miércoles, 17 de enero de 2018

Los conventos en la Nueva España


Los conventos de monjas fueron en la época virreinal una institución característica, diferente a los cenobios fundados en la Edad Media y aun a los monasterios españoles, de cuyas características, sin embargo, participaban. El convento mexicano femenino participó, también, en la obra de catequización emprendida por los misioneros ocupándose de la enseñanza de las niñas indias, fue un refugio para la mujer soltera sin vocación para el matrimonio y centro de cultura y de trabajo a pesar de todos los inconvenientes que pueden señalarse en la enclaustración. 

El convento mexicano fue a un tiempo, lugar de oración y penitencia, centro de reunión social, taller de artes y oficios y escuela de enseñanza primaria para niñas que venían de fuera. 

Margo Glantz, Sor Juana Inés de la Cruz: Saberes y placeres, Toluca, Instituto Mexiquense de Cultura, 1996

Cada una de las órdenes masculinas tenía su correspondiente convento femenino. La orden franciscana inspiró y aun dirigió los conventos de Santa Clara, San Juan de la Penitencia, San Felipe de Jesús, de las capuchinas, Nuestra Señora de Guadalupe y Corpus Christi; la agustina, el de San Lorenzo; la dominicana, el de Santa Catalina de Sena; la carmelitana, el de San José o Santa Teresa la Antigua y el de Santa Teresa la Nueva; los jesuitas, los llamados de la Compañía de María, que fueron el de Nuestra Señora del Pilar o de la Enseñanza y el de Nuestra Señora de Guadalupe o la Enseñanza Nueva. Además hubo monasterios independientes de las órdenes establecidas como el de la Orden concepcionista, el más antiguo de México y seminario de otros muchos y el de la Orden del Salvador o de las Brígidas. 

El primero en fundarse fue el de la Concepción. Cuatro monjas venidas del convento de Santa Isabel de Salamanca: Paula de Santa Ana, Luisa de San Francisco, Francisca de San Juan Evangelista, dirigidas por la superiora Elena Medrano o Mediano, arribaron a México acatando la cédula del Emperador Carlos V de 1540 y la bula de Paulo III y auxiliadas por Fray Antonio de la Cruz. 

El obispo Zumárraga se había empeñado mucho en la fundación de este monasterio. El Papa sólo había otorgado a las monjas los votos simples; pero a partir de 1586 ya se concede a ellas los solemnes y en 1760, adquiere el título de Real Convento de la Concepción y el derecho a usar de las armas reales en la portada. Fueron favorecidas con las limosnas que recogió Fray Juan de Zumárraga y gozaron del patronato de Tomás Aguirre de Suanzabar y de su esposa Isabel Estrada y Alvarado. El patronato para los conventos femeninos fue de singular importancia. Ricos mineros, comerciantes, viudas ricas, encomenderos, hacendados más tarde, acuden en auxilio de los conventos dando el dinero necesario para la construcción de los edificios, celebrando un contrato con la comunidad que se elevaba a escritura pública ante notario eclesiástico, con la autorización del prelado y en el que se estipulaban las multas, obligaciones y derechos. Es curioso este tipo de contrato porque una de las partes se obligaba a la prestación de servicios materiales, como era la de proporcionar el dinero necesario para la construcción del convento y por la otra se especificaban prestaciones de carácter espiritual: rezos por el bienestar del patrono y su familia en vida y por la salvación de sus almas. El entierro de los donantes se hacía en lugar preferente de la iglesia; sus armas se colocaban en lugar visible y los benefactores disponían de lugar de honor en todas las ceremonias. El patronato era, además, hereditario.

¿Cuáles eran las reglas que normaban la vida de las monjas en los conventos mexicanos? Las mismas en realidad que las seguidas en los europeos, levemente modificadas por las condiciones especiales del medio mexicano. Desde luego con excepción del de Corpus Christi y la Enseñanza Nueva, que se destinaron a las indias, los monasterios mexicanos estaban dirigidos para:

  • Españolas y criollas.
  • Hijas legítimas.
  • Gozar de buena salud.
  • Saber leer y escribir.
  • Manifestar su voluntad, libre de toda coacción de profesar.
  • Pronunciar votos de castidad, pobreza y obediencia.

