jueves, 14 de diciembre de 2017

Isabel de Baviera "Sissi" (parte 4)

Salida de Viena
En la primavera de 1859, el emperador partió a los territorios en guerra de la Alta Italia para supervisar las operaciones militares. Cuando Sissi se entera, queda muy afligida. Tras despedirse de su esposo, regresó al palacio de Schönbrunn para encerrarse en sus aposentos. La niñera de sus hijos, Leopoldina Nischer, escribiría en su diario: «El desconsuelo de la emperatriz sobrepasa todo lo imaginable. No ha dejado de llorar desde ayer por la mañana, no come nada  y está siempre sola, como no sea con los niños». La emperatriz, nerviosa y deprimida, abandona por completo sus obligaciones oficiales y casi no sale de sus aposentos. Dormía muy poco y sufría frecuentes crisis de angustia.

Mientras las noticias que llegan desde el frente son cada vez más preocupante, el emperador sigue escribiendo a su esposa tiernas cartas tratando de calmar su angustia. Tras las derrotas militares en Magenta y Solferino contra las tropas de Napoleón III, Francisco José por primera vez deberá asumir la responsabilidad de su fracaso. Nunca será tan impopular en su país como en aquellos difíciles días. Sissi se muestra cada vez más contraria al régimen absolutista y militar. Está convencida de que las ideas de Sofía en política exterior llevaran al imperio a la ruina.

Por primera vez se atrevió a darle un consejo político a su esposo: que firmara la paz con Napoleón III lo antes posible. Francisco José no le hizo ningún caso, y se mostró molesto por lo que consideraba una intromisión en sus asuntos. Finalmente, Austria firmaría la paz con Francia, cediendo la Lombardía, su provincia más rica, y manteniendo por poco tiempo Venecia. El emperador aprobará el Diploma de Octubre, un decreto que supone un primer paso para establecer un régimen parlamentario y otorgar al imperio una Constitución. 

En el invierno de 1859, Sissi sufre su primera crisis matrimonial. El emperador, que hasta entonces se había mostrado muy paciente con su caprichosa mujer, se harta de las discusiones entre la emperatriz y la archiduquesa Sofía, surgiendo rumores de amoríos.

Sissi estuvo enferma desde su boda, pues de niña había sido muy sana. Ahora sufría vértigos, dolor de cabeza, insomnio, fiebre y fatiga. Su estado había empeorado tras el nacimiento de Rodolfo. Padecía una tos que le impedía dormir y sus ayunos la habían dejado anémica. Un consomé compuesto por una mezcla de carne de ternera, pollo, venado y perdiz; carne fría, sangre de buey cruda, leche, tartas y helados constituían sus únicos alimentos. Vivía obsesionada por mantener su peso de cincuenta kilos y su cintura de cuarenta y siete centímetros. Medía un metro setenta y dos, siendo más alta que su esposo, aun cuando en los retratos la hicieran parecer más baja que Francisco José. La emperatriz encontró en la gimnasia una de sus actividades predilectas que practicaba a diario, algo inusual para una dama de su época y rango.  Isabel tenía todos los síntomas de una enfermedad entonces desconocida: la anorexia nerviosa.


A punto de cumplir los veintitrés años, anuncia al emperador que quiere irse lejos de Viena. El doctor Skoda, temiendo una tuberculosis, le recomienda que se traslade a un lugar más cálido. Sissi elige la isla de Madeira tras escuchar a su cuñado favorito —el archiduque Maximiliano— alabar las bellezas de aquella isla donde residió una larga temporada. Como de costumbre, Sofía la critica por esta decisión.

Con este viaje da comienzo la vida errática de la soberana, que intentará pasar en Viena el menor tiempo posible. En Madeira la emperatriz se instala en una hermosa villa encalada, Quinta Vigia, con espléndidas vistas al mar. Se entretiene con sus perros, sus papagayos y con los ponis que ha mandado comprar para revivir su infancia en Possenhofen. El clima primaveral contribuye a mejorar su salud y está de buen humor. Pero a medida que pasan los días comienza a sentir una gran añoranza de su esposo y de sus hijos. 

