miércoles, 30 de noviembre de 2016

Etiqueta de la casa de Austria (parte 1)



Desde la introducción de la etiqueta borgoñona en la corte española a mediados del siglo XVI, cambió la forma de ver al rey y el modo de rendirle culto con la creación de una barrera física y simbólica. Sin embargo, el ceremonial borgoñón no permaneció ajeno a otras influencias, algunas de las tradiciones castellanas, aragonesas y portuguesas de los anteriores monarcas convivieron junto a la etiqueta de Borgoña. 

El primer paso de incorporación de esta tradición se produjo cuando Felipe de Habsburgo, esposo de Juana I de Castilla, expresó la intención de que su primogénito creciera en la ciudad de Gante bajo los dictados de esta etiqueta, una usanza que posteriormente Carlos V quiso perpetuar a través de su hijo Felipe II quien, a diferencia de su padre, fue educado en España siguiendo los principios de la sobria y austera etiqueta castellana. 

Felipe de Habsburgo y Juana de Castilla

Varios hechos que disgustaron notablemente al emperador Carlos en dos de sus visitas a España, lo llevaron a la determinación de establecer estas fórmulas consideradas más apropiadas para el tratamiento y servicio de un soberano. En primer lugar la fuerte oposición que encontró a su llegada a Zaragoza y segundo, su entrada en el puerto de Asturias en 1517. Según Lisón Tolosana, cuando se produjo el desembarco de las cuarenta naves de Carlos en la ciudad de Asturias “La joyeuse entreé se la dieron unos desarrapados lugareños desconfiados que, temiendo lo peor, salieron a defenderse con palos y cuchillos. El elegante cortejo borgoñón encontró la comida detestable, los alojamientos horribles y las comunicaciones pésimas”. Todo ello junto a las continuas humillaciones a las que se vio sometido Carlos antes de ser jurado rey por las cortes aragonesas, su descontento ante el trato, el carácter poco refinado de los caballeros castellanos y la escasa cultura de algunos nobles, que no conocían ni el francés ni el latín, le resultaron de escasa distinción para la corte de su hijo y para una de las cortes europeas más importantes. Junto a ello, cuando Carlos V celebró su victoria en Mülberg el año de 1547, vio más adecuado que su hijo fuese presentado como sucesor en los Países Bajos. 

El propio Carlos, en el momento de ser proclamado emperador, creyó conveniente incrementar su lujo. Para ello estimo oportuno recuperar ciertas fórmulas de las antiguas ordenanzas de la Casa de Borgoña con el fin de mantener la riqueza de la dinastía que le precedía y, también como estrategia para equiparar sus glorias y su persona a las del emperador Carlomagno. De este modo, cuando Carlos V fue coronado, lo hizo siguiendo la ceremonia de la triple coronación de época carolingia. Como rey romano tomó como asiento el propio trono de Carlomagno en Aquisgran, a continuación “recibió en Bolonia la corona de hierro de Lombardía y, fnalmente la corona imperial”. Se trataba de restaurar de nuevo el Imperio adoptando las costumbres y rituales que le caracterizaban por lo que, esta etiqueta, fruto además de estos ceremoniales, resultaba idónea para encarnar esta fgura, vista como el “ideal del soberano europeo universal y como un competente paladín de la religión cristiana y de su Iglesia”.

Esta concepción del rey como un hombre con matices sacros, que llegó hasta la corte de Felipe II, tenía su origen en el ceremonial bizantino, punto de partida del protocolo borgoñón y del protocolo castellano-aragonés, ambos vinculados a la casa de Austria en España. El protocolo desarrollado en la ciudad de Constantinopla, la antigua Bizancio, impuso las bases del ceremonial cortesano y una de las premisas más importantes para sostén de la monarquía: la divinización de la persona del emperador.

El grado de esplendor y elegancia que proporcionó este protocolo a la corte bizantina fue tal, que cuando Carlomago y, posteriormente, Otón I de Alemania tomaron la decisión de restaurar el poder imperial, retomaron sus símbolos y ceremoniales. Asimismo, Borgoña, situada muy cerca de la franja oriental, heredó los usos y hábitos del Imperio Bizantino y, gracias a su creciente economía, la independencia política de la que gozó desde el siglo IX y su interés de propagar una imagen que se equiparara a la de otras cortes europeas de mayor rango, mantuvo a lo largo de los siglos estas tradiciones convirtiéndose en un referente desde el punto de vista de las costumbres.

Coronación de Carlomagno

Las primeras ordenanzas destinadas a regir el gobierno de la casa de los duques de Borgoña nacieron en el siglo XI, tomando como base la etiqueta de Bizancio mandada redactar en el siglo X por Constantino X en el códice llamado De ceremonias aulae bizantine el cual, sirvió además como modelo para Occidente. Gracias a la descripción de Louis Bréhier se puede conocer este complejo protocolo del cual algunos rasgos se mantendrán posteriormente: 

“El pappias (portero) abría las puertas de palacio a la salida del sol. Un cubiculario despertaba al basileus dando tres golpes en su puerta con una llave. El emperador, una vez vestido, se dirigía a la sala del trono, donde oraba delante de un icono, luego concedía audiencia a sus consejeros o a los extranjeros. Cuando ya les había despedido, el pappias agitaba sus llaves para hacer salir a todo el mundo y el palacio se cerraba a la hora tercera (…) a excepción de los banquetes solemnes determinados por el calendario de la corte, el basileus comía en su familia, servido no por altos dignatarios sino por esclavos, y sin más ceremonia de la que podía tener cualquiera de sus súbditos (…) el gran palacio poseía sus santuarios en los que los sacerdotes de la capilla celebraban los oficios, y algunos emperadores gustaban de unirse a los a los coros de los cantores”.

