viernes, 19 de enero de 2018

¿Cómo era la apariencia de Cristóbal Colón?

"El Almirante era un hombre apuesto, de estatura más que mediana, de rostro alargado y mejillas bien definidas; ni delgado ni grueso. Tenía nariz fina y ojos muy claros; el tono de la piel también era claro (a veces un poco sonrosado). De joven tuvo cabellos rubios, pero encaneció a los 30 años de edad. En cuanto a bebida, mujeres y ropa siempre dio señales de ser razonable y modesto."


Monumento a Cristóbal Colón en el Paseo Colón de Lima.

Ninguno de sus contemporáneos -escritor o pintor- se afanó por dar un retrato de Cristóbal Colón medianamente auténtico. Las imágenes que han llegado hasta nosotros -obras de composición literaria o imaginativa más que testimonios auténticos- son todas tardías y fueron forjadas después de la muerte del héroe por escritores que, en su mayoría, no lo conocieron y rinden pleitesía a cierto género sin preocuparse mucho por decir la verdad. En todos esos retratos se perciben claramente el artificio o el encargo y, casi siempre, el deseo de exaltar virtudes extraordinarias en un hombre llamado a realizar elevadas hazañas. 

Parafraseando y adornando -según su costumbre- el Diario del primer viaje, Las Casas nos ofrece una descripción del primer encuentro entre españoles e indios, que no ha perdido celebridad y se cita hasta en manuales destinados a niños de escuela primaria.

El gran número de indios que allí se encontraba quedaron embobados al mirar a los cristianos. Contemplaron estupefactos sus barbas, la blancura de su piel y su ropa. Se dirigieron a quienes llevaban barba y, sobre todo, al Almirante, al darse cuenta de que era el personaje de mayor consideración, porque sobresalía, por la autoridad que emanaba de su persona y porque estaba vestido de escarlata. Le tocaron las barbas con los dedos, y se maravillaron porque ellos no tenían. Contemplaron con gran atención la blancura de manos y rostros. Al ver su candor, el Almirante y los suyos complacientemente los dejaron hacer.

Es una escena muy bella del género idílico. En todo caso, la imagen que pinta Las Casas contradice en algunos puntos la que se debe a Fernando Colón. Aquí aparece un hombre que se coloca en primera fila y es de gran prestancia; el color escarlata, rojo vivo de su vestimenta no responde en absoluto a la virtuosa modestia tan alabada por el hijo.  

Los responsables de la exposición de Chicago, consagrada en 1893 a Cristóbal Colón y al descubrimiento de América, pudieron, por consiguiente, ofrecer a los visitantes 71 retratos (originales o copias). Por supuesto, no existía entre ellos ningún parecido. Todos presentaban rasgos diferentes: tez clara o morena, e incluso aceitunada; tipo mediterráneo (incluso oriental), o nórdico (dentro de la tradición de los más célebres bárbaros); rostro ovalado o alargado (a veces con perfil de directa herencia griega).


Virgen de los Navegantes (Alejo Fernández), 1531-37. Óleo sobre tabla. 

Cristóbal Colón

Unos cuantos dibujos o pinturas de caballete han logrado retener más la atención debido a cierto aroma de autenticidad. Morison, con cierta simpática ingenuidad, demuestra gran ternura por un cuadro pintado en 1520 por un artista cordobés, Alejo Fernández, para la confraternidad de marinos, armadores y pilotos de Sevilla. Se trata de una Nuestra Señora del Buen Aire, donde aparece una virgen muy joven y sonriente, que envuelve entre los pliegues de su capa a varios personajes arrodillados. Uno de esos hombres, a la izquierda, según se dice es Cristóbal Colón. Se trata sin duda de una seductora hipótesis, pero no tiene otra base que el suponer que el pintor conoció en su juventud al Almirante, el cual entonces residía en Córdoba. En 1520 ese encuentro había tenido lugar, por lo menos, 30 años atrás, y el propio Colón ya tenía 15 de muerto.

Otro retrato a menudo considerado "auténtico": éste, se afirma, fue pintado entre 1530 y 1540, o sea, más tarde que el anterior, para el obispo de Como, Paolo Giovo. Este prelado, humanista y médico, había reunido una galería de retratos de hombres célebres en aquella época, descritos, por otra parte, en su Elogío de hombres ilustres, publicado el año de 1551, donde efectivamente habla de Colón. Ahora bien, la colección de retratos de la galería Giovo compuesta e ilustrada en esa época, las Musei Joviani Imagines, la cual reúne en cuatro gruesos volúmenes 130 grabados en madera con sus respectivos comentarios, asignan al Almirante un tipo físico e incluso una ropa (el hábito franciscano) muy diferentes a los de la pintura de caballete conocida hoy en día.

S. E. Morison nos lo presenta en estos términos: "...Esbelto, bien puesto, pelirrojo, de faz encendida con algunas pecas, nariz de trazo firme, rostro alargado, ojos azules, pómulos salientes..."

Durante el siglo XVI (incluso más tarde) el descubrimiento y la conversión: el Almirante con atuendo cortesano, casaca entallada, gran sombrero, la ropa siempre adornada con cintas y encajes, desembarca en tierra desconocida; lo acompañan dos soldados con arcabuz al hombro; otros plantan una cruz en el suelo; un cacique -casi siempre el célebre cacique Guacanagari, según afirman los textos explicativos-, acompañado de algunos salvajes más o menos desnudos, le lleva presentes de oro y plata: magníficas piezas de orfebrería ricamente labradas, cofrecillos, copas e incensarios, todo ello del más puro estilo europeo de aquella época. 


Bibliografía:

Heers, Jacques. (1992). Primera colonización de las Indias Occidentales. En Cristóbal Colón(pp. 9-12). México: Fondo de Cultura Económica.


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