sábado, 4 de julio de 2015

Isabel de Castilla "la Católica" (parte 1)



Isabel de Castilla fue determinante para el rumbo de los reinos de la península Ibérica. Gobernó con férrea voluntad en un mundo dominado por hombres. Se casó con Fernando de Aragón, a pesar de no contar con la aprobación del rey. Isabel era una infanta destinada a casarse con el príncipe del algún reino vecino y traer beneficios a Castilla. Nadie imaginaba que Isabel, la mujer que conquistó Granada y financió el viaje de Cristobal Colón, llegaría a sentarse en el trono.


Infancia

Isabel de Castilla nació el 22 de abril de 1451 en Madrigal de las Altas Torres. Fue hija de Juan II e Isabel de Portugal. Pero en lo que respecta a la sucesión al trono, ambos hermanos, Isabel y Alfonso, tenían por delante al primogénito de Juan II, nacido en el primer matrimonio del monarca con María de Aragón: el futuro Enrique IV de Castilla, que entonces ostentaba el título de príncipe de Asturias. Por esta razón, el primer rasgo a destacar en la biografía de Isabel la Católica es que no estaba destinada a reinar por derecho propio, sino como consorte de algún reino vecino. Por ello, si Isabel consiguió reinar fue por un cúmulo de diversas circunstancias que la llevaron al trono, aunque también por su determinación. 


Isabel tenía tres años cuando su padre falleció, y fue entonces cuando la reina viuda, doña Isabel de Portugal, estableció su residencia en Arévalo, ciudad que le había sido concedida por el rey. Dice la leyenda que, junto al río Arevalillo, la pobre reina oía aquella voz que la torturaba con el recuerdo trágico de don Álvaro de Luna y de los últimos días del rey Juan. Vivió ordinariamente en Arévalo hasta muy avanzada edad y a su lado tenía y educaba a sus dos hijos: la Infanta Isabel y el Infante don Alfonso, dos años más pequeño que su hermana. Hija y hermana de reyes, la joven Isabel pasó su infancia en palacios empobrecidos, aislada de la corte, por lo que su alma se mantuvo lejos de la vanidad y la disipación. El rey Juan II fue sucedido en el trono por Enrique IV, nacido de su primer matrimonio. El rey Enrique le llevaba veintidós años a su hermana. Sin embargo, cuando llegó al trono, no se ocupo de sus medio hermanos. Los mantenía desterrados en Arévalo, prefiriendo gastar sus rentas en fiestas cortesanas.


La demencia de doña Isabel
Alonso Flórez, en su Crónica incompleta de los Reyes Católicos, describe a Isabel como una adolescente que no carecía de atractivos –se refiere a sus «ojos garzos, las pestañas largas, […] dientes menudos y blancos»–, pero que destacaba ya por su seriedad: «Pocas y raras veces era vista reír como la juvenil edad lo tiene por costumbre». Ciertamente, no le sobraban motivos para sonreír. Las intrigas cortesanas que la querían legítima heredera ante la presunta bastardía de su sobrina Juana la Beltraneja, las estrecheces económicas, la prematura muerte de su hermano y la enfermedad de su madre no propiciaban una mocedad alegre y despreocupada. Menos aún cuando, en 1461, Enrique IV la obligó a instalarse en la corte. Obedeció a regañadientes y siempre añoró los días en Arévalo. Es más, años después escribió que fue arrancada de los brazos de su madre «inhumana y forzosamente», cuando tanto «el señor rey don Alfonso y yo, a la sazón, éramos niños».



Serie Isabel. Isabel, Juana de Avis y Juana la Beltraneja

Educación
La demencia de Isabel de Portugal la incapacitaba para llevar por sí sola las riendas de la educación de sus hijos. De ahí que se encomendara su formación a un joven cortesano, Gonzalo Chacón, esposo de Clara Álvarez de Alvarnáez, camarera mayor de la reina, de la que bien puede decirse que hizo las veces de padre de ambos jóvenes, y a dos religiosos, el dominico fray Lope de Barrientos y el prior del monasterio de Guadalupe, Gonzalo de Illescas. Isabel no habrá recibido una educación tan esmerada como la que ella permitió a sus hijos, pero lo cierto es que tuvo la voluntad para aprender latín en su edad adulta.




Gonzalo Chacón

La formación moral de la infanta corrió a cargo del fraile agustino Martín Alonso de Córdoba, quien escribió para ella El jardín de nobles doncellas, un tratado de carácter pedagógico que, pese a que se realizó en 1469, resulta clave para comprender el espíritu que animó la educación de la joven Isabel. En él se insiste en que la mujer, «de su natural ruidosa y parlanchina», debería ser «vergonzosa, humilde y obsequiosa» y, evidentemente, «piadosa». En cambio, no habla de la necesidad de recibir formación intelectual alguna. Cabe pensar, pues, que en su primera juventud la infanta se limitara a aprender a leer, a escribir y, sobre todo, a adiestrarse en materias que la capacitaran para la vida social, como la danza, la música, la retórica, las artes de la miniatura y las labores de aguja. Esta última afición la había heredado Isabel de su madre, quien entretenía sus delirios bordando y tejiendo. La infanta aprendió igualmente a montar a caballo y a cazar, y se sabe que, como a su padre, Juan II, le gustaban las canciones populares, el baile y las novelas de caballerías.


