martes, 4 de noviembre de 2014

La descendencia de los Reyes Católicos

Isabel y Fernando deslumbraron a sus contemporaneos y a las personas en la actualidad. Pero algunos de sus hijos no fueron menos interesantes. Los descendientes de los Reyes Católicos tienen una peculiar característica. Así como Isabel amaba a su marido y lo celaba, o el que Fernando tuviese debilidad por las mujeres hermosas, todos los sus hijos (excepto una) gozaron de la pasión en una unión por razones políticas. 
Juan murió encandilado por los encantos de Margarita de Habsburgo. Isabel fue la viuda trágica que prefería esperar a su encuentro con el difunto marido en un convento antes que casarse de nuevo. Juana perdió los estribos por su bello marido. Catalina puso a prueba su valor ante un hombre que antaño la veneraba. Solamente María no conoció la pasión en su matrimonio, pero llevo una vida tranquila. 
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sábado, 1 de noviembre de 2014

Isabel de Aragón, reina consorte de Portugal



Nacimiento e infancia
La primera hija de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón nació el 2 de octubre de 1470 en Dueñas. El parto transcurrió con suficiente normalidad, a pesar de que la princesa viajaba constantemente. Los hermanos de Isabel de Aragón nacieron cuando la madre ya era reina. Fue atendida por su médico de cabecera, el doctor Juan Rodríguez de Toledo. Isabel de Castilla aceptó la norma que dictaba que debía parir frente a testigos de la corte. Para ocultar la expresión de dolor en su rostro, provocado por las contracciones del parto, exigió que su rostro fuese tapado con un velo.

En 1476 fue declarada heredera de Castilla, sin embargo, al nacer su hermano Juan en 1478, Isabel fue desplazada al segundo lugar en la línea de sucesión. La infancia de Isabel de Aragón transcurrió durante el conflicto de Isabel y Fernando con la Beltraneja. La educación de la joven Isabel era exquisita, como se asegurarían sus padres con el resto de su descendencia. Además de ser instruida en bordado y música, aprendió latín. 


Isabel de Castilla y Fernando de Aragón


Al ser derrotada la Beltraneja en 1479 por los padres de Isabel, éstos acordaron en enviar a su rival a un convento o comprometerla con el príncipe Juan. Juana la Beltraneja prefirió ingresar al convento, pues la propuesta de matrimonio era humillante, ya que el príncipe Juan podría rechazarla cuando fuera mayor. 


Primer matrimonio
En 1479, los Reyes Católicos firmaron un acuerdo de paz con Portugal, conocido como el Tratado de Alcáçovas, por el que se ponía fin a las pretensiones del rey Alfonso V a la Corona de Castilla. Paralelamente se negociaron las denominadas Tercerías de Moura, en las que quedaba establecido el compromiso entre la infanta Isabel y el príncipe Alfonso, nieto del monarca portugués. Las bodas se celebrarían cuando el príncipe contase con la mayoría de edad, catorce años, es decir, en 1489.

En el tratado también quedaba especificado que la infanta Isabel contaría con una elevada dote, considerada como indemnización portuguesa a la guerra entre ambos estados. Los dos niños serían puestos bajo la custodia de Beatriz de Avis y Braganza, duquesa de Viseu, en el castillo de Moura, localidad próxima a la frontera española. En diciembre de 1480, el séquito castellano, encabezado por Alonso de Cárdenas, se dirigía a Moura para entregar a sus custodios portugueses a la infanta Isabel, que entonces contaba con solo diez años de edad. Probablemente la comitiva procedía de Toledo. Isabel fue entregada a su tía-abuela doña Beatriz de Avis, que se haría cargo de la educación y mantenimiento de su sobrina en el castillo de Moura. Allí permanecería Isabel dos años y cuatro meses con el príncipe Alfonso. 


