sábado, 27 de agosto de 2016

Península Ibérica: unión de Castilla y Aragón

Escudo de Aragón y Castilla

El matrimonio de Isabel y Fernando no creó, ni podía crear, una nueva España unida. En el siglo XV la palabra "España" significaba, como venía significando a todo lo largo de la Edad Media, la colectividad de todos los pueblos de la Península, y no tenía ningún sentido político específico, igual que ocurría con las palabras "Alemania" o "Italia" para los pueblos de esas naciones. El escritor Diego de Valera, en una obra dedicada a Isabel en 1481, escribía que "...como quiera que Nuestro Señor vos aya dado...la monarchia de todas las Españas", con cuya frase se refería también a Portugal. Dada su imprecisión, los Reyes Católicos nunca utilizaron la palabra "España" en su título oficial, y se llamaban "Rey y Reina de Castilla, de León, de Aragón, de Sicilia..., condes de Barcelona...", etc.

No se hizo ninguna tentativa de modificar la total autonomía de Castilla y Aragón, y los Reyes Católicos nunca se plantearon como objetivo el logro de una España unida. Hubo pequeñas reformas, como la encaminada a facilitar el transporte de mercancías entre los reinos, de 1480, o el decreto de igualación, a partir de 1497, entre las tres principales monedas de oro de España (los excelentes de Valencia y Castilla y el principat de Cataluña), que facilitaron los intercambios económicos. Pero todas las barreras aduaneras entre los dos reinos siguieron vigentes, y sus instituciones se mantuvieron íntegras y separadas.



Siglo XIII





Las diferencias entre los reinos de la Península deben buscarse en su pasado medieval. En Castilla, la debilidad de la autoridad real no era tanto la presencia de tensiones feudales como, por el contrario, ausencia virtual de feudalismo. Las invasiones musulmanas habían destruido en sus comienzos las baronías feudales de la Alta Edad Media. La repoblación cristiana del valle del Duero la iniciaron pequeños colonos que no dependían social ni jurídicamente de ningún gran señor. Durante las grandes campañas de la Reconquista aumentaron la autoridad y los territorios del Rey de Castilla, pero no había gran necesidad de contratos entre la Corona y  los nobles guerreros, pues a éstos se los podía recompensar directamente gracias a las conquistas, sin que tuvieran que depender de la Corona para esas recompensas. Las grandes Ordenes Militares independientes -Santiago, Calatrava y Alcántara- se reservaron enormes territorios en las zonas fronterizas de Castilla la Nueva. El "feudo", que creaba un vínculo de dependencia entre los guerreros y su príncipe, y que es la institución que más se suele relacionar con el "feudalismo", era, en consecuencia, algo muy raro en Castilla.


En el Este, al contrario que en la Castilla básicamente no feudal, Cataluña pasó por el pleno feudalismo, dada su posición como avanzada del imperio carolingio en el siglo IX. Allí, en el siglo XII, el conde de Barcelona ya era un príncipe atendido por feudatarios que ocupaban territorios propiedad del conde y le juraban lealtad. Los barones tenían vasallos que les rendían homenaje y le prestaban servicios, a cambio de lo cual él los protegía. Una consecuencia de ese sistema de obligaciones mutuas era que cuando la nación política se reunía en Cortes insistía en las obligaciones contractuales del príncipe de proteger las leyes. En consecuencia, en Cataluña y los territorios aragoneses se hacía más hincapié en el respeto de la constitución.

La Corona de Aragón era una federación constituida por los reinos de Cataluña, Aragón, Valencia, Mallorca y Cerdeña. Cada reino se gobernaba de forma independiente, con sus propias leyes (fueros), sus propias Cortes (formadas por los tres estados de la Iglesia, los nobles y las ciudades, aunque Aragón tenía además un cuarto estado, el de los caballeros), su propio idioma (el catalán era la lengua mayoritaria de Cataluña, Valencia y Mallorca) y su propia moneda. La crisis demográfica de Cataluña afectó al campesinado feudal; casi una tercera parte de éste estaba adscrito a la gleba o sometido a exacciones feudales (los seis "malos usos"), y a esos campesinos se los llamaba payeses de remensa (de redención), debido a la costumbre de obligarlos a comprar su libertad si querían marcharse de las tierras de su señor. Cuando los problemas políticos de Cataluña estallaron con la revuelta de 1462 a 1472 contra Juan II, los payeses de remensa intervinieron en el conflicto como forma de protesta contra sus agravios.

Cabe considerar las grandes diferencias entre Aragón y Castilla bajo seis epígrafes.

