miércoles, 27 de febrero de 2013

Los amores de Ana Bolena antes de Enrique VIII


A su regreso a Inglaterra, Ana Bolena se había convertido en una muchacha sumamente atractiva. Tenía habilidades para la danza y el canto. Ella era una compañía agradable. El tono de su piel se consideraba "bastante oscuro". Su pelo oscuro era espeso y brillante. Y sus ojos eran tan oscuros que parecían casi negros. Ana Bolena ejercía una especie de fascinación sexual sobre la mayoría de los hombres que la conocían; ya fuera que suscitara deseo u hostilidad, la fascinación siempre estaba presente. 
Ana siempre se vio rodeada de pretendientes, pero estos son los que destacan (antes de que conociera al rey Enrique, claro). 

James Butler
Retrato de Hans Holbein el Joven. Esta imagen esta en disputa, mientras que popularmente se asocia con el padre de Ana Bolena, Thomas, el historiador David Starkey cree que en realidad es la de James Butler, noveno conde de Ormonde.

La llamada de Ana Bolena a Inglaterra, hacia 1521, tuvo que ver con su matrimonio. Aunque por entonces tenía alrededor de veinte años, no había ninguna urgencia en casarla: solo las grandes herederas se casaban en la extrema juventud. Se trataba de resolver una compleja disputa sobre la herencia Butler-Ormonde promoviendo el matrimonio de James Butler con Ana Bolena. 

Cuando murió el anciano lord Ormonde sin heredero en 1515, dejó a sus dos hijas, lady Margaret Boleyn y lady Anne St. Leger (por la cual probablemente Ana recibió su nombre de pila), como coherederas; pero el titulo en sí mismo fue reclamado por un primo lejano, sir Piers Butler, que se convirtió en el octavo conde. Como siempre, los derechos de las mujeres, es decir, los derechos de lady Margaret, que se consideraba que habían pasado a su hijo sir Thomas, eran un área confusa. En consecuencia, sir Thomas Bolena reclamó ciertas propiedades y de ningún modo había abandonado el título Ormonde mismo. 
Como el hijo de sir Piers estaba en la corte inglesa y era aproximadamente de la misma edad que Ana Bolena, el matrimonio de los jóvenes prometía una solución equitativa; Ana Bolena aportaba sus derechos de herencia consigo como dote. En septiembre de 1520, el rey Enrique convino con el tío materno de Ana, Thomas Howard, entonces conde de Surrey, patrocinar la boda. Y sir Thomas Bolena, probablemente con cierto reparo, ya que su propia fortuna no se incrementaba de manera conmensurable, hizo volver a su hija de Francia. Mientras se resolvía el asunto del casamiento, Ana fue enviada a la casa de la reina Catalina como dama de honor. 

El proyectado matrimonio Butler no prosperó. Posiblemente las innatas reticencias de sir Thomas Bolena, que aún esperaba asegurarse el condado de Ormonde para sí, fueran las responsables del fracaso. 

Henry Percy
Henry Percy, sexto conde de Northumberland

La relación romántica de Ana Bolena con el joven lord Percy merece un estudio más atento. Henry Percy era el heredero de grandes propiedades y de un nombre antiguo: su padre era el magnate del norte conocido como Henry el Magnífico, quinto conde de Northumberland. Cuando el joven tenía alrededor de catorce años, se había hablado de su compromiso con lady Mary Talbot, la hija del conde de Shrewsbury, pero, al parecer, se habían abandonado esas negociaciones. Como solía ser costumbre con los jóvenes lores, en esos momentos se estaba educando en el sur, en casa del cardenal Wolsey. Lord Percy tendría por entonces veinte años. 

Su peligrosa aventura amorosa con Ana Bolena tuvo lugar en el escenario de la casa de la reina, donde encontró a la "damisela joven y lozana" en servicio. El peligro en ese punto era el hecho de que lord Percy era uno de los partidos más atractivos de Inglaterra, del que se podía esperar que hiciera una pareja muy provechosa, mientras que Ana Bolena no era ninguna heredera. 

Según Cavendish, Percy empezó a ir a la cámara de la reina "para su recreación" y terminó profundamente enamorado  de Ana, un afecto al que ella correspondía. "Creció tal amor secreto entre ellos que al fin estuvieron asegurados juntos" (es decir, quedaron ligados por una promesa de matrimonio o un precontrato). También, según Cavendish, el cardenal Wolsey puso fin al romance —de ahí el posterior odio de Ana Bolena hacia Wolsey— a petición del rey (cuyo motivo, se dijo, eran sus propias intenciones depredatorias en esa dirección).


