lunes, 24 de junio de 2013

Catalina Parr (Parte 3 y última)

Catalina acude al rey
Luego, en el último momento, todo volvió a la confusión. El rey le confió a su médico, Thomas Wendy, uno de sus servidores preferidos, lo que iba a ocurrir. Un consejero anónimo dejó caer una copia de los cargos en el pasillo de la cámara de la reina. Cualesquiera que fuesen las intenciones del rey en ese punto, no hay ninguna duda de que la reina se sintió devastada por la revelación de lo que la aguardaba: no sorprende en una mujer casada con un hombre que había demostrado varias veces su capacidad para castigar a sus esposas recalcitrantes. Pero Catalina no se dejó llevar por el pánico. Escogió la salida que tenía abierta como mujer: la humillación combinada con el reconocimiento de la debilidad de su sexo.

Enrique y Catalina

La reina se apresuró a ver al rey. Lo encontró con ánimo como para iniciar un debate sobre religión. Fue una dura prueba. La reina Catalina no improvisó. Según el relato de Foxe, declinó tomar parte y en cambio contestó "que las mujeres por su primera creación fueron sometidas a los hombres". Agregó: "Al estar hechos según la imagen de Dios, como las mujeres son según la imagen de ellos, los hombres debieran instruir a sus esposas, que debieran aprenderlo todo de ellos". Ella misma tenía una razón adicional para desear "ser instruida por Su Majestad, que era un príncipe de tan excelente erudición y sabiduría". Los fantasmas susurrantes de Catalina de Aragón, Ana Bolena y Jane Seymour sin duda habrían aconsejado esa alusión oportuna a la pericia teológica de la que el rey se enorgullecía. 

La batalla aún no estaba ganada. "No así en el caso de santa María", replicó el rey: "Vos os habéis convertido en una doctora [de la Iglesia] capaz de instruirnos y no estáis para ser instruida por nosotros". Pero la reina dio una inspirada explicación a esa aguda referencia a sus pasados discursos acalorados. Parecía que el rey "había malinterpretado mucho la libertad que ella se había tomado de discutir con él". Sólo lo había hecho para distraerlo de su dolor, y por supuesto para aprovechar la oportunidad de aprender de él, lo que mucho la había beneficiado. 
"¿Y así? —preguntó el rey—. Entonces, Catalina, somos amigos nuevamente". Abrazó afectuosamente a su esposa y le dio "muy tiernas seguridades de constante amor".

Al día siguiente, cuando el lord canciller Wriothesley fue con cuarenta guardias a arrestar a la reina, se encontró con un estallido de temperamento real y gritos de "¡Bribón! ¡Tonto! ¡Bestia!". La reina Catalina volvía a respirar. Más que eso, su posición se vio fortalecida por el fracaso del ataque.

La muerte de Enrique VIII
Hacia el 10 de diciembre el rey Enrique volvió a caer gravemente enfermo. El Consejo Privado no admitió públicamente la gravedad de la situación. Wotton, por ejemplo, embajador en Francia, recibió cuidadosas instrucciones para restarle importancia a la enfermedad. La realidad era otra. El rey estaba moribundo: se moría lentamente. Ninguno de los ambiciosos cortesanos que lo rodeaban, con sus ojos agudos puestos en el futuro, tenían dudas de que sus días estuvieran contados. 

Enrique VIII

En Navidad, la reina Catalina, lady María y lady Isabel serían enviadas a celebrar las fiestas en Greenwich mientras que el rey Enrique se quedó en Londres. La reina partió el día de Nochebuena. Nunca volvió a ver a su esposo. El grupo real volvió a Londres el 10 de enero y el rey aún pudo recibir a embajadores seis días más tarde, pero no mandó a llamar a su esposa. 

El rey Enrique VIII murió en las primeras horas de la mañana del 28 de enero de 1547. Tenía cincuenta y cinco años y había reinado durante casi treinta y ocho. La reina Catalina observó cómo el cuerpo de su esposo era bajado por dieciséis gigantes a la tumba de su tercera esposa desde el llamado gabinete de la reina. 

Su pesar sin duda era sincero. No obstante, puede compararse con el de la madre de Hamlet después de la muerte del padre de éste, un acontecimiento que pronto aprendió a considerar filosóficamente con la consoladora reflexión: "Todo lo que vive debe morir, pasando a través de la naturaleza a la eternidad". Porque como la reina Gertrude, la reina Catalina, una mujer que creía ser "obediente a los esposos", pronto tendría otro. 

