martes, 5 de marzo de 2013

La caída y muerte de Ana Bolena (parte 4 y última)

"La espada de Calais"



Ahora la reina Ana vivía esperando su muerte hora a hora. Después de la dignidad de su conducta en el juicio, volvió a una conducta más errática. Podía estar "muy contenta" y tomar "una gran comida", o hecha un mar de lagrimas. A veces, decía Kingston, la reina decididamente deseaba morir y "a la hora siguiente todo lo contrario de eso". Oscilaba entre hablar de retirarse a un convento —"y tiene esperanzas de vida"— y discutir su propia ejecución.  

Esta última perspectiva llevó a la reina a hacer un chiste negro. El "verdugo de Calais" había sido convocado especialmente (a un coste de 24 libras) ya que era un experto con la espada; así, en el caso de Ana, la afilada y eficiente "espada de Calais" reemplazaría el hacha. Ése era un favor para la victima, ya que su muerte probablemente fuera rápida (el uso del hacha podía ser a veces un asunto terriblemente largo). 



Cuando la reina se enteró, había "oído decir que el verdugo era muy bueno", dijo que estaba muy bien pues ella tenía "un cuello pequeño". Luego se lo rodeó con la mano, ese "cuello marfileño...muy erguido", una vez elogiado por un admirador como su belleza característica. Todo el tiempo, según Kingston, ella "rió de corazón". Kingston agregó que había visto a "muchos hombres y mujeres" ejecutados que habían estado "en gran pena", mientras "esa dama tiene mucha dicha y placer en la muerte". 

Un matrimonio inválido


Pero Ana Bolena no moriría como una reina, ese título por el cual había tenido al rey en juego siete largos años granjeándose la hostilidad de casi todo el país. Antes de que llegara la hora de su muerte, debía tener lugar un ritual extravagante: al rey se le aseguró un segundo divorcio.  Es decir, el matrimonio de Ana con el rey Enrique VIII fue declarado inválido por el arzobispo Cranmer. No se sabe con seguridad por qué se creyó necesaria esa farsa judicial. Tampoco se entiende su lógica, porque si Ana nunca había estado casada legalmente con el rey, no podía haber cometido adulterio como su esposa. 

Pueden suponerse las razones que satisficieron a Cranmer para poder declarar legalmente inválido el matrimonio del rey con Ana Bolena. Posiblemente Ana le confiara a Cranmer, en una entrevista del 16 de mayo, que ella había tenido no sólo un precontrato con lord Percy sino que también se había casado en secreto con él; o bien que la relación de ambos se había consumado después del compromiso. En eso, Ana puede haber estado exagerando para salvar su vida, o tal vez, como se ha comentado, dijera la verdad ahora que le interesaba ser sincera. Su relación con Percy había sido al parecer bastante ambivalente como para justificar una dispensa del Papa a fines de 1527 para cubrirla; la posterior esposa de Percy adujo que su esposo había tenido un precontrato con Ana, aunque el propio Percy lo negó rotundamente. 


Cranmer

No hay motivo para que creer, como a veces se sugiere, que el arzobispo Cranmer engañara a Ana para asegurarse de una confesión: que le planteara engañosamente la perspectiva de la supervivencia a cambio de esa confesión. Las periódicas esperanzas "de vida" de Ana formaban parte de su perturbación, como demuestra el detallado relato de Kingston. La conducta del arzobispo en todo eso fue bastante ignominiosa sin necesidad de agregados. Él había sido la creación de los Bolena y, como tal, se elevó desde un relativo anonimato. Había sido el hombre que apoyo al rey en la anulación de su matrimonio con Catalina, inmediatamente después puso la corona sobre la cabeza de Ana. Ahora anuló el matrimonio que había ayudado a crear. Una carta al rey escrita el 3 de mayo indica la subordinación de espíritu que le permitió a Cranmer dar ese paso sin aparentes problemas de conciencia.
Por una parte, escribió Cranmer: "Nunca tuve mejor opinión de una mujer que la tenía de ella [Ana] lo que me hizo pensar que no debía ser culpable" Por otra parte: "Creo que Su Majestad no habría sido tan lejos, salvo que ella fuera culpable". 
El decreto de nulidad fue fechado el 17 de mayo, la copia oficial firmada el 10 de junio y suscrita por las dos cámaras del Parlamento el 28 del mismo mes, una semana después de la convocatoria. El matrimonio del rey y su segunda esposa quedaba oficialmente disuelto. Pero para entonces la ex reina Ana hacia tiempo que había muerto. Fueron a buscarla temprano por la mañana: hacia las ocho, el viernes 19 de mayo. Le había hecho una extensa confesión al arzobispo Cranmer el día antes y había recibido los sacramentos; mantuvo con fuerza su inocencia de los cargos contra ella y manifestó humildemente su amor al rey. 