Juan II de Portugal

Tras la muerte del rey portugués y la llegada al trono de Juan II, padre de Alfonso, cambiaron los intereses y el nuevo monarca, poco dispuesto a que su heredero estuviera en manos de un miembro de la casa de Braganza, a la que consideraba enemiga, acordó con los Reyes Católicos alzar las tercerías y devolverles a la infanta Isabel. La negociación por parte española recayó en fray Hernando de Talavera y el acuerdo se firmó en Avis el 15 de mayo de 1483, Se concluía así un episodio que nunca gustó a la reina Isabel, contraria a que su hija primogénita estuviese en tierra extranjera.

Antes de que la infanta Isabel fuese entregada a los portugueses, la reina maniobró para que, sin violentar el contrato de matrimonio, fuese en tercería su otra hija, la infanta Juana. No consiguió la reina de Castilla que se aceptara a Juana en el lugar de Isabel, pero cuando el monarca luso Juan II quiso levantar la tercería, la reina, contenta porque su hija iba a regresar pero interesada en mantener lazos familiares con la casa real portuguesa, se apresuró a ofrecer de nuevo a la infanta Juana como esposa del heredero.

A pesar de todo, no parece que el monarca portugués estuviese dispuesto a tal unión, pues consideraba que Juana estaba muy atrás en la línea de sucesión. La infanta Isabel residió en la itinerante corte de sus padres, establecida preferentemente en Andalucía por motivo de las campañas granadinas, hasta que, en 1488, el embajador portugués llegó a Sevilla con la noticia de la aprobación de la boda por el rey Juan II y su Consejo. Los preparativos comenzaron inmediatamente.

Los reyes pidieron nuevos y crecidos préstamos para la boda de la infanta Isabel, sin duda para asombrar a la corte portuguesa. El equipo de la novia y el ajuar de la infanta fueron preparados y supervisados por su madre la reina. Tras la aprobación del matrimonio por las cortes portuguesas, una delegación diplomática de este reino viajó hacia Sevilla, donde se había establecido la corte de los Reyes Católicos, para recoger a la princesa.

La delegación, encabezada por tres de las más altas dignidades del reino, traía, entre otros regalos, un retrato del príncipe Alfonso. Las capitulaciones matrimoniales fueron firmadas por los plenipotenciarios el 18 de abril de 1490 y ese mismo día se celebraron los esponsales. Fernán de Silveira, por poderes, tomó la mano de la infanta Isabel en la catedral de Sevilla, ceremonia apadrinada por el cardenal Pedro González de Mendoza. 


Isabel de Aragón

Durante quince días, Sevilla se vistió de fiesta para despedir a la princesa de los ojos claros cuya belleza destacaban los cronistas. La reina vistió sus ropas de lujo, recamadas de oro, y mostró su profunda alegría regalando a aquella hija 500 marcos de oro y 1000 de plata, además de perlas y joyas, piezas de paño de mucho precio y una montaña de lencería y ropa blanca. La boda se celebró con importantes fiestas públicas que incluyeron juegos de cañas, justas, toros y magníficos momos, encargados por el príncipe Juan a su hermana. Pero también la infanta Juana encargó unos momos que costaron cerca de 44.068 maravedíes.

Después de las fastuosas celebraciones, la infanta Isabel salió de Sevilla, camino de Badajoz. Los reyes acompañaron a su hija hasta Constantina, donde la despidieron, no sin antes dejarla en compañía de un séquito de lo más granado de la nobleza castellana. El paso fronterizo, desde la ribera de Caia hasta la propia ciudad de Badajoz, había sido adornado con flores. La esperaba en la ciudad extremeña un hermano del duque de Viseu, don Manuel. Este encuentro fue el primer contacto entre Manuel e Isabel, sin que ninguno de los dos supiera que el destino les depararía un matrimonio futuro. En Elvas, la princesa fue recibida bajo palio. La boda tuvo lugar el 3 de noviembre de 1490. La infanta tenía veinte años, mientras que el príncipe portugués contaba con quince.