Reina viuda
El 7 de febrero de 1547, el nuevo rey Eduardo VI le escribió una nota de condolencia en latín a su "muy queridísima madre".
La admirable Catalina Parr era la reina viuda de Inglaterra, pero hasta que se casara su hijastro Eduardo —a pesar de todas las negociaciones del padre, no era una perspectiva inmediata para un muchacho de nueve años— seguía siendo la primera dama del país. Esa precedencia sobre todas las otras, incluidas las hijas del rey, le había sido concedida explícitamente a la reina por ley. 

Thomas Seymour

Thomas Seymour se acercaba a los cuarenta y era unos cuatro años mayor que la reina. Dotado de encanto e inteligencia, tenía además un buen físico. Para el 17 de mayo, menos de cuatro meses después de la muerte del rey, Thomas Seymour podía describirse a sí mismo al final de una carta dirigida a Catalina como "aquel a quien habéis obligado a honrar, amar y en todas las cosas obedecer" y en otra como "aquel que es vuestro amoroso y fiel esposo durante su vida, T. Seymour".
Ésas son referencias obvias a un matrimonio ya contraído o que se contraería muy pronto. La fecha de la boda de Seymour con Catalina no se sabe con exactitud: es probable que a fines de mayo.

Si no sabemos la fecha precisa de la boda, conocemos algunos detalles del cortejo. Tuvo lugar, muy románticamente, a la luz de las estrellas, en los jardines de la mansión de Chelsea de la reina, junto al río. No es que Thomas y Catalina fueran excepcionalmente resistentes a la temperatura promedio de una primavera inglesa; la falta de privacidad doméstica en el siglo XVI hacía del jardín a menudo un sitio conveniente para esas reuniones clandestinas. 

Seymour le escribió, pidiéndole que lo ayudara en su causa. Recibió una respuesta sumamente fría. El 4 de junio, María describió la alianza propuesta como "extraña noticia". Declinó por completo ser "una intermediara en este asunto" considerando, escribió enfáticamente, "de quien fue esposa Su Alteza últimamente".

Anne Stanhope, ex condesa de Hertford, ahora duquesa de Somerset, había necesitado la protección de Catalina Parr durante el reinado del rey Enrique. Lamentablemente, la duquesa tenía una naturaleza imperiosa y los recuerdos de la inferioridad previa le resultaban intolerables. 
Ahora competía abiertamente por la precedencia con la reina Catalina sobre la base de que como esposa del protector ella era la primera dama de Inglaterra. No había absolutamente ninguna justificación para eso. No sólo se había concedido explícitamente que tanto lady María como Isabel e incluso Ana de Cleves tenían el derecho de seguirla antes que la duquesa de Somerset.

Y luego sucedió algo extraordinario. La reina Catalina, a la edad de treinta y cinco años, concibió a su primer hijo.

El asunto entre Seymour e Isabel Tudor
Tras la muerte de Enrique VIII, lady Isabel estaba bajo el ala de la reina viuda. Uno de aquellos que ya apreciaban su atractivo era el esposo de su madrastra, Thomas Seymour. Bullicioso por naturaleza, consciente del efecto de sus encantos sobre las mujeres, pudo haberle parecido natural a Seymour dedicarse a los juegos sexuales con la joven protegida de su esposa. 

Isabel Tudor

En Pentecostés de 1548 (mediados de mayo), cuando estalló la crisis, la reina Catalina estaba embarazada de casi seis meses; dada su condición, a Seymour pudo haberle parecido natural buscar diversión en otra parte. Pero si ésos eran los instintos naturales de Seymour, su razón debió haberlo contenido, la razón de un hombre con mucha experiencia en la corte, familiarizado con los dorados pasillos del poder Tudor. Para un soltero era bastante peligroso acercarse de esa manera a la segunda heredera en orden de sucesión al trono; para un casado no sólo era peligroso sino también un escándalo. 

