lunes, 14 de diciembre de 2015

María Antonieta de Austria, reina de Francia (Parte 2)

Educación



María Antonieta era una criatura graciosa, esbelta e innegablemente bonita, sin embargo, su educación no fue muy esmerada. Siendo la hija menor, se había descuidado su formación. La futura reina de Francia no escribía correctamente en alemán ni en francés, ni poseía conocimientos de historia y cultura general. En música tampoco iba muy bien, aun cuando recibía lecciones de piano nada menos que de Gluck. Sin embargo, se menciona que tiene una hermosa voz y gracia para la danza. María Teresa contrata urgentemente al maestro de danza Noverre y a dos comediantes de una compañía francesa que trabaja en Viena. Ante este hecho, la corte de Versalles envía a Viena, por recomendación del obispo de Orleáns, como preceptor al abad de Vermond. De su mano obtenemos los primeros informes sobre la archiduquesa de trece años. "Junto con un semblante delicioso, posee todas las imaginables gracias en su figura, y si crece algo, como es lícito esperar, tendrá todos los encantos que se pueden desear en tan alta princesa. Su carácter y su corazón son excelentes". En sus informes, Vermond destacaba que la niña era más ingeniosa de lo que aparentaba, pero con pereza en el estudio y ligereza en su comportamiento. Juguetona, distraída, retozona, traviesa, la pequeña archiduquesa, a pesar de su gran facilidad de comprensión, no muestra jamás la menor inclinación a ocuparse de ningún asunto en serio. "Tiene más inteligencia de la que se sospechó en ella durante largo tiempo, pero, por desgracia, esta inteligencia, hasta los doce años, no ha sido acostumbrada a ninguna concentración. Un poco de dejadez y mucha ligereza me han hecho aún más difícil el darle lecciones. Comencé durante seis semanas por los fundamentos de las bellas artes: comprendía bien, juzgaba rectamente, pero no podía llevarla a que profundizara en las materias, aunque sentía yo que tenía capacidad para ello. De este modo comprendí finalmente que sólo sería posible educarla distrayéndole al mismo tiempo".

Se quejarán de igual modo, diez y hasta veinte años más tarde, todos los hombres de Estado que tengan que tratar con ella, de su aburrimiento ante toda conversación seria; ya a los trece años está a la vista todo el peligro de este carácter. Pero en la corte de Francia, desde que dominan las maîtresses, el porte de una mujer es más apreciado que su verdadero mérito: María Antonieta es bonita, es decorativa y tiene un carácter agradable. Así, pues, finalmente en 1769, es enviada por Luis XV a María Teresa la anhelada misiva, en la cual solicita la mano de la archiduquesa para su nieto, el futuro Luis XVI, y propone como fecha del matrimonio la Pascua del siguiente año.

Apariencia y personalidad. 
María Antonieta tenía un suave rostro ovalado, de cutis sonrosado, con el fuerte labio inferior de los Habsburgo que resultaba desagradable para el gusto francés. Tenía unos ojos azules expresivos y abundante cabello rubio cenizo. Era esbelta, no muy alta y de porte grácil. Un defecto llamativo era su frente ancha. Un famoso peluquero parisino, Larseneur, creó un peinado especial para disimular la frente abombada de la archiduquesa. El escritor inglés Horace Walpole, que apreció sus encantos durante la celebración de una boda, escribió: "Sólo había ojos para María Antonieta. Cuando está de pie o sentada, es la estatua de la belleza; cuando se mueve, es la gracia en persona. Se dice que, cuando danza, no guarda la medida; sin duda, la medida se equivoca...".


Fue una niña alegre, juguetona y distraída. Pasó a la historia de Francia como mujer frívola, caprichosa, intrigante y despilfarradora. Pero las biografías han demostrado que se trataba de una mujer afable, cordial, sincera, aunque perezosa para reflexionar y desorientada en una corte extranjera. Su personalidad despreocupada influyó en su trágico final, aunque se sabe que tras convertirse en madre adquirió más seriedad y responsabilidad. 

