lunes, 1 de abril de 2013

La visita real de Enrique VIII y Ana Bolena a Francia


Enrique VIII acariciaba el proyecto de una visita francesa, una versión reducida del Campo del Paño de Oro, con el rey francés en Boulogne y el rey inglés en su propio territorio, en Calais. Enrique VIII deseaba el apoyo del rey Francisco para contrarrestar la hostilidad del emperador y, de ser posible, para intimidar al Papa. Por el principio del péndulo, se creía que el rey Francisco veía con aprobación el propuesto matrimonio del rey Enrique, ya que Carlos V lo condenaba (aunque el rey Francisco se había casado hacía poco con la hermana del emperador, Leonor de Austria, según los términos de la paz entre ellos después de Pavía). 


El rey Francisco y su esposa Leonor de Austria

Los preparativos para la visita real 
El embajador francés en Inglaterra, Jean du Bellay, gozaba de una cálida amistad no sólo con el rey Enrique sino también con lady Ana. Ello se debía en parte a la aprobación de su señor y en parte a que Du Bellay expresaba esas simpatías personalmente: una amistosa presencia francesa en la corte, donde Chapuys era un hostil imperialista. En sus despachos, Du Bellay se enorgullecía de esa intimidad, de cómo había sido invitado a cazar por el rey inglés y "madame Ana", y se encontraba a menudo a solas con el rey Enrique y lo escuchaba discutir sus asuntos. 

Luego, madame Ana le había hecho numerosos presentes, ropa de caza y un sombrero, un cuerno y un galgo: solía estar a lado, cada uno asistido por un arquero, esperando que pasara el venado. 

Fue Du Bellay quien se ocupo de la delicada tarea de lograr que el rey Francisco solicitara la presencia de madame Ana en las inminentes celebraciones de modo que él pudiera verla y "la festorey" (agasajarla). Nada le daría a su hermano rey mayor placer, escribió Du Bellay, que eso pareciera idea del rey Francisco y, después de todo, dos soberanos tan galantes no desearían estar juntos "sin la compañía de damas". La tarea era delicada, no sólo por la condición de madame Ana —¿qué era, si no era la de esposa del rey, que obviamente no era?—, sino también porque la nueva reina de Francia era la sobrina de la reina Catalina. 

El rey Enrique se expresó de manera enérgica con su buen amigo Du Bellay, quien transmitió debidamente el mensaje: que la (hispano-austríaca) reina Leonor se mantuviera alejada, ya que él sentía horror por las mujeres vestidas à l´espagnole (según la moda española): le parecían demonios. Este comentario nada galante, pero fácilmente explicable, iba acompañado del ferviente deseo de que el rey Francisco llevara a su gran familia, "los Hijos de Francia", como se conocía a príncipes y princesas. También recibiría de buen grado a la hermana del rey, Margarita de Angulema, recientemente casada con el rey de Navarra; a esta petición lady Ana agregó sus propias súplicas, reivindicando la antigua amistad ya comentada. 


Margarita de Angulema

Dado que la bien criada Leonor de Austria no tenía intenciones de recibir a la mujer que estaba suplantando a su tía, la falta de galantería del rey Enrique probablemente estuviera haciendo de la necesidad una virtud; no pudo haber creído seriamente otra cosa. Pero la "amiga" de lady Ana, Margarita de Angulema, tampoco asistió al encuentro. Aunque los españoles interpretaron con placer que eso indicaba que Margarita era contraria al divorcio, es probable que su optimismo fuera infundado. Explica mejor el hecho la boda que estaba negociando —secretamente— Francisco entre su segundo hijo, Enrique, duque de Orléans, y la rica sobrina del Papa, Catalina de Médicis. 

Entretanto, en Inglaterra, el rey Enrique tomaba medidas para dejar en claro que, con independencia de los remilgos de los franceses, lady Ana era ahora su esposa en todo menos en el nombre. En realidad, si título debía adecuarse a su nueva posición. El 1 de septiembre, lady Ana Rochford fue nombrada formalmente "marqués" de Pembroke: los gastos privados para ese mes incluían pagos para los mantos ceremoniales de seda con detalles de piel. El uso de ese título masculino (en lugar del de marquesa) no era significativo: la palabra marquesa rara vez se usaba por entonces, y a la esposa de un marqués se la solía llamar "la señora marqués". 