Escena de la película "Anne of the Thousands Days"

Lord Percy defendió con valentía su elección, mencionando el "noble parentesco" y la ascendencia real de Ana, a la vez que insistía en que era libre de hacer sus votos "donde mi fantasía me lo indica". Finalmente, mencionaba que "en este asunto he ido tan lejos ante muchos dignos testigos que no sé como refrenarme o descargar mi conciencia". No obstante, se envió a buscar a lord Northumberland. Tuvo lugar un cónclave secreto con el cardenal, al final del cual el cardenal pidió "una copa de vino". Lord Percy recibió un furioso sermón paterno, se rescato en 1522 el compromiso con lady Mary Talbot y, a comienzos de 1524, él se casó obedientemente con ella. 

Si bien Cavendish se equivocaba al atribuir el interés sensual del rey su oposición a la pareja (1522 es demasiado temprano para eso), parece probable que Enrique, y Wolsey, se opusiera porque era contrario al matrimonio Butler-Bolena que por entonces estaban auspiciando. De todos modos, lo realmente importante en el relato de Cavendish es la sugerencia de un precontrato: estaban "asegurando juntos". Hay otra prueba de que tuvo lugar algo por el estilo. El matrimonio de lord Percy con lady Mary Talbot fue, tal vez previsiblemente, infeliz; según ella, su esposo le dijo en 1532 que había un precontrato con Ana Bolena (lo que hubiera invalidado su propio matrimonio). Como veremos, había cierto nerviosismo oficial en cuanto a la situación matrimonial de Ana Bolena en los difíciles primeros años de su relación con Enrique VIII —¿tenía ella o no un precontrato?— que se entiende más en el contexto de su romance con lord Percy.

No importa que lord Percy mismo jurara solemnemente en sentido contrario en 1536 ante testigos augustos, incluidos los arzobispos de Canterbury y York; "El mismo {el juramento} que sea para mi condena si existió alguna vez un contrato o promesa de matrimonio entre ella y yo", declaró, y a continuación tomó el sacramento. 


Esos tiempos turbulentos era muy diferentes de la época tranquila de comienzos de la segunda década del siglo XVI; el coqueteo con una bonita dama de honor, acompañado tal vez de una promesa de matrimonio, se había transformado en algo más serio y que podía tener consecuencias mucho más alarmantes. Se le debe perdonar a Percy por su blasfemia bajo coacción, como muy probablemente lo fue.



¿Hasta dónde llegó en realidad el romance de Percy con Ana Bolena? Como se mencionó en el caso de Arturo y Catalina en cuanto al tema de los precontratos, la apropiada consumación sexual significaba que un precontrato, o un compromiso formal, adquiría la validez plena de un matrimonio. Por otra parte los besos apasionados, que llevaban a abrazos aún más apasionados, que conducían a lo que ahora se denomina juego previo y cesaban ahí, no equivalían a un matrimonio. En tal mundo, la virginidad técnica podía convertirse en una cuestión importante mucho después. 
Ana Bolena no se quedó embarazada de Henry Percy y, si se tienen en cuenta las posibilidades, no se consumó su relación. Pero tal vez avanzara mucho hacia la consumación y sin duda existió alguna clase de compromiso de matrimonio, ya que las promesas o los abrazos se produjeron primero. De modo que, sea cual sea la verdad de sus intimidades, la relación con Percy debe hacernos contemplar a Ana Bolena como a una joven considerablemente decidida para la época, así como de cierta útil reserva. 

Thomas Wyatt
Thomas Wyatt

La relación prematrimonial de Ana Bolena con sir Thomas Wyatt es un asunto más nebuloso. Hay indicios en la poesía de el (cuyo significado ha sido debatido acaloradamente) pero ninguna prueba sólida en cuanto a su naturaleza exacta, más allá del hecho de que Wyatt estuvo brevemente encarcelado en la Torre en la época de la caída de Ana, pero no perdió luego el favor del rey. El nieto de Wyatt, George, escribió una biografía exculpadora de Ana en la última década del siglo XVI, durante el reinado de la hija de ésta. Según la biografía, Wyatt se enamoró de Ana cuando ella regresó de Francia, atraído primero por "la repentina aparición de esa nueva beldad" y luego aun más encantado con "el hablar ingenioso y agradable" de ella. Pero la familia Wyatt vivía en Kent, no lejos de Hever, y es posible que Wyatt conociera a Ana de niña: él tenía uno o dos años menos que ella, aproximadamente la misma edad que los otros "pretendientes" de Ana, lord James Butler y lord Henry Percy. 
Thomas Wyatt observando a Ana Bolena, escena de The Tudors

Pero Wyatt, en la época de su relación con Ana —poco antes de que él se marchara al extranjero—, ya estaba casado. Aunque se había separado de la esposa, aún no era una pareja elegible. Fuera cual fuese la intensidad del romance entre ambos, pertenecía a la tradición del amor cortesano, de poéticas declaraciones ardientes, no al mundo más material del mercado matrimonial. Un flirteo cortesano era también algo muy alejado de una pasión recíproca y más todavía de un asunto serio.  


