miércoles, 3 de abril de 2013

Ana Bolena (Parte 4)

La caída del cardenal Wolsey



Pero el proceso y su fracaso tuvieron una consecuencia evidente. En otoño, el gran cardenal y el legado papal, Wolsey, cayó del poder. Según Cavendish, fue la propia Ana la responsable de darle el golpe de gracia; no le había perdonado nunca a Wolsey que la privara despóticamente de su enamorado, lord Percy. Ciertamente, muchos contemporáneos atribuyeron la desgracia del cardenal a la influencia de "la señora". 
En política, el cardenal tenía enemigos más poderosos: Thomas, tercer duque de Norfolk, tío de Ana, y el cuñado de Enrique, el duque de Suffolk, si bien no eran aliados eran ambos hostiles al prelado. Eso si no bastaba la paranoia del rey, su convicción de que el cardenal de alguna manera lo había traicionado, puesto que los planes habían fracasado. El rey se separó de su servidor en los términos más afables, sin dar ninguna muestra de sus intenciones. El soberano se encontraban en Grafton en su visita de otoño; estaba montado en el patio a punto de partir. La noche anterior Cavendish había observado que el rey le hacía un gesto al cardenal para que se cubriera la cabeza, un marcado signo de favor. El rey se marchó y nunca volvió a ver a Wolsey. 
El ascenso del cardenal había sido largo y duro, ganado paso a paso con trabajo, paciencia y arduo servicio. Su caída fue rápida. Una serie de golpes brutales lo despojaron de su poder. El fiscal de la corona, el 9 de octubre, lo acusó de ejercer sus poderes como legado papal en el reino del rey, suplantando la autoridad legal del rey. Fue relevado como lord canciller (reemplazado por sir Tomas Moro) y sentenciado a prisión. Se confiscó su fortuna y todos sus bienes fueron puestos "en las manos del rey", en las palabras del embajador francés.


Tomás Moro

Pero por el momento se permitió al cardenal permanecer en una de sus casas menores, en Esher, desde donde escribió una carta a Thomas Cromwell, sobre su deteriorada salud: cómo había estado "en tal ansiedad de la mente, que esta noche mi respiración y mi aliento...fue tan breve, que por un espacio de tres horas estuve como quien debió morir". Esperaba saber "si el disgusto de mi señora Ana se ha atenuado un poco, como le ruego a Dios que suceda". En un sentido, su plegaria fue escuchada. El médico del rey fue enviado a visitarlo en diciembre y Ana también le envió una joya de su cinturón con sus buenos deseos de recuperación. Pero había terminado la época del cardenal: murió un año más tarde, el 29 de noviembre de 1530, camino de Londres para el juicio. El padre de Ana Bolena dio un gran banquete que incluyó una representación en la que se veía al cardenal descendiendo al infierno, cuyo texto había impreso el duque de Norfolk.

La teoría de la supremacía real
El rey de Inglaterra estaba empezando a considerar una solución más radical prescindiendo de la autoridad del Papa. Él había sugerido los peligros de una escisión en los últimos años: el pueblo inglés podía volcarse en el luteranismo si no se le permitía el divorcio a su rey. No obstante, la bendición papal a la segunda unión de Enrique seguía siendo la respuesta más conveniente —porque tal unión no sería entonces cuestionada— y, después de todo, él había aceptado la autoridad papal para la dispensa relacionada con Ana. Pero dado que esa bendición estaba siendo penosamente escatimada, ¿necesitaba realmente reconocer la soberanía de Roma en tales asuntos? ¿Cuál era la naturaleza precisa de esa soberanía papal? ¿Por qué se extendía sobre los príncipes, a los que sin duda Dios mismo había destinado a gobernar? En diciembre de 1530 el Papa solicitó que se despidiera a Ana Bolena de la corte —el rey lo consideró "una medida muy injuriosa"— y, en enero de 1531, le prohibió al rey casarse mientras el caso de divorcio estuviera en sub judice en Roma: todo hijo nacido de tal unión sería considerado un bastardo. 