A principios de abril de 1861 la emperatriz piensa en el retorno a Hofburg con sentimientos encontrados. Antes de reunirse con su esposo en Trieste, la emperatriz Isabel llegaba a las costas de Cádiz a bordo del yate de la reina Victoria. El viaje continúa por Gibraltar hasta Mallorca, y de ahí a Corfú. Esta isla, entonces en manos de Inglaterra, la cautivó desde el primer instante y aunque quiso detenerse en ella más tiempo y visitar el resto de islas Jónicas, Francisco José impaciente salió a su encuentro en Trieste. Tras seis meses de separación la pareja imperial se abrazó de nuevo con lágrimas en los ojos. 

Pero apenas llevaba unos días en Viena cuando su salud empeoró de nuevo. El doctor Skoda le recomienda instalarse en Corfú. El cambio de clima le sienta bien y al poco tiempo desaparece la tos, el dolor de pecho y recupera el color de sus mejillas. El emperador decide viajar a Corfú para ver a su esposa. Sissi le confiesa que sufre mucho al verse privada de sus  hijos, pero que no desea pasar el invierno en Viena por miedo a recaer.Finalmente llegan a un acuerdo y el emperador, al ver su mejoría, permite que los niños viajen a Venecia para estar allí unos meses con ella, pese a las protestas de Sofía. 

Después de permanecer un año entero en Corfú y Venecia, la emperatriz aún no se atrevía a volver a Hofburg y prefirió quedarse un tiempo en Possenhofen. Las semanas que pasó en ese lugar que tan felices recuerdos le traían la ayudaron a coger fuerzas para enfrentarse de nuevo a la vida cortesana de Viena. Aunque a Sissi le hubiera gustado pasar más tiempo en su amada Baviera, a mediados de agosto de 1862 tuvo que regresar a Viena porque era el cumpleaños del emperador. Francisco José cumplía treinta y dos años.
En su breve encuentro con el emperador en la isla de Corfú, también consiguió la autorización para destituir a su camarera mayor, la condesa de Esterházy, a la que tuvo que soportar durante ocho largos años.
Once años había tardado Sissi en encontrar el valor suficiente para enfrentarse a su esposo y a su suegra Sofía. Al imponerse de manera tan enérgica al emperador, amenazándole incluso en que si no cumplía con sus exigencias abandonaba para siempre Austria, Francisco José cedió. Para Isabel lo importante es que había conseguido librar a su hijo de la severa educación militar que le infligía Gondrecourt y sustituirlo por un preceptor que sentía verdadero afecto por el niño. La emperatriz también se encargó de elegir a los profesores de su hijo apostando por intelectuales burgueses y liberales cuyas enseñanzas calaron hondo en su pupilo. Con el tiempo el príncipe heredero Rodolfo de Habsburgo llegó a ser un liberal convencido, lo que le acarrearía graves enfrentamientos con su padre el emperador. Sin embargo su madre siempre lamentaría no haber intervenido antes porque el príncipe padecería graves secuelas —como trastornos psíquicos y pesadillas— a lo largo de toda su vida.

Vanidad
Si el emperador cedía a los caprichos de su esposa, no sólo era porque estuviese en juego el prestigio de los Habsburgo, sino porque aún estaba enamorado de ella. En esa época, Isabel estaba el apogeo de su belleza. El ejercicio y las dietas habían cumplido con su función de mantener su aspecto juvenil. Hacia 1860 la fama de la belleza de la emperatriz Isabel de Baviera se había extendido por toda Europa. Consciente de su poder de seducción, Sissi se fue volviendo más arrogante, caprichosa y egocéntrica.