Thomas Wyatt escribiendo desde la Torre de Londres

Una vez caída Ana Bolena, su reputación quedó en manos de todos. Se le hacían las acusaciones más groseras; la idea de una relación sexual con Wyatt tanto antes como durante su matrimonio resultaba demasiado atractiva para sus acusadores. Pero donde la poesía de Wyatt puede vincularse definitivamente con Ana Bolena, habla de amor pasado y de sufrimiento pasado, no de consumación. En 1532, por ejemplo, acompañando a Enrique VIII y Ana Bolena a Francia, Wyatt se refirió a sí mismo como si hubiera "escapado al fuego" que lo quemaba:
Y ahora sigo las brasas muertas
de Dover a Calais contra mi voluntad...

Un poema escrito más tarde en su vida (después de la muerte de Ana) a su nuevo amor "Phyllis" describía como él se "abstuvo" de "aquella que llevó a nuestro país a la turbulencia" y a la que llamaba "Morena":
La sincera alegría de Phyllis tiene el lugar
que tenía Morena: lo tiene y siempre lo tendrá.

En el poema más celebrado de Wyatt asociado con Ana Bolena —un soneto petrarquesco— él se aparta de la relación por temor a un augusto rival y advierte a los otros del inútil propósito: 

Quien quiera cazar, sé dónde hay una cierva,
Excepto para mí, ¡ay! Pues no volveré a cazar.
Tan frívolo trabajo me ha cansado tanto,

Que de todos los cazadores soy el que más lejos ha llegado tras la presa.
Aunque pudiese alcanzarla, de ningún modo mi agotado espíritu
Batiría a la cierva, ya que ella huiría
Desmayándome yo al seguirla. Por eso lo dejé y
Desde entonces intento atrapar el viento con una red.
A quien quiera cazarla puedo asegurarle
Que al igual que yo perderá su tiempo en vano.
Ya que grabado con diamantes en letras claras
Hay escrito, alrededor de su hermoso cuello,
“Noli me tangere”, pues del César soy,
Y difícil de capturar, aunque parezca mansa.


El poema narra la fascinación seguida de la retirada y es probable que así fuera la relación de Wyatt con Ana, con un flirteo intermedio para animar la vida en la corte. C.S Lewis ha descrito a Wyatt como "siempre enamorado de mujeres que le disgustan": la ingeniosa y provocativa Ana Bolena probablemente fuera una de ellas.



Bibliografia
Fraser, Antonia: Las Seis Esposas de Enrique VIII, Ediciones B, Barcelona, 2007.

lunes, 25 de febrero de 2013

La coronación de Ana Bolena

La procesión de Ana Bolena

La coronación de la reina Ana el 1 de junio de 1533, cuando estaba embarazada de casi seis meses, supuso su apoteosis. La coronación de una reina era un acto simbólico y solemne, con una significación que transcendía la del matrimonio con un rey (que en general, como se ha visto, se celebraba privadamente). No todas las reinas eran coronadas. Aquellas que eran «ungidas realmente» —una parte de la ceremonia de coronación— tenían conciencia de la santidad especial que eso confería. El día del juicio de Dunstable, la reina Catalina basó su rechazo a ser relegada a la condición de princesa viuda en el hecho de que había sido «una reina coronada y ungida». Al año siguiente, sir Tomás Moro tuvo el cuidado de aclarar que, a pesar de su creciente oposición a las políticas eclesiásticas del rey, aceptaba el matrimonio del rey con Ana Bolena como parte de la providencia de Dios, y ni «murmuraría ni disputaría al respecto», ya que «esa noble mujer» fue «ungidas realmente reina».
El momento de la coronación de la consorte variaba considerablemente. La reina Catalina, como princesa de España, había sido coronada junto con su esposo para señalar el esplendor de un nuevo reinado. Pero en general había un fuerte vínculo entre la ceremonia y los herederos. La visible fecundidad de la reina Ana «ella está ahora un poco grande con el hijo», admitió Cranmer al embajador inglés ante la corte del emperador— la convertía en una candidata apropiada para recibir la corona del consorte. Hall captó el sabor de esto cuando escribió en su Chronicle que alguna gente juzgaba que Dios quería ese nuevo matrimonio porque «la nueva reina pronto estuvo embarazada».
Según una anécdota, relatada por el egregio Chapuys, los dos Bolena, padre e hija, discutieron por el vestido de la reina. Por lo visto Ana había agregado una pieza de tela a su traje para dar cabida a su creciente barriga (la ropa de embarazada como tal no existía). Cuando su padre le dijo que quitara esa pieza y diera gracias a Dios por su estado, Ana, con su temperamento habitual, replicó que se hallaba en una situación mejor de cuanto él hubiera deseado que tuviera.