De archiduquesa de Austria a delfina de Francia
El palacio de la embajada francesa, en Viena, resultaba demasiado pequeño para mil quinientos invitados; centenares de trabajadores erigen a toda prisa edificaciones accesorias. Solo para ir en busca de la archiduquesa, Luis XV encarga dos coches de viaje de una magnificencia nunca vista hasta entonces: de maderas finas y lunas centelleantes, el interior tapizado de terciopelo, por fuera adornados profusamente con pinturas, remate de coronas en lo más alto de su cubierta. Para el delfín y la corte se confeccionan nuevos trajes de gala, bordados con pedrería. Con igual lujo prepara María Teresa el ajuar de su hija. El 17 de abril de 1770, María Antonieta, ante el Evangelio, un crucifijo y cirios encendidos, renuncia solemnemente  a sus derechos austriacos. El matrimonio per procurationem tiene lugar el 19 de abril, en la iglesia de San Agustín, en el que el archiduque Fernando representó al delfín. 

El 21 de abril, María Antonieta abandona Viena para tomar camino rumbo a Versalles. La despedida ha apenado a su madre, quien ha entregado al imperio toda sus fuerzas. Conocedora del carácter de todos sus hijos, le preocupa la falta de madurez y ligereza de la hija que partirá a Francia, por lo que pasa los últimos dos meses conversando con María Antonieta acerca del alto rango que está por desempeñar.

Mientras que la comitiva atraviesa lentamente Austria y Baviera, hasta acercarse a la frontera, en una isla del Rin entre Kehl y Estrasburgo, se construye una edificación donde se llevará a cabo la entrega solemne de la novia. Se improviso un gran pabellón de madera con dos entradas, una austriaca y otra francesa.


María Antonieta (Kirsten Dunst), escena de la entrega en película "Marie Antoinette" de Sofia Coppola.

La entrega de María Antonieta debía significar la despedida de todo lo que la ligaba con la casa de Austria. No solo no se le permite llevar acompañamiento austriaco, sino que la etiqueta exige que no conserve ni una sola prenda de su patria. Desde el momento en que llega a ser delfina de Francia, deberá envolverse solo con telas de procedencia francesa. En la antecámara austriaca, la joven de catorce años es despojada de sus prendas y ataviada con la ropa de su nuevo país. El jefe de la comitiva austriaca, el conde de Starhemberg, le tiene la mano para dar el paso decisivo y, vestida a la francesa, se acerca a la sala de entrega, donde la espera la delegación francesa. El representante de Luis XV pronunció un discurso, para luego dar inicio a la ceremonia. El representante austriaco deja libre la mano de María Antonieta y en su lugar se apoderó de ella el representante francés, el conde de Noailles. Ante la reverencia de su nueva dama de honor, la condesa de Noailles, la nueva delfina se echó en sus brazos sollozando. Dicha condesa era una fiel seguidora del protocolo, a la que Antonieta apodaría más adelante como Madame L'Etiquette

Matrimonio
El 14 de mayo, María Antonieta se reunió con la familia real en el bosque de Compiègne. La esperaban Luis XV, el delfín Luis Augusto y tres de las cuatro hijas del monarca, las Mesdames, Adelaida, Victoria y Sofía. El rey se dispone a recibir a a la esposa de su nieto, pero la delfina se adelanta y con una grácil reverencia se arrodilla a los pies del anciano rey. Luis XV quedó encantado con la exquisita muchacha, a la que alza y besa en ambas mejillas. El delfín no parece tan impresionado como su abuelo. Escribe en su diario una breve anotación: "Encuentro con la señora delfina". 



El 16 de mayo de 1770 se celebro el matrimonio en Versalles, en la capilla de Luis XIV. Solo a la más alta nobleza (con un árbol genealógico de cien ramas por lo menos) se le autorizo ingresar al templo. El arzobispo de Reims bendijo las trece monedas de oro y el anillo nupcial que el delfín entregaría a María Antonieta. Después, ambos se arrodillaron para recibir la bendición. En el contrato matrimonial, firmado por el rey y el resto de los parientes, pueden verse cuatro palabras: "Marie Antoinette Josepha Jeanne" y junto a ellas una mancha de tinta que, entre todos los firmantes, solo a ella se le escapó.

Una vez terminadas las solemnidades oficiales, el rey conduce a la infantil pareja hacia el dormitorio. Incluso en la cámara conyugal predomina la etiqueta. El propio rey de Francia entrega al heredero la camisa de dormir, mientras que la duquesa de Chartres, la dama de más alta categoría y recientemente casada, entrega la camisa a la delfina. El arzobispo de Reims bendice el lecho y, después, la corte abandona aquel recinto. 