  • Castilla era mucho más extensa: su superficie era casi el cuádruple que la continental de Aragón, con la correspondiente superioridad en recursos naturales y riqueza.
  • Castilla contenía casi el 80 por 100 de la población de la España peninsular: con una población total española de menos de siete millones en 1530, Castilla probablemente tenía más de cinco millones de habitantes, mientras que la Corona de Aragón tenía poco más de un millón. Al revés que en la época moderna, la mayor densidad demográfica se hallaba en el centro, y no en la periferia de la Península. El reino menos poblado era el de Aragón, con poco más de cinco habitantes por kilómetro cuadrado, mientras que la Castilla central tenía unos 21. Las tres grandes ciudades más grandes estaban en Castilla: Sevilla y Granada, con unos 50.000 habitantes cada una en el decenio de 1480, y Toledo, con 30.000. En Aragón, las capitales eran Valencia, con unos 30.000 habitantes en 1500; Barcelona, con 25.000, y Zaragoza, con 15.000.
  • Castilla era básicamente un Estado unido con un solo gobierno. No tenía barreras aduaneras internas. Claro que, en muchos sentidos, la unidad castellana era superficial. Las tres provincias vascas de Vizcaya, Guipúzcoa y Alava reconocían la soberanía del rey de Castilla, pero salvo eso eran prácticamente independientes. Los reinos del norte, Asturias y (a partir de principios del siglo XVI) Galicia, tenían gobiernos regionales llamados Juntas Generales. En otras partes de Castilla los privilegios locales y la influencia aristocrática reducían la autoridad estatal a la impotencia.
  • Castilla tenía unas estructuras comerciales mayores y más potentes (sobre todo, la Mesta). El volumen del comercio de Castilla hacia el norte, sobre todo con Inglaterra y Francia, refuta toda interpretación fácil de la unión como fusión entre una Castilla medieval y militarista con un Aragón comercialmente progresista.
  • A principios del siglo XV los barcos y los agentes comerciales de Castilla surcaban el Mediterráneo occidental, antes bajo la supremacía catalana. Tras los desastres de la guerra civil, Castilla mantuvo bajo Isabel su impulso favorable al cambio y la expansión: los grandes acontecimientos de 1492 confirmaron y ampliaron su primacía.
  • Existía una diferencia de sistemas políticos que inclinó la balanza en favor de Castilla. En la Corona de Aragón las tres Cortes se reunían a veces en la misma ciudad (en Cortes Generales), aunque en sesiones separadas; pero era más frecuente que se reunieran por separado en cada uno de los reinos. Las restricciones a las facultades legislativas del rey en Aragón estaban simbolizadas en un famoso juramento que se dice hicieron las Cortes de Zaragoza al jurar fidelidad al rey en el siglo XVI: "Nos, que valemos tanto como vos y juntos podemos más que vos, os hacemos nuestro Rey y Señor, con tal que guardéis nuestros fueros y libertades; y si no, no". Los reinos de Aragón formaban una monarquía limitada y contractual en la cual el rey, al ascender al trono, juraba mantener las leyes vigentes, y no podía legislar sin el consentimiento de los estados (brazos). En Castilla, en cambio, aunque el rey solía preocuparse de actuar por conducto de las Cortes, a partir del siglo XIV se reconocía que la Corona tenia facultades absolutas para promulgar y derogar leyes. En consecuencia, Fernando se encontró con que su libertad de acción en Castilla constituía un cambio muy agradable respecto de las restricciones que se le suponían en Aragón. Ello, así como su promesa de residir en los reinos occidentales, explicó por qué, en un reinado que duró en total treinta y siete años, pasó menos de tres años en Aragón propiamente dicho, sólo tres en Cataluña y unos meros seis meses en Valencia. Durante la campaña de Granada estuvo ausente de Cataluña once años, y utilizó un sistema de virreyes que gobernaban en su nombre.
De todo esto cabe aducir que la unión de las coronas fue desfavorable para Aragón. No sólo había pasado el rey a ser absentista; las nuevas conquistas, como Navarra, se añadieron a Castilla; los nuevos territorios, como los de América, pasaron a ser coto de Castilla; las nuevas instituciones imperiales, los consejos y el servicio diplomático estaban dominados por castellanos. "Ahora -anunciaba Barcelona a Sevilla en 1479- todos somos hermanos", pero esa fraternidad no estaba destinada a producirse en condiciones de igualdad. Los aragoneses tenían conciencia del desequilibrio: el propio Fernando recordó a las Cortes Catalanas en 1495 y 1503 que los recursos castellanos habían pagado las conquistas en el sur de Italia que habían ampliado los dominios de la Corona de Aragón. Pero encima de ese desequilibrio se produjo un gran avance hacia la cooperación entre las coronas en cuatro sectores importantes: en la larga reconquista de Granada, en la aplicación de una política religiosa común por medio de la Inquisición y de la expulsión de los judíos, en una política exterior y militar conjunta y en la aceptación de una sola monarquía para toda España. Pese a sus defectos, fue un experimento de colaboración sin igual en su época.



Bibliografía
Henry Kamen. (1984). Una sociedad conflictiva: España, 1469-1714. Madrid: Alianza.

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