Para prepararse para la ceremonia, la reina Ana fue llevada primero de Greenwich a la Torre de Londres por agua, como era la costumbre. Era el 29 de mayo, el jueves anterior al domingo de Pentecostés. Ella iba «ataviada con rica tela dorada» y escoltada por cincuenta «grandes barcas, convenientemente arregladas», pertenecientes a los diversos sectores de la ciudad, que habían ido a saludarla. En consecuencia, Antonio de Guaras, autor de Spanish Chronicle —y testigo presencial—, describió cómo no se veía nada en seis kilómetros salvo «barcas y botes todos adornados con toldos y alfombrados, que daban gran placer de contemplar». En cada barca, según el posterior relato oficial iban «trovadores que producían una dulce armonía».
Cuando la reina Ana llegó a la Torre de Londres, el rey Enrique la recibió "con amoroso semblante en la puerta posterior, junto al agua" y la besó públicamente. Pasaron las dos noches siguientes juntos en la Torre. La antigua estructura había sido objeto de reparaciones importantes en los últimos tiempos, puestos en marcha por Thomas Cromwell en el verano de 1532. Fueron necesarias casi 3.000 toneladas de piedra en Caen, y se gastaron más de 3.500 libras con cuatrocientos trabajadores; se construyó tanto una nueva galería para la reina, entre la del rey y el extremo del guardarropa del rey, como techos y suelos de las habitaciones de la reina. El sábado, la nueva reina debía ser llevada en solemne y magnífica procesión a través de la ciudad de Londres a Westminster. 

Surgen complicaciones 
Ya había habido cierta controversia sobre los arreglos. Por ejemplo, la reina Ana había insistido en usar la barca real de su predecesora, desprovista de sus insignias y con las suyas propias, para su viaje por el río. Éste parece haber sido un gesto más personal de la nueva reina que la previa reclamación de las joyas de Catalina. De todos modos, el duque de Norfolk le comento a Chapuys que el incidente había enfadado mucho al rey Enrique, ya que había muchísimas otras barcas en el río adecuadas para ese fin; el chambelán de la nueva reina, lord Borough, recibió una reprimenda.  

Por supuesto, Norfolk, en su conversación con Chapuys, no estaba libre de prejuicios. Sumamente ansioso ante la perspectiva de la invasión de la invasión española, también deseaba asegurar a Chapuys, de paso, que él personalmente nunca había favorecido el matrimonio del rey con Ana Bolena, aún cuando fuera un matrimonio Howard. (Tampoco esto Norfolk presente en la coronación de su sobrina, ya que partió para Francia inmediatamente antes para ejercer como diplomático inglés en una reunión del Papa y del rey Francisco). Pero Chapuys estaba dispuesto a mostrarse filosófico sobre el tema, ya que después de todo había cuestiones más importantes: "Permita Dios que ella {la reina Ana} en adelante se sienta contenta de poseer la barca, las joyas y el esposo de la reina —escribió— sin pretender también...la vida de la reina y la princesa".



Hay pruebas, aparte de los informes de Chapuys o de De Guaras, ambos inevitablemente favorables a la reina Catalina, de que las celebraciones en la ciudad no fueron un éxito popular como se suponía que debían ser. Norfolk preguntó si había que invitar al clero de la ciudad, cuyo espíritu era crítico. Entonces era habitual que los dignatarios de la ciudad obsequiaran a la nueva reina con una suma sustancial; en esta ocasión los concejales fueron personalmente a reunir las contribuciones para evitar el rechazo. Con insólito tacto, los concejales dejaron fuera de las listas de los que pagaban un impuesto por el regalo a los comerciantes españoles, sin duda deseando evitar posibles discusiones desagradables que podían repercutir en la ciudad si llegaban a oídos del rey Enrique. Pero las iniciales H y A, combinadas de muchas maneras como una vez se habían visto las iniciales H y K, dieron pie a la sátira "!HA!¡HA!", se burlaban ciertos londinenses desleales. 
Nada de esto se escuchó, por supuesto, en la pompa de la procesión del sábado. La elegancia de la reina Ana combinaba lo virginal con lo deslumbrante. Su magnífico pelo negro caía sobre su espalda como el de una novia, y llevaba algunas flores en la mano. Su traje de brocado carmesí estaba cuajado de piedras preciosas, mientras que alrededor del cuello lucía "una sarta de perlas más grandes que garbanzos", según De Guaras, y una gran joya "formada por diamantes evidentemente de gran valor". Un manto de terciopelo púrpura remataba el conjunto, mientras que sus damas iban también "ricamente vestidas de carmesí con armiños". 