Juan II de Castilla, padre de Isabel

La muerte del infante Alfonso en 1468 hizo que se la presumiera firme candidata al trono, pero ello no cambió sustancialmente las directrices de la educación de Isabel. Rodeada de cortesanos más interesados en medrar que en hacer de la futura soberana una mujer capacitada intelectualmente, fue la propia reina quien, años después, advirtiendo sus carencias, buscó rodearse de los mejores maestros. Así lo afirma el humanista Lucio Marineo Sículo, quien en 1492 escribió: «Hablaba el lenguaje castellano elegantemente y con mucha gravedad. Aunque no sabía la lengua latina, holgaba en gran manera de oír oraciones y sermones latinos porque le parecía cosa muy excelente la habla latina bien pronunciada. A cuya causa, siendo muy deseosa de lo saber, fenecidas las guerras en España, aunque estaba de grandes negocios ocupada, comenzó a oír lecciones de gramática, en la cual aprovechó tanto que no sólo podía entender a los embajadores y oradores latinos, mas pudiera fácilmente interpretar y transferir libros latinos en lengua castellana».

Este afán de saber le vino a Isabel cuando ya estaba casada con Fernando de Aragón, seguramente al ver la completa y temprana preparación intelectual que el futuro Rey Católico había recibido. Convencida de que nunca era tarde para aprender y ante el asombro de muchos, siendo ya reina Isabel comenzó a tomar clases de latín y en pocos meses dominó el idioma. Paralelamente, buscó en la lectura el complemento ideal para su formación. Así, debidamente asesorada, tanto por Beatriz Galindo como por el claustro de la Universidad de Salamanca, reunió una amplia biblioteca compuesta por unos 400 textos impresos, amén de una buena colección de manuscritos, que fueron el germen de la espléndida biblioteca de El Escorial creada por su bisnieto Felipe II.


Beatriz Galindo

La impronta cultural y de mecenazgo de Isabel de Castilla quedó patente en muchos otros ámbitos del arte y de la cultura. Su ejemplo y su propia peripecia intelectual dieron como resultado una corte culta y con gran protagonismo femenino, que contempló la incorporación de las mujeres al mundo del saber. De unas, conocemos sus nombres: Lucía de Medrano, Beatriz Galindo, Mencía y María de Mendoza, Luisa de Sigea la Minerva…; de otras, sólo la certeza de que con el estudio se recreaban en «el dulce gusto del saber», a decir de un anónimo contemporáneo.


Para conseguir una buena formación en tales aspectos era preciso vivir desde muy joven en ese ambiente, lo que se hace habitualmente entre los siete y los diez años, edad que se considera apropiada para entrar en la corte. En la época que nos ocupa, este tipo de formación puramente cortesana tiene matices del mundo de la caballería, que se pueden observar incluso en la propia Isabel. Por otra parte, no hay que olvidar que las mujeres leían novelas de caballería, y la reina no fue una excepción, ya que entre sus libros se cuenta ese tipo de literatura; además tenía presentes las imágenes de algunos héroes de la antigüedad, como Alejandro y Hércules, representados en tapices y tablas que ella misma había encargado. No hay que olvidar el gusto por la cultura y la relevancia de la corte de su padre Juan II en este aspecto, lo mismo que la de su hermano Enrique IV. También entre sus ascendientes por vía femenina se encuentran precedentes de esa conducta caballeresca, en especial en su abuela Felipa de Lancaster, que en el lecho de muerte ordenó caballeros a sus hijos. Isabel no protagonizó actos de ese estilo, aunque sí gustaba de asistir ataviada y acompañada conforme lo exigía su rango, a justas y a fiestas.

Princesa de Asturias
Juana nació el 28 de febrero de 1462, aunque pronto surgieron dudas acerca de la paternidad de la niña. El rey Enrique era apodado el Impotente, por lo que se acusó a la esposa de Enrique de haber concebido a su hija con Beltrán de la Cueva. Isabel fue su madrina, pero años después se convertirían en enemigas. La dudosa legitimidad de Juana y el descontento de los nobles hicieron peligrar el gobierno del rey Enrique, quienes quisieron utilizar a los hermanos del rey para lograr sus fines. Alfonso, el hermano menor de Isabel, fue proclamado rey en la "farsa de Ávila", realizada el 5 de junio de 1465. Alfonso tenía poco más de 12 años. 
Tres años después, el 5 de julio de 1468, Alfonso murió, probablemente envenenado.


Alfonso el Inocente, hermano de Isabel
Muerto el infante Alfonso, la atención de los nobles se fijó en la joven Isabel, quien nunca aceptó proclamarse reina mientras su hermano Enrique viviera. Durante este período, Enrique fue indiscutido rey, pero el titulo de heredero al trono pasó a ser disputado entre Isabel y Juana la Beltraneja. Consiguió que su hermano la nombrara princesa de Asturias el 19 de septiembre de 1468 en Toros de Guisando. Pero antes tenía que aceptar una condición: casarse con previo consentimiento del rey.



Fuentes:
Isabel la Católica, princesa (1468-1474). María Isabel del Val Valdivieso. Valladolid, 1974.

Isabel la Católica. María de los Ángeles Pérez Samper. Plaza & Janés, Barcelona, 2004.


Isabel de Castilla. Reina, mujer y madre. María Pilar Queralt del Hierro. Edaf, Madrid, 2012.

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