lunes, 29 de agosto de 2016

Carlos I de España y V del Sacro Imperio Romano (Parte 1)



Nacimiento e infancia
Carlos de Habsburgo nació el 24 de febrero de 1500 en el palacio de Gante, en Flandes. Sus padres eran la infanta Juana, futura reina Juana I de Castilla "la Loca" y del archiduque Felipe de Austria "el Hermoso". Recibió el nombre de Carlos por su bisabuelo Carlos el Temerario, duque de Borgoña. Sus abuelos paternos eran el emperador Maximiliano y María de Borgoña. Sus abuelos maternos eran Fernando de Aragón e Isabel de Castilla. Hay una leyenda acerca de que el gobernante más poderoso del siglo XVI nació en una letrina. Según la historia, la archiduquesa Juana comenzó a sufrir dolores de parto, los cuales confundió con los de una indigestión. Supuestamente Juana se encontraba en la fiesta del palacio para vigilar a su marido. Al llegar al sanitario, sin ayuda de nadie, dio a luz a su segundo hijo. 


Felipe de Austria

Juana I de Castilla

Felipe el Hermoso nombró a su hijo duque de Luxemburgo y caballero de la Orden del Toisón de Oro.  Pocos meses después del nacimiento de Carlos, falleció el príncipe Miguel, heredero de Castilla, Aragón y Portugal. Con tal hecho, la herencia de los Reyes Católicos pasaba a Juana y Felipe, los padres de Carlos.

Carlos pasó toda su infancia en los Países Bajos, al igual que tres de sus hermanas (Leonor, Isabel y María); Fernando y Catalina, los otros dos hijos de Juana, nacieron y se criaron en Castilla. Cuando Juana fue a Castilla a recibir su herencia, en 1506, dejó a su hijo a cargo de su tía, Margarita de Austria, que se encargó de su educación. Los padres de Carlos no volvieron nunca a Flandes, pues Felipe murió en Castilla en septiembre de 1506 y Juana fue encerrada en Tordesillas debido a su aparente enajenación. Con seis años de edad, Carlos se convierte en conde de Flandes. Al año siguiente, Maximiliano concede la regencia de los Países Bajos a Margarita, así como la tutela de los hijos de Felipe.

Educación
Carlos y sus hermanas se criaron en una de las cortes más cultas de Europa. Carlos se crió como un príncipe del Renacimiento. La corte borgoñona poseía una ambiente jovial e influenciada por las ideas de Erasmo. Entre los placeres de la caballería y de la caza se le iba dando una sólida educación en política y religión, bajo la orientación de Adriano de Utrech. A partir de 1509, su educación estuvo a cargo de Guillermo de Croy, quien llevaba a su estudiante con mano firme. Aunque Carlos no carecía de talento, en sus primeros años se apoyó mucho en sus consejeros. Le enseñaron a hablar francés y flamenco, pero pronto añadió el español y el alemán. También tuvo por maestro al español Luis de Vaca, sin embargo, Carlos llegó a la península ibérica sin dominar el castellano. 


Carlos, Leonor e Isabel

El 5 de enero de 1515 Carlos fue declarado mayor de edad, gracias a las gestiones que Chièvres realizó ante el emperador Maximiliano. En ese momento acabó la regencia de su tía Margarita, y Carlos se hizo con las riendas de los Países Bajos. Chièvres se convirtió entonces en el privado de Carlos, el único que tendría en su vida. De los consejeros de Margarita, Carlos conservó a Mercurio de Gattinara, otra de las piezas fundamentales de su política.

Apariencia y personalidad
En sus retratos se ve al joven príncipe delgado y con aspecto enfermizo, de nariz prominente y mandíbula prognática típica de los Austrias, tan saliente que los dientes no le encajaban bien, lo cual le causaba alguna incomodidad al comer. En pocas palabras, el emperador era de estatura mediana, bien proporcionado, tez clara, barbilla prominente, nariz aguileña y ojos azules. Después de que el emperador venció a los franceses en Pavía, el embajador veneciano Contarini lo describió así:

La cesárea majestad es joven, de veinticinco años, tantos cuantos llevamos del millar desde el 1500, y cumplirá el vigésimo sexto el 24 del mes de febrero, en el día de San Matías, en el cual tuvo la victoria contra el ejército francés y fue preso el rey cristianísimo. Es de estatura mediana, ni muy grande ni muy pequeño, de color más bien pálido que rubicundo; de cuerpo bien proporcionado; bellísima pierna, buen brazo, la nariz un poco aguileña, pero poco, los ojos inquietos, el aspecto grave, pero no cruel ni severo; en él ninguna parte del cuerpo se puede afear, excepto el mentón, o sea todo el maxilar inferior, el cual es tan ancho y tan largo que no parece natural de aquel cuerpo, sino postizo, donde sucede que no puede, cerrando la boca, unir los dientes inferiores con los superiores, antes los separa un espacio del grosor de un diente, de donde en el hablar, máxime al terminar la cláusula, balbucea alguna palabra, lo cual frecuentemente no se entiende muy bien (...).



Las descripciones coinciden en que el mayor defecto físico de Carlos era su mentón, el cual le dificultaba el habla. Los retratos de sus antepasados indican que fue un defecto genético heredado de su abuelo, el emperador Maximiliano. Es por ello que Carlos se dejaba crecer la barba para disimular ese defecto. Carlos V era muy religioso y dedicado a sus deberes regios. El propio Contarini achaca a Carlos V una cierta sequedad en su carácter, según el embajador italiano:

Es muy poco afable, más bien avaro que liberal, por lo que no es muy querido; no demuestra ser ambicioso de Estado, pero tiene gran ambición de combatir, y desea mucho encontrarse en una jornada de guerra; demuestra también tener gran deseo de hacer la empresa contra los infieles.

Su carácter era templado y no solía hablar más que lo necesario. Su pasión era la guerra y las tácticas militares. Era perseverante y poco dado a la arrogancia. Era un gran estadista, de mente despierta y carácter decidido. Alonso de Santa Cruz dijo de él:

Fue muy agudo y muy claro de juicio, lo cual se veía en él por el conocimiento que tenía de todas las cosas y en las buenas razones que daba de todas ellas. Y conocíase su gran memoria en la variedad de las lenguas que sabía, como eran: lengua flamenca, italiana, francesa, española, las cuales hablaba tan perfectamente como si no supiera más de una.



A pesar de haberse criado en la corte borgoñona, Carlos admiraba las hazañas de los españoles y poseía una espiritualidad propia de Castilla. Tenía debilidad por las mujeres, al igual que su padre y su abuelo Fernando, pero a diferencia de éstos, Carlos fue fiel a su esposa. Al igual que muchos soberanos de su tiempo, era aficionado al arte, especialmente a la música. Además tuvo predilección por la colección de relojes y mapas. A pesar de su vida ajetreada, Carlos disfrutaba mucho de la poca vida familiar que tuvo junto a Isabel de Portugal.


