sábado, 1 de noviembre de 2014

Isabel de Aragón, reina consorte de Portugal


By Anonymous - Convento de las Huelgas Reales de Burgos, Public Domain, Link

Nacimiento e infancia
La primera hija de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón nació el 2 de octubre de 1470 en Dueñas. Llegó al mundo en plena Guerra de Sucesión, en difíciles circunstancias para los padres. El parto transcurrió con suficiente normalidad, a pesar de que la princesa viajaba constantemente. Fue atendida por su médico de cabecera, el doctor Juan Rodríguez de Toledo. La princesa Isabel aceptó la norma que dictaba que debía parir frente a testigos de la corte. Usaba un velo en el rostro para ocultar sus expresiones de dolor ante las contracciones.

Según Tarsicio de Azcona, “Isabel dio a luz no un varón, sino una niña. Se anunció a las ciudades de Castilla y Aragón, y le dieron el título de «infanta de Castilla y de Aragón», con lo cual se afirmaba la legitimidad dinástica de los jóvenes príncipes castellanos, que veían ya afianzada su sucesión”. 

El bautizo de la infanta se realizó, probablemente, en la iglesia de Santa María de Dueñas, construcción del siglo XIII de estilo románico de transición al gótico muy cercano al palacio de los Acuña, donde los príncipes habían establecido su corte. No hay datos de grandes celebraciones; además de las circunstancias políticas que rodearon el nacimiento, el sexo de la infanta no era precisamente el más deseado. Solo se tiene noticia de una celebración en Valencia, el 10 de octubre.

Se sabe poco sobre los primeros años de Isabel de Aragón. En 1476 fue nombrada heredera de Castilla. Ante la guerra entre Castilla y Portugal por el trono castellano, Fernando hizo testamento el 12 de julio de 1475, en Tordesillas, redactado por Hernando de Talavera. Fernando reconocía a su hija Isabel como legítima heredera de sus bienes y reinos de Aragón y Sicilia.
Instituyo por mi heredera universal en todos mis bienes, assy muebles como raýces, a nuestra muy cara y muy amada hija la dicha princesa doña Isabel. Especialmente la constituyo por mi heredera y legítima sucesora en los dichos mis reynos de Aragón e de Cecilia, no obstante cualesquier leyes, fueros y ordenamientos y costumbres de los dichos reynos, que defiendan que hija no suceda en ellos, ca yo suplico al rey mi señor, que Nuestro Señor conserve en mucha paz y prosperidad, que de su poderío real absoluto derogue y casse las dichas leyes, fueros y ordenamientos e costumbres, e yo en cuento puedo las derogo, casso e anullo por esta ves. Y esto no por ambición, ni por cobdicia o affección desordenada que de la dicha princesa tengo, aunque la amo muy affectuosamente y más que a hija legítima unigénita, sy más puede ser, especialmente por ser hija de reyna y madre tan excellente, mas quiérolo y ordénolo assý por el gran provecho que de los dichos reynos resulta y se sigue de ser assý unidos con estos de Castilla y de León, que sea un príncipe rey y señor y gobernador de todos ellos. Y porque este bien púlico es cierto y notorio, ruego y mando en quanto puedo a todos los nuestros súbditos y naturales dellos que por fidelidad, subiección y obedientia que nos deven y tienen prometida, esto assy quieran y obedezcan. Y al rey mi señor suplico que su alteza que assi lo conosce, y que ama su mayor bien, como su verdadero rey e señor, que assi gelo mande, lo qual yo quiero, y a su alteza suplico, sy con buena consciencia se puede hacer, y no en otra manera.  Transcripción de José Ángel Sesma Muñoz, Fernando el Católico, hispaniarum rex…, doc. 13, pp. 260-263

Educación
La educación de Isabel de Aragón comenzó a los seis manos, con fray Pedro de Ampudia como instructor. Aparte de Pedro de Ampudia, tuvo por preceptor a Antonio Geraldini. La joven Isabel creció en el ambiente de una corte itinerante y en guerra. Dada su condición de heredera (siendo aún hija única), recibió preparación para gobernar. Se involucraba en los asuntos de Estado aportando su consejo y recibiendo embajadas junto a sus padres.
Debió aprender el portugués en la corte de su madre, o al menos tener nociones, pues además de los lazos familiares, la reina tenía damas portuguesas a su servicio. Idioma que de seguro logró perfeccionar durante los tres años que duraron las tercerías de Moura, en las que convivió con Beatriz de Avís y el príncipe Alfonso de Portugal.