En algunos conventos como los dependientes de la orden franciscana, el voto de pobreza era absoluto; en otros, como el de las concepcionistas, el voto era particular pues el convento podía poseer bienes propios. Las monjas estaban sujetas a la clausura que sólo podía romperse en casos excepcionales, por ejemplo, incendio, terremoto, o salida a otras casas para fundar nuevos conventos. 

Guido Caprotti, Monjas carmelitas ante Ávila, 1937
Óleo sobre lienzo
Foto: BlamaraPhoto

La admisión de las solicitantes al monjío la concedía el consejo del convento mediante votación secreta. La edad mínima para entrar como novicia era la de 12 años. Después de dos años de instrucción cambiaba el velo blanco por el negro de las profesas, siempre que hubiera cumplido los 16 de edad. La joven era confiada a alguna familia honorable conocida del monasterio para que la llevase a lo que entonces se llamaba "el paseo". Casi siempre se encargaba de eso la madrina; la vestía de sus mejores galas, la alhajaba con sus mejores riquezas y después de haberla paseado por la ciudad la presentaba al monasterio en donde se despojaba de sus galas en solemne ceremonia y vestido el hábito de la orden hacía su profesión. La dote que otorgaban las monjas o sus padrinos al entrar al convento generalmente era de 2000 a 4000 pesos. Algunas se les dispensaba, por ejemplo, si demostraban conocimientos matemáticos útiles en la administración o buenas voces aprovechables en el coro. La autoridad dentro del convento era la abadesa, priora o superiora que se elegía dentro de la comunidad de profesas, por voto secreto y ante la autoridad del delegado arzobispal cuando la vigilancia del convento recaía en el ordinario o de la del delegado de la orden masculina cuando correspondía a ella la dirección. La superiora estaba asistida por la vicaria, la maestra de novicias, la portera mayor y la contadora. 

Generalmente los conventos de monjas en México ocuparon amplios solares, ya que al primitivo claustro se le fue agregando casas vecinas hasta constituir pequeñas villas en las que las monjas vivían con cierta independencia. 

Retrato de Sor Juana Inés de la Cruz,
Miguel Cabrera, ca. 1750 (castillo de Chapultepec).

Famoso fue el convento de San Jerónimo por haber vivido en él una de las más claras inteligencias femeninas que haya producido el mundo de habla española: Sor Juana Inés de la Cruz. Aportaron dinero para la fundación don Diego de Guzmán y su mujer doña Isabel de Barrios. El 29 de septiembre de 1585, cuatro religiosas del convento de la Concepción fundaban solemnemente el convento bajo la advocación de Santa Paula. Estaba sujeto a la vigilancia del ordinario. Podían ingresar a él españolas y criollas, mediante el pago de 3000 pesos de dote. Tenían dormitorios comunes y la regla era menos austera que la de los conventos de capuchinas y carmelitas. Podían poseer libros y el consejo estaba formado por la priora, las vicarias, las correctoras, las procuradoras y las definidoras.

El hábito que usaban es el que muestra el retrato tan conocido de Sor Juana: hábito blanco, doble manga, manto y escapulario de "paño de buriel negro", toca blanca, cinturón de cuero, medias y zapatos lisos, rosario al cuello con la cruz cayendo hacia el hombro derecho, escudo con el santo de la advocación de la religiosa con el marco de carey.

El convento de monjas contribuyó eficazmente en dar a la niñez femenina una educación que tenía que ser, naturalmente, la de la época, religiosa de preferencia; fue centro de actividad social y artística. Contribuyó en buena parte a la exaltación del arte barroco en el adorno de sus retablos, en el primor que alcanzaron las artes del bordado y de la costura y coadyuvó a la creación de una cocina y de una repostería mexicana de la que todavía disfrutamos en sus guisos, sus postres y pasteles. 



Bibliografía:
Jimenez Rueda, Julio. (1960). La Iglesia y el Estado. En Historia de la cultura en México(pp.128-135). México: Cvltvra.

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