Fue en sus primeros viajes a las islas de Madeira y Corfú donde sufrió una gran transformación y fue consciente por primera vez de su belleza. Los jóvenes caballeros que viajaban con ella, como su ardiente admirador el conde de Hunyady, no dudaban en alabar sus virtudes y su atractivo físico. Con el tiempo Sissi iba a desarrollar un auténtico culto a la belleza. En 1862, durante su estancia en Venecia, Isabel comenzó su afición a coleccionar fotografías de bellezas de toda Europa. También los diplomáticos austríacos recibieron la indicación de enviarle al ministro de Asuntos Exteriores fotos de mujeres hermosas para la emperatriz. Ante tal extraña petición, muchos pensaron que las fotografías en realidad eran para el emperador de Austria y no para su esposa.

Pero era su larga cabellera lo que provocaba la mayor admiración. Sissi rendía un auténtico culto a su cabello, cuyo color rubio se hacía teñir de un tono castaño, y lo mimaba en extremo. En una ocasión llegó a confesar: «Soy esclava de mi pelo». Tenía una espléndida melena, sana y abundante,que en su juventud le llegaba hasta los tobillos. Generalmente lo llevaba recogido porque le pesaba tanto que le provocaba dolores de cabeza. 

Se lo lavaba cada tres semanas con costosas esencias y la ayuda de una mezcla de coñac y yema de huevo. Ese proceso le llevaba un día entero, en el que la soberana no estaba para nada más. El peinado diario de su melena requería no menos de tres horas —vestirse, otras tres— y aprovechaba el tiempo para leer y escribir cartas. A medida que se hacía mayor, Isabel se obsesionó con mantener su legendaria belleza. En su lucha por no envejecer, recorría los más afamados balnearios europeos de Karlovy Vary, Gastein, Baden-Baden o Bad Kissinger para someterse a largos y costosos tratamientos. Para mantener el cutis terso se aplicaba mascarillas de carne fresca  de ternera, o fresas trituradas. Por las noches dormía con paños húmedos sobre las caderas pues creía que así no perdería su esbelta figura.

En el Palacio Imperial de Hofburg la emperatriz mandó construir detrás de su tocador un cuarto de baño propio —inexistente en el resto de los aposentos reales—, en el que instaló una bañera de chapa de cobre. Allí tomaba sus baños de vapor y de aceite de oliva para hidratar la piel, y contrató a una especialista en masajes e hidroterapia.

Reyes de Hungría
Isabel nunca disimuló las simpatías que sentía hacia el pueblo húngaro. Con el tiempo se convirtió en una ardiente defensora de sus peticiones nacionalistas. En 1864, llegó a la corte vienesa Ida Ferenczy, una joven campesina de origen húngaro que ejercería gran influencia sobre la soberana. Su nombramiento como dama de compañía de la emperatriz fue muy criticado en Hofburg porque la elegida no pertenecía a la alta aristocracia. Durante treinta y cuatro años, hasta la muerte de Sissi, fue su más íntima confidente. Ida conocía todos sus secretos, se ocupaba de su correspondencia más privada y acabó siendo su amiga. Fue ella quien le presentó al conde Gyula Andrássy, uno de los líderes de la revolución del 48 y héroe nacional.

Coronación de Francisco José e Isabel como reyes de Hungría

En la corte vienesa se rumoreaba que eran amantes, pero la emperatriz admiraba a Andrássy por su inteligencia y valentía al poner en peligro su vida por defender una causa justa. Francisco José lo había condenado a muerte por alta traición, pero Andrássy consiguió huir a París y regresó tiempo después al ser concedida una amnistía. Tras largos años de negociaciones con la Corona austríaca, en 1867 el emperador restauró su antigua Constitución y reconoció sus privilegios como reino independiente dentro del imperio. Fue un triunfo político de Isabel, que desde ese instante contó con el sincero afecto del pueblo húngaro. El 8 de junio, en una ceremonia de auténtico lujo asiático celebrada en la iglesia de Matías en Budapest, los emperadores de Austria fueron coronados como reyes de Hungría. Francisco José vestía el uniforme de mariscal húngaro y la emperatriz, un vaporoso vestido de inspiración húngara de brocado y plata confeccionado en París por el modisto Worth, un corpiño de terciopelo y una corona de diamantes. 