A su llegada a Portugal, Isabel fue agasajada con numerosas “fiestas y alegrías”, las acostumbradas para celebrar el reciente matrimonio: una Oratio latina de Cataldo Parísio Sículo, leída en Évora, justas, torneos y banquetes que incluían «entremeses y representaçoes», como el famoso carro que entró al salón lleno de terneros y vacas asadas con cuernos y patas dorados. Continuando con los agasajos, la princesa recibió de su suegro una buena cantidad de rentas y donaciones de villas en calidad de señorío, entre éstas destacan la cesión del dominio de Alvaiazere, Torres Novas y Torres Vedras. Todo auguraba una feliz convivencia.

Ocho meses gozaron los jóvenes príncipes de su matrimonio. Las noticias que desde Portugal venían a la corte castellana servían para confirmar el acierto en aquella decisión.


Viudez 

El 13 de julio de 1491, padre e hijo salieron a cabalgar, ribera del Tajo, en las afueras de Almeirim. El rey se adelantó y el príncipe picó espuelas para alcanzarle, con tan mala fortuna que el caballo dio un traspié en la arena, lanzando a su jinete con tal fuerza, que cuando los servidores acudieron en su auxilio, sólo pudieron comprobar que estaba muerto.


Como muestra de dolor, la joven viuda de veinte años cortó su hermosa cabellera rubia y se enfundó una jerga, una túnica arpillera, además de cubrirse con un espeso velo. No quería que la separasen de los restos de su amado esposo. Por eso Juan II, tratando de evitar los excesos que conlleva el dolor, la devolvió a Castilla sin consentir que asistiera al funeral y al sepelio, un gesto que la reina Isabel agradeció.

El rey de Portugal dispuso que la joven Isabel conservara el señorío de las villas que le estaban asignadas y los Reyes Católicos ordenaron que se siguieran pagando los plazos de la dote. La infanta Isabel manifestó su deseo de no volver a casarse e ingresar a un convento, pero sus padres tenían otros planes para ella. Mientras tanto, la princesa viuda de Portugal vivía inmersa en oraciones.


Segundo matrimonio
Desde su regreso de Portugal, Isabel volvió a residir en la itinerante corte de sus padres, establecida entonces en Álora. En Andalucía vivió, a pesar de su desconsuelo, la satisfacción de la toma de Granada al año siguiente, así como las bodas de sus hermanos, el príncipe Juan con la archiduquesa Margarita de Austria y la infanta Juana con el archiduque Felipe el Hermoso en 1496. Muerto Juan II sin sucesión en 1495, la corona lusa pasaba a manos de su primo Manuel, duque de Viseo, el mismo que había sido encargado de recoger a la princesa cuando se iba a casar con Alfonso. Pensaron entonces los Reyes Católicos en casar a su hija María de trece años con el nuevo monarca de Portugal. Manuel I estaba de acuerdo con tomar por esposa a una de las infantas de Castilla y Aragón, pero él deseaba a Isabel en lugar de María. Además del afecto que sentía por ella, Manuel sabía que Isabel era querida por la gente portuguesa y ella se hallaba en edad de proporcionarle herederos.


Martir de Anglería nos indica sobre la princesa y luego reina: 
“Isabel, la primogénita de mis Reyes, viuda de vuestro Príncipe portugués, que exhaló su juvenil alma a consecuencia de una caída de caballo mientras corría en el estadio, ha rechazado hasta hoy día el unirse a otro cualquier hombre. Sus padres tratan de persuadirla, le ruegan y suplican que procree y les dé los debidos nietos. Ha sido sorprendente la entereza de esta mujer en rechazar las segundas nupcias. Tanta es su modestia, tanta su castidad de viuda, que no ha vuelto a comer en mesa después de la muerte del marido, ni ha gustado ningún manjar exquisito. Tanto se ha mortificado con los ayunos y vigilias, que se ha venido a quedar más flaca que un tronco seco. Ruborizada, se pone nerviosa siempre que se provoca la conversación sobre el matrimonio. No obstante, según olfateamos, puede ser que algún día se ablande a los ruegos de los padres. Va tomando cuerpo la fama de que será la futura esposa de vuestro Rey Manuel”.