Preparando la ejecución
Hubo cierta preocupación por el carácter público de la ejecución de la ex reina. Se temía lo que ella podía decir a la multitud en sus palabras de despedida; ¿podía confiarse en que siguiera el excelente ejemplo de su hermano? Kingston, entre otros, le sugirió a Cromwell "que a la hora de su muerte" Ana podría "declarar ser una buena mujer con todos los hombres" menos con el rey. Este comentario mordaz probablemente se debiera a la reciente experiencia de Kingston con la naturaleza volátil de su prisionera. Se decidió ejecutar la sentencia no en Tower Hill, donde el público tenía libre acceso, sino dentro de la Torre, sobre el prado convenientemente contiguo a la capilla. Una ventaja más de emplear ese punto más privado era el hecho de que los portones de la Torre solían estar cerrados por la noche, de modo que podía controlarse la entrada.

De ese modo, en la Torre se congregó poca gente esa mañana de viernes, aunque no se trató de una ejecución a puerta cerrada. Thomas Cromwell estuvo presente, para supervisar la adecuada realización de su plan, con el lord canciller Audley, acompañado del heraldo Wriothesley. Los duques de Norfolk y Suffolk también estuvieron allí, así como el enfermizo joven duque de Richmond al que Ana Bolena supuestamente había tratado de envenenar. 


Henry Fitzroy


Charles Brandon

Presentes estaban el alcalde de Londres y sus sheriffs. Además acudieron los habitantes de la Torre, prácticamente una pequeña ciudad con sus múltiples viviendas. Antonio de Guaras, por ejemplo, que vivía muy cerca y tenía amigos que vivían dentro de la Torre, consiguió entrar la noche anterior, y así pudo contar de primera mano la ejecución en su Spanish Chronicle, a pesar del celo de las autoridades en no permitir la presencia de imperialistas. 

La apariencia de Ana en sus últimos minutos



En opinión de De Guaras Ana Bolena demostraba "un espíritu endemoniado" mientras la observaba recorrer a pie, seguida por cuatro damas jóvenes, la breve distancia de unos cincuenta metros levemente cuesta arriba desde la vivienda del vicegobernador hasta el prado. Parecía "tan alegre como si no fuera a morir". Pero es más probable que esa alegría se debiera no tanto a la indiferencia como a una bienvenida a su destino: dichosa liberación de sus problemas. Otros testigos coincidieron en que Ana había recibido su muerte con "mucha dicha y placer" como había convencido a sir William Kingston de que lo haría. De Carles oyó decir que en su dignidad y compostura nunca lució más hermosa. Las lagrimas y la histeria habían terminado.

Ana Bolena llevaba una capa de armiño sobre un traje suelto de damasco gris oscuro, con detalles de piel y enagua carmesí. Una cofia de lino blanco le sostenía el cabello debajo del tocado. Había prometido no decir nada "sino lo que fuera bueno" cuando pidió autorización para dirigirse al pueblo, y mantuvo su palabra. 

El último discurso
Habló simple y conmovedoramente. 
«Buena gente cristiana, he venido aquí para morir, de acuerdo a la ley, y según la ley se juzga que yo muera, y por lo tanto no diré nada contra ello. He venido aquí no para acusar a ningún hombre, ni a decir nada de eso, de que yo soy acusada y condenada a morir, sino que rezo a Dios para que salve al rey y le de mucho tiempo para reinar sobre ustedes, para el más generoso príncipe misericordioso que no hubo nunca: y para mí él fue siempre bueno, un señor gentil y soberano. Y si alguna persona se entremete en mi causa, requiero que ellos juzguen lo mejor. Y así tomo mi partida del mundo y de todos ustedes, y cordialmente les pido que recen por mí»

Pronunció esas palabras, según escribió Wriothesley, "con un semblante sonriente". 