Llegada a España y encuentro con su madre
Poco después de la muerte de Fernando el Católico, ocurrida en 1516, Carlos fue proclamado en Bruselas cogobernante, con su madre, de Castilla y Aragón. En 1515 Guillermo de Croy había enviado a Adriano de Utrecht a España para asegurarse de que Fernando de Aragón no despojara de su herencia a Carlos en favor de su nieto preferido, Fernando de Austria. Fernando de Aragón estipuló que, hasta la llegada de Carlos, el cardenal Cisneros sería regente en Castilla y su hijo natural, Alonso, en Aragón.


Guillermo de Croy

Antes de partir, Carlos dejó resueltos sus asuntos en Flandes, por lo que se produjo la firma del Tratado de Noyon en agosto de 1516. Carlos llegó el 18 de septiembre de 1517 a las costas de Asturias después de que una tormenta desviara el rumbo de las naves. Lo acompañaba su hermana mayor, Leonor. Desde allí, el séquito real realizó un viaje lento y penoso por caminso de montaña hasta llegar a Castilla. Por fin, el 4 de noviembre, Carlos se reunió con su madre en Tordesillas; obtuvo confirmación de sus derechos reales, pero, conforme a las peticiones de sus consejeros castellanos, siguió utilizando los dos nombres conjuntamente en los documentos oficiales. No había visto a Juana desde hace once años y tampoco conocía a su hermana menor, Catalina. Después, Carlos se encargó del funeral de su padre, quien permanecía insepulto.


Escena de Carlos Rey Emperador

A la muerte de Fernando, Cisneros sustituyó al anterior encargado de la casa de la reina por el duque de Estrada, período durante el cual doña Juana se alimentó sin problemas, mantuvo la higiene y una vestimenta acorde a su rango. Sin embargo, en cuanto su hijo Carlos asumió el poder relevó al fuque de Estrada por el marqués de Denia en 1518, quien endureció nuevamente las medidas de reclusión. Carlos había sido nombrado rey de Castilla, León y Aragón tras la muerte de Fernando el Católico, sin que Juana lo supiera. Cuando Carlos y Leonor visitaron a su madre el 4 de noviembre, Juana encontró a los niños que había dejado en Flandes en 1506 convertidos en adultos. Se mostró muy emocionada y después de abrazarlos exclamó: "¿Pero de verdad sois mis hijos?". Carlos decidió sacar de Tordesillas a su hermana menor, la infanta Catalina, pues le parecía que no era una vida digna para una princesa. La infanta fue sacada en la noche, en secreto. Según la crónica, hicieron un hueco en la pared de la cámara de la infanta y la llevaron a Valladolid donde sus hermanos mayores la esperaban. Cuando Juana se percató de la ausencia de su hija, se desesperó tanto que Catalina tuvo que regresar al castillo.

También tuvo lugar el encuentro entre Carlos y Fernando, quien prestó fidelidad a su hermano. Se envió una carta a Cisneros para pedirle que fuera a verlo, pero el anciano regente murió el 8 de noviembre, justo antes de llegar a Valladolid.


Fernando de Habsburgo, de adolescente

Su primera prueba de fuerza fue con las Cortes de Castilla, que se reunieron en febrero de 1518 en Valladolid, y lo reconocieron como rey, aunque en un clima de mudas sospechas. Los castellanos siempre habían preferido que su siguiente rey fuera el infante Fernando, que era español como ellos y gozaba de gran apoyo en un grupo que más adelante se sumaría a la rebelión de los Comuneros. Carlos dispuso rápidamente que su hermano se fuera a Alemania, el 18 de mayo de 1518. El 22 de marzo, Carlos y su séquito salieron de Valladolid camino de las tierras de Aragón para prestar el juramento aconstumbrado. El 9 de mayo la corte llegó a Zaragoza y pasó el resto del año en discusiones con las Cortes de Aragón. En junio, una epidemia de tifus segó la vida de Jean le Sauvage, el canciller y segundo hombre de importancia en la corte. Carlos escribió a su tía Margarita y convocó a uno de sus consejeros, el diplomático y humanista Mercurino de Gattinara, que en octubre pasó a ser su nuevo canciller.




Bibliografía 
Henry Kamen. (1984). Una sociedad conflictiva: España, 1469-1714. Madrid: Alianza.

http://www.mcnbiografias.com/

domingo, 28 de agosto de 2016

Las Cortes



A fines del siglo XII, cien años antes que ninguna otra nación de Europa occidental, los reinos de España ya habían establecido asambleas políticas de las que no sólo formaban parte el clero y los magnates, sino también representates de las ciudades. En el siglo XV todos los reinos tenían unas Cortes organizadas, formadas por los tres estados de la sociedad; Aragón era excepcional, porque además tenía una cámara adicional para la pequeña nobleza. En Castilla, la principal función de las Cortes consistía en votar subsidios (servicios) para que el rey atendiera a las necesidades del Estado; no intervenía, sino en menor medida, en la aprobación de las leyes. Aunque los tres estados sociales reivindicaran el derecho de asistir a las Cortes de Castilla, en el decenio de 1450 ya no era raro que sólo asistieran las ciudades. Bajo los Reyes Católicos había diecisiete ciudades castellanas con derecho a enviar por lo menos dos representantes  (procuradores) cada una; Granada pasó a formar parte de ese número a partir de 1492.

En la Corona de Aragón la tradición parlamentaria era más vigorosa, debido a la tradición feudal del contrato entre gobernante y gobernados. En consecuencia, Fernando e Isabel sentían renuencia a convocar a Cortes en los reinos orientales, donde los fueros constituían una barrera persistente a la acción. En total, las Cortes de Aragón se convocaron siete veces, las de Cataluña seis, y las de Valencia una sola vez; también se convocaron tres veces las Cortes Generales o conjuntas de los tres reinos.



Suele afirmarse que los Reyes Católicos contribuyeron a la decadencia de las Cortes de Castilla, pero las pruebas en contra de esa tesis son abrumadoras. En la práctica celebraron más reuniones de asambleas representativas que ninguno de los siguientes reyes de España. Además, es necesario insistir en que los Reyes Católicos legislaban en Cortes, y no fuera de ellas; aunque la Corona era la única que podía promulgar leyes, lo hacía en presencia y generalmente con el consentimiento de toda la nación política. Que las Cortes siguieron teniendo importancia lo demuestra la reunión de Toro de 1505, que, en ausencia de soberano efectivo (pues en ese momento Fernando era gobernador del reino, y no rey), promulgó 83 leyes en virtud de sus propias facultades. Fernando se limitó a ratificar las leyes, la mayor parte de las cuales estaban aprobadas en principio por Isabel antes de morir.

