golpear a sus servidores. Pero el verdadero objeto de su odio era el rey Felipe. Don Carlos planea huir a Flandes y casarse con la archiduquesa Ana. Incluso le solicita ayuda a Juan de Austria para que le facilite el paso a Italia. Don Juan, siempre fiel a su hermano Felipe, se dirige a El Escorial a informar al rey. 

Maternidad
En mayo de 1564, se anuncia la noticia del estado de la reina. El embarazo provoca gran malestar a la reina. Los médicos recomiendan sangrías, con lo cual no hacen más que provocar un aborto de dos mellizos de tres meses. En opinión de los médicos su vida corría grave peligro y por ese motivo Felipe II realizaba frecuentes visitas a sus aposentos. El rey quedó muy afectado por este suceso, hasta el punto de prometer cesar sus amores extramatrimoniales. La protagonista de estos escarceos era Eufrasia de Guzmán, con la que inició un romance poco después de llegar Isabel, cuando no podía consumar el matrimonio.

La Infanta Catalina Micaela y su hermana mayor, Isabel Clara Eugenia, en 1570, por Sofonisba Anguissola.

En el otoño de 1565 Isabel quedó nuevamente embarazada y el 1 de agosto de 1566 dio a luz en el palacio de Balsain (Segovia) a su hija primogénita, Isabel Clara Eugenia. A pesar de la desilusión inicial, el monarca intentó animar a su esposa que se mostró muy apenada por no haber dado a luz un hijo. Aproximadamente un año después, el 10 de octubre de 1567, nació Catalina Micaela y dada la condición de ésta y la delicada situación del heredero al trono, la cuestión sucesoria se hacía cada vez más desesperada. Ambos embarazos fueron muy duros para Isabel que se vio afectada por fuertes dolores de cabeza, mareos y vómitos.

Cuando la reina recibió la noticia de la detención de Carlos, lloró durante dos días hasta que el rey le mandó que dejase de hacerlo, pues a él también le dolía lo sucedido. Felipe II encarga a un tribunal presidido por el cardenal Espinosa que estudie el caso y proceda a la inhabilitación de Carlos, el cual se declara en huelga de hambre, a lo que sigue días de glotonería sin medida. Bebe cantidades ingentes de agua helada con la que también rocía su cama, acostándose después en ella, lo cual sin duda contribuyó a su muerte, que tuvo lugar el 24 de junio de 1568. Pocos antes de morir recobró la lucidez, pidió perdón y solicitó la presencia del confesor. Tenía veintitrés años.

Muerte
El último año de la vida de Isabel estuvo marcado por su profunda tristeza. Así intentó mediar sin éxito, en el conflicto que mantenía el rey con su hijo Carlos, aunque la locura de éste se agravó tanto que fue imposible interceder por él. La muerte de Carlos fue un duro golpe para ella, que en aquellas fechas se encontraba embarazada.

Una vez más la intervención desacertada de los médicos, provocó grandes sufrimientos a Isabel de Valois. Puesto que diagnosticaron trastornos intestinales a la reina, cuando en realidad ésta había quedado nuevamente embarazada en las Navidades de 1567. Así el duro tratamiento al que fue sometido empeoró su estado de salud de tal modo, que en el mes de septiembre no podía levantarse de la cama. Durante los días siguientes Isabel sufrió de fuertes dolores de riñones y de trastornos digestivos y urinarios. El 22 de septiembre de 1568 notó como las fuerzas la abandonaban y supo que el momento de su muerte estaba cerca, por ese motivo solicitó la presencia de su confesor y pidió al monarca que fuera a visitarla. En la última conversación privada que mantuvo con Felipe II, ésta rogó el perdón del monarca por no haber concebido hijo varón y le expresó su pena por dejar a sus hijas huérfanas a tan temprana edad. Además recomendó al monarca que tratara con consideración a las damas de su séquito y que sobre todo mantuviera la concordia con Francia.

Isabel dispuso poco antes de morir los detalles de su funeral. La reina pidió ser enterrada con un hábito de san Francisco, en el monasterio de las Descalzas Reales, tras lo cual solicitó por escrito la autorización de su cuñada, que había fundado el mencionado monasterio. El 3 de octubre comenzó a sentir terribles dolores y ante la sorpresa de todos, dio a luz a una niña de cinco meses, que apenas vivió unas horas. El pueblo lloraba su perdida, la corte hacía lo mismo y el desconsolado marido, que desde ese momento siempre vistió de negro; se recluyó por unos días en el monasterio de San Jerónimo para rezar por alma.


Fuente:
Fisas, Carlos. (2000). Capítulo 5: Isabel de Valois. En Historia de las Reinas de España(pp.52-70). España: Planeta.

http://www.mcnbiografias.com/app-bio/do/show?key=isabel-de-valois-reina-de-espanna

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