El dominio del latín era apreciado en ese tiempo. El humanista Juan Luis Vives señala estos conocimientos en las cuatro hijas de la reina Isabel: Juana y Catalina, así como "las otras dos que murieron reinas de Portugal". Menciona además sus conocimientos tanto "en muy buenas letras" como en "hilar, coser y bordar". La formación religiosa era muy importante e Isabel destacó por sus obras piadosas.

En 1478, la posición de Isabel da un giro tras el nacimiento del príncipe Juan, por lo que es desplazada al segundo lugar en la línea de sucesión. Y, aun así, la infanta primogénita no perdió importancia, pues seguía estando muy cerca del trono. Se podría decir que fue la más devota entre los hijos de Isabel y Fernando.

Isabel de Castilla y Fernando de Aragón


Al ser derrotada Juana la Beltraneja en 1479, los padres de Isabel acordaron con Portugal entre dos opciones: enviar a Juana a un convento luso o acordar su matrimonio con el príncipe Juan de Aragón, pudiendo ser rechazada cuando el príncipe creciera. Juana la Beltraneja prefirió ingresar al convento, pues la propuesta de matrimonio era humillante.


Las tercerías de Moura
En 1479, los Reyes Católicos firmaron un acuerdo de paz con Portugal, conocido como el Tratado de Alcáçovas, por el que se ponía fin a las pretensiones del rey Alfonso V a la corona de Castilla. Paralelamente se negociaron las denominadas Tercerías de Moura, en las que quedaba establecido el compromiso entre la infanta Isabel y el príncipe Alfonso, nieto del monarca portugués. La tercería implicaba una especie de cautiverio como garantía de un acuerdo.  La boda se celebraría cuando el príncipe contase con la mayoría de edad, catorce años, es decir, en 1489.

En el tratado también quedaba especificado que la infanta Isabel contaría con una elevada dote, considerada como indemnización por la guerra entre ambos reinos. Los dos niños serían puestos bajo la custodia de Beatriz de Avis y Braganza, duquesa de Viseu, en el castillo de Moura, localidad próxima a la frontera española. La infanta contaba con diez años, mientras que el príncipe Alfonso apenas tenía cinco. A la reina le costó mucho separarse de la infanta Isabel, por lo que hizo el intento de enviar a su hija Juana en tercería.

En diciembre de 1480, el séquito castellano, encabezado por Alonso de Cárdenas, se dirigía a Moura para entregar a sus custodios portugueses a la infanta Isabel, que entonces contaba con solo diez años de edad. Probablemente la comitiva procedía de Toledo. La infanta llegó a Moura a principios de 1481. Allí permanecería Isabel dos años y cuatro meses con el príncipe Alfonso. 

Juan II de Portugal

Tras la muerte del rey portugués y la llegada al trono de Juan II, padre de Alfonso, cambiaron los intereses y el nuevo monarca, poco dispuesto a que su heredero estuviera en manos de un miembro de la casa de Braganza, a la que consideraba enemiga, acordó con los Reyes Católicos alzar las tercerías y devolverles a la infanta Isabel. La negociación por parte española recayó en fray Hernando de Talavera y el acuerdo se firmó en Avis el 15 de mayo de 1483, Se concluía así un episodio que nunca gustó a la reina Isabel, contraria a que su hija primogénita estuviese en tierra extranjera.
Hubo intentos de casar a la infanta Juana con el príncipe portugués, puesto que eran más cercanos en edad. Sin embargo, la sustitución no parecía muy factible, pues Isabel era la mayor y una posible heredera en caso de morir el príncipe Juan.

Primer matrimonio
La infanta Isabel residió en la itinerante corte de sus padres, mientras se desarrollaba la guerra con Granada, hasta 1488, cuando llegó el embajador portugués con la noticia de la aprobación del enlace por parte Juan II y su Consejo. La dote de Isabel se fijó en ciento seis mil doblas y dos tercios de oro, pagada en tres plazos anuales que serían entregados a la infanta Beatriz en un año, es decir, tras el casamiento de los príncipes y la consumación. En caso de anulación del casamiento, la princesa recibiría la mitad de la dote, mientras que el resto sería para el príncipe o sus herederos.