Por lo tanto, entre las ciudades de Castilla el recuerdo de las Cortes de Fernando e Isabel era universalmente favorable. "Los Católicos Reyes", dijeron las trece ciudades de las Cortes en la Junta de los Comuneros de 1520, "hicieron e hordenaron en Cortes muchas cosas excelentes para el bien destos reinos". En aquellos años, las ciudades se habían convertido en participantes activas en el gobierno; en cambio, los nobles y el clero tendían a estar ausentes de las reuniones cuyo objetivo principal era aprobar impuestos, de los que estaban exentos ellos.



Bibliografía
Henry Kamen. (1984). Una sociedad conflictiva: España, 1469-1714. Madrid: Alianza.

Justicia en tiempos de los Reyes Católicos


Los cambios en el sistema judicial fueron básicos para la política de pacificación. Al igual que en otras partes de Europa, el país estaba sometido a tantas jurisdicciones diferentes que la Corona raras veces podía reivindicar el control único de la justicia. Aunque muchas grandes ciudades y gran parte del campo estaban sometidas a los agentes reales de la ley, había zonas considerables de España que reconocían únicamente la justicia de los grandes señores y de la Iglesia. Existía, además, un sistema de derecho mercantil que afectaba a determinados asuntos del comercio y que interpretaban órganos de comerciantes llamados consulados. A la Corona le interesaba integrar esas diferentes jurisdicciones en un solo sistema de justicia real, administrado en Castilla a partir de fines del siglo XVI por medio de un tribunal permanente, llamado Audiencia, integrado por unos diez jueces y con residencia en Segovia o Valladolid.

Al principio de su reinado los Reyes Católicos mantuvieron la práctica medieval de administrar justicia en persona en sus viajes por el país. El Consejo Real se constituía en tribunal dos veces por semana. En las Cortes de Toledo de 1480 los soberanos reconocieron la necesidad de una administración judicial sedentaria. Sus propuestas tomaron forma en las ordenanzas promulgadas en Medina del Campo en marzo de 1489. En virtud de éstas, la "Audiencia" quedaba fijada con carácter permanente en Valladolid: estaba integrada por un presidente, ocho oidores letrados con un mandato anual y se dividía en varías salas de lo civil y lo criminal. Más adelante se creó otro tribunal con jurisdicción sobre todo el territorio al sur del Tajo; se instaló inicialmente en Ciudad Real en 1494 y quedó fijado permanentemente en Granada a partir de 1505. Se crearon otros en Santiago de Compostela, temporal a partir de 1480, pero permanente a partir de 1504, y en Sevilla, donde se reformó el tribunal medieval en 1495 y 1525. Los tribunales de Valladolid y Granada, ambos con el título de Chancellerías a partir de 1494, eran los de rango más alto; los recursos contra sus decisiones pasaban al Consejo de Castilla, como tribunal supremo del reino. Los tribunales inferiores de Santiago y Sevilla conservaron el nombre de audiencias.

En la Corona de Aragón, cada reino tenía su propia audiencia de administración de la justicia real. A nivel inferior al de estos tribunales supremos había por toda España una serie de agentes de la ley encargados de la administración judicial. El más original de estos funcionarios era el Justicia de Aragón, funcionario a quien en el siglo XIII designaba el rey para que arbitrase en las controversias entre la Corona y la nobleza.

Se dio un paso importante hacia la obtención del reconocimiento de la autoridad real cuando los Reyes Católicos confiaron al jurista Alfonso Díaz de Montalvo la tarea de recopilar y publicar todos los códigos de derecho de la Baja Edad Media. Su Ordenamiento, enorme obra de ocho volúmenes, quedó preparado a fines de 1480; se publicó en 1485 con el título de Ordenanzas Reales de Castilla, y se ordenó a todas las ciudades de importancia que comprasen un ejemplar.


Bibliografía
Henry Kamen. (1984). Una sociedad conflictiva: España, 1469-1714. Madrid: Alianza.

Las Hermandades




En la Baja Edad Media varias ciudades castellanas tenían fuerzas locales de mantenimiento del orden llamadas Hermandades. Durante las guerras civiles del decenio de 1460, las del norte de España se mancomunaron para mantener el orden público. El experimento tuvo tanto éxito que, cuando en 1476 Burgos propuso reavivarlo para proteger el comercio, los soberanos hicieron suya la idea y persuadieron a las cortes de Madrigal para que organizaran una Liga de la Santa Hermandad, respecto de la cual se promulgaron ordenanzas reales en junio. 

Durante veinte años fue el apoyo más sólido del Gobierno. Se ordenó a todas las ciudades, villas y aldeas de más de 50 habitantes que creasen una Hermandad local; éstas se coaligarían y enviarían representantes a un órgano central (la Junta General), que sería el encargado de formular las directrices generales. Su jurisdicción abarcaba las zonas extramuros de las ciudades; cada hermandad estaría financiada por la población local, y tendría dos o más oficiales (los alcaldes), facultados para actuar contra los salteadores de caminos y los delitos contra vidas y haciendas. La primera Junta General se reunió en julio en Dueñas, cerca de Valladolid, en presencia de los Reyes Católicos. 

Los oficiales tenían a sus órdenes una pequeña fuerza de caballería que podía perseguir a los acusados de una región a otra de los territorios mancomunados en la Hermandad. Actuaban como policías y como jueces, y administraban una justicia dura y rápida. Su procedimiento, comentaba el médico real López de Villalobos, "era tan severo que parecía cruel, pero era necesario porque no todos los reinos estaban pacificados...Había gran carnicería, con el corte de pies, manos y cabezas". La Hermandad se había ideado para contener y controlar la violencia, no para eliminarla. De  hecho, la política general de los Reyes Católicos no hubiera podido ser distinta, pues dentro de poco iban a poner a todo el sur de España en pie de guerra, y alentaban activamente a todos los españoles a portar armas. En un decreto de 1495 se ordenaba que "todos los súbditos, de cualesquier condición, tengan cada uno armas conversibles ofensivas e defensivas"

En Dueñas sólo estuvieron representadas ocho ciudades del norte, de forma que al principio la organización no abarcaba más que las comarcas que apoyaban a la reina Isabel contra Juana. En diciembre de 1476 la Junta decidió ampliar su organización a toda Castilla, pero en realidad las ciudades no se sumaban más que por presión.