La ejecución



Luego Ana se arrodilló. Sus damas le quitaron el tocado, dejándole la cofia blanca que le sostenía el espeso cabello negro apartado del largo cuello. Una de las damas le puso una venda sobre los ojos. Ella dijo: "A Jesucristo encomiendo mi alma". 


Decapitación de Ana

A los presentes les pareció entonces que "de pronto el verdugo le arrancó la cabeza de un golpe" con su espada que apareció como por arte de magia, inadvertida para todos, incluida la mujer arrodillada. De hecho, la famosa "espada de Calais" había sido escondida en la paja que rodeaba el estrado. Para conseguir que Ana pusiera la cabeza en la posición correcta y dejara de mirar instintivamente hacia atrás, el verdugo había gritado "traedme la espada" a alguien que estaba de pie en los escalones próximos. Ana Bolena volvió la cabeza. La acción se cumplió. 

Después de cumplida la sentencia



Luego, una de las damas cubrió la cabeza con una tela blanca y las otras ayudaron con el cuerpo. Ambos fueron llevados veinte metros hasta la capilla de San Pedro ad Vincula. Allá fue enterrada discretamente la desgraciada mujer.


Enrique VIII y Jane Seymour

Enrique VIII y Jane Seymour se comprometieron secretamente en Hampton Court, temprano, en la mañana del 20 de mayo, veinticuatro horas después de la ejecución de Ana Bolena. Se atribuye a Jane el haber conseguido que el rey "reinstaurara" a su hija mayor, María Tudor. A diferencia de su predecesora, la cual nunca vio con buenos ojos a la hija de Catalina de Aragón y nieta de los reyes católicos. 



Ana Bolena represento el tumultuoso cambio que se dio en Inglaterra. El famoso segundo matrimonio de Enrique VIII que derrumbo los cimientos de la Iglesia católica en Inglaterra. Buena o mala, ¿acaso ella merecía tal castigo? Su único error fue no lograr concebir un heredero. Muchos dirán que suplanto a la bondadosa reina Catalina, y que su martirio fue bien merecido. Y sin embargo, la recatada y muy virtuosa Jane Seymour hizo algo parecido. Pero claro, al igual que a Enrique VIII y a la mayoría de sus súbditos, lo más fácil fue culpar a Ana Bolena. La joven Ana poseía un ingenio agudo, ya que Ana no se limitaba a aprender lo que le estaba permitido a las mujeres de su época. En cierta forma, Ana era considerada una mujer moderna para su tiempo, una damisela de tez morena observada con recelo por las facciones conservadoras. Jane Seymour logro el cometido en el que sus dos predecesoras habían fracasado. Pero con lo que sucedió años después nos damos cuenta de las ironías de la vida. El enfermizo niño que Jane dio a luz con tanta dificultad, Eduardo, falleció a los 15 años de edad. María Tudor, vivió 42 años, y paso a la historia como "Bloody Mary", debido a las persecuciones marianas durante su reinado. La niña cuyo nacimiento resulto ser una decepción para su padre, Isabel, tuvo un reinado de 44 años que fue llamado "La Edad de Oro". 


Capilla real de St. Peter ad Vincula

Ana Bolena, de treinta y cinco o treinta y seis años en el momento de su muerte, había sido reina durante casi tres años y medio, pero sólo hacía cuatro meses que había fallecido la primera esposa del rey. Como anticipo a la ejecución de la usurpadora, se dijo que las velas de cera que rodeaban la tumba de la reina Catalina en la catedral de Peterborough se "encendieron solas" en los maitines, el día anterior; del mismo modo misterioso, fueron "apagadas" sin ayuda humana en el Deo Gratias. En otras partes del país la gente juraba que había visto correr liebres —la liebre, el signo de la bruja— y seguiría viéndolas en el aniversario de la ejecución de Ana Bolena.


Tumba de Ana Bolena 


Bibliografia                                                                                                      Fraser, Antonia: Las Seis Esposas de Enrique VIII, Ediciones B, Barcelona, 2007.

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