Pero Seymour tomó la costumbre de entrar en el dormitorio de la muchacha antes de que ella estuviera vestida por completo. Le daba unos golpecitos "en la espalda o en las nalgas familiarmente", le robaba besos e incluso se guardaba la llave de la habitación para que ella no pudiera escapar. Luego él mismo se presentaba con las piernas desnudas y vestido sólo con un corto camisón (bata). La servidora de Isabel, Katherine Ashley, contaba que el lord almirante descorría las cortinas de la cama de Isabel para saludarla de mañana mientras la muchacha se retraía (en actitud de modestia, de éxtasis, o una combinación de ambas, Isabel nunca lo reveló). En una ocasión, en Hanworth, participó Catalina con la "alegría y el buen pasatiempo" por los que había sido conocida durante su matrimonio con el rey Enrique: sostuvo a la muchacha mientras Seymour cortaba su traje negro en cien pedazos.  
Fue Catalina la que finalmente decidió que ya era suficiente y despidió a la muchacha. Isabel se marchó a Cheshunt, donde fue puesta al cuidado de sir Anthony Denny. Katherine Ashley dio como razón la angustia de la reina al encontrar a Isabel en brazos de Seymour, pero después retiró la historia. Dado que Catalina e Isabel siguieron luego en términos afectuosos, probablemente la reina obró tanto en interés de la reputación de su hijastra como por celos. 

Muerte

Catalina Parr

El temor a la peste llevó a la reina Catalina de Chelsea a su finca de Hanworth en junio de 1547. Desde allí intercambio cartas alegres sobre el tema de su avanzado embarazo con su esposo. Más tarde, ese mismo mes, la reina se retiró al castillo de Sudeley, en Gloucestershire, donde pensaba dar a luz; iba con ella lady Jane Grey.
Muchos de los arreglos de la propia reina fueron complicados preparativos para la sala de los niños. Ese niño recibiría algún día una sustancial herencia, tanto del padre como de la madre; también sería primo hermano del rey por parte de padre, ya que Thomas Seymour había sido el hermano de la reina Jane.

El 30 de agosto, Catalina se puso de parto. Nació una niña. Le pusieron Mary por la hijastra de la reina, aunque fue lady Jane Grey, presente en Sudeley, la que ofició como madrina. El 1 de septiembre, Seymour recibió una amable comunicación de su hermano que se manifestaba contento de que "la reina, vuestra compañera de cama" haya tenido "una feliz hora", y escapando de todo peligro (después de todo, ya no era joven y ése era su primer parto) había hecho padre a Seymour de "tan bonita niña". Pero cuando llegó esa carta, la reina Catalina había caído, como Jane Seymour antes que ella, gravemente enferma de fiebre puerperal.

En su delirio, Catalina adoptó una dolorosa (pero no infrecuente) actitud paranoica con su esposo y otros que la rodeaban. Catalina acusaba a la gente que la rodeaba de estar "riendo de mi pesar". "No estoy bien atendida" gritaba. Ese angustioso episodio permitió que se efectuaran luego esas acusaciones de envenenamiento contra Seymour. Pero la acusación no tenía fundamento: afortunadamente para Seymour, la conducta de la propia reina la desmintió.
Porque cuando la reina empezó a hundirse hacia la muerte, desapareció su fiebre. Dictó testamento con calma, revelando la misma actitud de confianza y lealtad hacia Seymour, no sólo su esposo sino el gran amor de su vida.

Murió el 5 de septiembre, seis días después del nacimiento de su hija. Catalina Parr tenía treinta y seis años. Había sido la consorte de Enrique VIII durante tres años y medio y había estado casada con Thomas Seympur, su cuarto esposo, quince meses.

Tumba de Catalina Parr

Lady Jane Grey actuó como deudo principal en el funeral de la reina. Después el cuerpo fue sepultado en la iglesia de St Mary, contigua al castillo de Sudeley. Según la costumbre, Seymour, el viudo, no estuvo presente. Miles Coverdale, el limosnero de la reina en Sudeley, predicó el sermón en las exequias. Destacó el punto, de suma importancia para los protestantes de que el ofrecimiento tradicional de limosnas no era para "beneficiar a los muertos" (es decir, para pagar las misas por el alma en el purgatorio) "sino sólo para los pobres". Además, las velas del funeral, "puestas alrededor del cadaver", eran para el "honor de la persona y para ningún otro intento o propósito". Catalina Parr, la verdadera reina protestante, lo hubiese aprobado. 


Bibliografia                                                                                                      Fraser, Antonia: Las Seis Esposas de Enrique VIII, Ediciones B, Barcelona, 2007.


Y aquí termino con los artículos acerca de la última consorte de Enrique VIII, la admirable Catalina Parr. Lo más triste de la sexta esposa es que cuando por fin pudo casarse por amor, su felicidad fue muy breve. Un saludo a todos y felices vacaciones (por fin termine la secundaria) 

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