miércoles, 16 de noviembre de 2016

Violencia en la Edad Media



Ya fuera organizada o casual, la violencia añadía una dimensión perturbadora a la incertidumbre que la enfermedad introducía acerca de la probable duración de la vida de un hombre. En las guerras de esta época intervenían ejércitos mucho más grandes de los que hasta entonces se habían organizado y el tránsito de éstos de un campo de batalla a otro dejaba tras de sí un ancho sendero de miseria donde los empleados de la intendencia habían abusado, los acompañantes civiles habían robado y los soldados saqueado. A las bajas en combate, la matanza de prisioneros y el pillaje de los pueblos hay que añadir las consecuencias de los graneros urbanos vacíos, la escasez de alimentos, la elevación de los precios que arrojaban a miles de no combatientes del nivel de supervivencia a la necesidad más desesperada. Pero no acababa aquí el azote de la violencia organizada: del mismo modo que un ejército se formaba trabajosamente a partir de compañías de hombres que atravesaban el país como bandidos legales en su camino hacia el punto de reunión, luego, cuando llegaba la disolución, había muchos que preferían la vida errabunda del aspirante a mercenario. Estos se aburujaban en cuadrillas, dependientes de la posibilidad de empleo por medio de la clase ascendente de los jefes militares y, entre tanto, se mantenían a sí mismos mediante el saqueo. Una vez cristianizada la "vida salvaje", esta delincuencia de masas reflejaba un problema que ninguna sociedad se encontraba preparada para resolver: la reabsorción de sus fuerzas armadas. Otra razón de la violencia la constituía la creciente eficacia del intento de los gobiernos de imponer ley y orden.

Los bandidos que caían sobre los viajeros o que se asaltaban pueblos para pedir rescate no eran solamente los detritus de la guerra, sino también los residuos de la desfeudalización y la centralización, inasimilados sociales a quienes un contacto más estrecho entre el gobierno y la sociedad en su totalidad había expulsado. Aparte de estos desplazados, la violencia podía surgir dondequiera que se hiciera un intento de transformar antiguas formas de vida, desde el asesinato del duque de Northumberland en 1489, mientras trataba de recaudar un impuesto real en una aldea de Yorkshire, hasta el desafío armado con el que la Sorbona de París trataba de proteger sus exenciones frente al derecho común. 

Sin embargo, la causa principal de la violencia urbana era la pura miseria. La sospecha de que los comerciantes estaban almacenando grano en previsión de un alza de precios o el rumor acerca de un nuevo impuesto bastaban para provocar explosiones populares acompañadas por incendios y asaltos a las tiendas. En 1500, las calles de París fueron invadidas por masas de personas que trataban de arrojar al Sena a los comerciantes de granos. En 1514, la muchedumbre ocupó por completo la ciudad de Agen y, antes de que el ejército hubiera podido cercarla, las masas exigieron una distribución igualitaria de los bienes y la exclusión de los ricos del gobierno municipal. Nada tiene de extraño que en la mayoría de los pueblos europeos se prohibiera el uso de armas y se impusiera el cubrefuegos por las noches en las calles; cualquier persona que saliera por la noche tenía que llevar una antorcha y explicarle sus intenciones a la guardia; y, frecuentemente, las calles tenían cadenas que se podían desenrollar de sus bobinas y usar para impedir la entrada en caso de disturbio.

En los manuales de orientación para los confesores se concedía gran importancia a la necesidad de convencer a los feligreses de que guardaran la paz. También se deploraba el juego como la causa principal de las reyertas; en vano lo prohibían el gobierno en las tabernas, los capitanes en los barcos y los estatutos gremiales a los aprendices. Era ésta una legislación de clase. Enrique VIII podía permitirse hacer sus apuestas delante de toda la corte; el libro de apuestas de los comerciantes de la Hansa en Danzig muestra a éstos apostando sobre la duración de una guerra, los resultados de una elección o de una justa, sobre el precio de los arenques, sobre las posibilidades que asistían a una cocinera que señalaba al señor feudal como el probable padre de sus hijos; todos ellos podían afrontar las pérdidas. Los pobres eran los que tenían una más clara inclinación a sentirse engañados y a tirar de cuchillo, especialmente después de haber bebido.


Había, sin embargo, una oculta inclinación hacia la violencia en todas las esferas de la sociedad, violencia presente incluso en los pasatiempos. De las justas se esperaban heridos y, por lo común, las batallas fingidas, escenificadas como entretenimiento público, se convertían en auténticas. Estas bajas eran el atroz resultado de una época brutalizada por su contacto continuo con la violencia y su indiferencia hacia ella. Los combates de animales eran distracciones habituales de los príncipes. Se mutilaba y descuartizaba a los criminales en público, ante numerosos espectadores, y sus cuerpos, o los pedazos, se colgaban fuera de las murallas o en los cruces de los caminos. A veces se celebraba la tortura en público, como la vez que, en 1488, los ciudadanos de Brujas aullaban para que el espectáculo se prolongara tanto tiempo como fuera posible o como el caso, citado por Johan Huizinga, en el que los habitantes de Mons "compraron un bandido a un precio muy elevado por el placer de verlo descuartizado, ante lo cual el pueblo disfrutó más que si un nuevo cuerpo santo hubiera surgido de muerto".  

Consideradas en este contexto, las crueldades que, bajo el impulso de la codicia o el miedo, infligieron los portugueses y españoles a los no cristianos no resultan sorprendentes: Vasco de Gama disparando contra un puñado de mujeres y niños, los hombres de Tristao da Cunha en Somalia amputando los brazos y las piernas de las mujeres para obtener sus brazaletes más rápidamente, Balboa soltando los perros enfurecidos contra los indigenas de Centroamérica. Los filósofos, como Ficino, podían deplorar la crueldad de esos hombres, pero quizá resulten más sorprendentes los prolongados esfuerzos de los monarcas, Fernando e Isabel, para mitigar la crueldad de sus colonos en las Indias Occidentales.
Mezclando lo sagrado con lo terrible, los misterios trajeron al escenario público los cuadros más bestiales de las cámaras de tortura.


Bibliografía 
J.R Hale. (1971). La Europa del Renacimiento. Madrid, España: Siglo veintiuno.

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