María Antonieta y Luis XVI recibiendo la visita del archiduque Maximiliano Francisco (hecho por Josef Hauzinger)

El matrimonio no tuvo un inicio prometedor. En la noche de bodas no ocurre nada. Queda demostrado cuando, a la mañana siguiente, el joven esposo escribe en su diario: "nada". El matrimonio no se ha consumado y tendrán que pasar siete años para que ocurra. En mayo de 1771, la emperatriz recomienda a su hija "ternura, mimos" pero sin abusar de ello. Pero ya que la situación se prolonga a más de un año, la emperatriz empieza a preocuparse. Hace llamar al médico de la corte, van Swieten, y lo consulta sobre tan delicada cuestión. Se cree que el delfín padecía de una fimosis que le impedía mantener relaciones sexuales. 

Vida en la corte
Las miradas de los nobles se posaron rápidamente en la pequeña y rubia archiduquesa de Austria, que dentro de no muchos años se vería convertida en reina. La primera impresión fue excelente: una joven encantadora y orgullosa. Su única falta estaba relacionada con su desapego al protocolo. María Antonieta pretendía andar con libertad. Sabía conducirse en los actos solemnes, después de todo, había sido educada bajo la etiqueta de los Habsburgo. La diferencia es que su tierra natal, el ceremonial estaba reservado para las recepciones. A puertas cerradas, había sencillez y familiaridad.

María Antonieta nunca pudo comprender el anticuado y severo ceremonial de Versalles. Ella misma describe así su día: 
"Me levanto a las nueve y media o diez, me visto y hago mis oraciones matinales. Después me desayuno y voy a ver a las tías, donde, de ordinario, encuentro al rey. Esto dura hasta las diez y media. En seguida, a las once, voy a que me peinen. A mediodía llaman a toda mi casa, y todo el mundo puede entrar entonces, salvo las gentes sin calidad ni nombre. Me pongo mi colorete y me lavo las manos delante de todos los reunidos; después retíranse los hombres, quedan las damas y me visto delante de ellas. A las doce, se va a la iglesia. Si el rey está en Versalles, voy con él a misa, con mi esposo y las tías. Si está ausente, voy sólo con el señor delfín, pero siempre a la misma hora. Después de misa hacemos la pública comida de mediodía, pero a la una y media está ya terminada, porque los dos comemos muy de prisa. De allí voy a las habitaciones del señor delfín, y cuando está ocupado, me vuelvo a las mías, donde leo, escribo o trabajo, pues estoy haciendo una chupa para el rey, trabajo que avanza muy lentamente, pero confío en que, con la ayuda de Dios, estará terminado dentro de algunos años. A las tres vuelvo junto a las tías, con las cuales, a esa hora, se encuentra el rey; a las cuatro viene el abate a mi habitación; a las cinco, el maestro de clave o el de canto, hasta las seis de la tarde. A las seis y media vuelvo casi siempre junto a las tías, si no salgo de paseo. Tienes que saber que mi esposo va casi siempre conmigo a las habitaciones de las tías. Se juega de siete a nueve; pero si hace buen tiempo salgo de paseo, y entonces no se juega en mis habitaciones, sino en las de las tías. Cenamos a las nueve, y si no está el rey, las tías cenan con nosotros. Pero si está el rey presente, después de cenar vamos junto a ellas. Esperamos al rey, que, de costumbre, llega a las once menos cuarto. Pero yo, mientras tanto, me echo en un gran canapé y duermo hasta su llegada; pero si no está allí, vamos a acostamos a las once. Ésta es la distribución de mi día". 
La delfina aún tenía mucho por aprender, pues su instrucción estaba por debajo de la media. No escribía bien en alemán y tampoco dominaba por completo el francés. El abad de Vermond tenía que corregir sus cartas. María Teresa escribía incesantemente a su hija para que leyera: "Trata de amueblarte la cabeza con buenas lecturas; es para ti más necesario que para cualquier otro. Desde hace dos meses estoy esperando la lista del abate, y temo que no te has ocupado de ello y que los burros y caballos te han quitado el tiempo destinado para los libros. Ahora, en invierno, no abandones esta ocupación, ya que no posees a fondo ninguna otra: ni música, ni dibujo, baile, pintura o cualquier otra arte bella". La emperatriz tenía motivos para desconfiar, pues el abad no podía imponer su voluntad a la delfina. 

