martes, 15 de septiembre de 2015

La emperatriz Isabel de Avis (Parte 2)

Matrimonio
Uno de los acontecimientos más importantes en la vida de Isabel fue su boda con el emperador Carlos.  El 1 de noviembre de 1525 llegó la dispensa papal, ya que Isabel y Carlos eran primos hermanos (la madre de Isabel y la de Carlos eran hermanas). Luego de obtener la autorización papal, se celebró una ceremonia de esponsales por poderes. El matrimonio era por conveniencia, con el que lograba estrechar lazos con Portugal (tal como habían hecho sus abuelos en el pasado) y gozar de la dote que proporcionaría su esposa. En ese año, la única preocupación de Carlos era hacerse coronar emperador, para lo cual necesitaba dinero. 


Una comitiva enviada por Carlos y compuesta por el duque de Calabria, el arzobispo de Toledo y el duque de Béjar, fue a recibir a Isabel a la frontera de Portugal el 7 de febrero de 1526. En su viaje, la emperatriz recibió muestras de admiración por parte de sus nuevos súbditos. Hay que recordar que cuando Carlos llegó a España, las Cortes le solicitaron que se casara con una princesa de sangre española, deseo que compartían con los comuneros. 


La boda tuvo lugar en el Alcázar de Sevilla el 10 de marzo de 1526, en la madrugada. Se desposaron en el actual Salón de Embajadores por palabras de presente por manos del cardenal Salviati. Afirman los cronistas que Carlos e Isabel se enamoraron a primera vista. Los encantos de Isabel habían conquistado el corazón del emperador. Carlos estaba deseoso de consumar el matrimonio, por lo que ordenó que se instalara un altar en la cámara de su esposa, donde celebraron misa. La consumación fue presenciada por pocos nobles, dado que era una boda apresurada. La muerte de la hermana de Carlos, Isabel, reina de Dinamarca, estaba muy reciente, provocando que las fiestas fueran menos fastuosas.

Esto es lo que dice un cronista de la consumación: Acabada la misa, se pasó el emperador á su aposento, é serían ya las dos después de media noche. En tanto que el emperador estaba en su cámara, se acostóla emperatriz, é desque fue acostada pasó el emperador á consumar el matrimonio como católico príncipe.



El 13 de mayo, Isabel y Carlos abandonaron Sevilla y emprendieron su viaje hacia Granada, donde pasaron una feliz luna de miel. Granada, ciudad que gustó tanto a Isabel que, por un momento, se pensó en instalar en ella la corte, y la idea pasó casi a la realidad por cuanto, para complacer a su esposa, Carlos I encargó construir en la Alhambra un palacio que dirigió Pedro Machuca, arquitecto formado en Italia. Esto sucedió en 1526 y las obras continuaron hasta casi cien años después.


La pareja permaneció seis meses en el palacio de la Alhambra, donde concibieron a su primogénito, el futuro Felipe II. El emperador, pese al gusto por las mujeres que manifestó en su soltería y viudez, se mantuvo fiel a la emperatriz, pues no se le conoció amante alguna. En ese sentido, Carlos era más como su suegro, de los pocos reyes que eran fieles a sus esposas, que como su propio padre, cuyas aventuras habían perturbado en más de una ocasión a Juana de Castilla.

Los emperadores estaban prendados uno del otro. En los jardines de la Alhambra, Carlos mandó plantar unas flores persas, hasta entonces exóticas en España, que se convirtieron en uno de los símbolos peninsulares: el clavel.


La Alhamba, Granada

En la corte de Granada abundaban hombres cultos. Isabel dedicaba horas del día a prácticas piadosas y a hilar, tejer y confeccionar ropas, acompañada por sus damas, que enviaba a Jerusalén para que los encargados de los Santos Lugares las repartiesen entre los pobres peregrinos. Junto a su esposo daba paseos por el campo o por los jardines, escuchaba música y canto de su capilla. La emperatriz era una profunda aficionada de la poesía. Hacían oración todos los días, participaban en misa, otorgaban limosnas y se confesaban. Mientras el emperador salía a cazar, Isabel visitaba monasterios. 



Sucedió una anécdota que supuso para la emperatriz su primer disgusto: cierto día, Carlos salió de caza perdiéndose en el bosque mientras perseguía a un jabalí. Isabel se impacientaba ante su tardanza. Al ser informada por los afligidos acompañantes del emperador, una angustiada Isabel, temerosa de que hubiese tenido algún accidente, dispuso inmediatamente que salieran a buscarlo con antorchas, que se encendiesen hogueras en las torres mas altas de la Alhambra y que las campanas tocasen. Finalmente, al amanecer, apareció Carlos y explicó a su esposa como se había perdido y aparecido en una aldea morisca. Por motivos de seguridad, ocultó su identidad haciéndose pasar por un viajero extraviado camino de Málaga y los moriscos le aconsejaron tomar el camino de Granada que era la ciudad más cercana.