Manuel de Portugal

El nuevo monarca, que se sentía muy atraído por la belleza de Isabel, reclamó de inmediato a la princesa viuda para desposarla. La princesa Isabel no deseaba esta unión, lo único que quería era dedicarse a la oración y tomar los hábitos. Pero al final no pudo resistir la presión de sus padres. El 30 de noviembre de 1496 pudo Cisneros firmar con el embajador Álvaro de Portugal un acuerdo que prácticamente repetía las condiciones de la primera boda.

Por ello accede a casarse con el rey Manuel I, pero impone una condición: los judíos deben ser expulsados de Portugal. En primera instancia el rey Manuel vaciló porque admiraba a los judíos por sus conocimientos y por los servicios financieros que aportaban a la corona, pero luego accedió. Así que el 13 de septiembre de 1497, los reyes y la princesa Isabel partieron de Medina del Campo hacia la ciudad fronteriza de Valencia de Alcántara para celebrar la boda el día 30 de septiembre de 1497. De esta forma, Isabel se convirtió en reina de Portugal.

Sin embargo, la desgracia se había convertido en una eterna acompañante para Isabel. En vísperas de su boda con Manuel, el príncipe heredero, Juan de Aragón, fallecía en Salamanca. El príncipe Juan deja embarazada a su esposa, pero la archiduquesa Margarita da a luz un niño muerto. Con hechos tan funestos, la reina consorte de Portugal, Isabel de Aragón, vuelve a ostentar el título de princesa de Asturias, además de estar destinada a ser soberana de Castilla, Aragón y Portugal. 

Los Reyes Católicos sufrieron momentos de consternación cuando llegaron noticias de Flandes, donde Felipe, esposo de la infanta Juana, se hacía llamar príncipe de Asturias. Sus consejeros alardeaban que estaba negociando con su aliado el rey de Francia para que le apoyase en la persecución de sus derechos.

Escena de serie Isabel


Manuel e Isabel fueron llamados a Castilla para que ésta fuera nombrada princesa de Asturias el 7 de abril de 1498. Los reyes Manuel e Isabel partieron desde Lisboa, cruzaron la frontera por Badajoz y después de conmemorar la Semana Santa en Guadalupe, continuaron camino. Fernando el Católico intentó que las Cortes aragonesas también la juraran como heredera del reino, para lo cual reunió las cortes en Zaragoza, en junio de ese mismo año. Con el fin de impresionar más a los aragoneses, el cortejo real de los monarcas portugueses llegó a la ciudad del Ebro en la festividad del Corpus Christi, con un gran séquito de la nobleza castellana y portuguesa, quienes engalanaron la procesión religiosa para habladuría e impresión de los habitantes de la ciudad. La reina de Portugal se encontraba embarazada con siete meses. No obstante, la idea de jurar como heredera del reino de Aragón a la reina de Portugal chocó frontalmente con los procuradores de Cortes. 


Muerte
El 23 de agosto de 1498, en el palacio arzobispal de Zaragoza, dio a luz al príncipe Miguel, destinado a heredar las tres coronas principales de la península. Sin embargo, ese mismo día, la alegría por el nacimiento del príncipe fue ensombrecida por la muerte de Isabel de Aragón debido a complicaciones del parto, con 28 años. 

Su muerte representó un terrible dolor para su madre, quien hace poco había perdido a su hijo Juan. Tiempo después, Manuel de Portugal se casaría con la hermana menor de Isabel, María de Aragón. En su testamento, la austeridad estuvo presente: decidió ser enterrada, sin ceremonial, en el convento de Santa Isabel de los Reyes en Toledo, vestida como monja, y legó una importante cantidad de dinero al sostenimiento de su sepulcro. 