Como delitos de competencia de la Hermandad quedaron señalados los siguientes: la falsificación de moneda; la protección y auxilio a los monederos falsos y la compra a sabiendas de dicha moneda; el robo a incendio en despoblado; la violencia a mujeres casadas, viudas y doncellas; los asesinatos cometidos en poblado y yermo; la prisión de personas en cualquier punto del reino sin las órdenes correspondientes; el tomar contra la voluntad de su dueño y sin pagar el precio debido, alimentos, ropas, enseres, viandas, bestias, etc., con la condición de fuerza tanto en yermo como en poblado. Si la cuantía de lo robado era tasada de ciento diez maravedís en adelante, se condenaba la primera vez con la restitución del importe de lo robado y el cuádruplo del mismo, más las costas ocasionadas a la Hermandad; en caso de insolvencia, el inculpado recibía cincuenta azotes; si había reincidencia, la pena se aumentaba gradualmente.

La Santa Hermandad Nueva, por su eficacia en el robustecimiento de la autoridad real, del mantenimiento del orden público y de la justicia, estuvo llamada a ser, apenas nacida, el brazo armado más poderoso de Castilla, al margen de cuestiones políticas, del poder directo de los reyes y de influencias y presiones de otros estamentos en pugna. Su acción llegó, desde luego, hasta el último rincón del reino. No hay duda de que los Reyes Católicos, personajes con un espíritu mucho más elevado que sus antecesores, tuvieron una visión muy diferente y supieron ensamblar la acción policial con la militar, apoyarse decididamente en el pueblo, darles efectiva protección y reducir al mínimo las ambiciones y poder de la nobleza. 



Bibliografía
Henry Kamen. (1984). Una sociedad conflictiva: España, 1469-1714. Madrid: Alianza.

http://gcivil.tripod.com/nueva.html

Ordenes Militares

En el siglo XII se fundaron Ordenes de Caballería, de carácter militar, pero obligadas por votos religiosos, para ayudar a impulsar la reconquista de España. En el siglo XV las Ordenes -de Santiago, Calatrava y Alcántara en Castilla, de Montesa y San Juan en Aragón- ya eran unos cuerpos muy poderosos con grandes propiedades de tierras, ciudades y fortalezas. No mantenían sino una adhesión nominal a sus funciones religiosas; en 1540 se permitió a los caballeros de Calatrava y Alcántara que se casaran, privilegio del que siempre había gozado la Orden de Santiago.



Cada una de las Ordenes tenía varios centenares de miembros y poseía grandes extensiones en régimen señorial, llamadas encomiendas. Las de las órdenes castellanas estaban concentradas hacia la frontera con los musulmanes, en el sur. En 1616, cuando las ventas de las encomiendas habían reducido los dominios de las órdenes castellanas en un 20 por 100, la renta anual de los cinco grupos era la siguiente:




Las órdenes castellanas, bajo el mando de sus maestres, habían participado activamente en las agitaciones de la época de Enrique IV, e Isabel estaba decidida a controlarlas. No cabe duda de que Fernando estaba influido por su propio cálculo de que las rentas de las órdenes eran superiores a las del Reino de Nápoles. A la muerte del Maestre de Santiago, ocurrida en 1476, hubo una gran rivalidad por ocupar el cargo. Juan II aconsejó a su hijo Fernando que lo dejara vacante. En enero de 1477, cuando los electores se reunieron en Ocaña para elegir nuevo maestre, Isabel los visitó y les dijo que la solución más segura era elegir a Fernando. Respetaron su opinión, pero de todos modos eligieron a su propio candidato, que se mantuvo en el puesto hasta su muerte, ocurrida en 1499, y entonces lo sucedió Fernando. Entre tanto, también habían quedado vacantes los maestrazgos de las otras órdenes, el de Calatrava en 1487 y el de Alcántara en 1494; en ambas ocasiones se eligió al rey con carácter vitalicio. En 1523, reinando Carlos V, una bula papal permitió que los tres maestrazgos quedaran reunidos en la Corona. A partir de 1489 su administración empezó a quedar a cargo de un Consejo de Ordenes.


Bibliografía
Henry Kamen. (1984). Una sociedad conflictiva: España, 1469-1714. Madrid: Alianza.

sábado, 27 de agosto de 2016

La pacificación de Castilla y Aragón

El principal logro de Fernando e Isabel fue llevar la paz y el orden a España. La pacificación entrañaba algo más que el restablecimiento de la tranquilidad: había que modificar antiguos habitos e introducir cambios de gran alcance en la vida política, económica y social. La pacificación no fue sólo un preludio de la reforma, sino también una consecuencia de ésta: un largo proceso que casi se tardó dos decenios en realizar. La entrada triunfal de los soberanos en Sevilla, en 1477, terminaba la fase militar del proceso en Castilla. A fin de asegurarse la corona de Aragón a la muerte de Juan II, Fernando consagró los meses de junio a octubre de 1479 a visitar Zaragoza, Barcelona y Valencia y a jurar los fueros. En Barcelona abolió el régimen militar de capitanes generales que había impuesto su padre, introdujo planes de restitución general de las propiedades tomadas durante las guerras civiles de 1462 a 1472 y convocó unas Cortes que estuvieron reunidas en 1480 a 1481.



El proceso de paz afectó a toda España, y no sólo a Castilla, de ahí la importancia del viaje que hicieron por Aragón en 1481 los reyes y su heredero, el infante don Juan. Isabel inició el viaje en abril, asistiendo a las Cortes aragonesas de Calatayud, donde Fernando promulgó un decreto por el que se la confirmaba como su igual absoluta en todos los respectos. De julio a noviembre estuvieron juntos en Barcelona, donde Isabel actuó de árbitro en una controversia entre las Cortes catalanas y Fernando; después siguieron a Valencia y de allí a Castilla. España, al igual que otros países europeos, seguía estando dominada por un intenso patriotismo local, y el rey y la reina tenían plena conciencia de que su propia presencia personal era la mayor garantía de orden. Aunque pasaban la mayor parte del tiempo en Castilla, no descuidaron del todo a Aragón, y volvieron a hacerle una visita en 1487-1488. 

Si la monarquía de Fernando e Isabel tenía un centro, éste se hallaba únicamente en sus personas y no en una capital fija. Se preocupaban de estar en todo momento donde hiciera falta su presencia. El absentismo de Aragón de Fernando no tenía solución eficaz, pero Fernando tenía dos métodos de mantener su control. En primer lugar, solía ir acompañado por un equipo de secretarios aragoneses y catalanes que despachaban los asuntos de los reinos orientales. En segundo lugar, recurría a virreyes, escogidos por lo general entre sus parientes, para que actuaran como lugartenientes suyos. Castilla, en cambio, contaba con la presencia casi permanente de Isabel. Los Reyes Católicos fueron los gobernantes más viajeros de toda la historia de España y quizá -con la excepción de su sucesor Carlos V- de toda la historia de la Edad Moderna en Europa.