El 10 de diciembre salieron de Granada los soberanos para dirigirse a Valladolid, ciudad a la que llegaron el 24 de enero del siguiente año de 1527, instalándose la reina en el palacio de Pimentel, rodeada de sus damas, entre las que figuraba Isabel de Freyre, la musa inspiradora de Garcilaso de la Vega.



Gobernadora
La emperatriz permaneció separada de su esposo por largas temporadas, pues el emperador tenía numerosos asuntos en el extranjero. Fue nombrada lugarteniente general del reino, realizando sus funciones como gobernadora de Castilla con gran eficiencia. Isabel poseía iniciativa y su marido confiaba en su capacidad como gobernadora. Carlos valoraba las opiniones de su mujer, quien poseía una aguda inteligencia. Con la prudencia propia de ella, logró acercar a su esposo a los intereses de los españoles. Como regente, se preocupaba por mantener la paz y prosperidad. En el Consejo, Isabel actuaba más como reina que como emperatriz. Isabel asume ante Carlos funciones de reina de España; pero de una España contemplada desde la corona de Castilla. La emperatriz, oyendo siempre y respetando el parecer de los hombres maduros del Consejo, había recibido una formación política a la española. 


En el verano de 1529 Isabel enfermó de paludismo. Quiso hacer testamento creyendo llegada su hora, pero no fue así cuando se curó, atribuyéndose la curación al agua de la fuente de San Isidro que había bebido con devoción. En este mismo verano emprende el emperador un viaje a Italia y Alemania que va a durar hasta la primavera de 1533. Continuamente escribe cariñosas cartas a su esposa.



La guerra contra los turcos, que tan victoriosamente condujo el emperador, obligó a Isabel a reunir cortes en 1532, en Segovia. Pidió una ayuda extraordinaria para su esposo, pero no obtuvo más que 150 cuentos de maravedíes, lo que equivalía prácticamente al servicio ordinario. Los procuradores aprovecharon para pedir lo que ya era constante; es decir, que se impidiera a los extranjeros ocupar cargos públicos; que se pusiera orden en la recaudación de tributos; rápida administración de justicia y otras peticiones más curiosas, como las de que los médicos recetaran en castellano y no en latín.


La convivencia de ella con su esposo entre los años 1533 y 1535 y el estallido de la guerra con Francia hubieron de completar la formación política de la emperatriz, ampliando su visión de la política europea y, a la vez, el emperador intensifica su proceso de “hispanización”. Esta guerra comprometerá seriamente la hacienda castellana hasta límites sobrehumanos mientras Isabel, estando cerca la fecha de su muerte, moviliza los recursos españoles manteniendo latente en su epistolario el sistema de preocupaciones que le acompañó durante los años de su gobierno: la conservación y quietud de los reinos, la seguridad de las costas mediterráneas y la paz exterior. Isabel actuó como una competente reina de España, a pesar de que el título correspondía a su suegra, la reina Juana.


La corte era intinerante, parecida a la de los Reyes Católicos. Se desplazaba de una ciudad a otra, despachaba misivas a su esposo, al cual mantenía informado de los asuntos del reino. Y el enamorado marido, que al deseo de hallarse junto a Isabel anteponía los intereses del estado, contestaba que al recibir la misiva de su esposa besaba esta hoja de papel con la misma ternura con que besaría vuestros labios. Isabel dirigió al emperador 114 cartas, las escribía su secretario en castellano pero ella siempre las terminaba con una frase autógrafa en portugués y su firma. Isabel tenía una delicada sensibilidad que sufría cuando el emperador se marchaba.




Fuentes:
  • M.Isabel Piqueras Villaldea, Carlos V y la Emperatriz Isabel . 2000 Editorial Actas, S.L
  • JOVER ZAMORA, José María. Carlos V y los españoles. Editorial: Rialp. Madrid, 1987.
  • MAZARIO COLETO, María del Carmen. Isabel de Portugal, Emperatriz y Reina de España. Editorial: Escuela de Historia Moderna, Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Madrid, 1951.
  • Fernando Gonzalez-Doria, Las Reinas de España. 1989 Editorial Bitácora.S.A
  • http://www.elmundo.es/ladh/numero60/isabel.html
  • http://personal.us.es/
  • http://www.mcnbiografias.com/

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