La delegación, encabezada por tres de las más altas dignidades del reino, traía, entre otros regalos, un retrato del príncipe Alfonso. Las capitulaciones matrimoniales fueron firmadas por los plenipotenciarios el 18 de abril de 1490 y ese mismo día se celebraron los esponsales. Fernán de Silveira, por poderes, tomó la mano de la infanta Isabel en la catedral de Sevilla, ceremonia apadrinada por el cardenal Pedro González de Mendoza. 


Durante quince días, Sevilla se vistió de fiesta para despedir a la princesa de los ojos claros cuya belleza destacaban los cronistas. La reina vistió sus ropas de lujo, recamadas de oro, y mostró su profunda alegría regalando a aquella hija 500 marcos de oro y 1000 de plata, además de perlas y joyas, piezas de paño de mucho precio y una montaña de lencería y ropa blanca. 

Después de las fastuosas celebraciones, la infanta Isabel salió de Sevilla, camino de Badajoz. Los reyes acompañaron a su hija hasta Constantina, donde la despidieron. El paso fronterizo, desde la ribera de Caia hasta la propia ciudad de Badajoz, había sido adornado con flores. La esperaba en la ciudad extremeña un hermano del duque de Viseu, don Manuel. Este encuentro fue el primer contacto entre Manuel e Isabel, sin que ninguno de los dos supiera que el destino les depararía un matrimonio futuro. En Elvas, la princesa fue recibida bajo palio. 

A su llegada a Portugal, Isabel fue agasajada con numerosas “fiestas y alegrías”, las acostumbradas para celebrar el reciente matrimonio: una Oratio latina de Cataldo Parísio Sículo, leída en Évora, justas, torneos y banquetes que incluían «entremeses y representaçoes», como el famoso carro que entró al salón lleno de terneros y vacas asadas con cuernos y patas dorados. Continuando con los agasajos, la princesa recibió de su suegro una buena cantidad de rentas y donaciones de villas en calidad de señorío, entre éstas destacan la cesión del dominio de Alvaiazere, Torres Novas y Torres Vedras. Todo auguraba una feliz convivencia.

Ocho meses gozaron los jóvenes príncipes de su matrimonio. Las noticias que desde Portugal venían a la corte castellana servían para confirmar el acierto en aquella decisión.


Viudez 

El 13 de julio de 1491, padre e hijo salieron a cabalgar, ribera del Tajo, en las afueras de Almeirim. El rey se adelantó y el príncipe picó espuelas para alcanzarle, con tan mala fortuna que el caballo dio un traspié en la arena, lanzando a su jinete con tal fuerza, que cuando los servidores acudieron en su auxilio, sólo pudieron comprobar que estaba muerto. La princesa Isabel quedó desconsolada ante la muerte de su marido, a quien había llegado a querer entrañablemente. Se negaba a separarse del cadáver de su esposo. El rey de Portugal desaconsejó que estuviera presente en los funerales, por lo que no demoró en enviarla de vuelta a Castilla. Dispuso que su nuera conservara el señorío de las villas que le fueron asignadas y los Reyes Católicos ordenaron que se siguieran pagando los plazos de la dote.

La joven viuda cortó sus rubios cabellos, vistió una túnica arpillera y cubrió su bello rostro con un velo. Vivía inmersa en oraciones y obras piadosas, contemplando la idea de ingresar a la orden de las clarisas. Adopto un estilo de vida austero y alejado de los placeres. Aunque los reyes no veían mal en su modo de vivir, comprendían que el futuro de la princesa viuda estaba junto a un príncipe cristiano, no en el convento. Los casos de reinas y princesas que tomaban el hábito eran excepcionales. La princesa Isabel todavía era joven y valiosa en el mercado matrimonial. Mientras la princesa se negara al matrimonio, la infanta María ocuparía su lugar en la consolidación de la alianza con Portugal.

Segundo matrimonio
A la muerte de Juan II, el 25 de octubre de 1495, la corona lusa pasó a Manuel I el Afortunado. La reina Isabel se apresuró a enviar a un delegado con dos peticiones y una propuesta: el cumplimiento de las disposiciones respecto a Juana la Beltranjera y que se retiraran las penas a los desterrados, a fin de que pudieran volver a Portugal. A cambio, se le ofrecía la mano de la infanta María. El rey Manuel estaba dispuesto a mantener la concordia con Castilla. También pretendía tomar como esposa a una infanta de Castilla y Aragón, pero no sería María, de apenas trece años, sino Isabel.