O sea, que el ingrediente básico de la pacificación era la utilización firme de la autoridad personal directa: ese era el aspecto esencial del poder de los Reyes Católicos: "todos temblaban al nombre de la reina", comunicaba un visitante extranjero en 1484. Ambos monarcas eran partidarios inflexibles de una autoridad firme, pero no tiene sentido calificarlos de "absolutistas", pues no disponían de ninguno de los atributos del poder estatal: no había capital, ejército permanente, burocracia, ingresos seguros ni, desde luego, ninguna teoría del absolutismo. Su concepto de la soberanía era medieval. La idea de "señorío" tenía más penitencia que la idea más elevada de un gobernante supremo, y su título era de "Altezas" y no de "Majestades". Se enendía que su autoridad era de origen divino, pero también se derivaba de la comunidad en general.

A Isabel su sexo no le impuso ninguna desventaja: en España se aceptaba la sucesión femenina, y normalmente las mujeres enían reconocidos sus derechos a la propiedad. Sin embargo, reconocía que la autoridad moral de dos podía ser superior a la de uno, y ordenó a sus cronistas que informaran de todos los actos de Estado como realizados por "el rey y la reina" conjuntamente, aunque en alguna ocasión no estuvieron juntos.



Bibliografía
Henry Kamen. (1984). Una sociedad conflictiva: España, 1469-1714. Madrid: Alianza.


Península Ibérica: unión de Castilla y Aragón

Escudo de Aragón y Castilla

El matrimonio de Isabel y Fernando no creó, ni podía crear, una nueva España unida. En el siglo XV la palabra "España" significaba, como venía significando a todo lo largo de la Edad Media, la colectividad de todos los pueblos de la Península, y no tenía ningún sentido político específico, igual que ocurría con las palabras "Alemania" o "Italia" para los pueblos de esas naciones. El escritor Diego de Valera, en una obra dedicada a Isabel en 1481, escribía que "...como quiera que Nuestro Señor vos aya dado...la monarchia de todas las Españas", con cuya frase se refería también a Portugal. Dada su imprecisión, los Reyes Católicos nunca utilizaron la palabra "España" en su título oficial, y se llamaban "Rey y Reina de Castilla, de León, de Aragón, de Sicilia..., condes de Barcelona...", etc.

No se hizo ninguna tentativa de modificar la total autonomía de Castilla y Aragón, y los Reyes Católicos nunca se plantearon como objetivo el logro de una España unida. Hubo pequeñas reformas, como la encaminada a facilitar el transporte de mercancías entre los reinos, de 1480, o el decreto de igualación, a partir de 1497, entre las tres principales monedas de oro de España (los excelentes de Valencia y Castilla y el principat de Cataluña), que facilitaron los intercambios económicos. Pero todas las barreras aduaneras entre los dos reinos siguieron vigentes, y sus instituciones se mantuvieron íntegras y separadas.



Siglo XIII





Las diferencias entre los reinos de la Península deben buscarse en su pasado medieval. En Castilla, la debilidad de la autoridad real no era tanto la presencia de tensiones feudales como, por el contrario, ausencia virtual de feudalismo. Las invasiones musulmanas habían destruido en sus comienzos las baronías feudales de la Alta Edad Media. La repoblación cristiana del valle del Duero la iniciaron pequeños colonos que no dependían social ni jurídicamente de ningún gran señor. Durante las grandes campañas de la Reconquista aumentaron la autoridad y los territorios del Rey de Castilla, pero no había gran necesidad de contratos entre la Corona y  los nobles guerreros, pues a éstos se los podía recompensar directamente gracias a las conquistas, sin que tuvieran que depender de la Corona para esas recompensas. Las grandes Ordenes Militares independientes -Santiago, Calatrava y Alcántara- se reservaron enormes territorios en las zonas fronterizas de Castilla la Nueva. El "feudo", que creaba un vínculo de dependencia entre los guerreros y su príncipe, y que es la institución que más se suele relacionar con el "feudalismo", era, en consecuencia, algo muy raro en Castilla.


En el Este, al contrario que en la Castilla básicamente no feudal, Cataluña pasó por el pleno feudalismo, dada su posición como avanzada del imperio carolingio en el siglo IX. Allí, en el siglo XII, el conde de Barcelona ya era un príncipe atendido por feudatarios que ocupaban territorios propiedad del conde y le juraban lealtad. Los barones tenían vasallos que les rendían homenaje y le prestaban servicios, a cambio de lo cual él los protegía. Una consecuencia de ese sistema de obligaciones mutuas era que cuando la nación política se reunía en Cortes insistía en las obligaciones contractuales del príncipe de proteger las leyes. En consecuencia, en Cataluña y los territorios aragoneses se hacía más hincapié en el respeto de la constitución.

La Corona de Aragón era una federación constituida por los reinos de Cataluña, Aragón, Valencia, Mallorca y Cerdeña. Cada reino se gobernaba de forma independiente, con sus propias leyes (fueros), sus propias Cortes (formadas por los tres estados de la Iglesia, los nobles y las ciudades, aunque Aragón tenía además un cuarto estado, el de los caballeros), su propio idioma (el catalán era la lengua mayoritaria de Cataluña, Valencia y Mallorca) y su propia moneda. La crisis demográfica de Cataluña afectó al campesinado feudal; casi una tercera parte de éste estaba adscrito a la gleba o sometido a exacciones feudales (los seis "malos usos"), y a esos campesinos se los llamaba payeses de remensa (de redención), debido a la costumbre de obligarlos a comprar su libertad si querían marcharse de las tierras de su señor. Cuando los problemas políticos de Cataluña estallaron con la revuelta de 1462 a 1472 contra Juan II, los payeses de remensa intervinieron en el conflicto como forma de protesta contra sus agravios.

Cabe considerar las grandes diferencias entre Aragón y Castilla bajo seis epígrafes.

