miércoles, 16 de noviembre de 2016

Relaciones personales y familiares en la Edad Media

La forma más importante de asociación, en lo que convenía al individuo, era la familia. Los vínculos del parentesco eran sólidos incluso entre aquellos cuyos nombres tienen algún matiz de "individualismo". Se multiplicaron los recuerdos de familia, las reminiscencias de los bustos; así como también lo hicieron las peticiones de misas por los difuntos, la compra de indulgencias y la construcción de capillas. En los libros se describía la perfecta administración casera. Los príncipes se enorgullecían no solamente de su linaje ilustre, sino también de que se les conociera como a los padres de su pueblo. Aunque los eclesiásticos conservadores todavía deploraban la inevitabilidad del estado matrimonial, una cantidad creciente de personas creía que la vida en el temor de Dios podía discurrir con la misma facilidad dentro del marco de un hogar que de un convento. El respeto hacia las pietas familiar la antigua Roma, añadido a la desconfianza frente a la moral de los monasterios, produjo una idealización de la vida en familia. 


La solidez de la familia se debía en gran parte al hecho de que era el centro de producción en vez de estar al margen de ella. Entre los campesinos, la familia entera trabajaba la tierra y, en invierno, compartía la casa con los animales. El artesano trabajaba en su propia casa, como lo hacía el zapatero. Los criados y los aprendices vivían como miembros de la familia, únicamente separados por sus deberes de la vida ordinaria del hogar. De acuerdo con los ajustes de reciprocidad comunes entre los campesinos franceses, diferentes familias vivían bajo un mismo techo y toda su propiedad, incluidos los utensilios de cocina, eran de propiedad común. Un sentimiento más consciente de la unidad familiar indujo a la producción de escenas hogareñas en la ilustración, la pintura y el grabado, a veces como fondo para, por ejemplo, el nacimiento de la Virgen, pero frecuentemente como escenas costumbristas propiamente dichas. Los criados atendían a los amos provistos de una no muy clara idea acerca de las divisiones sociales.

El marido y la mujer cuidaban uno de otro como una necesidad que podía ser efectiva y respetuosa, aunque raramente era la relación autónoma desde el punto de vista de la pasión o la comprensión. Se entendía que el padre tenía que gobernar, aunque, a veces, su autoridad sufría rudos ataques. La atmósfera era gregaria; el deseo de intimidad no hacía más que apuntarse (raras eran las muchachas, incluso de las más ricas familias, que disponían, como la Santa Ursula de Carpaccio, de un dormitorio para ellas). 

La unidad funcional del hogar hace difícil la evaluación de la calidad y del tono emocional de la vida familiar. Un alta tasa de mortalidad implicaba una cierta frecuencia en la contracción de segundas nupcias. No es solamente que los parientes planearan los matrimonios, con lo que éstos carecían, al menos en los estados iniciales, de romanticismo, sino que la velocidad con la que se traía al hogar al nuevo cónyuge obliga a pensar en una cierta contingencia sentimental. Las terceras nupcias solían ser frecuentes. En las familias más ricas era costumbre enviar fuera a los niños, al cuidado de una nodriza, durante los primeros meses, así como (aunque esto era poco común en Italia), mandarlos a que se educaran, mientras crecían, a alguna casa noble: un "proceso de refinamiento" que comenzaba a la edad de siete u ocho años. Que la familia no se preocupaba por sus miembros más viejos como algo natural lo sugieren algunos contratos por los cuales una persona anciana transmitía su propiedad a sus hijos a cambio de una promesa de apoyo, en la salud y la enfermedad, durante tanto tiempo como hubiese de durar su vida. Y que la atmósfera de la familia no era la más adecuada para mantener a los niños entretenidos y respetuosos de la ley lo muestran las diatribas de los predicadores y los escritores satíricos contra la delincuencia juvenil, en las que se responsabiliza a los padres por no vigilar a sus hijos y por permitirles que frecuenten las malas compañías. Los tardíos casamientos de los hombres y la alta tasa de mortalidad que muchos niños eran huérfanos de padre al llegar a la adolescencia y que muy pocos tendrían un abuelo que les pudiera vigilar.


Más común que la preocupación por las relaciones entre las generaciones lo era la preocupación por las relaciones entre los sexos. Es posible que, en conjunto, la posición de la mujer hubiera disminuido de importancia. Cuando los maridos se hallaban ausentes, en la guerra o con fines comerciales, la ley había aceptado que sus mujeres eran competentes para gobernar sus posesiones y administrar sus negocios. Con unas guerras que peleaban mercenarios cada vez en mayor números y un comercio que se llevaba a cabo por medio de agentes, las mujeres tenían una función menos prominente que desempeñar en los asuntos. En algunos oficios -especialmente los que dependían del trabajo femenino, como la cintería, la sastrería y el bordado- se admitía a las mujeres como miembros de los gremios, mas raramente en posiciones de autoridad. Las mujeres de los tenderos atendían a los clientes como una prolongación de sus labores domésticas. 

Con excepción de los círculos de la corte y de algunas familias burguesas excepcionales, a las mujeres se las educaba de casualidad, si se las llegaba a educar en absoluto. Cuanto más rica era una familia, tanto más temprano se concertaban los matrimonios en interés de la propiedad y de la herencia; de este modo, las muchachas que tenían mayores probabilidades de recibir una educación, tenían también mayores probabilidades de que ésta se interrumpiera rápidamente.

A pesar de que, legalmente, la autoridad en la familia y en la determinación de la herencia residía en el hombre, según la sátira esta autoridad estaba lejos de ser algo evidente. Un tema favorito del arte popular era la batalla por los pantalones, en la que un hombre y una mujer bregaban sobre quién tenía que llevarlos; la victoria, por regla general, se le concedía a la pendenciera mujer. Otros grabados trataban, alarmantes, de casos famosos de hombres dominados por mujeres: Adán tentado por Eva, Sansón rapado por Dalila, Holofernes decapitado por Judit, Aristóteles embridado y arreado por Campaspe. El miedo a la sexualidad de la mujer parece haber sido general. La Iglesia, desde luego, utilizó una larga tradición en la que se identificaba a la mujer con luxuria y se la describía en términos de abominación patológica.



Bibliografía 

J.R Hale. (1971). La Europa del Renacimiento. Madrid, España: Siglo veintiuno.

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