sábado, 19 de marzo de 2016

María Manuela de Portugal

María Manuela, princesa de Asturias e infanta de Portugal

Nacimiento e infancia
María Manuela nació en Coímbra, Portugal, el 15 de octubre de 1527. La educación de María Manuela fue supervisada por su madre, Catalina de Austria, hija póstuma de Felipe I el Hermoso y de Juana la Loca. Los años que permaneció Catalina junto a Juana en su encierro de Tordesillas marcaran su carácter, por este motivo intentó que sus hijos fueran profundamente religiosos y respetuosos de los sacramentos. Catalina convenció a su marido, Juan III, para que aceptara el matrimonio entre su hija y Felipe de Austria. 


Compromiso
La idea de casar a Felipe con María se debía principalmente al príncipe, aunque, como es natural, contaba con la aprobación de su padre Carlos I. María era prima de Felipe por partida doble, y la elección se debió a condicionamientos políticos tanto como sentimentales. Felipe era "lusitanista". El portugués fue la única lengua —aparte del latín— que llegó a hablar fuera de la castellana, y su manifiesta tendencia a lograr la unidad peninsular había de tener brillante coronación en la anexión de aquel reino, en 1580. Ninguna unión matrimonial, pues, desde el punto de vista político, podía satisfacerle tanto como la portuguesa.

Pero, además, parece que los retratos que había visto de su joven prima y la fama de bella, amable y religiosa de que gozaba en la familia, habían inclinado su ánimo a unirse a ella en matrimonio. Al parecer, Felipe no sabía exactamente cómo era su esposa, de la que le dijeron que estaba engordando en demasía, por lo que escribió al embajador Sarmiento para que le describiese a su futura esposa. El embajador contestó: «… la señora infanta es tan alta y más que su madre, más gorda que flaca y no de manera que no le esté muy bien; cuando era más muchacha era más gorda; en palacio, donde hay damas de buenos gestos, ninguna está mejor que ella»Hemos de suponer que era una gordezuela de buen ver y tenía por entonces dieciocho años.


Felipe de Austria

A todo esto la comitiva llegaba a Almorchón, cerca de Badajoz, donde se había fijado el encuentro de la comitiva del duque con la que llevaba al arzobispo Silíceo, que se retrasó más de lo normal. Nadie sabía a qué se debía el retraso. Por la parte portuguesa había llegado a la frontera la comitiva lusitana, que también se decidió a esperar. Pero pasó un día y otro día y el bueno del arzobispo no daba señales de vida.

Los portugueses amenazaron con volver grupas y dejar sin efecto el
casorio, y el duque de Medina-Sidonia se daba a todos los diablos viendo el conflicto que se le venía encima. Por fin llegó la noticia: el arzobispo había sido arrojado de su litera por los mulos que le llevaban, yendo a parar a un río, de resultas de lo cual había cogido un resfriado imponente. Mal repuesto todavía, el 23 de octubre de 1543 se encontraba al lado del duque para recibir a la que tenía que ser la nueva princesa de Asturias.


Apariencia y personalidad

Era una linda rubia, menuda, llenita y jovial, con un empaque natural que oportunamente corregía la afabilidad de su trato. El testimonio de cronistas e historiadores es unánime al respecto. Y no podía faltar, habiendo sangre habsburguesa de por medio, el indispensable labio inferior ligeramente caído. 

«Era la princesa —escribe Sandovalmuy gentil dama, mediana de cuerpo y bien proporcionada de facciones, antes gorda que delgada, muy buena gracia en el rostro y donaire en la risa. Parecía bien a la casta del emperador y mucho a la cathólica reyna doña Ysabel, su bisabuela».

Alonso de Sanabria, que la vio personalmente, puesto que figuraba en la comitiva de Medina-Sidonia, hace un retrato todavía más completo. «Es de gentil presenta —escribe— y donayre, en el myrar grave, las faypiones de su rostro bien ordenadas; es muy blanca, la frente grande; las cejas por naturaleza bien puestas, los ojos grandes, la boca pequeña, el labio de abaxo un poco caydo, las manos por estremo lindas, toda su persona muy abultada y tal, que paresce que una felize fortuna estaba obligada a hacerla gran señora, sobre la natural disposición exterior que Dios le ha dado».

Y el padre Flórez, para no citar ya más cronistas contemporáneos, resume su parecer en las siguientes palabras: «Era la princesa muy bonita: mediana de cuerpo; cumplida en la proporción de las facciones; algo más gruesa que delgada; el rostro lleno de gracia; el todo de donaire.»

Vestía la princesa con un vestido de raso blanco con adornos de oro, el pelo cubierto por una red de oro, tenía la mano derecha con todos los dedos cubiertos de sortijas y la mano izquierda enguantada sosteniendo un abanico.