  • Castilla era mucho más extensa: su superficie era casi el cuádruple que la continental de Aragón, con la correspondiente superioridad en recursos naturales y riqueza.
  • Castilla contenía casi el 80 por 100 de la población de la España peninsular: con una población total española de menos de siete millones en 1530, Castilla probablemente tenía más de cinco millones de habitantes, mientras que la Corona de Aragón tenía poco más de un millón. Al revés que en la época moderna, la mayor densidad demográfica se hallaba en el centro, y no en la periferia de la Península. El reino menos poblado era el de Aragón, con poco más de cinco habitantes por kilómetro cuadrado, mientras que la Castilla central tenía unos 21. Las tres grandes ciudades más grandes estaban en Castilla: Sevilla y Granada, con unos 50.000 habitantes cada una en el decenio de 1480, y Toledo, con 30.000. En Aragón, las capitales eran Valencia, con unos 30.000 habitantes en 1500; Barcelona, con 25.000, y Zaragoza, con 15.000.
  • Castilla era básicamente un Estado unido con un solo gobierno. No tenía barreras aduaneras internas. Claro que, en muchos sentidos, la unidad castellana era superficial. Las tres provincias vascas de Vizcaya, Guipúzcoa y Alava reconocían la soberanía del rey de Castilla, pero salvo eso eran prácticamente independientes. Los reinos del norte, Asturias y (a partir de principios del siglo XVI) Galicia, tenían gobiernos regionales llamados Juntas Generales. En otras partes de Castilla los privilegios locales y la influencia aristocrática reducían la autoridad estatal a la impotencia.
  • Castilla tenía unas estructuras comerciales mayores y más potentes (sobre todo, la Mesta). El volumen del comercio de Castilla hacia el norte, sobre todo con Inglaterra y Francia, refuta toda interpretación fácil de la unión como fusión entre una Castilla medieval y militarista con un Aragón comercialmente progresista.
  • A principios del siglo XV los barcos y los agentes comerciales de Castilla surcaban el Mediterráneo occidental, antes bajo la supremacía catalana. Tras los desastres de la guerra civil, Castilla mantuvo bajo Isabel su impulso favorable al cambio y la expansión: los grandes acontecimientos de 1492 confirmaron y ampliaron su primacía.
  • Existía una diferencia de sistemas políticos que inclinó la balanza en favor de Castilla. En la Corona de Aragón las tres Cortes se reunían a veces en la misma ciudad (en Cortes Generales), aunque en sesiones separadas; pero era más frecuente que se reunieran por separado en cada uno de los reinos. Las restricciones a las facultades legislativas del rey en Aragón estaban simbolizadas en un famoso juramento que se dice hicieron las Cortes de Zaragoza al jurar fidelidad al rey en el siglo XVI: "Nos, que valemos tanto como vos y juntos podemos más que vos, os hacemos nuestro Rey y Señor, con tal que guardéis nuestros fueros y libertades; y si no, no". Los reinos de Aragón formaban una monarquía limitada y contractual en la cual el rey, al ascender al trono, juraba mantener las leyes vigentes, y no podía legislar sin el consentimiento de los estados (brazos). En Castilla, en cambio, aunque el rey solía preocuparse de actuar por conducto de las Cortes, a partir del siglo XIV se reconocía que la Corona tenia facultades absolutas para promulgar y derogar leyes. En consecuencia, Fernando se encontró con que su libertad de acción en Castilla constituía un cambio muy agradable respecto de las restricciones que se le suponían en Aragón. Ello, así como su promesa de residir en los reinos occidentales, explicó por qué, en un reinado que duró en total treinta y siete años, pasó menos de tres años en Aragón propiamente dicho, sólo tres en Cataluña y unos meros seis meses en Valencia. Durante la campaña de Granada estuvo ausente de Cataluña once años, y utilizó un sistema de virreyes que gobernaban en su nombre.
De todo esto cabe aducir que la unión de las coronas fue desfavorable para Aragón. No sólo había pasado el rey a ser absentista; las nuevas conquistas, como Navarra, se añadieron a Castilla; los nuevos territorios, como los de América, pasaron a ser coto de Castilla; las nuevas instituciones imperiales, los consejos y el servicio diplomático estaban dominados por castellanos. "Ahora -anunciaba Barcelona a Sevilla en 1479- todos somos hermanos", pero esa fraternidad no estaba destinada a producirse en condiciones de igualdad. Los aragoneses tenían conciencia del desequilibrio: el propio Fernando recordó a las Cortes Catalanas en 1495 y 1503 que los recursos castellanos habían pagado las conquistas en el sur de Italia que habían ampliado los dominios de la Corona de Aragón. Pero encima de ese desequilibrio se produjo un gran avance hacia la cooperación entre las coronas en cuatro sectores importantes: en la larga reconquista de Granada, en la aplicación de una política religiosa común por medio de la Inquisición y de la expulsión de los judíos, en una política exterior y militar conjunta y en la aceptación de una sola monarquía para toda España. Pese a sus defectos, fue un experimento de colaboración sin igual en su época.



Bibliografía
Henry Kamen. (1984). Una sociedad conflictiva: España, 1469-1714. Madrid: Alianza.

lunes, 22 de agosto de 2016

Tristán e Isolda



El huérfano Tristán es educado por su tío, el rey Marco de Cornualles. Durante un viaje a Irlanda, rescata de un dragón a Isolda, hija de la reina de Irlanda, y obtiene su mano para el rey Marco. Pero, durante el viaje por mar, junto a Isolda bebe por error el filtro de amor preparado por la madre de Isolda para su hija y el rey Marco.

Impulsados el uno hacia el otro por un amor irresistible, los jóvenes se hacen amantes. La sirvienta, culpable del error del filtro, reemplaza en la noche de bodas a Isolda ante el rey Marco, por quien sacrifica su virginidad. En una serie de peripecias novelescas, Tristán e Isolda intentan esconder sus amores al receloso rey Marco, a sus barones, que son hostiles a la joven pareja, y a sus vasallos, que en gran medida dependen del rey Marco. Atrapados por fin en flagrante delito, son condenados a muerte. Huyen al bosque de Morois, en el que viven miserablemente. Marco les sorprende allí, pero como su actitud es casta, los perdona y vuelven a la corte. Un ambiguo juramento exonera a Isolda de la acusación de adulterio. Tristán se venga de sus enemigos, los barones, pero el rey Marco lo exilia. Desde entonces, los amantes ya no se ven más que de vez en cuando y a escondidas, en apariciones de Tristán en la corte, disfrazado de peregrino, de juglar o de loco. 


Él tiene que casarse con la hija del rey de Carhaix, Isolda de las Blancas Manos, pero permanece fiel a Isolda la Rubia, y no consuma su matrimonio con la otra Isolda. Herido por una flecha envenenada, pide que Isolda la Rubia vaya a su cabecera; pero Isolda de las Blancas Manos, celosa, en lugar de la bandera blanca que debe anunciar la llegada de Isolda la Rubia, pone en su lugar una bandera negra, que anuncia su ausencia. Tristán, desesperado, se deja morir, e Isolda la Rubia no puede hacer otra cosa que abalanzarse sobre su cadáver y morir a su lado.



Bibliografía                                                                                             Jacques Le Goff. (2010). Héroes, Maravillas y Leyendas de la Edad Media. España: Paidós. 