Fuente:
  • Suarez, Luis. Isabel I, Reina. 2000 Y 2005 Editorial Ariel S.A
  • Azcona, Tarsicio De. Isabel La Católica: Vida Y Reinado. La Esfera De Los Libros S.L., 2002.
  • Martinez Alcorlo, Ruth. La Literatura En Torno A Las Hijas De Los Reyes Católicos: Inicios De Una Tesis Doctoral. Universidad Complutense De Madrid.
  • Marquez De La Plata, Vicenta. El Trágico Destino De Los Hijos De Los Reyes Católicos. 2008, Santillana Ediciones Generales, S.L.

Juan de Aragón, príncipe de Asturias y Gerona. El príncipe que murió de amor.



Juan de Aragón y Castilla fue el segundo hijo de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón. También único varón en una familia de cuatro hermanas. La primera hija de Isabel y Fernando nació en 1470. Transcurrieron ocho antes de que la reina pudiera engendrar un hijo varón. El 30 de junio de 1478, Isabel dio a luz en Sevilla a un niño al que llamaron Juan. Incluso el propio rey Fernando, que se encontraba sitiando la fortaleza de Castronuño, abandonó su labor militar para conocer a su heredero. 

El cuidado de la reina durante el parto corrió a cargo de una mujer llamada la Herrera, una conocida partera sevillana de la época; por otra parte, doña María de Guzmán, tía de Luis de Guzmán, señor de la Algaba, fue nombrada nodriza del príncipe, y se encargó de su salud en los delicados días después del nacimiento. Poco tiempo después, la ciudad sevillana se preparó para celebrar las acostumbradas "fiestas e alegrías", como se recogen en la crónicas de la época, con ocasión del bautizo, celebrado con toda la pomposidad posible el 9 de julio de 1478. 

Educación y Casa del príncipe Juan
Los Reyes Católicos dispusieron para su hijo una educación completa, humanista y versada tanto en las letras como en las armas. Fray Diego de Deza se encargaría de su educación. El príncipe debió haber adquirido destreza con la espada y la montura del caballo. Sin embargo, Juan estaba más inclinado al estudio y a la música. En esto último fue instruido por Juan de Anchieta, maestro principal de su capilla. El príncipe era sumamente amado por su madre, quien lo llamaba "mi ángel". 



Los soberanos dispusieron para su hijo el manejo de una casa, es decir, una nómina de criados y consejeros. La corte del príncipe fue establecida en el palacio de los Mendoza de Almazán. Además de Diego de Deza, preceptor del príncipe, la disposición de su casa quedó conformada en torno a diez consejeros, de los cuales cinco eran caballeros ancianos, de prestigio y solvencia en la época (Sancho de Castilla, Nicolás de Ovando, Pero Núñez de Guzmán, Juan de Calatayud y Juan Velázquez), y cinco mancebos, de similar edad a don Juan: Sancho y Diego de Castilla (hijos de Sancho de Castilla, antes citado) Hernán Gómez de Ávila, Luis de Torres, (hijo del condestable Iranzo y doña Teresa de Torres) y Hernán Arias. Además de estos consejeros, el príncipe también contó con la presencia de pajes, la mayoría de ellos también hijos de la nobleza. El abuelo del Juan, el rey Juan II de Aragón, tenía especial interés por el niño. Él quería que el heredero de Isabel y Fernando se educara en Aragón. 

La boda del príncipe
La privilegiada situación de Juan de Aragón acarreaba sumo cuidado a la hora de escogerle una esposa. Él era príncipe de Asturias, heredero de Castilla, y príncipe de Gerona, heredero de Aragón. Su persona era muy importante para el reino, pues su ascenso a ambos tronos podría traer la unificación. 
En 1495, los Reyes Católicos forjaron una alianza con el emperador Maximiliano de Austria. Se estableció un matrimonio doble entre Juan de Aragón con Margarita de Austria y la infanta Juana con Felipe de Austria. El navío que llevaría a Juana hacia Flandes traería a Margarita a Castilla. 