El rey Manuel hizo referencia al tratado de Alcáçovas, que establecía a Isabel y no a otra infanta como prometida del heredero de Portugal. Había tres motivos principales por los que el rey portugués tenía interés en la princesa Isabel:

  • La edad. A sus veintiséis años, Isabel era más apta para aportar un heredero. María apenas entraba la edad núbil y podía demorar en concebir o malograrse al momento de hacerlo.
  • Continuidad como princesa de Portugal. El hecho de que la viuda del difunto príncipe heredero contrajera nupcias con el nuevo rey de Portugal aportaba cierta continuidad a la nueva dinastía, un lazo entre el pasado con Alfonso y el futuro con Manuel I.
  • Una posible heredera. Sin duda, la tan deseada unión ibérica podía lograrse de la mano de Isabel de Aragón, si llegará a faltar el príncipe heredero. Con María, la posibilidad de los tres reinos bajo el cetro de un mismo monarca estaba muy alejada.
Por otro lado, la princesa se había ganado el afecto de la corte y el pueblo portugués, sin contar que ya estaba familiarizada con los usos de la corte lusa. También se ha sugerido que el rey Manuel se sentía atraído por la belleza de Isabel, a quien, como se ha mencionado anteriormente, conoció en vísperas de la boda con Alfonso.

Martir de Anglería nos indica sobre la princesa y luego reina: 
“Isabel, la primogénita de mis Reyes, viuda de vuestro Príncipe portugués, que exhaló su juvenil alma a consecuencia de una caída de caballo mientras corría en el estadio, ha rechazado hasta hoy día el unirse a otro cualquier hombre. Sus padres tratan de persuadirla, le ruegan y suplican que procree y les dé los debidos nietos. Ha sido sorprendente la entereza de esta mujer en rechazar las segundas nupcias. Tanta es su modestia, tanta su castidad de viuda, que no ha vuelto a comer en mesa después de la muerte del marido, ni ha gustado ningún manjar exquisito. Tanto se ha mortificado con los ayunos y vigilias, que se ha venido a quedar más flaca que un tronco seco. Ruborizada, se pone nerviosa siempre que se provoca la conversación sobre el matrimonio. No obstante, según olfateamos, puede ser que algún día se ablande a los ruegos de los padres. Va tomando cuerpo la fama de que será la futura esposa de vuestro Rey Manuel”.

Manuel de Portugal

No sabemos con seguridad lo que doblegó la voluntad de la princesa Isabel, aunque cabe especular que la joven obedecía más a una causa religiosa que a las razones de Estado. En ninguna de las cláusulas de su contrato matrimonial se estipula la expulsión de los judíos. Si la hubo, tuvo que ser tratada después. 

El 30 de noviembre de 1496, en Burgos, Cisneros pudo firmar con el embajador Álvaro de Portugal un acuerdo con condiciones similares a las de la primera boda. Respecto a las rentas y señoríos que correspondían a Isabel como reina, ella renunció a ellas en favor de la viuda de Juan II, mientras viviera.

En mayo de 1497, la princesa Isabel escribe a su futuro esposo instándole a expulsar a los judíos. El rey le respondió con cartas escritas de su propia mano, mostrando su descontento por la tardanza de la reina, su mujer. El 21 de junio envió a Álvaro de Portugal para entrevistarse con los Reyes Católicos, temiendo por las maniobras políticas de sus suegros. El 13 de septiembre, los reyes y la princesa partieron de Medina del  Campo. La boda se celebró el 30 de septiembre, en Alcántara.

Princesa de Asturias y de Gerona
Sin embargo, la desgracia se había convertido en una eterna acompañante para Isabel. En vísperas de su boda con Manuel, el príncipe heredero, Juan de Aragón, fallecía en Salamanca el 4 de octubre de 1497. La muerte del príncipe don Juan hizo cancelar todas las fiestas y alegrías que se encontraban ya preparadas para el recibimiento de la nueva reina de Portugal. La viuda del príncipe, Margarita de Austria, pierde al hijo que esperaba, con lo cual se extingue la dinastía Trastámara. Ante esos hechos funestos, Isabel de Aragón vuelve a ostentar el título de princesa de Asturias. Una interesante perspectiva se presenta para Isabel, quien parece destinada a ser soberana de tres reinos.