Merlín y Viviana



Merlín es, esencialmente, una creación de Geoffrey de Monmouth, que se le consagra en 1134 una Prophetia Merlini, lo representa en la Historia Regum Britanniae al lado de Arturo y, por último, le dedica una Vita Merlin. Tres elementos dan su significado y las bases de su éxito al personaje de Merlín.

  1. En primer lugar, su nacimiento. Más que nacido sin padre, se convierte pronto, en una perspectiva cristiana, en el hijo de una mortal y de un demonio íncubo. Esa dudosa paternidad le confiere poderes excepcionales, pero un carácter de origen diabólico. Es el prototipo del héroe dividido entre el bien y el mal, entre Dios y Satán. 
  2. El segundo elemento es el de ser un profeta. Y este don de profecía lo pone al servicio del rey Arturo. 
  3. Por último, Merlín habría sido el verdadero inventor de la Mesa Redonda, y también habría enseñado al rey y a su élite de caballeros las virtudes caballerescas. 

Un nuevo y esencial episodio literario se produce cuando la novela artúrica en prosa se apropia, en el siglo XIII, de la figura de Merlín. Primero es el Merlin, Robert de Boron, y después el Merlin-Vulgate, donde el personaje evoluciona. El Merlín profeta seguía estando estrechamente ligado a la magia céltica y pagana. Por ejemplo, habría sido quien había transportado de Irlanda las gigantescas piedras del monumento de Stonehenge, cerca de Salisbury, y quien se habría presentado como un héroe en momentos de locura, con una risa que parecía de otro mundo.


Merlín es la encarnación del profeta que causa su propia desgracia y el héroe de la maldición de la profecía en la ideología cristiana. No obstante, la lucha que libra en él mismo el bien y el mal ahora se revela en la forma de un conflicto entre su poder y su debilidad. Efectivamente, cae en poder de Niniana, el hada que le ha hipnotizado, que se convierte en Viviana, la Dama del Lago. Viviana lo encarcela para siempre en una gruta o en una diminuta prisión aérea o submarina. También es un héroe vinculado con el espacio, con el bosque, en el que amaba vivir cuando estaba libre, con el aire o con el agua. El bosque que en la Edad Media fue considerado como la morada favorita de Merlín es el bosque bretón de Brocelandia, identificado con el actual bosque de Paimpont en Ille-et-Vilaine.

El mito posterior de Merlín, al lado del don de la profecía y la magia, no ha mantenido mucho la imagen del amor. En un primer momento, Merlín se enamoró de Niniana, hija de un señor que vivía en un castillo del bosque de Briosque y que era el ahijado de la diosa Diana. Niniana embruja al mago y él le transmite todos sus secretos; así puede dormirle cuando quiere obtener su amor, pero acaba por encerrarle en un castillo del bosque de Brocelandia. Según Laurence Harf-Lancner, Niniana, es una figura de Viviana, un hada tipo "morganático", es decir, que arrastra a su amante a otro mundo. En la segunda versión, la historia de los amores de Merlín y de Viviana es mucho más sombría. Viviana, reencarnación abierta de Diana, duerme a Merlín y hace que lo lleven a una tumba, donde lo encierra para siempre.



Bibliografía                                                                                             Jacques Le Goff. (2010). Héroes, Maravillas y Leyendas de la Edad Media. España: Paidós. 


Melusina



En la Edad Media, el cristianismo impuso la imagen todopoderosa de una mujer como la Virgen María. Melusina, sin embargo, pertenece a otro interesante grupo de seres femeninos medievales: las hadas. Para los hombres y las mujeres de la Edad Media -como atestiguan los textos de la Alta Edad Media- estos seres, cuyo nombre en bajo latín fatal indica su relación con el destino, fatum, descendían de las antiguas Parcas. Después fueron integradas en el imaginario cristiano, que distinguió especialmente entre buenas y malas hadas. Si bien las hadas medievales son esencialmente portadoras de beneficios o maleficios para los hombres, su actividad en la sociedad casi siempre se ejerce mediante una pareja. Melusina, en especial, estuvo estrechamente ligada con la concepción y con los avatares del linaje en la Edad Media, pero la complejidad de la mayoría de las hadas, particularmente la de Melusina, justificó una imagen contraria, incluso contradictoria, de la mujer y de la pareja en la Edad Media. De todas las heroínas, nadie ilustra mejor que Melusina la creencia de que ningún ser humano es enteramente bueno o enteramente malvado.

El personaje de Melusina aparece primero en la literatura latina y después en la vernácula de la Edad Media, en el siglo XII y a principios del XIII. Hasta finales del siglo XIV, esta hada fue tomando el nombre de Melusina, que la vincula con una gran familia señorial del oeste de Francia, los Lusignan.


En su obra crítica sobre la corte de Enrique II de Inglaterra, el De nugis curialium, el clérigo Gautier Map cuenta una historia del joven señor Henno, el dentón. Un día, en un bosque normando, se encuentra con una joven muy hermosa, vestida elegantemente. Está llorando. La joven le confía que se ha salvado del naufragio. Un navío la llevaba hacia el rey de Francia, con quien tenía que desposarse. Henno y la bella desconocida se enamoran, se casan, y ella le proporciona una hermosa descendencia. Pero la madre de Henno nota que la joven, que muestra signos de ser una mujer piadosa, evita el principio y el final de las misas y se abstiene de la aspersión del agua bendita y de tomar la comunión. Intrigada, hace un agujero en la pared que da a la habitación de su nuera y se sorprende al verla bañándose con forma de dragón y, después, recuperando su forma humana. Puesto al corriente por su madre, Henno lleva a su casa a un sacerdote, para que le eche agua bendita. Pero su esposa salta a través del tejado y desaparece en el aire, gimiendo con fuerza.


En otra obra notoria, los Otia imperalia, de principios del siglo XIII, el clérigo inglés Gervais de Tilbury cuenta la historia de Raymond, señor del castillo Rousset, que encuentra en la orilla de un río, cerca de Aix-en-Provence, a una bella dama, magníficamente vestida que, después de preguntarle por su nombre, lo desposa con la condición de que él nunca intentará verla desnuda. Si eso ocurriera, él perdería toda la prosperidad material que ella le aportara. La pareja conoce la felicidad, él se hace rico, goza de excelente salud y tiene muchos y hermosos hijos. Sin embargo, lleno de curiosidad, un día Raymond descorre la cortina tras la que su mujer toma un baño en la habitación y ve cómo la bella esposa se transforma en serpiente y desaparece para siempre en el agua del baño. Sólo las nodrizas la oyen por la noche cuando vuelve, invisible, a ver a sus niños.