Las alabanzas a la nueva reina


Apolo y las Musas, de Hans Holbein

La reina Ana iba sentada en una litera, con un dosel sobre la cabeza sostenido por los barones de las Cinque Ports, a la cabeza de una larga procesión de nobles y asistentes. Un largo panegírico en latín había sido escrito para Ana por el celebrado gramático Robert Whittington en Año Nuevo mientras ella aún no era más que "la más ilustre y bella heroína lady Ana, marqués de Pembroke". Whittington había hecho una serie de comparaciones con el mundo clásico:

¡Salve, Ana!, joya que brilla muy graciosamente,
este año será dichoso y favorable para vos.
Veréis años, meses y días tan felices como
los que vio Livia, la consorte de César.

Y Whittington ordenaba a los poetas que no siguieran alabando a Penélope o ni siquiera a Helena, ya que esa heroína superaba a ambas. Ahora que era reina, se añadió la figura cristiana de santa Ana, madre de la Virgen María, un claro prototipo, como lo había sido santa Catalina martirizada con su rueda para Catalina de Aragón. 


Varios niños recitaban los versos; cabe esperar que su encanto infantil disimulara la banalidad del texto. Los versos habían sido compuestos por John Leland y Nicholas Udall. Leland era un distinguido anticuario y Udall (un temprano luterano que había estado implicado en el asunto de la venta de libros heréticos en Oxford en 1528) se convertiría en el director del Eton College al año siguiente y luego en director de Westminster School; también escribió la más antigua comedia inglesa conocida, Ralph Roister Doister. De modo que diremos amablemente que esos versos no constituían su mejor logro. 
El primer niño comparaba debidamente a la reina con santa Ana, antepasada de Cristo, y luego pasaba a esperar "tal cuestión y descendencia" en "breve espacio". El segundo niño saludaba la llegada del halcón blanco (el sello de los Butler, condes de Ormonde, heredado por Thomas Bolena y, en el caso de Ana, coronado) seguido por un ángel, portando una "corona imperial" del cielo. Tampoco se olvidaba la celebrada virtud de la reina Ana:
Este gentil pájaro
tan blanco como la cuajada...
En castidad
sobresale

En la Cruz de Cheapside ("recién dorada" para la ocasión), la reina Ana recibió "el libro obsequio de honor" de la ciudad: 1.000 marcos en monedas de oro. Según la versión oficial, la reina dio entonces "muchas gracias con su corazón y su mente". (Pero para el español De Guaras, su conducta fue poco elegante; una verdadera reina hubiese sabido que debía entregar la bolsa a sus alabarderos y lacayos, pero esa dama, como era "una persona de posición baja", la conservo")

El Juicio de París

En Little Conduit, en Cheapside, otra representación mostraba el Juicio de París  versión del siglo XVI, con la reina Ana, no Venus, recibiendo la manzana dorada. La siguiente representación, en Paul´s Gate, fue la crucial, ya que se centraba en el futuro de la reina, y de la nación. Vírgenes "costosamente ataviadas" de blanco, damas con tabletas de plata y oro en las manos, se turnaban para exclamar mensajes en latín cuyo tema general era: "¡Reina Ana, prospera!, procede y reina." Bajo los pies de las mujeres había un largo rollo sobre el cual estaba escrito, también en latín, el verdadero motivo de todo el ceremonial: "¡Reina Ana, cuando des un nuevo hijo varón de sangre del rey, habrá un nuevo mundo dorado para tu pueblo!"

