viernes, 7 de junio de 2013

Catalina Parr (Parte 1)



Orígenes 
Catalina Parr era la hija mayor de sir Thomas Parr de Kendal y Maud Greene, una heredera de Northamptonshire. 1512 es el año más probable de su nacimiento; su hermano William nació el 14 de agosto de 1513 y su hermana Anne en 1514. Los Parr eran una distinguida familia originaria del norte, aunque había vivido principalmente en el sur desde fines del siglo XV. Al abuelo de Catalina, sir William Parr de Kendal, se le había permitido casarse con la gran heredera Elizabeth FitzHugh, hija de lord Henry FitzHugh y Alice Neville, con tierras de Yorkshire y Northumberland, como recompensa por sus servicios a Eduardo IV. A su muerte, la viuda volvió a casarse, esta vez con Nicholas Vaux, de Harrowden Hill, y llevó a su familia al sur. 


Castillo de Kendal

No obstante, la existencia de propiedades en el norte y el castillo de Kendal, en Westmoreland, que los Parr varones visitaban de vez en cuando, mantenía la conexión. Sería correcto, entonces, considerar a Catalina como poseedora de sangre del norte, aunque no hubiese sido criada allí.

A su abuela Elizabeth FitzHugh debía Catalina su remota pero genuina ascendencia real. Catalina Parr, como el padre del rey, podía remontar sus orígenes hasta Juan de Gante, cuarto hijo de Eduardo III y, como Enrique VII, descendía de un Beaufort, vástago de su unión levemente dudosa con Katherine Swynford. Este parentesco Beaufort significaba que sir Thomas Parr y Enrique VIII eran primos en cuarto grado y Catalina Parr prima cuarta del rey con una generación de diferencia. 

Primeros años
Sir Thomas Parr —nombrado caballero en la coronación del rey Enrique VIII— era un compañero de armas del joven rey y, como sir Thomas Boleyn y sir John Seymour antes que él, estuvo presente en el Campo de las Espuelas en Francia, en 1513. Lady Maud Parr había sido dama de Catalina de Aragón: es posible que su primera hija llevara el nombre de su señora y que la reina Catalina hubiera sido madrina de Catalina Parr. En todo caso, Maud Parr había sido leal de por vida con la primera reina Catalina. Entonces, lo que parecían dos prometedoras carreras en la corte se vieron truncadas por la muerte de sir Thomas Parr en 1517. Maud Parr se quedó con tres hijos jóvenes, de cuyas perspectivas en la vida hizo su principal preocupación, hasta el punto de no volver a casarse. 

Dada la temprana edad de Catalina a la muerte de su padre, es muy probable que fuese criada principalmente en Northamptonshire con sus parientes. Luego demostraría una gran devoción por su tío, otro sir William Parr, posteriormente nombrado lord Parr de Horton, y su hija, otra Maud, luego lady Lane por matrimonio. 

Educación
Según una teoría optimista, Catalina Parr se educó con María, hija de Catalina de Aragón, posiblemente con el gran Vives, y hablaba en latín "fluido" desde niña. Por una parte, la diferencia de edad entre ella y María —cuatro años— hace que eso sea extraordinariamente improbable (no hay ninguna referencia a Catalina Parr en los detallados relatos de la juventud de la entonces princesa María). Por otra parte, la historia posterior de la propia Catalina Parr demuestra que de ningún modo hablaba con fluidez en latín en 1543, cuando el rey empezó a mirarla con buenos ojos.

En una fecha tan tardía como 1546, el príncipe Eduardo, un escolar de nueve años le envió una carta a Catalina Parr en la que aprobaba solemnemente sus esfuerzos en esa dirección y "su progreso en el idioma latín". La única carta en latín de Catalina que se conserva no es de su puño y letra.

Por tanto, Catalina Parr era más como Isabel de Castilla —que valientemente aprendió latín en su adultez— que como Catalina de Aragón, cabalmente instruida de niña siguiendo órdenes específicas de la madre, que había carecido de tal instrucción. Catalina Parr se mostraría por cierto en la edad adulta como una persona con un amor profundo y genuino por el saber: lo valoraba entre sus íntimos tales como Katherine duquesa de Suffolk y miembros de su casa como lady Jane Grey, conocida desde una edad temprana por sus gustos intelectuales. El hecho de que la reina Catalina Parr  tuviera el deseo de perfeccionarse, ya que no había recibido la educación excepcional de una princesa, la hace en realidad más admirable e interesante. 