Gobernada desde el siglo XI por la dinastía de los Capetos y, más tarde por la dinastía de los Valois, Borgoña logró no sólo mantener su carácter acaudalado sino también su cultura. 

Precisamente, modos y normas tan ceremoniales y estrictas se pueden apreciar siglos más tarde en la descripción tan pormenorizada que ofrece Olivier de La Marche en su obra titulada Estat de la Maison du Duc Charles de Bourgoingne, dit le Hardy, acerca de las ordenanzas que Felipe II de Valois mandó por primera vez redactar para establecer los modos y servicios dirigidos a su hijo Carlos el temerario en 1469. Estas memorias realizadas a petición de Eduardo IV de Inglaterra en el año 1473 y, dedicadas a Felipe el Hermoso, mostraban como la monarquía seguía manteniendo una etiqueta cuya prestancia y majestad convertía a la corte en una exhibición sublime. 

Hacía mediados del siglo XV “la elegancia exquisita de formas y maneras borgoñonas y la fastuosidad e imaginación de sus ceremonias y etiquetas habían alcanzado tal grado de perfección y virtuosismo que llamaron la atención de Europa y poco a poco comenzaron a ser imitadas en las cortes de Viena, París y Ferrara”. 

Maximiliano de Habsburgo y María de Borgoña

De este modo, cuando Maximiliano I de Habsburgo tomó por esposa a María de Valois, nieta de Felipe II de Francia y de María de Flandes, fue tal la impresión que le provocaron el lujo y la riqueza de este protocolo que no dudó en adoptarlo y en hacer de él algo propio de la dinastía de Habsburgo.
Así cuando su hijo, Felipe de Habsburgo asumió en 1494 el gobierno de sus territorios, llevó a cabo un intento de recuperar el esplendor del primitivo ceremonial de Borgoña, de cierta manera perdido tras la muerte de Carlos el Temerario, con las ordenanzas sucesivas que fue estableciendo. En primer lugar aprobadas en marzo de 1497 con el nombre de Eat de l´Hôtel de Philippe le Bel, Duc de Bourgogne, en I´an 1496, a Bruxelles y Notre Eat et Maison ensemble de notre tres chère et tres amée compaigne ´Archiduchesse, afn mesmentent que nous et elle soyyons doresnavant honnetement accompagnés y, posteriormente en la Ordonnance de 1500 aprobadas en Gante, en donde expresa su deseo de conservar la tradicional etiqueta mandada redactar por su abuelo. Esto mismo lo pone de manifesto Olivier de la Marche en Advis des grans offciers que doit avoir ung roy et de levy povoir et entrepise , un escrito dirigido a Maximiliano de Austria.

Asimismo, en la península Ibérica también se quiso perpetuar el legado bizantino, extendido a través del mundo musulmán en la corte astur-leonesa. Desde el siglo X, en el ámbito del mediterráneo se mantuvo “el prestigio del Palacio Imperial Bizantino que (…) cuenta con el De ceremonias aulae Bizantinae mandado redactar por Constantino VII (913-959)”. Y posteriormente, todas las cortes cristianas de la península lo imitaron e hicieron también del palacio un lugar de piedad y de celebración litúrgica a través de la capilla real.

Durante los siglos XII, XIII y XIV se fue consolidando esta nueva forma de vida palatina que dio lugar a que muchos monarcas europeos mandasen dejar por escrito sus etiquetas a lo largo de la Alta Edad Media. En Inglaterra, en el siglo XII, fue redactada la Constitutio Domus Regis y en Francia los ordenamientos del Hôtel real comenzaron a concebirse en 1261 con Luis IX, y van tomando forma hasta 1350. 

En lo que refiere a Castilla, fue a mediados del siglo XIII cuando apareció el código de Las Partidas. En él también se reglamentaban y describían los oficios, pero en esos momentos, sin el grado de excelencia de las ordenanzas de Aragón. La corte aragonesa de Pedro III, en 1282, poseía ya sus Ordinacions sobre lo regiment de tots los officials de la sua Cort y, éstas, "alcanzaron su perfección con las Leges Palatinae de Jaime II de Mallorca redactadas en 1337, que serán traducidas al catalán con escasos añadidos por Pedro IV de Aragón, el Ceremonioso, en sus Ordinacions de Cort de 1344, cuyo prestigio alcanzado fue tal, que sus ordenaciones fueron conocidas en toda Europa inclusive por los primeros duques de Borgoña pertenecientes a la dinastía de los Valois. 

Sin embargo, a través del llamado Libro de la Cámara Real del príncipe don Juan, oficios de su casa y servicio ordinario de 1490, se puede corroborar que, después de la unión de los reinos de Castilla y Aragón, fueron las costumbres castellanas las que se fueron imponiendo hasta el punto incluso de establecer la casa de Felipe II, por el año de 1535, según la costumbre de Castilla. Conforme a ello, cuando Carlos de Austria comienza a reorganizar la corte (1516-1522, aproximadamente), a la manera de Borgoña, se dieron continuidad también a ciertas fórmulas propias de las casas de Castilla y Aragón que dieron lugar a la creación, hacía 1568, de un protocolo genuinamente español que no era otra cosa "sino el antiguo protocolo de la casa de Borgoña, modificado y completado con el tiempo".


Bibliografía
Baladejo Martinez, María. (2008). Fasto y etiqueta de la casa de Austria. Noviembre de 2016, de Revistas Científicas de la Universidad de Murcia Sitio web: http://revistas.um.es/


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