Catalina es despojadas de las joyas reales

Catalina de Aragón

Los ingleses, en especial las mujeres, podían gritar y protestar cuando veían a la amante real cazando, pero en Calais la nueva dama marqués sería tratada con todos los honores. Y eso era lo que contaba. Incluso luciría las joyas reales. El rey le envió un mensaje a la reina Catalina pidiéndoselas. Recibió una ácida réplica que demostraba al menos el espíritu de ella no estaba quebrado. ¿Por qué debía entregar voluntariamente las joyas que había lucido por tantos años como su esposa legal a "una persona que es un escándalo para la Cristiandad y que está causándole vergüenza y desgracia al rey por llevarla a tal reunión como ésa en Francia?" Que él le enviara una orden y ella obedecería. 

El rey envió debidamente la orden por medio de un miembro de su cámara privada: tenía la fuerza de una orden real. La reina, de acuerdo con su política de someterse a las órdenes del rey en todos los asuntos en que su autoridad era legal, cumplió. Envió "todo lo que tenía, con lo cual el rey quedó muy complacido". De modo que le fueron entregadas las joyas, incluidos veinte rubíes y dos diamantes "reservados para mi señora marqués". 
Como de costumbre, los partidarios de la reina Catalina culparon a Ana por la codicia carente de tacto de la petición: la favorita estaba "haciendo astillas del árbol caído", escribió Chapuys. Pero es mucho más probable que fuera el rey el espíritu promotor de ese rechazo simbólico de la posición de Catalina como su reina. 

La visita entre los monarcas
La fraternal visita entre los reyes se dividió en dos partes. Primero el rey Enrique y una gran comitiva llegaron a Boulogne el 21 de octubre para ser agasajados durante cuatro días en territorio francés. El informe oficial del primer encuentro de ambos reyes (desde el verano de 1520 ) describía "la reunión más afectuosa que jamás había visto; porque uno abrazó al otro cinco o seis veces de a caballo; y otro tanto hicieron los lores de cada parte con los otros, y así cabalgaron tomados de la mano con gran afecto el espacio de una milla".


Enrique VIII

Pero el séquito del rey no incluía a la señora marqués de Pembroke ni a las damas reales francesas: todas las maquinaciones del rey inglés no lo habían podido lograr. Pero Enrique se reunión con los Hijos de Francia —el envidiable trío de hijos varones del rey Francisco— y arregló que su propio hijo, Henry Fitzroy, duque de Richmond, de catorce años, volviera a la corte francesa al final de las celebraciones, para completar su educación y pulirse. 

El turno de Ana llegaría durante los posteriores cuatro días pasados en Calais: del 25 al 29 de octubre. Entonces floreció: fue tratada como primera dama de la corte inglesa (el papel hasta entonces ocupado por la reina Catalina o por una representante real designada, como la hermana María del rey Enrique) y como tal abrió el baile con el rey francés. 


Francisco I de Francia

El rey Francisco también estuvo presente cuando el preboste de París la obsequió con su nombre con un fino diamante, saludándola cuando estaba sentada de manera graciosa y con el porte de una reina entre sus damas de honor. La señora marqués también abrió el baile de máscaras después de la cena, acompañada por varias damas, entre ellas "lady Mary", presumiblemente su hermana Mary, viuda de William Carey, ya que no hay ninguna otra mención que indique que estuviera presente la hija del rey. Todas iban magníficamente ataviadas con tela dorada y raso carmesí, con lazos dorados y antifaz. ¿Acaso el rey francés se fijó en una joven en particular entre las acompañantes de Ana, que destacaba por la blancura excepcional de su tez? No han quedado registrados los nombres de las damas de honor de Ana, pero es muy probable que entre ellas estuviera una muchacha llamada Jane Seymour, del mismo modo que Ana Bolena había estado en el Campo del Paño de Oro doce años antes.

A pesar de todas esas demostraciones de afecto, de todos los abrazos afectuosos entre los monarcas, se vería luego que la franqueza del rey Francisco dejaba mucho que desear. Le aseguró al rey Enrique que no tenía ninguna intención de casar a su hijo con la sobrina del Papa (el matrimonio se celebró al año siguiente) y luego le aseguraría al Papa que había intentado disuadir a Enrique de casarse con Ana (ella, por el contrario, volvió de la expedición convencida de que tenía en Francia una firme amistad, mientras que Enrique pensaba que se casaría con ella con la bendición de Francisco). Tal era la naturaleza engañosa del rey francés. Pero por el momento su encanto y su afabilidad dejaron una agradable impresión. 

En Calais, el rey Enrique y la señora marqués se alojaron en el edificio de la tesorería, un lugar amplio y cómodo habitualmente usado por los dignatarios visitantes. Sus cámaras estaban tapizadas con terciopelo verde con bordados que representabas escenas de Las Metamorfosis de Ovidio (una serie de historias mitológicas de transformaciones).



Bibliografia                                                                                                      Fraser, Antonia: Las Seis Esposas de Enrique VIII, Ediciones B, Barcelona, 2007.

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