No sorprende que la reina, confiada en que produciría ese mundo de oro en unos pocos meses, exclamara "Amén" sobre "una gran plataforma" que le habían recitado otros "versos de poeta". Fuera cual fuese la calidad de los versos, ella había presenciado todo aquello que le había proporcionado placer durante la larga procesión de la Torre de Westminster, mientras volvía la cara "de izquiera a derecha" a la manera tradicional de la realeza, entonces y ahora. 
En las aceras se hallaba la gente (se dio orden de mantener los caballos apartados para que la multitud no fuera pisoteada) y desde galerías y ventanas observaban las personas más importantes. Es cierto que el agorero español comentaba la escasez de los gritos leales: pocas eran las exclamaciones de "¡Dios os salve!", que había sido la expresión habitual del pueblo cuando pasaba "la reina santa" (Catalina). Hubo otra historia acerca de que el rey Enrique tomó a su esposa en brazos al final del desfile y le pregunto "si le gustaba el aspecto de la ciudad". A lo cual la reina Ana replicó secamente que le agradaba mucho el aspecto de la ciudad, "pero he visto muchas gorras sobre las cabezas y unas cuantas lenguas". Pero después de todo, para ella, esos reveses menores eran insignificantes comparados con el momento de gloria que se avecinaba. 

La coronación 


Escena de coronación de Ana Bolena, The Tudors

A las ocho en punto de la mañana siguiente, la reina Ana Bolena, acompañada de damas nobles "en sus mantos estatales" acudieron a la abadía de Westminster. Ahí ella recibió "su corona" de acuerdo a la crónica oficial "con todas las ceremonias de ello, como corresponde" del arzobispo de Canterbury, Thomas Cranmer. Muy pocos de esos nobles habían jurado lealtad a la reina anterior: el duque de Norfolk, como se ha dicho, estaba convenientemente ausente por asuntos del rey, pero el duque de Suffolk, siempre devoto al rey, actuó como Alto Condestable y Mayordomo del banquete que siguió a la coronación en Westminster Hall (cuando la cañería que de allí provenía dio vino para el pueblo).
El primo hermano del rey, el marqués de Exeter, no asistió, pero en cualquier caso había sido excluido recientemente de la corte por dar su apoyo a la reina Catalina; su esposa Gertrude, la hija del chambelán de Catalina y su dama española Inés de Benegas, era una de las amigas más intimas de Catalina. "Grandes justas" siguieron al otro día; todo era como solía ser (salvo que el rey no participó de los torneos). 


Banquete de coronación de Ana Bolena

Enrique VIII, mientras observaba el desarrollo del banquete desde una galería en Westminster Hall (los monarcas tradicionalmente no asistían a las ceremonias y celebraciones de coronación de sus consortes, si se realizaban en forma separada de la propia), podía sentirse satisfecho.


Bibliografia

Fraser, Antonia: Las Seis Esposas de Enrique VIII, Ediciones B, Barcelona, 2007.

sábado, 9 de febrero de 2013

La educación de Ana Bolena

Miniatura de Ana Bolena atribuida a John Hoskins. 

Orígenes
Sus orígenes familiares están divididos a la opinión. Sus partidarios elogiaron su ascendencia, mientras que sus oponentes se burlaron de ella como una advenediza. En realidad, era el producto de una mezcla social característicamente inglesa. 
Por parte de su padre, Ana descendía de una línea de comerciantes. 

Su bisabuelo, Geoffrey Bolena, fue el fundador de la fortuna de la familia. Era un mercero en Londres, quien se desempeñó como alcalde en 1457-8 y recibió el título de caballero. Compró dos asentamientos para la familia, Blickling en Norfolk y Hever en Kent. Murió en 1463. Sir William, el abuelo de Ana, era el segundo hijo de Geoffrey y heredero eventual. A diferencia de su padre aspirante, se contentaba con la vida de un caballero próspero. Pero el hijo mayor de William, Tomas, padre de Ana, adquirió el gusto por la política y se unió al servicio del rey, donde ascendió rápidamente.

Blickling Hall, en Norfolk

Castillo de Hever en Kent

Todos los hombres Bolena se habían casado bien, estableciéndose con familias nobles.  Y, con cada generación sucesiva, el rango de sus esposas fue superior: Geoffrey se caso con la hija de un barón, William se caso con la hija y co-heredera de Thomas Butler, conde de Ormonde y Lord Chambelan de Catalina de Aragón, y Tomas obtuvo el mejor partido de todos, ya que su esposa Isabel, era hija del segundo duque de Norfolk y hermana del tercero. 

La "sangre real pura", que naturalmente enfatizaban los partidarios de Ana para eliminar el tinte de los paños, derivaba de su madre. Lady Elizabeth Howard descendía del rey Eduardo I y su segunda esposa, Margarita de Francia, cuyo hijo Thomas de Brotherton había sido nombrado conde de Norfolk. 

Educación

Tomas Bolena

Tomas e Isabel se casaron en 1500 y tuvieron a sus tres hijos sobrevivientes en rápida sucesión. La mayor, María, era una chica plácida y sin complicaciones. Pero ella era muy atractiva para los hombres. Ana y su hermano Jorge, el benjamín de la familia, eran diferentes. Eran inteligentes, ambiciosos y vinculados por un afecto mutuo. Su padre reconoció su talento e hizo lo mejor que pudo para nutrirlo.