María Valeria

A los diez meses de la coronación, nació en Budapest la archiduquesa María Valeria, «su hija húngara», como ella la llamaba. La emperatriz cuidó de la niña con una dedicación exclusiva y un amor maternal exagerado. Aunque en Viena corría el rumor de que Andrássy era el padre de la pequeña, la paternidad de Francisco José quedó fuera de toda duda. En aquel tiempo los soberanos habían reanudado sus relaciones íntimas y ante el enorme parecido de Valeria con el emperador, los rumores se acallaron. La admiración de Andrássy, nombrado primer ministro de Hungría, se mantuvo hasta la muerte de este político. En su frecuente correspondencia con la emperatriz se refleja su incondicional lealtad y agradecimiento. El bautizo de la princesa tuvo lugar en el castillo húngaro de Ofen, lo que indignó aún más a la archiduquesa Sofía y a la sociedad cortesana. Isabel quiso a esta niña con un amor tan posesivo y asfixiante que en la corte de Viena era conocida irónicamente como «la Única». Años más tarde la propia Valeria confesaría: «El excesivo amor de mamá pesa sobre mí como una carga  insoportable». Las prolongadas estancias de Isabel en Hungría y los triunfos obtenidos en este país que tanto amaba provocaron un gran malestar en Viena.

Declive y tragedias
En julio de 1867, Maximiliano fue asesinado en México. Sofía, a sus sesenta y dos años, ya no era ni la sombra de la enérgica archiduquesa de antaño. La noticia de la muerte de su hijo había quebrantado el ánimo de la archiduquesa, a tal punto que abandonó el conflicto con su nuera. Tras el nacimiento de Valeria, la emperatriz pasaba la mayor parte del año en Hungría o en su palacio familiar de Baviera. Sissi ya no se ocupaba de sus hijos mayores, pero dedicaba todo su tiempo a Valeria, siendo la única hija que no le fue arrebatada por su suegra. 


Mientras tanto, Francisco José contemplaba la decadencia de Austria, un país envuelto por luchas internas y guerras. La archiduquesa Sofía no viviría para ser testigo del derrumbe del Imperio, muriendo el 28 de mayo de 1872. Sin embargo, nada cambió para Sissi con la muerte de la suegra que la había atormentado durante dieciocho años. La emperatriz continuó sin cumplir con sus funciones de primera dama y la estricta etiqueta se mantuvo. 

A partir de los treinta y cinco años, la emperatriz empezó a mostrarse huraña. No quería que nadie fuera testigo de su decadencia física, aunque siguiera siendo hermosa. Se refugiaba en el castillo de Gödöllö, donde se dedicaba a la equitación. Incluso llegaron rumores a Viena de que había mandado construir una pista de circo. Alrededor de 1883, Sissi perdió su entusiasmo por los caballos. Retomo la costumbre de caminar a un ritmo que agotaba a sus damas de compañía, pues su soberana podía resistir entre ocho y diez horas de caminata.

En abril de 1870, la pareja imperial celebró sus bodas de plata, ocasión en la que posaron para el que sería su último retrato oficial. Era bien sabido que los emperadores ya no compartían lecho desde el nacimiento de Valeria. Aunque la influencia de Sissi sobre su marido era innegable, el cual nada podía negar a su mujer. Y pese a los rumores de infidelidad de Sissi, no hay prueba de que ésta traicionara a Francisco José. Simplemente era una mujer que le gustaba rodearse de aduladores (hasta que se aburría de ellos).

Katharina Schratt, una actriz austríaca, se convirtió en amante del emperador, a quien acompañó hasta la muerte de éste en 1916. Sissi consintió esta relación.