María Teresa, consciente del peligro que corre su hija en esa corte extranjera llena de intrigas, envía a un diplomático belga de su confianza, el conde de Mercy. "Temo mucho —escribe la soberana al diplomático— la excesiva juventud de mi hija, la demasía de lisonjas en torno suyo, su pereza y su falta de gusto por toda actividad seria, y recomiendo a usted, ya que tengo en su persona plena confianza, que vigile para que no vaya a caer en malas manos". En apariencia, es el embajador de la emperatriz en la corte de Versalles, pero en realidad es el espía, a través del cual María Teresa vigila los movimientos de su hija desde Schönbrunn. Como embajador de una corte extranjera, no le es permitida la pretensión de educar a la futura reina de Francia o de influir sobre ella, por lo que el conde de Mercy no tiene otro medio de influir en la ingobernable muchacha sino acudiendo a la autoridad materna.

Desde sus primeros años, María Antonieta se ve envuelta en una intriga cortesana, instigada por las tres hijas solteronas de Luis XV. Las Mesdames de Francia se aprovechan de la inexperta delfina para hacer guerra a la amante del rey, Madame Du Barry.

El saludo a la amante real
A sus quince años, María Antonieta era la dama de más alta categoría en la corte. Las Mesdames Adelaida, Victoria y Sofía, se sienten desplazadas por la advenediza condesa du Barry, quien había ingresado en la corte en 1768 como amante de Luis XV. A su llegada, María Antonieta no sabía nada acerca de dicha dama ni de su situación en la corte. La idea de una maîtresse era desconocida en la severa corte de María Teresa. Pero las tías del delfín se encargan de explicarle la condición de aquella mujer, allegada al rey. Semanas más tarde, la delfina escribe a su madre acerca de esa "sotte et impertinente créature" (tonta y descarada criatura). 


Madame du Barry

Según la etiqueta, una dama de categoría inferior no podía dirigir la palabra a una de categoría superior. La delfina aprovecha este derecho para humillar a la amante real. La du Barry debe contener su furia cada vez que la encantadora archiduquesa saluda y charla con todas las damas de la corte, excluyendo a la condesa. La joven austriaca podrá ser la heredera del trono, pero la condesa tiene en sus manos al rey. Al principio, Luis XV no interviene en el conflicto; quiere pasar sus últimos años en tranquilidad y goce. Y esta guerra femenina ha venido a turbar su paz. El rey hace llamar a Madame de Noailles, quien a su vez hace llegar la amonestación del monarca a la delfina. 

El conde de Mercy no demora en informar a la emperatriz, quien se halla en una penosa encrucijada, como una estricta madre católica y, por otro lado, su papel como diplomática. Decide zafarse del asunto y dejarlo en manos de la cancillería del Estado. Su ministro de Estado, Kaunitz, se encarga de explicar: "Cometer faltas de cortesía hacia las personas a quienes el rey ha admitido en su círculo, es ofender a ese mismo círculo, y todos tienen que respetar en tales personas el que el monarca mismo las considere dignas de su confianza, y a nadie le es lícito permitirse examinar si lo ha hecho con razón o sin ella. La elección del príncipe, del monarca mismo, tiene que ser estimada como indiscutible".  Queda bastante claro lo que se tiene que hacer, sin embargo, María Antonieta se halla sometida a la influencia sediciosa de las tías. Ahora que es consciente de lo mucho que enfada a la condesa con su desplante, la delfina no cesa en ignorar a la du Barry. 

Esta vez, el rey está realmente molesto. El embajador austriaco, Mercy, es convocado a una conferencia por el Ministerio francés de Asuntos Exteriores. El mismo monarca se queja ante Mercy del comportamiento de la delfina, a quien reconoce como encantadora, pero joven e influenciada por malos consejos (refiriéndose a las tías, sus propias hijas). Mercy comprende que se trata de una orden real, clara y manifiesta, que ha de ser acatada. 


María Antonieta (Kirsten Dunst) y Madame du Barry (Asia Argento), escena en película "Marie Antoinette" de Sofia Coppola.