Matrimonios
No fue del todo sorprendente que Catalina Parr demostrara ser una mujer notable. Tenía a una madre notable en Maud Parr. Lord Dacre, que la ayudaba en sus proyectos matrimoniales, se refería a "la sabiduría de dicha lady [Parr] y el buen linaje de los Green de los que ella procede", así como "del sabio linaje de los Parr de Kendal, a los que buscan los padres cuando casan a sus hijos, ya que tratan de casarse con la sabiduría de esa sangre". Primero, Maud Parr luchó para casar a Catalina con el nieto de lord Dacre, heredero de lord Scrope de Bolton, en 1523 (cuando Catalina aún no tenía doce años).
Fracasó, a pesar de toda la sabiduría de su propio linaje y el de los Parr, porque no podía ofrecer una dote suficiente para Catalina y lograr al mismo tiempo un matrimonio para William, su único hijo, con Anne Bourchier, una Plantagenet, única hija y heredera del último Bourchier, conde de Essex.


William Parr

No disponía de grandes sumas para repartir en ambas direcciones. En 1527, Maud Parr se aseguró el brillante matrimonio de su hijo, pero tuvo que buscar otro marido para su hija. Finalmente, Catalina Parr se casó a la edad de diecisiete años, en 1529. Dos años más tarde Maud Parr murió, dejándole a la hija una cadena con una imagen de san Gregorio, y a su familia, esperaba, completamente establecida, ya que su hija menor, Anne Parr estaba destinada a un lugar en la corte.


Anne Parr

Hay otro mito acerca de Catalina Parr, según el cual ya había estado casada con dos hombres viejos y enfermizos antes de 1543, el primero de ellos en realidad insano. De hecho, el primer marido fue un hombre joven, probablemente no mucho mayor que ella, y por cierto nada insano aunque su salud no era buena: Edward Borough, hijo de Thomas, lord Borough, chambelán de la reina Ana Bolena. Edward Borough murió en 1532, al año siguiente de la muerte de Maud Parr. Catalina era ahora una viuda de veinte años sin hijos, con discretos bienes derivados de las propiedades en Kent: su hermano había pasado a formar parte de la casa Essex de su suegro. El destino de Catalina podía ser otro que un nuevo matrimonio. 

Esta vez su esposo fue de hecho un hombre mayor. John Neville, lord Latimer, de Snape Castle, en Yorkshire, era un grande del norte que ya había enviudado dos veces, con un hijo, también llamado John, y una hija, Margaret. Lord Latimer tenía alrededor de cuarenta años, sólo dos menos que el rey. Ese matrimonio Latimer, que acabó en 1533, en la época de la coronación de Ana Bolena, marcó el verdadero comienzo del ascenso de Catalina Parr. A los veintiún años, estaba a cargo de una casa sumamente grande, así como del cuidado de una hijastra: en ambas tareas tuvo un enorme éxito. Margaret Neville, lejos de llevarse mal con Catalina por su juventud, demostraría ser la primera en la larga línea de mujeres más jóvenes que responderían a su calor maternal y a su amistad. 

Matrimonio real
Los intereses de lady Latimer no eran sólo intelectuales. En algún momento durante las etapas finales de la larga enfermedad terminal del esposo, se enamoró de Thomas Seymour. Porque Catalina era un personaje más complejo de lo que creían los observadores, obsesionados por su imagen de mujer prudente y viuda virtuosa, y su naturaleza no estaba de ningún modo deprovista de pasión. Había estado casada brevemente con un hombre débil y diez años con uno veinte años mayor, inválido buena parte de ese tiempo. Ahora se proponía usar la gran fortuna que le correspondía para contraer un último matrimonio de acuerdo con sus propios deseos.


Matrimonio de Enrique con Catalina

En ese punto —aún antes de la muerte de lord Latimer— el rey empezó a expresar su interés por ella. Los primeros obsequios del rey a lady Latimer fueron el 16 de febrero, dos semanas antes de la muerte de lord Latimer, el 2 de marzo. Luego Catalina Parr sería muy franca acerca de lo que sucedió a continuación. Como las heroínas románticas, estaba dividida entre el amor y el deber. Al fin triunfó el deber.