La archiduquesa Margarita cumplía todos los requisitos imprescindibles para convertirse en la futura reina de Castilla: era casi de la misma edad que Juan, una exquisita formación académica y una belleza sin igual. Cabe destacar que Margarita había sido prometida, cuando aún era una niña, con el monarca francés Carlos VIII, y había residido en el país galo. Pero Carlos perdió interés en la hija de Maximiliano y la envió a su país para poder casarse con Ana de Bretaña. 
Finalmente, la boda se celebró a primeros de abril en Burgos, con toda la grandeza inherente a tal celebración.

La inesperada muerte
Después de las bodas, los recién casados partieron hacia la corte principesca de Almazán, donde pasaron la primavera. Poco más tarde, el matrimonio y su séquito se trasladaron a Medina del Campo para pasar el verano, donde el príncipe Juan enfermó de viruela, lo que obligó a guardar reposo a la comitiva hasta septiembre. Aprovechando una ligera mejoría en la salud del príncipe, la corte se trasladó hacia Salamanca, donde la ciudad les recibió con unas magníficas fiestas, celebradas en el palacio de Fray Diego de Deza. Sin embargo, a los pocos días, el príncipe Juan sufrió un ataque acompañado de violentas fiebres de las que nunca se recuperaría, y que fueron la causa de su fallecimiento el 4 de octubre de 1497, seis meses después de la boda con la archiduquesa Margarita. 


Actual monasterio de Santo Tomás

Fue sepultado en la capilla mayor de la catedral de Salamanca, aunque posteriormente los Reyes Católicos ordenaron el traslado del cadáver al convento de Santo Tomás; el luto oficial duró cuarenta días. 

Ya desde su pubertad, el príncipe Juan había dado muestras de tener una salud débil y enfermiza. Resfriados y fiebres parecidas a las que le causaron la muerte, le habían acompañado durante sus escasos diecinueve años. Sin embargo, a juzgar por algún testimonio contemporáneo, parece ser que hubo también otra razón para explicar la funesta debilidad que le condujo a la muerte: un exceso de actividad sexual motivado por los constantes y deseosos furores de su bella y joven esposa. 


Tumba de Juan de Aragón

La debilidad del príncipe, junto con los ardores sexuales propios de la juventud de los cónyuges, acabaron por quebrar su precaria salud. No en vano, el duque de Maura, erudito de la mitad del siglo XX, tituló su obra dedicada a la biografía de don Juan con estas esclarecedoras palabras: El príncipe que murió de amor.

Consecuencias de su muerte
El hondo trastorno causado en la península por el fallecimiento del heredero tiene en la literatura de la época una excelente muestra para calibrar su impacto, no sólo en el aspecto político sin también en el sentimiento popular. 


La Madonna con el Niño. A su izquierda están el rey Fernando con el infante Juan y al lado opuesto están la reina Isabel con la infanta Isabel. 

A pesar de todo, el género más marcado por la influencia del príncipe fue la literatura consolatoria destapada a raíz de su muerte, aunque decirlo pueda parecer una cruel frivolidad. Esta profusión de escritos fúnebres, tanto en castellano como en latín, tuvieron a varios destacados protagonistas entre los más selectos literatos de la época: Lucio Marineo Sículo, Juan de Velázquez, Pedro Mártir de Anglería, Diego Ramírez de Villaescusa, o el propio Alfonso Ortiz, autor del citado Espejo principesco de don Juan. 

La cuestión pudo haberse solucionado si la archiduquesa Margarita, embarazada por el príncipe en uno de sus fogosos encuentros, no hubiese perdido el fruto de su seno, quizá agobiada por el profundo pesar que causó la muerte de su marido. Incluso el aborto de Margarita era una niña. Ahora Isabel, la hermana mayor de Juan, ocuparía su lugar como princesa de Asturias. La falta de heredero varón significaba para los Reyes Católicos la extinción regia de la Casa de Trastámara.


Fuentes:
http://www.mcnbiografias.com/


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