Una noche, la corte espera un acontecimiento de sumo interés: por primera vez, la delfina dirigirá la palabra a la condesa du Barry. Todo está excelentemente planeado: en el salón de juego, al final de una partida, Mercy se acercará a la condesa e iniciará una conversación con ella, y, después, la delfina se acercará al embajador, lo saludará y dirá también algunas palabras a la favorita real. Con la mejor intención, María Antonieta se dirige a la reunión a fin de seguir con el plan. Pero, en el momento decisivo, Madame Adelaida se dirige a la delfina e interrumpe su trayecto hacia donde se ubican el embajador y la condesa. El anhelado saludo no llega a ser pronunciado.

Con el rey encolerizado, la misma María Teresa tiene que intervenir. "¡Ay, tanto miedo y tanta vergüenza para hablarle al rey, el mejor de los padres! ¡O para hacerlo con aquellas gentes que te aconsejan que le hables! ¡Vaya un encogimiento para dar solamente los buenos días! ¿Cualquier palabra sobre un traje o sobre cualquier otra pequeñez te cuesta tantos aspavientos? Te has dejado coger en tal esclavitud que, visiblemente, la razón y hasta tu deber no tienen ya fuerza para persuadirte. No puedo guardar silencio por más tiempo. Después de la conversación con Mercy y de su comunicación acerca de lo que el rey desea y lo que tu deber exige, ¿has osado desobedecerle? ¿Qué motivo razonable puedes aducir para ello? Absolutamente ninguno. No tienes que considerar a la Du Barry sino como a todas las restantes damas que en la corte son admitidas en el círculo del rey. Como primer súbdito del rey, tienes que mostrar a toda la corte que ejecutas sin condiciones el deseo de tu soberano. Naturalmente que si te pidiese bajezas o deseara de ti intimidades con ella, entonces ni yo ni ningún otro te lo aconsejaría; pero ¡cualquier palabrilla indiferente, no por la dama misma, sino por tu abuelo, tu soberano y bienhechor!". Ante este bombardeo de razones, María Antonieta, aunque de naturaleza voluntariosa y obstinada, jamás ha osado oponer resistencia ante la autoridad de su madre. La disciplina familiar de la casa de Habsburgo sale victoriosa también en este asunto. 

El día de Año Nuevo de 1772 aporta el triunfo a Madame du Barry. La escena ha sido montada nuevamente. La corte se encuentra reunida. La delfina saluda a las damas de la corte y, cuando le llega el turno a la condesa du Barry, pronunció las siguientes palabras: "Hay hoy mucha gente en Versalles". Su juvenil orgullo ha recibido un golpe terrible. Por primera vez ha bajado la cabeza, pero no volverá a inclinarla por segunda vez hasta la guillotina. Amargamente le dice a Mercy: "Una vez le he hablado, pero estoy decidida a que la cosa quede aquí. Esa mujer no oirá nunca más el tono de mi voz". Madame du Barry, la mujer de pueblo, cuyo único mérito ha sido satisfacer los deseos carnales del anciano rey, ha vencido a la archiduquesa de Austria y delfina de Francia. Pero la condesa no está muy a gusto después de su triunfo. Desde el principio, no ha existido ninguna especie de animosidad contra María Antonieta, se trataba únicamente de una pequeña satisfacción. En todo caso, es lo bastante lista para saber que todo su poder depende del envejecido monarca. Una apoplejía en el protector de sesenta y dos años, y a la mañana siguiente la pequeña archiduquesa puede ser ya la reina de Francia. Por ello, Madame du Barry intenta reconciliarse. Incluso intenta ganar su favor obsequiándole joyas, pero María Antonieta no perdona la humillación pública a la que ha sido sometida. Un nuevo aplomo comienza a manifestarse en la muchacha de diecisiete años, que ya siente sobre sus sienes las proximidades de la corona de reina. 

Reina de Francia




El 26 de abril de 1774, el rey partió hacia el Petit Trianon, su palacio favorito. Al día siguiente, mientras participaba en la caza, sufrió un súbdito desfallecimiento, por lo que tuvo que regresar al Trianon. Por la noche, sus médicos comprobaron que tenía fiebre. Madame du Barry fue llevada a su cabecera. A la mañana siguiente es trasladado a Versalles; incluso en las últimas horas del monarca prevalece la etiqueta, pues el rey no puede morir más que en su real lecho. De inmediato es rodeado por seis médicos, cinco cirujanos, tres boticarios; seis veces por hora, cada uno de ellos le toma el pulso al enfermo. Cuando descubren unas erupciones de color rojo en la piel, los médicos diagnostican viruela. Las hijas del rey no se alejan de su lecho durante el día, mientras que Madame du Barry permanece junto a él en la noche. A Luis Augusto y María Antonieta, como herederos del trono, se les prohibió acercarse a la habitación del enfermo. El rey moribundo se vio obligado a probar su arrepentimiento. La amante real, que permaneció junto al lecho de su protector, tuvo que ser alejada. Madame du Barry fue llevada discretamente a un palacete en Rueil. Finalmente, el 10 de mayo de 1774, Luis XV, en otro tiempo "el bien amado", fallece a los sesenta y cuatro años.

