martes, 16 de enero de 2018

Portugal y España: Repartición del Nuevo Mundo


Biblioteca Estense Universitaria, Modena, Italy, 1502

Los soberanos realizaban una campaña diplomática de gran envergadura para asegurarse derechos indiscutibles. El descubrimiento de islas, costas y golfos en tierra firme abría inmensas posibilidades a la expansión española. Pero los portugueses, omnipotentes en el mar, habían reafirmado su ambición de descubrir y dominar nuevos mundos. Además -y sobre todo- había que evangelizar a los pueblos paganos, por lo cual el Papa debía tomar una decisión sobre las intenciones y proyectos de los dos reinos ibéricos. No era asunto fácil. Casi un año se dedicó a las negociaciones, al intercambio de misivas y de embajadas, a los discursos y a las advertencias.

El Papa era español: Alejandro VI, de la familia de los Borgia. No era creación de los soberanos católicos pero sí les debía mucho, empezando por su elección. Dedicó a este asunto cuatro bulas sucesivas, lo cual pone de manifiesto la importancia de la cuestión y las vacilaciones de Roma. La primera bula, del 3 de mayo de 1493, Inter caetera, escrita cuando Colón se hallaba en Barcelona, fue enviada inmediatamente a España y debía llegar a la corte antes de que terminara el mes. Contenía, a título probatorio, largos resúmenes de la famosa Carta o relato del Almirante. El documento pontificio se contenta con afirmar que nadie había tenido antes conocimiento de la existencia de las tierras recién descubiertas; que los habitantes de aquellas regiones, "pueblos muy numerosos y pacíficos que viven desnudos y no comen carne humana", están dispuestos a recibir la fe cristiana. El Papa confirma asimismo la soberanía de los reyes de Castilla sobre esas tierras descubiertas o por descubrir. Una fórmula bastante ambigua. Por una parte, el mencionar a Castilla sin aludir ni a Cataluña ni a Aragón, puede parecer un mero arcaísmo: sólo Castilla, antes del matrimonio de los Reyes, se había interesado en los viajes atlánticos, y la bula se adaptaba a la costumbre de la época. Muchos comentaristas e historiadores se han preguntado si los catalanes no quedaron en alguna forma excluidos de esos privilegios. Incluso subrayan que aun cuando Colón estuviese de visita en la corte, entonces en Barcelona, su descubrimiento no había tenido gran eco en Cataluña: los cronistas o no hablan de él o lo hacen mucho después. Por otra parte, Alejandro VI parece haber olvidado totalmente los derechos adquiridos por Portugal y los privilegios que les había concedido la Santa Sede, en la época de sus viajes a África y las islas, sobre todo a Madera. 

Alejandro VI

Por esto la bula pontificia provocó muy pronto una virulenta protesta por parte del rey de Portugal, Juan II, ya enterado del paso de Colón por Lisboa y de algunas partes del Diario.  El embajador portugués hizo valer una bula de fecha anterior (1481), Aeterni Regis, que confería a Juan II todos los territorios por descubrir al sur de las Canarias, a fin de proteger los derechos portugueses sobre las costas y territorios africanos, pero que también podía aplicarse muy lejos hacia el Poniente, más allá del mar océano. Complicaba y envenenaba la situación el descubrimiento de esas islas por parte de los españoles. 

Por aquellas fechas, también los Reyes Católicos enviaron embajadores: el arzobispo de Toledo y Diego López de Haro. Ambos llegaron a Roma el 25 de mayo y, tres semanas después, adelantándose a tomar la ofensiva, reprocharon públicamente al Papa su mala administración en Italia, la venalidad de sus funcionarios y la corrupción que reinaba en la corte romana. En ese mismo momento, Carvajal ensalzó en un verdadero sermón, pronto impreso, las acciones de los soberanos en apoyo y gloria de la Iglesia, y reivindicó para ellos el descubrimiento "de las islas desconocidas del lado de las Indias". Lo hizo tan bien Carvajal que en vez de recurrir a los privilegios portugueses, el Papa cedió y promulgó una tras otra dos bulas en las que se establece una partición muy favorable a España. En primer lugar, Eximiae devotionis, donde sencillamente se confirma que las tierras descubiertas le tocaban a Castilla. Después, otra bula también titulada Inter caetera, que traza una línea de demarcación entre los dos futuros imperios. Esta línea debía pasar a 100 leguas al oeste y a 100 leguas al sur de todas "las tierras denominadas Azores e islas de Cabo Verde". Un poco después, en una cuarta bula, Alejandro VI, el 26 de septiembre de 1493, extendió en forma bastante vaga las "posesiones" de España y le garantizó, en algún sentido, todas las tierras por descubrir, sin importar donde se encontrasen. Roma tomó partido y, sin matizar, se puso al servicio de los intereses españoles. El prestigio logrado con la toma de Granada y con el regreso triunfal de Colón favoreció mucho a los Reyes Católicos. Los portugueses no podían dar su anuencia y se propusieron tratar directamente sin recurrir al arbitraje pontificio. 



Nuevas y muy vivas protestas de Juan II hicieron que Fernando e Isabel decidieran llegar a un entendimiento. El 7 de junio de 1994, por el tratado que se firmó en Tordesillas, Portugal, la separación entre ambas potencias se fijó en una línea meridiana que va mucho más lejos que la anterior, a 370 leguas al oeste de las islas de Cabo Verde, lo que para nosotros equivaldría a 46° y medio de longitud oeste. Esta línea asignaba a España todas las islas descubiertas o por descubrir en las Indias Occidentales, y cortaba el continente sudamericano en Brasil, un poco al este de la desembocadura del Amazonas. Por lo demás, la línea de 100 leguas (38° oeste) pasaba entre los sitios actuales de Recife y de Salvador. En principio, los negociadores de Tordesillas habían previsto que dos carabelas, una por cada nación, llevando a bordo pilotos, astrólogos, patrones, marinos y cartógrafos partirían de las Canarias, se dirigirían a Cabo Verde, de donde singlarían en dirección oeste para llegar a la línea a 370 leguas de distancia. Era una actitud muy optimista, y los soberanos pronto reconocieron que tales navegaciones y mediciones en línea recta eran utópicas. 

Las decisiones de Tordesillas se oponen a las ideas y pretensiones del genovés, quien, en diversas ocasiones, justificó la línea de 100 leguas y le atribuyó validez absoluta. La Relación dirigida a los reyes en agosto de 1498, por tanto mucho después de Tordesillas, dice e insiste con toda claridad: 
...Recordé muy bien entonces que cada vez, rumbo a las Indias, pasaba algunos centenares de leguas al oeste de las Azores, notaba cómo, en ese lugar, la temperatura cambiaba a lo largo de una línea que va de Norte a Sur.

Así puede verse con claridad que los límites jurídicos fijados a la expansión española se situaban al contrario de lo que deseaban ambiciosos navegantes, pobladores o monjes. Las disposiciones de Tordesillas que contradecían una opinión muy arraigada no constituyeron un éxito diplomático. Pero en el terreno de los hechos, durante algún tiempo, dejaron un vasto campo de acción totalmente libre, y no lograron desviar la voluntad de los Reyes Católicos, quienes, sin reticencia y con muchos medios, acometieron la aventura. 



Bibliografía:
Heers, Jacques. (1992). Primera colonización de las Indias Occidentales. En Cristóbal Colón(pp. 370-373). México: Fondo de Cultura Económica.

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