Enrique VIII

Thomas Seymour se quedó atrás, no se sabe si con alguna garantía, si es que la hubo, para el futuro. El 20 de junio, lady Latimer y su hermana Anne eran una presencia conspicua en la corte, entonces en Greenwich. Tres semanas más tarde, una licencia de matrimonio sin amonestaciones fue emitida por el rey Enrique "que se había dignado casarse con lady Catalina, esposa de lord Latimer, difunto".
El 12 de julio, en el gabinete de la reina, se casaron Enrique VIII y la dos veces viuda lady Latimer. A diferencia de algunas de las bodas reales, no fue una ceremonia secreta. Por el contrario, se indicó a las dos hijas del rey que estuvieran presentes, así como a su sobrina lady Margaret Douglas y otros, incluida la hermana de Catalina, Anne Herbert. María e Isabel Tudor habían tenido recientemente un grato golpe de fortuna: una nueva ley del Parlemento, del 14 de junio, las devolvía oficialmente a la sucesión, aunque sin legitimarlas. La presencia de ambas en la ceremonia fue un signo de nueva armonía entre las ex princesas y su padre. 


Apariencia y personalidad 


Catalina Parr de William Scrots

La mujer que produjo esa alegría, la nueva reina Catalina, nunca fue descrita por nadie como una belleza: ni siquiera la expresión "de mediana belleza" empleada por Marillac, tanto para Ana de Cleves como para Jane Seymour, se aplicó en su caso. "Grata" y "vivaz, "amable" y "afable" fueron los epítetos más halagadores que le dedicaron.  Es verdad que la diferencia de edad y de condición puede haber sido la causa —no se esperaba que las viudas de más de treinta años fueran unas bellezas—, pero cuando Ana de Cleves exclamó indignada que la nueva reina no era "ni siquiera tan bonita como ella", Chapuys, que transmitió el comentario, no considero oportuno contradecirlo. 

El único retrato auténtico conocido de la reina Catalina Parr, atribuido a William Scrots, muestra un rostro más amable que enigmático, de nariz corta, boca pequeña y frente ancha (no abombada como gustaba a los contemporáneos). Su pelo era bastante parecido en color al de Catalina de Aragón: castaño claro, teñido con lo que Agnes Strickland llamaría en el siglo XIX "hebras de oro bruñido".
Pero si la nueva reina Catalina no era una belleza, tampoco era insípida ni austera. Le gustaba bailar. El duque de Nájera, español, informó de que, en 1544, cuando la reina estaba "levemente indispuesta", de todos modos salió de su cuarto para bailar "en honor de los presentes". Era una mujer de buen físico —la más alta de las esposas del rey Enrique— y su altura le daba un porte real, ya que su concepción del papel de reina consorte también incluía abundante vestimenta ornada. 


El guardarropa de la reina consorte


Entre los primeros obsequios de los que hay constancia que le hizo el rey había trajes italianos con "plisados y mangas" y otros trajes de estilo francés y holandés, así como caperuzas francesas. El duque de Nájera dijo qué magnífico era su traje: vestido de brocado debajo de un manto abierto de tela dorada, mangas forradas de raso carmesí y cola de más de dos metros de largo. De su cuello pendían dos cruces, así como una joya compuesta por finos diamantes, y había más diamantes en su tocado; colgaban pendientes de un cinturón dorado.
Con independencia de los trajes que encargó para sí, la reina Catalina heredó una vasta colección de vestidos de la difunta reina Catalina Howard, guardados en el castillo de Baynard. Eso, que puede parecernos macabro, era de hecho una medida perfectamente práctica en el siglo XVI, cuando los ricos trajes eran piezas valiosas. 
Como la reina Ana Bolena, la reina Catalina Parr enviaba a buscar las sedas para sus trajes a Amberes, donde su sedera estaba casada con el agente financiero del rey allá. Por virtuosa que pudiera ser, la reina Catalina no siempre era rápida para pagar: "La reina me debe mucho dinero" fue el comentario en una ocasión. Los zapatos eran una de sus pasiones: cuarenta y siete pares pedidos en un año, en carmesí, azul y negro, todos con detalles dorado, a catorce chelines el par, con terciopelo negro a un chelín menos, zapatos de corcho forrados de rojo y zapatos (que podían desecharse) a cinco chelines. 

En otros sentidos, con su amor por los galgos (criados con leche), sus loros (alimentados con cañamón), su interés por las flores y las hierbas, su afecto por sus bufones enanos y su bufona enana, Jane Foole como se la conocía, a la que le había comprado una "enagua roja" especial, la reina Catalina Parr se nos presenta como una persona que gozaba de los pequeños placeres de la vida.



Bibliografia                                                                                                         Fraser, Antonia: Las seis esposas de Enrique VIII, Byblos, Barcelona, 2007.



Lo más pronto posible publicare la segunda parte acerca de Catalina Parr, la última consorte de Enrique VIII. 

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