Isabel y Fernando sufrieron momentos de consternación al llegar la noticia de que Felipe, el esposo de la infanta Juana, se proclamó príncipe de Asturias en Flandes. Sus consejeros alardeaban que estaba negociando con su aliado, el rey de Francia, para que le apoyase en la persecución de sus derechos.

Escena de serie Isabel


Después de que el monarca luso reunió a sus Cortes para que aprobaran el viaje, los reyes Manuel e Isabel partieron desde Lisboa en marzo, cruzaron la frontera por Badajoz y, después de conmemorar la Semana Santa en Guadalupe, continuaron camino. Los soberanos lusos entraron en Toledo el 26 de abril de 1498, con las cortes ya reunidas, siendo recibidos por el rey Fernando. La reina Isabel esperaba en palacio a su hija y a su yerno. Cuando la reina de Portugal quiso besar las manos de su madre, ésta no lo permitió, pues ahora era su igual en rango. En Toledo se llevó a cabo el juramento de Isabel como princesa de Asturias el 29 de abril, en conjunto con su marido. Si bien, las cortes castellanas no tenían objeción respecto al derecho al trono de Isabel, no sería igual de sencillo en Aragón. En junio de ese mismo año, Fernando reunió las cortes en Zaragoza.

El 2 de junio llegaron a Zaragoza. Los reyes se encontraron ante la resistencia de las cortes aragonesas. Existía una esperanza respecto a la sucesión: la reina de Portugal venía encinta, por tanto, si paría un varón, dicho infante sería legítimo heredero del reino de Aragón, como nieto del rey Fernando. El 14 de junio de 1498, el rey declaró la obligación de cumplir con el juramento de su hija como princesa de Gerona.


Muerte
El 23 de agosto de 1498, en el palacio arzobispal de Zaragoza, Isabel de Aragón da a luz a un niño, nombrado Miguel de la Paz. La alegría por el nacimiento del príncipe se ve ensombrecida por la noticia de que la madre agonizaba en su lecho de parturienta. Desgraciadamente, la joven Isabel no poseía la resistencia que su madre había demostrado en sus embarazos. Ya desde su llegada a Castilla se mencionaba la preocupante delgadez de la princesa. Se cree que la causa de muerte fue una fiebre puerperal, provocada por una hemorragia. Tenía 27 años.

Según Junceda Avello, en su libro sobre la "Ginecología y vida íntima de las reinas de España", la infanta Isabel presentía su muerte en aquel parto, pues tuvo la precaución de confesarse y recibir los sacramentos. Un dato notable que, sin embargo, no deja de ser conjetura, pues en una época donde la muerte materna era tan común, era de esperar que una mujer cristiana se confesara antes de dar a a luz.

El 8 de septiembre, el rey Manuel regresó a Portugal, dejando a su hijo al cuidado de sus suegros. La muerte de Isabel provocó tanto dolor en su madre, la cual tuvo que guardar cama durante días. No hace mucho tiempo había muerto su hijo, el príncipe Juan. La difunta reina de Portugal dispuso ser enterrada, sin gran ceremonial, en el convento de Santa Isabel de los Reyes, en Toledo, precisamente en el coro bajo, denominado como "el coro de las señoras religiosas". Pidió ser enterrada con el hábito de clarisa, bajo una sencilla losa de mármol. Así descansa la hija mayor de los Reyes Católicos.




Fuente:
  • Suarez, Luis. Isabel I, Reina. 2000 Y 2005 Editorial Ariel S.A
  • Azcona, Tarsicio De. Isabel La Católica: Vida Y Reinado. La Esfera De Los Libros S.L., 2002.
  • Martinez Alcorlo, Ruth. La Literatura En Torno A Las Hijas De Los Reyes Católicos: Inicios De Una Tesis Doctoral. Universidad Complutense De Madrid.
  • Marquez De La Plata, Vicenta. El Trágico Destino De Los Hijos De Los Reyes Católicos. 2008, Santillana Ediciones Generales, S.L.

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