Países Bajos


La archiduquesa Margarita 

Curiosamente, la educación de Ana está mucho mejor documentada que la de su hermano. Su educación comenzó en la casa de la archiduquesa Margarita, hija del emperador Maximiliano. En su juventud se había casado tres veces en rápida sucesión: con Carlos VIII de Francia, quien la repudió, con el hermano de Catalina de Aragón, Juan, que murió prematuramente, y con el duque de Saboya, que también murió joven. Al haberse quedado viuda de su tercer marido a la edad de veinticuatro años, regresó a su país natal, Países Bajos, donde dos años más tarde se convirtió en regente de el futuro Carlos V, que era su sobrino a través de su padre, Felipe el Hermoso, y sobrino de Catalina de Aragón por parte de madre, Juana la Loca. También supervisó la educación de Carlos y sus hermanas Leonor, Isabel y María.


El príncipe Carlos, futuro emperador del Sacro Imperio Romano

Era una tarea para la que Margarita estaba bien preparada, tanto emocional como intelectualmente. A pesar de sus tres matrimonios, no tenía hijos propios que la distrajeran  y ella era políglota, una poeta competente en latín y en francés, una importante mecenas de Malinas. Gran parte del palacio sigue en pie, y, con su ladrillos brillantes estampados y largas galerías sobre columnas de piedra y arcos de estilo clásico. Por último, la Archiduquesa era hábilmente política y de carácter formidable.


El palacio de Malinas

El resultado fue que su corte se ​​convirtió en algo así como una escuela internacional, donde la élite de tres o cuatro países compitieron para conseguir un puesto a sus hijos e hijas en la corte de Margarita. Allí, sus padres pueden estar seguros, sus descendientes no sólo sería bien educados y formados sino también junto a Carlos, que era el futuro gobernante de la mitad de Europa, y sus hermanas, que serían las reinas de Portugal, Dinamarca y Hungría. 
Tomas Bolena encuentra en la corte de Margarita un puesto como embajador inglés en los Países Bajos en 1512-13. Él provoco una buena impresión así como el mismo quedo impresionado. Cuando tuvo audiencia con la archiduquesa, la encontró rodeada de damas de honor que incluía nativas de Francia, España e Inglaterra, así como de los Países Bajos. Bolena, y siempre con buen ojo para la oportunidad principal, decidió que su inteligente hija debería unirse a su número.
La segunda hija de Bolena fue muy bien recibida. Ana recibió una la instrucción formal en francés por Symonnet, un tutor en casa de la archiduquesa. Comenzó sus lecciones, escribiendo las letras que él había compuesto para que ella las copiara. Luego, en la etapa siguiente, se trasladó a ejercicios de dictado que sobreviven, en la forma de una carta enviada a su padre. Fue escrita en La Vure, y see estima que fue redactada en el verano de 1514. La Vure, ahora sabemos por su nombre flamenco de Terveuren, fue el castillo situado en un parque de setecientos acres en las afueras de Bruselas, que Margarita utilizaba como residencia de verano para ella y sus jóvenes pupilos.
Ana comienza dando las gracias a su padre por su carta en la que exponía sus esperanzas para su hija.
"Señor, entiendo por su carta que deseáis que me presente en la corte convertida en una dama respetable y que la reina también se sienta complacida en conversar conmigo. Eso me alegra mucho cuando pienso que platicaré con una mujer tan inteligente y virtuosa como ella; por lo tanto, me estimula todavía más continuar hablando y escribiendo en francés, especialmente porque vós me lo habéis dicho y me habéis aconsejado que pusiera mucho esfuerzo de mi parte en ese cometido. Señor, le ruego que me perdone si esta misiva está mal escrita: le puedo asegurar que la ortografía procede enteramente de mi cabeza, mientras que las otras cartas era resultado únicamente de mis manos; y Semmonet me dijo que me dejaba redactarla por mi cuenta y que nadie más sabría lo que le estoy escribiendo. "[....]


Carta de Ana Bolena dirigida a su padre.


Pero, gracias a la enseñanza de Symonnet y al estímulo de la archiduquesa, Ana logro rápidos progresos. Es obvio que Ana prosperó, exactamente como había esperado sir Tomas, ya que en una carta sin fecha de la archiduquesa Margarita al padre le canta sus alabanzas: «La encuentro tan presentable y tan grata, considerando su joven edad, que os estoy muy agradecida de que me la hayáis enviado...» En mayo del año siguiente, la archiduquesa anunció su intención de pasar el verano una vez más en La Vure. Luego, en agosto, llegó una importante noticia.

