viernes, 22 de marzo de 2019

El peinado en tiempos de María Antonieta de Austria

Fue a finales del siglo XVII cuando se fijó la moda del peinado Fontange, que perduró hasta el siglo XVIII. Debe su nombre a la duquesa de Fontange, amante de Luis XIV. Se cuenta que la moda surgió después de una cacería en Fontainebleau, cuando a la duquesa se le deshizo el peinado mientras cabalgaba y lo ató con una cinta de una forma que agradó al rey. Las damas de la corte empezaron a peinarse igual; posteriormente, se extendió por Europa.

María Angélica de Scorailles, Duquesa de Fontanges

Hasta 1714, con la llegada de la duquesa de Shrewsbury a Versalles, el Fontange fue cayendo en desuso, cuando la dama inglesa apareció frente a Luis XIV sin fontange, con el cabello ligeramente rizado. El mismo rey alentó el uso de este peinado y el resto de las damas no tardaron en imitarlo. Con esta nueva tendencia, los cabellos quedaban alisados en torno a la cabeza, como puede apreciarse en el retrato de Madame de Pompadour, hecho por François Boucher.

Madame de Pompadour, hecho por François Boucher

A mediados del siglo XVIII, el peinado empieza a elevarse en un alto tupé sobre la frente y largos bucles que caen por detrás de las orejas. A partir de 1770 esta moda se torna cada vez más exagerada. Los peinados se convirtieron en construcciones más complicadas que requerían las manos de peluqueros, así como de elementos que permitiera que los peinados se mantuvieran tiesos. En 1772 el periódico de modas parisiense Currier de la Mode publicaba diversas clases de peinados en sus cuadernos lo que dio para un año 3.744 modelos, quedando patente la locura que supuso la moda por los grandes tocados. Cualquier motivo por muy extravagante y absurdo que fuere se colocaba sobre las cabezas de las damas.

María  Antonieta

Las damas de Francia tenían donde elegir, la moda abarcó tanto y con tan diferentes nombres que no  había motivo para la repetición; podían optar por “le pouf au sentiment”, “les bonnets au parterre”, “au parc anglais”, “les coiffures à la candeur”, “à la Minerve”, “à la Flore”, “à la Cleopâtre”, “à la Diane”, “à la belle poule”, “à la mappemonde”, “à la calèche”, etc. Cualquier motivo era factible: desde mitológico hasta los acontecimientos actuales como “la coiffure à l’inoculation” después de que el rey es vacunado contra la viruela o “la coiffure à la Iphigénie” haciendo alusión a la presentación de la ópera de Gluck. Cuando son saqueadas las panaderías de París, a los frívolos cortesanos se les ocurre mostrar este acontecimiento en los bonnets de la révolte.  Fueron muchas las damas parisienses que se abonaron a diferentes peluqueros para que confeccionaran estas imposibles arquitecturas como Madame Matignon quien pagó al peluquero Beaulard 24.000 libras anuales.


Las pelucas, tanto de hombres como de mujeres, por lo regular eran fabricadas con cabello humano, pero también se incluía pelo de animales (como el caballo o la cabra) o de fibras vegetales. Tuvieron su auge durante la época del Rococó. Debían cargar con rascadores, debido a la proliferación de piojos. Llevaban grandes agujas con joyas incrustadas, que servían como adorno y a la vez sujetaban las pelucas. Eran empolvadas con harina para que se mantuviesen blancas. La gran demanda de polvo provocó el encarecimiento de la harina, perjudicando gravemente a la población más humilde de Francia.

Monsieur Léonard fue el peluquero favorito de la reina María Antonieta. Como un gran señor, se trasladaba todas las mañanas, en carroza de seis caballos, de París a Versalles. Con enormes agujas y pomada, elevaban los cabellos, desde su raíz, sobre la frente, rectos como cirios, hasta una altura aproximadamente doble de la de una gorra de granadero prusiano.

Poco a poco, las torres capilares, gracias a refuerzos y postizos, se hacen tan altas, que las damas ya no pueden sentarse en sus carrozas, sino que tienen que ir de rodillas, levantándose las faldas. Los dinteles de los palacios se hacen más altos a fin de que las damas no necesiten siempre inclinarse al pasar. 

En una de las tantas misivas que la emperatriz María Teresa envía a María Antonieta, su hija, menciona sus extravagantes peinados: "No puedo impedirme de tocar un punto que, con mucha frecuencia, encuentro repetido en las gacetas: me refiero a tus peinados. Se dice que, desde la raíz del pelo, tienen treinta y seis pulgadas de alto y encima aun hay plumas y lazadas". La reina de Francia responde evasivamente, alegando que en Versalles están tan acostumbrados que a nadie sorprende tales peinados. 

Retrato de María Antonieta, por Élisabeth Vigée Le Brun

Con el tiempo, la misma María Antonieta abandona esa moda y usa simplemente unos largos bucles, debido a que había perdido mucho cabello tras el parto. Sin embargo, las pelucas son sustituidas por los grandes sombreros. Las plumas de avestruz se ponen de moda y resultan tan costosas como las elaboradas pelucas. Con el estallido de la Revolución en 1789, la moda se simplifica en todos los sentidos, quedando atrás el lujo del Antiguo Régimen. 


Fuentes:
Hernández Delgado, Ana Lorena. "La moda femenina en el retrato: un estudio iconográfico de la moda en Francia 1715-1815" (2016-2017). Url: https://bit.ly/2TrubQv

Zweig, Stefan, María Antonieta, segunda edición, México: Editorial Porrúa, 2016.