Resuena el grito: "¡El rey ha muerto, viva el rey!". Según Madame Campan, en sus Mémoires, ante la noticia de la muerte del rey, los nuevos soberanos cayeron de rodillas y exclamaron: "Dios mío, guíanos y protégenos; somos jóvenes, demasiado jóvenes para reinar". Apenas tenían veinte años. Sin embargo, es poco probable que los delfines reaccionaran impactados a un acontecimiento que venían esperando desde hace tiempo. María Antonieta escribe a su madre: "aunque ya Dios me hizo venir al mundo en la categoría que hoy poseo, no puedo menos de admirar la bondad de la Providencia, que me ha escogido a mí, la más joven de vuestros hijos, para el más hermoso reino de Europa". Los jóvenes soberanos fueron recibidos con entusiasmo. Atrás quedaba el reinado del viejo y lascivo Luis XV, para dar paso al reinado de Luis XVI, un rey joven, sencillo, modesto y piadoso. Tales virtudes prometían una época de bienestar para Francia. Luis XVI es coronado el 11 de junio de 1775 en la catedral de Reims. María Antonieta ahora es la reina de Francia. 

El error de María Antonieta a lo largo de veinte años de reinado fue creer que se podía sacrificar lo esencial por lo insignificante, el deber por el goce, Francia por Versalles y el mundo real por su mundo de juguete. Ni una sola vez tuvo la reina de Francia el deseo de conocer su propio reino. Sus visitas se limitan a Versalles, Trianón, Marly, Fontainebleau, Saint-Cloud y Rambouillet; seis palacios dentro de un espacio pequeño, a pocas horas de camino unos de otros. No fue capaz de robar una hora de tiempo a su ociosidad para visitar a sus súbditos. Para ella, el mundo verdadero, ajeno a su círculo aristocrático, era inexistente. Su mayor culpa fue haber entrado en el conflicto más duro de aquel siglo con blando corazón.


Escena de película "Marie-Antoinette, la véritable histoire", de Yves Simoneau, Francis Leclerc

María Antonieta comenzó a pasar el tiempo con un grupo de amigos con mala fama, dirigido por Yolanda de Polignac y la princesa de Lamballe. Otorga presentes y posiciones a sus amigos, ignorando a las grandes casas de la nobleza. Gasta dinero en vestuario, joyas y fiestas. Organiza partidas de cartas donde realiza grandes apuestas. Su círculo incluía al hermano menor del rey, el conde de Artois y cortesanos como el duque de Ligne, Counts Dillon, Vaudreuil y Axel Fersen. Se le atribuyo un romance con éste último. 

Dormitorio de la reina en Versalles 

Fontainebleau

Fontainebleau

María Antonieta era una soberana derrochadora. Su atracción por el lujo la llevó a reconstruir los apartamentos en los palacios reales en Versalles como en Fontainebleau. Era aficionada a la porcelana. 



Circulan panfletos acerca de la reina, en los cuales se le acusa de tener amantes, tanto hombres como mujeres. También es acusada de favorecer los intereses de Austria. Sus interferencias en los asuntos de Estado son caprichosas, destituyendo ministros o siguiendo los consejos interesados de sus amigos. Su esposo le cede el Petit Trianon, un recinto palaciego de Versalles. Antonieta tuvo amistad con distintas mujeres de la corte. Una de ellas fue la princesa de Lamballe, una mujer virtuosa que contrastaba mucho con la duquesa de Polignac, quien, al final, resulto estar más unida a la reina. En los panfletos pornográficos sobre María Antonieta se mostraba a la princesa de Lamballe o a la duquesa de Polignac como amantes de la reina. 





Fuentes:
  • Zweig, Stefan, María Antonieta, segunda edición, México: Editorial Porrúa, 2016.

No hay comentarios:

Publicar un comentario