Los tratados anglo-franceses se proclamaron el 10 de agosto de 1514. Cuatro días más tarde, Tomas Bolena escribió a Margarita para informarle de la celebración del matrimonio de María Tudor, la hermana de Enrique VIII con el rey francés Luis XII y le dijo que María había pedido específicamente por su hija, "la petite Boulain", como una de sus asistentes. 

Bolena rogó a la archiduquesa estar complacida con la noticia. Ella ciertamente no lo estaba. 



Francia
Matrimonio de María Tudor con Luis XII


Ana fue enviada al país galo, junto a su hermana María, como dama de honor de María Tudor, quien se había convertido en reina de Francia al casarse con el rey Luis XII. A la muerte de éste, sucedida unos meses después del enlace, le sucedió Francisco I, y Ana permaneció en la corte como dama de honor, esta vez de Claudia de Francia, la esposa de Francisco. Allí conocería y trabaría amistad con la hermana del rey, la célebre Margarita de Angulema, de quien se dice ilustró a Ana en los caminos de la religión reformada, así como de la literatura, la poesía y el humanismo. Sin embargo, lo más importante que Ana aprendería en Francia sería otra cosa. Durante su estancia en la corte gala, Ana aprendería y dominaría completamente las artes de la etiqueta, el encanto y la pericia que tan célebre la harían posteriormente en su país natal. La joven inglesa adoptó como propios los comportamientos y modas franceses, considerados entonces como el epítome de la sofisticación y la elegancia.


Margarita de Angulema, hermana de Francisco I


La reina Claudia, en contraste con la archiduquesa Margarita, tenía poco que enseñar a Ana. Era casi de la misma edad que Ana (si nos basamos en la teoría de que Ana nació en 1501). Ella no tenía ninguna influencia sobre su marido, Francisco I, quien se dedicó a su madre, la dominante Luisa de Saboya. Claudia sufría una leve deformidad, era piadosa y estaba constantemente embarazada. 


La reina Claudia de Francia

Francisco I de Francia


Las lecciones que aprendió Ana en Francia eran más agradables. La corte de Francisco I era el centro de una avanzada y brillante cultura, de estilo italiano. Y el rey de Francia fue el caballero perfecto para todas las mujeres, excepto para su esposa.

Ana prosperó en este ambiente de cultivo con estilo. Años más tarde, sus logros fueron recordados todavía en sus habilidades musicales, el aprendizaje "cantar y bailar ... {y} para tocar el laúd y otros instrumentos».
Pero el instrumento en el que se convirtió en la más adepta era ella misma. "Ella era hermosa, tenía una figura elegante y unos ojos que eran aún más atractivos"

Regreso a Inglaterra


Miniatura de Ana Bolena


En 1521, ante la amenaza de guerra entre Inglaterra y Francia, Ana regresó a su país natal, donde debía casarse con su primo irlandés, James Butler, para solucionar una disputa sobre la posesión del condado de Ormonde. Por razones que se desconocen, las negociaciones del matrimonio entre James y Ana quedaron en punto muerto, y él terminaría casándose con lady Joan Fitzgerald. Tras este fracaso, Ana se integró en la corte inglesa; su primera aparición en escena está datada el 4 de marzo de 1522, cuando participó en un espectáculo en honor de los embajadores imperiales junto a otras damas (entre las que se encontraba la hermana del rey, María), y donde interpretó a la Perseverancia.
Ana Bolena aprendió el arte de agradar en la corte, pero era el arte de agradar con su ingenio y sus dotes: conversación sofisticada, comentarios interesantes, alusiones coquetas, ésas eran sus armas; tal vez hacia promesas corteses, pero no era cuestión de cumplirlas. Cuando Ana Bolena regreso a Inglaterra, pudo hacerlo como "una mujer de reputación honesta"; ningún comentario enturbiaba su nombre.
Nos damos cuenta como la educación de Ana Bolena en las cortes de Francia y Países Bajos influyo en su futura vida como reina de Inglaterra. Adquirió un exquisito gusto por el arte, posiblemente como parte del legado que le transmitió Margarita. O su apego a las sofisticadas vestimentas y maneras francesas marcarían el estilo de su corte como reina. La archiduquesa Margarita era partidaria del amor cortes, una actitud que adopto Ana años después. 

Bibliografia 

Starkey, David: Six Wives, Harper, New York, 2004. 

Fraser, Antonia: Las Seis Esposas de Enrique VIII, Ediciones B, Barcelona, 2007.


Historia en femenino

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