Boda
La princesa se instaló en una litera que le tenían preparada y la comitiva española se dirigió hacia Badajoz y de allí a Salamanca. El viaje duró veinte días. El príncipe don Felipe, picado por la curiosidad de saber personalmente cómo era la mujer con quien se había casado, no esperó en Salamanca la llegada del cortejo, por lo que con un grupo de caballeros se mezcló con la multitud que le esperaba en La Abadía, pequeño pueblo de los dominios del duque de Alba.

El grupo de caballeros se destacaba por su atuendo de entre las gentes humildes del lugar, por lo que fue fácil descubrirle, y un caballero del séquito de la princesa se acercó a ella diciéndole:
—Señora, el príncipe está entre aquellos caballeros.

María, con coquetería, miró por entre las cortinas de su litera, pero no dejó que desde fuera la viesen a ella. Al príncipe aquello le aumentó el deseo de verla y encargó al duque de Alba que encontrase el sistema para hacerlo. Así se decidió engañar a la princesa diciéndole que a un trecho de allá donde estaba había un paso que sería dificultoso atravesarlo con la litera, por lo que era menester hacer parte de la jornada en mulo. Fina y lista, como mujer, la princesa se dio cuenta de lo que se pretendía y así, dice Alonso de Sanabria, que se compuso y acicaló con más cuidado que nunca, como quien sabía que había de ser vista del príncipe.

En una posada del camino se instaló don Felipe y, ¡qué casualidad!, al llegar frente a él la princesa se detuvo un momento para arreglarse el pelo y, como dice el citado Sanabria, «descalzose el guante para arreglarse el pelo y echó la mano de fuera, que las tiene muy buenas, la cual y el aire de ella contentó mucho al príncipe y ella no pudo tanto contenerse que no pusiese allí los ojos. El príncipe descubrió el rostro. A la princesa se le alteró la color y el empacho se convirtió en hermosura».

Por fin el 12 de noviembre la princesa hizo su entrada solemne en Salamanca. Montaba ella una mula bellamente guarnecida y, al pasar por delante de la casa donde sabía que estaba el príncipe, con deliciosa coquetería se cubrió el rostro con el abanico; pero un bufón, tomándose la libertad que le permitía su profesión, apartó el abanico, y así don Felipe pudo contemplar el rostro de su esposa.



La boda tuvo lugar al día siguiente. La princesa vestía un traje de raso de color carmesí, larga cola, también de rojo carmesí, bordada de oro, puños de encaje, gorra de terciopelo negro adornada con una pluma blanca y broche de brillantes. Por su parte Felipe parecía una sinfonía en blanco: traje, gorra, jubón, calza y zapatos blancos, incluso las hebillas de estos últimos eran de plata. La ceremonia religiosa fue breve y fue seguida de un banquete y baile.

Vida matrimonial
Cuando llegó el momento de retirarse los jóvenes desposados, de dieciséis años cada uno, entraron en la cámara nupcial. Lo que pasó allí puede suponerse, pero, a las tres de la madrugada, Juan de Zúñiga, antiguo preceptor de Felipe, penetró en la habitación y obligó a los cónyuges a continuar el sueño en habitaciones separadas. ¿Por qué esta decisión? El Emperador Carlos I tenía miedo de que con don Felipe sucediese lo mismo que con el príncipe don Juan, hijo de los Reyes Católicos, cuyo matrimonio duró siete meses, según se decía por haberse entregado el príncipe a los placeres del amor con demasiada asiduidad. 

Durante una semana se sucedieron las fiestas en Salamanca. Torneos, danzas, corridas de toros, carreras, juegos de cañas, cabalgatas y fuegos artificiales. Pero el príncipe ve solamente una parte de los festejos, pues seguía con asiduidad los cursos que se impartían en la célebre universidad.

Visita de Felipe y María en Tordesillas, escena de Carlos Rey Emperador, serie de RTV

Terminados que fueron los regocijos populares, los príncipes emprendieron viaje hacia Valladolid, deteniéndose antes en Tordesillas para visitar a la infeliz reina doña Juana, llamada la Loca, que por casualidad tenía en el momento de la visita uno de sus escasos momentos de lucidez. Pidió a los jóvenes que bailaran y admiró la gracia con que lo hacían.