La teoría de la supremacía real no nació de la cabeza del rey armada como la diosa Atenea. El Parlamento reunido por primera vez el 3 de noviembre de 1529, que estaría destinado a llevar a cabo en siete años una revolución religiosa, tenía al principio objetivos diferentes. Moro, el nuevo lord canciller, se inclinaba personalmente por la erradicación del luteranismo, mientras que la estrella al servicio del rey, Thomas Cromwell, su secretario desde 1530, veía las cosas desde el punto de vista financiero. Cromwell vio la manera de solucionar las dificultades económicas del rey y de llevar al clero a la sumisión amenazándolo con el cargo de praemunire [delito de cuestionar la supremacía de la Corona], el mismo que había derribado a Wolsey. El clero, convocado en enero de 1531, tembló ante el cargo, ya que podía entender perfectamente bien cuál podía ser el castigo. Entregó al rey 100.00 libras para cubrir la posible complicidad con Wolsey. También aceptó que el rey tuviera un nuevo título: jefe supremo de la Iglesia y el Clero de Inglaterra. Aunque el envejecido arzobispo Warham agregó las palabras "en la medida en que la ley de Cristo lo permite" (lo que, tomado al pie de la letra, invalidaba el título) y el obispo Fisher protestó vigorosamente, se trataba sin duda de un alejamiento de Roma.

El incidente con el cocinero de Fisher


Fisher
Hubo un desagradable incidente cuando el cocinero del obispo Fisher le agregó un nocivo polvo blanco a la sopa de su señor, posiblemente con el fin de perjudicar a ciertos otros miembros de la casa a los que no quería; en realidad, la mezcla mató a unos mendigos a los que se alimentaba en la casa y puso al propio Fisher al borde de la muerte. Fue típico de la reputación de Ana Bolena por entonces que se rumoreara que su familia había organizado el envenenamiento: acusación de la cual no hay ninguna prueba. Pero el rey Enrique vio con claridad lo que tenía que hacer. Se permitió el placer de demostrar horror por tal conducta criminal ordenando que se matara lentamente al infeliz cocinero en aceite hirviente. 


El rey abandona a Catalina



El rey Enrique vio a la reina Catalina por última vez en julio de 1531. No le brindó una despedida afable, aunque hipócrita, como a Wolsey. Después de veintidós años de matrimonio no hubo despedida alguna. Se limitó a marcharse al amanecer a caballo de Windsor, donde se alojaba entonces la corte, para ir a cazar a Woodstock con lady Ana. Dejó que la infeliz reina descubriera por otros que él se había marchado. Luego, cuando Catalina le escribió una cortés carta de pesar pudo dar libre curso a la exasperación por las recriminaciones. 
"Dígale a la reina —le gritó el rey al mensajero— que no deseo ninguno de sus adioses". No le importaba que ella preguntara o no por su salud ya que le había causado infinitos problemas, rechazando todas las razonables peticiones de su Consejo Privado. 


La visita real a Francia
Enrique VIII acariciaba el proyecto de una visita francesa, una versión reducida del Campo del Paño de Oro, con el rey francés en Boulogne y el rey inglés en su propio territorio, en Calais. Enrique VIII deseaba el apoyo del rey Francisco para contrarrestar la hostilidad del emperador y, de ser posible, para intimidar al Papa. Por el principio del péndulo, se creía que el rey Francisco veía con aprobación el propuesto matrimonio del rey Enrique, ya que Carlos V lo condenaba (aunque el rey Francisco se había casado hacía poco con la hermana del emperador, Leonor de Austria, según los términos de la paz entre ellos después de Pavía). 


La tarea era delicada, no sólo por la condición de lady Ana —¿qué era, si no era la de esposa del rey, que obviamente no era?—, sino también porque la nueva reina de Francia era la sobrina de la reina Catalina. 