Hacia 1886 Isabel pareció intuir que una serie de terribles desgracias la iban a golpear e incluso que su muerte estaba próxima. Alguien le contó la maldición que pesaba sobre los Habsburgo. Según la leyenda, desde tiempos lejanos una figura desvaída y misteriosa, la Dama Blanca, solía aparecerse a los miembros de la familia para anunciar una tragedia. Sissi la había visto en varias ocasiones, pero ahora pensaba que ya no podría rehuirla: «Sé que voy hacia un fin espantoso que me ha sido asignado por el destino y que sólo atraigo hacia mí la desgracia», le dijo un día paseando a su leal condesa de Festetics. 
Primero fue la muerte en extrañas circunstancias de Luis II de Baviera, su primo más querido, que apareció ahogado en las aguas del lago de Starnberg. La noticia de su trágica muerte, al día siguiente de haber sido recluido a la fuerza en el castillo de Berg, agravó el extravagante comportamiento de Sissi. Se aficionó al espiritismo para contactar con él y afirmaba que Luis se le había aparecido en varias ocasiones. 

Rodolfo de Habsburgo

El 30 de enero de 1889, la emperatriz recibió un duro golpe, al enterarse del suicidio de su hijo. El heredero del Imperio había sido encontrado junto a su amante, María Vetsera. Sissi estaba devastada. Se deshizo de todos sus vestidos y joyas, que repartió entre sus hijas y damas. A partir de ese momento, vistió luto y nunca más se dejó fotografiar ni retratar. A sus sesenta años, seguía recorriendo el mundo, huyendo de su dolor.


Muerte

Asesinato de Isabel de Baviera

En sus últimos años Suiza se convirtió en uno de sus destinos favoritos. Ya casi nunca ponía un pie en Viena, pero mantenía una fluida correspondencia con su esposo. Tras más de cuatro décadas de matrimonio y tantas desavenencias, ahora se mostraban cariñosos y comprensivos el uno con el otro. Atrás quedaban los reproches, y trataban de consolarse mutuamente en el ocaso de sus vidas. 
Fue en Ginebra donde Sissi se encontró cara a cara con la Dama Blanca. En el mañana del 10 de septiembre de 1898, la emperatriz y su nueva dama de honor húngara, Irma de Sztáray, salieron del hotel Beau Rivage donde se alojaban, a orillas del lago Leman. Se disponían a coger el vapor de línea para Montreaux cuando en el embarcadero un individuo se abalanzó sobre ella y le clavó un estilete a la altura del corazón. Sissi cayó al suelo, pero no se dio cuenta de que la habían herido. Se levantó enseguida y las dos damas caminaron cien metros hasta subir al barco. Ya en cubierta la emperatriz se desplomó y los que la atendieron comprobaron que estaba muerta.

Luigi Lucheni

Su agresor, un anarquista italiano desquiciado de nombre Luigi Lucheni, confesó que se encontraba en Ginebra con la intención de asesinar al pretendiente al trono de Francia, Enrique de Orleans. Pero quiso el destino que éste no llegara a la ciudad como tenía previsto, y el asesino cambió de víctima. En un diario local leyó que la emperatriz de Austria se hallaba de paso en la ciudad y se alojaba en el Beau Rivage. Sólo tuvo que esperar y alcanzar a la dama de negro, que nunca llegó a su destino.

Sepulcro de Francisco José, Isabel y Rodolfo

Cuando el emperador se enteró en el palacio de Schönbrunn de la muerte de Sissi a través de un escueto telegrama, intentó mantener la compostura pero se le saltaron las lágrimas. Isabel quería ser enterrada junto al mar, en su refugio de Corfú, muy lejos de Viena, que para ella se había convertido en una «ciudad maldita». En su lugar, y siguiendo el tradicional protocolo de los Habsburgo que Sissi tanto aborrecía, su cadáver embalsamado comenzó un macabro ritual. Su corazón herido fue depositado en la capilla de Loreto de la iglesia de los Agustinos, en una urna de plata. En la catedral de San Esteban quedaron custodiadas en un nicho sus vísceras, junto a las de otros augustos monarcas. El féretro cubierto de flores blancas, acompañado de doscientos jinetes montados en caballos negros, fue conducido a la iglesia de los Capuchinos donde llegó a las nueve de la noche. En su lúgubre y húmeda cripta Isabel de Baviera, descansa entre los Habsburgo, como una extraña y en contra de su voluntad.



Fuente:
Morato, Cristina Morato, "Reinas malditas", Plaza&Janes, 2014.


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