martes, 20 de mayo de 2014

Elizabeth I de Inglaterra (Parte 3)

Ascenso al trono
Elizabeth estaba leyendo bajo un árbol en Hatfield Park cuando le trajeron la noticia de su ascenso al trono. Más tarde, ese día, ella convocó a una reunión a sus consejeros para discutir los planes inmediatos. Habría tres días de luto por la reina María. Mientras tanto, Elizabeth se pondría a trabajar en la tarea urgente de la formación de su Consejo Real.

La reina Elizabeth en su coronación

Entre los primeros nombrados por la reina estaba sir William Cecil como secretario de Estado. A sus 38 años, Cecil ya había servido como primer ministro al joven rey Eduardo, y había demostrado ser trabajador, discreto y digno de confianza. En su casa personal, todos los servidores fieles de Elizabeth se quedaron en su lugar, con Kat Ashley como primera dama de la alcoba. Elizabeth fue célebremente conocida por guiarse por las apariencias, y nadie que fuera fea tendría oportunidad de empleo en su casa. Pero sus siervos eran escogidos por su gran bondad y lealtad, incluso asegurándose de que fueron atendidos cuando se hicieran viejos y enfermos.

El 28 de noviembre, Elizabeth llegó a la Torre de Londres (el lugar tradicional de espera para los monarcas ingleses en las semanas previas a sus coronaciones). Vestida con terciopelo púrpura y flanqueado por cortesanos, fue recibida por aclamaciones entusiastas, repiqueteo de campanas, fanfarrias de trompetas y una descarga de armas de fuego que duraron una hora y media. Parecía que la multitud de Londres se había reunido para ver a su nueva reina y no se vieron decepcionados. Y esto fue sólo el comienzo del espectáculo real. El 14 de enero, un día antes de su coronación, Elizabeth se embarcó en un "progreso" de cuatro horas por la ciudad de Londres, sentada en una litera abierta y vestida con una túnica de tela de oro y plata, adornada con armiño. 



Aún más espectacular fue la procesión del día siguiente, transportando a Elizabeth a la Abadía de Westminster, mientras que la coronación fue seguida por un banquete que duró desde las tres de la tarde hasta la una de la mañana. Fue verdaderamente un magnífico comienzo para un reinado que pronto se hizo famoso por su estilo.

La corte de la nueva reina
A lo largo de su reinado, la reina Elizabeth emprendió viajes alrededor de su reino. Estos avances reales eran llevados a cabo en el verano, dando oportunidad a la reina de ver a sus súbditos y ser admirada, sirviendo también para mantenerla fuera de Londres durante la temporada de la peste. En cada etapa de su recorrido, la reina se quedaba en la casa de un aristócrata, donde esperaba que fuera entretenida con estilo. Tipicamente, Elizabeth era acompañada al menos por un centenar de miembros de su casa (todos tenían que ser alojados y alimentados).

Elizabeth fue acogida con entusiasmo como reina. Pero una pregunta se cernía sobre ella: ¿A quién escogería como marido? Se daba por sentado que una mujer joven no podía gobernar sola y había una necesidad urgente de un heredero al trono. Desde el reinado de Enrique VIII, los Tudor habían sido acosados por problemas de sucesión y ahora la situación era aún más urgente. Tras pasar por dos monarcas sin hijos, uno demasiado joven y frágil para procrear, y otra demasiado vieja para alumbrar, se esperaba que la joven y hermosa Elizabeth diera a Inglaterra tan ansiado príncipe. Sin heredero directo, habían surgido dos aspirantes al trono inglés. 

María Estuardo, reina de Escocia


Lady Katherine Grey


Uno de ellos era lady Katherine Grey, sobrina nieta del rey Enrique a través de su hermana menor María y hermana menor de Jane, la reina de los nueve días. La otra era María Estuardo, reina de Escocia, también sobrina nieta de Enrique VIII a través de su hermana mayor, Margarita. Estas dos mujeres eran católicas y ambas tenían conexiones con las potencias extranjeras. Aunque fue criada como protestante, Katherine Grey se había convertido al catolicismo durante el reinado de Eduardo y tenía vínculos con España. Mientras tanto, María Estuardo estaba fuertemente apegada a la familia real francesa. La posición de Elizabeth era insegura, y el nacimiento de un vástago real sería su protección. No obstante, Elizabeth no deseaba cometer el error de su hermana mayor, quien causo gran disgusto con su boda española.

Una dama de la corte de Elizabeth

Su corte estaba conformada por más de mil personas. Cuanto más grandes fueran los palacios, más fácil resultaba dar cabida a tanta gente. Sin embargo, esto no era un problema, ya que, sin no había lugar en la residencia de la reina, sus invitados eran alojados en palacios cercanos.
La reina por lo general se retiraba a Whitehall para Navidad y luego se iba a otro palacio, como Richmond o Greenwich, antes de trasladarse a Windsor para la Pascua y la ceremonia del Jueves Santo. En esta ceremonia, Elizabeth lavaba ceremoniosamente los pies de las mujeres pobres. A las mujeres les regalaban ropa, zapatos, pescado, pan, vino y bolsas que contenían el mismo número de monedas que la edad de la reina. 

Castillo de Windsor

Cuando la corte no estaba en la residencia, el palacio era aseado y se esperaba que estuviera listo para cuando llegara la reina. En comparación con los castillos medievales, los palacios eran de lujo. Grandes chimeneas de elaborada decoración proporcionaban calor, las paredes eran cubiertas con paneles de roble que también servían como aislante. Los grandes ventanales permitían que la luz del sol se filtrara y los techos fueron profusamente decorados con escayola. Pinturas y tapices caros adornaban las paredes y se exhibieron láminas de plata o de oro para impresionar a los visitantes. 

Elizabeth pasaba parte de su día en la cámara privada, también tenía un jardín privado y le encantaba salir a caminar a paso ligero en el aire libre, acompañada por sus damas de honor. Los palacios también alojaban una gran biblioteca y Elizabeth era una ávida lectora. Ella hablaba con fluidez en latín y griego y le encantaba leer y traducir las obras de autores clásicos. 
La mayoría de los palacios tenían un parque de caza donde la reina y sus cortesanos podían cazar ciervos. Este fue uno de los pasatiempos favoritos de la reina.

William Cecil, uno de los principales consejeros de la reina

Había mucho ceremonial en la corte. Nadie debía dar la espalda a la monarca, que a menudo significaba caminar hacia atrás. También se esperaba que todos los cortesanos presentaran a la reina un regalo de Año Nuevo que la reina recompensaría. 
La reina Elizabeth fue adepta al amor cortés. Esta afición provoco muchos malentendidos, en especial con los hostiles que dudaban de su virginidad. Si la reina esperaba cortesanos extravagantes, entre sus asesores políticos destacaban hombres sobrios y religiosos, como William Cecil y Francis Walsingham. La reina tenía sus propios espías en residencias reales de otros países.



Bibliografía 

Bingham, Jane: The Tudors, Metro Books, New York.
http://www.elizabethi.org/contents/court/



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