Catalina de Habsburgo

María debió de mirar con tristeza los desolados muros de aquel palacio que, durante tantos años, había sido residencia de su madre la reina Catalina. Ésta había dado normas muy acertadas a su hija sobre la forma de comportarse en el matrimonio. 
«Procura enterarte de cuánto hacía la difunta madre de tu marido, de cómo vivía, de cuáles eran sus gustos y repugnancias, sus ideas y costumbres, para poder tú conducirte de análoga manera. No
consientas que en tu presencia se mantengan conversaciones libertinas en tu cámara, a menos que tu esposo esté contigo; deben acompañarte durante la noche varias damas de honor. Pon todos tus sentidos y energía en el propósito de no darle jamás una impresión de celos, porque ello significaría el final de vuestra paz y contento. Nunca trates de ganarte la confianza de tu esposo o la inclinación de tu suegro, el emperador, por mediación de tercera persona, sino única y exclusivamente por ti misma. Guarda con extrema fidelidad los secretos que tu marido tenga a bien confiarte. Si te pidiera parecer en negocios de gran monta, le dirás franca y
lealmente lo que estimes por derecho. Escribe muy pocas, y, mejor, ninguna carta de tu puño y letra. Obra siempre conforme al principio de que valen más hechos que palabras».

Emperador Carlos V

Por su parte, el emperador no cesaba de dar consejos a su hijo: «Por cuanto vos sois de poca edad, conviene mucho que os guardéis y no os esforcéis en los principios de manera que recibiésedes daño en vuestra persona, porque algunas veces eso pone al cabo tanta flaqueza que estorba el hacer hijos y hasta quita la vida, como acaeció al príncipe don Juan, vuestro tío, por donde vine a heredar yo estos reinos».

Veinte meses duró el matrimonio. El príncipe llegó a tratar con sequedad a su esposa, lo que mueve al emperador a escribir también a Zúñiga: «Lo mismo he hecho y haré [escribir a su hijo], ahora en lo de la sequedad que usa con su mujer en lo exterior, aunque bien creemos que esto no procederá de desamor sino del empacho que en los de su edad suelen tener».

Embarazo
El embajador español en Lisboa decía, «la princesa era persona en extremo sana y muy concertada en venirle la camisa [la menstruación], que dicen que es lo que más va para tener hijos» y, efectivamente, a poco quedó embarazada.
Tenía la princesa apetito desmesurado, acentuado ahora por la vulgar creencia de que las embarazadas deben comer por dos. Una de las damas de la corte escribía: «Su alteza come carne cuatro veces al día; esto no debe ser por cuanto mal le hace y por lo bien que le sentaría estar más magra».

En setiembre de 1544 se anunció que la princesa había quedado encinta y el 8 de julio de 1545 daba a luz un niño después de un parto difícil que había exigido una intervención de dos comadronas que estuvieron manipulando durante horas en el cuerpo de la princesa y, a consecuencia de ello, se declaraba una infección. Al día siguiente la enferma fue acometida por alta fiebre, que se manifestó por grandes escalofríos. El médico particular de la princesa recetó unos lavados con agua salada y atajar la fiebre con sudoríficos y abrigo. Pero al día siguiente, otros médicos impusieron el criterio contrario, y la princesa, con el cuerpo caliente y sudoroso, fue sometida a unas sangrías fenomenales y trasladada a una cama fresca y limpia.

Muerte
No sabemos las causas exactas que provocaron la muerte de María Manuela, puesto que los cronistas no facilitan datos concluyentes. La explicación popular más extendida en la época fue que la princesa tras el parto comió un limón y esto resultó fatal para su recuperación. Como explicación más aceptable está el testimonio de un cortesano, testigo de los hechos, que afirmó que la princesa tras el gran esfuerzo del parto comenzó a tener fiebre. Al parecer, según el mencionado testigo, las comadronas no actuaron con diligencia para bajar la fiebre de la princesa lo que provocó un empeoramiento de su situación. 


Escena: Felipe y María, después del parto. Serie Carlos Rey Emperador.

Los galenos opinaban que los sudores provocados iban a darle un ataque de apoplejía. Consecuencia de todo esto: una pulmonía aguda. Nuevas e implacables sangrías, en el brazo y en el tobillo. En manos de sus atormentadores, la princesa entró en agonía. Dos jesuitas, los padres Faber y Araoz, la confortaron con los auxilios espirituales. Y entre cuatro y cinco de la tarde del día 12 de julio de 1545, en la ciudad de Valladolid, dejaba de existir la princesa de Asturias, María Manuela, infanta de Portugal. 

Carlos de Austria, hijo de Felipe y María Manuela

El secretario de Estado Francisco de los Cobos escribió a Carlos I el relato de lo sucedido en el que hay una frase muy significativa: «…el príncipe está profundamente apenado, y esto prueba que la quería aunque, juzgando por algunas apariencias, algunos creyeron lo contrario»El hijo de la princesa María de Portugal fue el tristemente famoso príncipe don Carlos.



Bibliografía:
Carlos Fisas. (1988). Historias de las reinas de España. España: epublibre.

http://www.mcnbiografias.com/app-bio/do/show?key=maria-manuela-de-portugal


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