Ricardo Corazón de León

Una gran familia real feunda, la de los Plantagenet, condes de Anjou, que llegaron a ser reyes de Inglaterra en el siglo XII, encarnó a ojos de los hombres de la Edad Media la estirpe melusiniana, poderosa y diabólica en sus orígenes y siempre con un conflicto en su seno. El rey Ricardo Corazón de León, según Giraud de Barry, habría respondido a quienes se extrañaban por sus disputas internas: "¿Cómo queréis que lo hagamos de otra forma? ¿Acaso no somos los hijos de la Demonia?".

En la literatura y en el imaginario germánicos se desarrolla una variante masculina de Melusina. Es el Caballero del Cisne, un personaje sobrenatural, venido del agua, que desposa a una mortal, a quien ha hecho jurar que respete una prohibición que ella infringe, por lo que la deja para siempre.

A finales del siglo XIV, en una coyuntura especial, se sitúa un gran momento de la historia de nuestra heroína. Se le consagran dos novelas, la del escritor Jean d´Arras, en prosa, dedicada al duque de Berry y a su hermana Marie; y otra en verso, compuesta por el librero Coudrette.

La madre de Melusina, Presina, había hecho jurar a su esposo Elinas, rey de Albania, es decir, de Escocia, a quien había encontrado cazando en un bosque, que no asistiera a sus partos. Pero Elinas viola su juramento, y Presina, después de haber traído al mundo a tres hijas, Melusina, Melior y Palestina, desaparece y se retira con sus hijas a la isla de Avalon. Cuando tienen 15 años, las niñas saben de la traición de su padre, y para castigarlo lo encierran en una montaña, pero a su vez son castigadas por la pena que no tenían derecho de infligir a su padre. El castigo de Melusina es el de transformarse en serpiente cada sábado. Si ella se casa con un mortal, se convertirá a su vez en mortal, y si su marido la descubre en la forma que toma los sábados, tendrá que volver a su tormento. Melusina encuentra en una fuente a Raimondin mientras cazaba jabalíes. Casada con Raimondin, Melusina rotura, construye ciudades y castillos, empezando por el castillo de Lusignan. Tienen diez hijos que se convierten en reyes poderosos, aunque todos ellos tienen una tara física, una mancha en el cuerpo, una marca animal. Coudrette se interesa especialmente por el sexto de sus hijos por su mezcla de valentía y de crueldad, Geoffrori.





Bibliografía                                                                                                Jacques Le Goff. (2010). Héroes, Maravillas y Leyendas de la Edad Media. España: Paidós. 

La papisa Juana



La historia aparece a finales del siglo XIII. Hacia 850, una mujer nativa de Mayence, pero de origen inglés, se traviste para seguir a su amante, consagrado a los estudios y por lo tanto abocado a un mundo exclusivamente masculino; ella se desenvuelve muy bien en él, hasta el punto de que después de una temporada de estudios en Atenas, encuentra en Roma una acogida calurosa y admirativa, que le permite entrar en la jerarquía de la Curia y, finalmente, ser elegida Papa.
Su pontificado dura más de dos años y se interrumpe por un escándalo: Juana, que no ha renunciado a los placeres de la carne, queda embarazada y muere durante una procesión entre San Pedro del Vaticano y San Juan de Letrán, después de haber dado a luz públicamente a un niño. 

Diversas versiones del relato ofrecen pruebas y hasta una memoria de la Papisa: a partir de ese momento, durante la ceremonia de coronación, empieza a comprobarse con las manos cuál es el sexo del futuro Papa. Las procesiones pontificias dejaron el camino directo del Vaticano a Letrán a la altura de la iglesia de San Clemente, para evitar el lugar del parto. Una estatua y una inscripción en ese lugar perpetuaron el recuerdo del deplorable incidente. 

Estatua de la Papisa

Esta creencia encarnaba el miedo a la mujer promovido por la Iglesia y, sobre todo, el miedo a una intrusión femenina en su seno. En el mismo movimiento por el que la Iglesia aseguraba la omnipotencia del papado, construía la contraimagen del Papa: la Papisa. Es el dominico, Martín el Polaco, capellán y pontificio, quien selló el destino de la Papisa Juana en su Crónica de los papas y emperadores (hacia 1280). Éste es el texto de Martín el Polaco:

Después de este León [León IV], Juan, inglés de nación, originario de Mayence, ocupó la sede dos años, siete meses y cuatro días. Murió en Roma y el papado estuvo vacante un mes. Según se dice, fue una mujer; en su adolescencia, fue conducida a Atenas, vestida de hombre por el que era su amante; progresaba tanto en las diversas ciencias que no había nadie que la igualara; así es como después enseñó el trivium [artes literarias] en Roma y tuvo como discípulos y oyentes a latos magistrados. Y, como su conducta y su ciencia proporcionaba a la ciudad una gran reputación, fue elegido Papa por unanimidad. Pero durante su pontificado, su compañero la dejó embarazada. Pero ella/él ignoraba el momento del alumbramiento y cuando ella/él se dirigía hacia Letrán viniendo de San Pedro, tuvo los dolores del parto entre el Coliseo y la iglesia de San Clemente, dio a luz y después murió, en el mismo lugar donde fue enterrada. Y como el señor Papa efectúa siempre un desvío en este trayecto, generalmente se cree que lo hace en repudio a ese acontecimiento. No se la ha inscrito en el catálogo de los santos pontífices debido a la no conformidad que el sexo femenino tiene en esta materia.

Hacia 1312, en un momento en el que se dedicaron a atribuir números a los soberanos, otro dominico, Tolomeo de Lucques, discípulo de santo Tomás de Aquino, asigna en su Historia eclesiástica la cifra VIII a la papisa (se trataría entonces de Juan VIII), y hace de ella el 107° Papa. Pero la Iglesia, durante este período, en realidad aparta definitivamente a las mujeres de las responsabilidades institucionales eclesiásticas y de las funciones sacramentales. El decreto de Gratien, que, hacia 1140, funda el derecho canónico, aparta estrictamente a las mujeres de la Iglesia.

Silla perforada

La creencia en la Papisa Juana hace aparecer en la liturgia pontifica un nuevo objeto y un nuevo rito. El objeto es un sitial en el que durante su entronización se sienta el nuevo Papa, para que el encargado del rito pueda verificar su virilidad y evitar el eventual retorno de una Papisa. 


El luteranismo, curiosamente, da una nueva vitalidad a la Papisa Juana. Los luteranos están encantados de fingir que creen en la realidad de un personaje que encarna tan bien las infamias de la Iglesia romana. Pero el desprecio calvinista, primero, y la crítica racionalista después, enseguida arruinan el mito de una Papisa Juana histórica.



Bibliografía:
Jacques Le Goff. (2010). Héroes, Maravillas y Leyendas de la Edad Media. España: Paidós. 



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