El rey Enrique se expresó de manera enérgica con su buen amigo Du Bellay, quien transmitió debidamente el mensaje: que la (hispano-austríaca) reina Leonor se mantuviera alejada, ya que él sentía horror por las mujeres vestidas à l´espagnole (según la moda española): le parecían demonios. Este comentario nada galante, pero fácilmente explicable, iba acompañado del ferviente deseo de que el rey Francisco llevara a su gran familia, "los Hijos de Francia", como se conocía a príncipes y princesas. También recibiría de buen grado a la hermana del rey, Margarita de Angulema, recientemente casada con el rey de Navarra; a esta petición lady Ana agregó sus propias súplicas, reivindicando la antigua amistad ya comentada. 


Margarita de Angulema

Dado que la bien criada Leonor de Austria no tenía intenciones de recibir a la mujer que estaba suplantando a su tía, la falta de galantería del rey Enrique probablemente estuviera haciendo de la necesidad una virtud; no pudo haber creído seriamente otra cosa. Pero la "amiga" de lady Ana, Margarita de Angulema, tampoco asistió al encuentro. 


Leonor de Austria

Entretanto, en Inglaterra, el rey Enrique tomaba medidas para dejar en claro que, con independencia de los remilgos de los franceses, lady Ana era ahora su esposa en todo menos en el nombre. En realidad, si título debía adecuarse a su nueva posición. El 1 de septiembre, lady Ana Rochford fue nombrada formalmente "marqués" de Pembroke: los gastos privados para ese mes incluían pagos para los mantos ceremoniales de seda con detalles de piel. El uso de ese título masculino (en lugar del de marquesa) no era significativo: la palabra marquesa rara vez se usaba por entonces, y a la esposa de un marqués se la solía llamar "la señora marqués". 

Catalina es despojadas de las joyas reales

Catalina de Aragón

Los ingleses, en especial las mujeres, podían gritar y protestar cuando veían a la amante real cazando, pero en Calais la nueva dama marqués sería tratada con todos los honores. Y eso era lo que contaba. Incluso luciría las joyas reales. El rey le envió un mensaje a la reina Catalina pidiéndoselas. Recibió una ácida réplica que demostraba al menos el espíritu de ella no estaba quebrado. ¿Por qué debía entregar voluntariamente las joyas que había lucido por tantos años como su esposa legal a "una persona que es un escándalo para la Cristiandad y que está causándole vergüenza y desgracia al rey por llevarla a tal reunión como ésa en Francia?" Que él le enviara una orden y ella obedecería. 

El rey envió debidamente la orden por medio de un miembro de su cámara privada: tenía la fuerza de una orden real. La reina, de acuerdo con su política de someterse a las órdenes del rey en todos los asuntos en que su autoridad era legal, cumplió. Envió "todo lo que tenía, con lo cual el rey quedó muy complacido". De modo que le fueron entregadas las joyas, incluidos veinte rubíes y dos diamantes "reservados para mi señora marqués". 

La visita entre los monarcas
La fraternal visita entre los reyes se dividió en dos partes. Primero el rey Enrique y una gran comitiva llegaron a Boulogne el 21 de octubre para ser agasajados durante cuatro días en territorio francés. El informe oficial del primer encuentro de ambos reyes (desde el verano de 1520 ) describía "la reunión más afectuosa que jamás había visto; porque uno abrazó al otro cinco o seis veces de a caballo; y otro tanto hicieron los lores de cada parte con los otros, y así cabalgaron tomados de la mano con gran afecto el espacio de una milla".


Enrique VIII

Pero el séquito del rey no incluía a la señora marqués de Pembroke ni a las damas reales francesas: todas las maquinaciones del rey inglés no lo habían podido lograr. Pero Enrique se reunión con los Hijos de Francia —el envidiable trío de hijos varones del rey Francisco— y arregló que su propio hijo, Henry Fitzroy, duque de Richmond, de catorce años, volviera a la corte francesa al final de las celebraciones, para completar su educación y pulirse. 

