lunes, 20 de octubre de 2014

Amor y matrimonio en la época de los Tudor

Un buen matrimonio pretendía la prosperidad de la familia. El novio se apoderaba de un dote, mientras que la novia tenía la posibilidad de elevar su rango. Los sentimientos de los contrayentes no eran tomados en cuenta, pues dichas bodas se realizaban por conveniencia política o económica. Había parejas que podían llegar a vivir en armonía, e incluso tenerse algún cariño. Pero la felicidad jamás era el principal objetivo. No obstante, en contradicción con las normas de la época, el rey Enrique VIII, conocido por sus seis esposas, con cuatro de ellas se casó por amor y la última por afecto o admiración. El único matrimonio arreglado por razones políticas resulto un desastre para el monarca.


Frecuentemente, entre más alto fuese el rango de la mujer, más joven se casaba. La abuela de Enrique VIII, Margaret Beaufort, se casó a los doce años (edad mínima para casarse) con su primer marido y, después de Enrique Tudor, no volvió a concebir. A pesar de que era común ese tipo de matrimonios, muchos estaban de acuerdo en que Margaret se había malogrado debido a su embarazo a corta edad. 

La realización de un casamiento podía abarcar bastante tiempo para las negociaciones. El padre debía pagar una dote de acuerdo a su estatus social. Los padres de la novia también debían asegurarse de que su hija no se quedaría en la calle en caso de enviudar. Aunque esto no siempre se respetaba. Un ejemplo de ello es Catalina de Aragón, quien fue relegada tanto por su suegro como por su padre. 

La boda siempre era un asunto más simple en comparación con las negociaciones. Un enlace podía realizarse con la mera presencia de los contrayentes y testigos. El acto sexual entre dos personas también establecía cierto vínculo. Recuérdese que cuando Enrique VIII quiso desposar a Ana Bolena, requirió una dispensa papal para poder casarse con la hermana de una persona con la que se ha cohabitado (fuera en relación licita o ilícita). Los tribunales en tiempos de los Tudor podían llegar a ser una farsa, al igual que algunas de sus leyes. Días antes de la ejecución de Ana Bolena, Enrique se encargó de que su matrimonio con ella fuese anulado. Lo absurdo en todo esto es que si jamás estuvo casado con ella, no pudo haber cometido adulterio. 

Felipe de España y María Tudor

Las relaciones sexuales no podían tener otro fin más que el de la procreación. Pero la Iglesia comenzó a ser más flexible en este aspecto. Se decía que el orgasmo de una mujer era favorable para la concepción. Al igual que el asunto de las posturas sexuales, los clérigos comenzaron a cambiar de parecer. La postura aceptada era la del "misionero" (con el hombre arriba). Pero cuando se trataba de lidiar con un marido anciano o débil, la posición de la mujer arriba del hombre podía ser útil para tal procreación. 

Aunque la Iglesia continuó restringiendo el período de relaciones sexuales. Se consideraba peligroso que una mujer embarazada hiciera el amor en su estado. Tampoco podía hacerlo durante su menstruación, en domingo o durante Cuaresma. El sexo durante el día también era mal visto. 


El parto era la principal causa de muerte en mujeres de la época. Si tan solo tres consortes de la dinastía Tudor (Isabel de York, Jane Seymour y Catalina Parr) murieron a causa del parto, el número de difuntas campesinas debió haber sido alarmante. Sin embargo, no siempre fue así. Las aristócratas no amamantaban a sus hijos, sino que los entregaban a nodrizas. En muchas ocasiones, soberanos de distintas monarquías europeas se vieron en la estresante presión de concebir un heredero, preferiblemente varón, (y muchas veces no lo lograban, como en el caso de Luis XII, que tuvo que conformarse con que su primogénita fuera consorte), mientras que parejas aldenas sin ninguna fortuna concebían hasta diez hijos. Es bien conocido que la lactancia disminuye el riesgo de muerte súbdita y aumenta las defensas.  Por lo general, los niños eran educados lejos de sus padres. El concepto de familia era un tanto diferente al que tenemos en la actualidad. Hubo padres que llegaron a perder a cinco de diez hijos. Aunque esto suponía una pérdida, algunos no lo lamentaban tanto, pues no llegaban a encariñarse. 


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