El turno de Ana llegaría durante los posteriores cuatro días pasados en Calais: del 25 al 29 de octubre. Entonces floreció: fue tratada como primera dama de la corte inglesa (el papel hasta entonces ocupado por la reina Catalina o por una representante real designada, como la hermana María del rey Enrique) y como tal abrió el baile con el rey francés. 


Francisco I de Francia

El rey Francisco también estuvo presente cuando el preboste de París la obsequió con su nombre con un fino diamante, saludándola cuando estaba sentada de manera graciosa y con el porte de una reina entre sus damas de honor. La señora marqués también abrió el baile de máscaras después de la cena, acompañada por varias damas, entre ellas "lady Mary", presumiblemente su hermana Mary, viuda de William Carey, ya que no hay ninguna otra mención que indique que estuviera presente la hija del rey. Todas iban magníficamente ataviadas con tela dorada y raso carmesí, con lazos dorados y antifaz. 

A pesar de todas esas demostraciones de afecto, de todos los abrazos afectuosos entre los monarcas, se vería luego que la franqueza del rey Francisco dejaba mucho que desear. Le aseguró al rey Enrique que no tenía ninguna intención de casar a su hijo con la sobrina del Papa (el matrimonio se celebró al año siguiente) y luego le aseguraría al Papa que había intentado disuadir a Enrique de casarse con Ana (ella, por el contrario, volvió de la expedición convencida de que tenía en Francia una firme amistad, mientras que Enrique pensaba que se casaría con ella con la bendición de Francisco). Tal era la naturaleza engañosa del rey francés. Pero por el momento su encanto y su afabilidad dejaron una agradable impresión. 

La coronación 


La procesión de Ana Bolena

La coronación de la reina Ana el 1 de junio de 1533, cuando estaba embarazada de casi seis meses, supuso su apoteosis. La coronación de una reina era un acto simbólico y solemne, con una significación que transcendía la del matrimonio con un rey (que en general, como se ha visto, se celebraba privadamente). No todas las reinas eran coronadas. Aquellas que eran «ungidas realmente» —una parte de la ceremonia de coronación— tenían conciencia de la santidad especial que eso confería. 


Para prepararse para la ceremonia, la reina Ana fue llevada primero de Greenwich a la Torre de Londres por agua, como era la costumbre. Era el 29 de mayo, el jueves anterior al domingo de Pentecostés. Ella iba «ataviada con rica tela dorada» y escoltada por cincuenta «grandes barcas, convenientemente arregladas», pertenecientes a los diversos sectores de la ciudad, que habían ido a saludarla. En consecuencia, Antonio de Guaras, autor de Spanish Chronicle —y testigo presencial—, describió cómo no se veía nada en seis kilómetros salvo «barcas y botes todos adornados con toldos y alfombrados, que daban gran placer de contemplar». En cada barca, según el posterior relato oficial iban «trovadores que producían una dulce armonía».
Cuando la reina Ana llegó a la Torre de Londres, el rey Enrique la recibió "con amoroso semblante en la puerta posterior, junto al agua" y la besó públicamente. Pasaron las dos noches siguientes juntos en la Torre. La antigua estructura había sido objeto de reparaciones importantes en los últimos tiempos, puestos en marcha por Thomas Cromwell en el verano de 1532. Fueron necesarias casi 3.000 toneladas de piedra en Caen, y se gastaron más de 3.500 libras con cuatrocientos trabajadores; se construyó tanto una nueva galería para la reina, entre la del rey y el extremo del guardarropa del rey, como techos y suelos de las habitaciones de la reina. El sábado, la nueva reina debía ser llevada en solemne y magnífica procesión a través de la ciudad de Londres a Westminster. 



Bibliografia
Fraser, Antonia: Las Seis Esposas de Enrique VIII, Ediciones B, Barcelona, 2007.

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