lunes, 4 de marzo de 2013

La caída y muerte de Ana Bolena (parte 3)

El juicio de los hermanos Bolena 


Escena de Anne of the Thousand Days

El lunes 15 de mayo tuvo lugar el juicio de lord Rochford y de la reina Ana en la Gran Sala de la Torre de Londres. No fue un juicio a puerta cerrada. Chapuys estimó que unas 2.000 personas asistieron al espectáculo, para las cuales se erigieron plataformas especiales. Ninguno de los ventiséis pares que tomaron parte en el juicio era desconocido para el hermano y la hermana, y con algunos tenían una relación muy estrecha. El tío de ambos, el duque de Norfolk, lo presidió como gran administrador. Participó el suegro de lord Rochford, lord Morley. Hasta el juvenil enamorado de la reina, Henry Percy, conde de Northumberland desde la muerte de su padre, estaba entre los pares presentes, aunque alegó una repentina enfermedad y se marchó antes de que concluyeran las actuaciones.



No era novedoso repudiar públicamente vínculos estrechos. Recuérdese cómo dos de los yernos de Buckingham habían juzgado a éste. Así se demostraba el acatamiento de la voluntad real y los parientes evitaban el inquietante tinte de sospecha en cuanto a su lealtad. Aunque Thomas Bolena, conde de Whiltshire, fue excusado de la tarea de condenar a sus propios hijos, no hay ningún indicio de que el hombre que había sido un fiel servidor del rey durante toda su vida adulta (y que intentaba seguir siéndolo) hiciera algún intento por oponerse a los acontecimientos que conducían a la inevitable condena de ambos. En realidad, denunció puntualmente las acciones contra el rey de los supuestos conspiradores, si no las de sus propios hijos. En eso fue un padre menos frío —aunque no se lo puede describir como muy tierno— que los hombres de su época. En cuanto a Norfolk, lloró —"el agua corría por sus ojos"—pero presidió. Para la mayoría de las personas el rey era como un basilisco y su mirada brillante, estuviera animada por el favor o la furia, mantenía a todos salvo los más fuertes (vienen a la memoria Tomás Mor y John Fisher) en un hipnótico estado de acuerdo. La reina fue juzgada primero. Llegó en un estado de ánimo tranquilo. Según el heraldo Charles Wriothesley, que se hallaba presente, dio "prudentes y discretas respuestas a sus acusadores", excusándose con sus palabras tan claramente "como si no fuera realmente culpable". Pero luego las pruebas presentadas no eran suficientemente convincentes como para producir un cambio de actitud y una confesión. 

Una nota truncada en el informe legal del juicio se ha considerado a veces un indicio de que ella era verdaderamente culpable de haber mantenido relaciones sexuales al menos con Mark Smeaton. Una confesión en el lecho de muerte de cierta lady Wingfield, unos pocos años antes, "que fue servidora de la reina y compartía las mismas tendencias", que fue contada por la mujer que la escuchó. Pero esa clase de rumores, que surgían milagrosamente cuando eran necesarios, no eran en realidad más plausibles que otros cargos tan imaginativos como que la reina Ana había tratado de envenenar a la reina Catalina y a su hija, o que deseaba matar al rey. La verdadera medida de su sabiduría y su discreción, la fuente quizá de su compostura —después de todo, era reina por méritos propios aunque no la hubieran educado para ello—, era que comprendía que luchar contra su destino no tenía ya sentido. 

Sin duda no era culpable. La reina Ana nunca admitió haber cometido delito alguno y las pruebas en su contra eran una mezcla de verdaderas a medias y de mentiras descaradas. Es menos probable todavía que la reina pusiera en peligro su posición cometiendo adulterio y mucho menos deseara la destrucción del único hombre cuyo favor dependía por completo, el rey. 

El juicio de lord Rochford siguió al de la reina. Las pruebas contra él de incesto con su hermana eran patéticas. Los comentarios negativos que se hicieron mucho después sugerían que la reina "deseando mucho tener un hijo varón que sucediera alpadre, y al hallar que el rey no la contentaba", usó a su hermano (entre otros) para concebir un hijo. Eso era muy diferente de la prueba presentada en su momento. La esposa de Rochford, Jane, se refirió a una "indebida familiaridad" entre hermano y hermana. Eso fue todo. Rochford mismo habría exclamado con amargura ante sus jueces: "Sobre la evidencia de sólo una mujer estáis dispuestos a creer ese gran mal de mí". Hubo por otra parte un vago comentario acerca de que lord Rochford estaba "siempre en el cuarto de su hermana", algo que no constituye ningún delito ni, pensaría uno, es prueba de incesto. No hubo ningún intento de demostrar conspiración para el asesinato. En consecuencia, George Constantine, servidor de sir Henry Norris, habló de "mucho dinero" que se apostaba en favor de la absolución de lord Rochford.


El papel de lady Rochford en el juicio


Jane Parker, esposa de George Bolena

Los jugadores no tenían en cuenta el propósito real del proceso de lord Rochford, que era ensuciar el nombre de su hermana hasta el punto de que su malévola naturaleza se convirtiera en un artículo de fe. La cuestión de la impotencia del rey, sobre la cual se especulaba mucho en privado, podía emplearse para eliminar a la reina Ana. Fue entonces cuando se presentaron las palabras fatales de la reina Ana a lady Rochford, "que le Roy n´estait habile en cas de soy copuler avec femme, et qu´il n´avait ni vertu ni puissance" (que el rey era incapaz de hacer el amor con su esposa y que no tenía ni habilidad ni virilidad). Aunque el documento se había redactado en la corte, lord Rochford tuvo la presencia de ánimo de leerlo en voz alta. Fue mucho más perjudicial que la insensatez relativa al incesto, porque tenía mayores probabilidades de ser veraz. 




Los motivos de Jane Rochford se desconocen: su padre, lord Morley, había sido un devoto partidario de la reina Catalina, y ella misma podía estar tratando de contribuir a la causa de María, la hija de Catalina. O tal vez simplemente tratara de permanecer en el lado ganador (como en realidad sucedió) a pesar de la desventaja de la "culpa" de esposo. En todo caso, tan terribles palabras condenaron a la reina Ana todavía más. Nadie podía insultar al monarca de manera tan devastadora en lo más íntimo y vivir (en especial si había una inquietante posibilidad de que la acusación fuera cierta).

La sentencia, pronunciada por Norfolk, fue la misma en ambos casos: la reina y su hermano debían ser quemados o ejecutados de acuerdo con el deseo del rey. Lord Rochford había negado su culpabilidad y la reina Ana había hecho otro tanto. Tras la sentencia, los dos admitieron formalmente que merecían el castigo. Era lo habitual en la época: proporcionaba un adecuado marco de referencia para pedir el perdón y, dado el caso, evitar la confiscación de propiedades. Finalmente, lord Rochford aceptó la perspectiva de la muerte con lo que ha sido descrito como "fatalismo oriental"; ya que el Estado lo había juzgado culpable, entonces no podía ser inocente. Análogamente, la reina Ana agachó la cabeza humildemente bajo el peso de la justicia real. 

Dos días más tarde, el 17 de mayo, los cinco hombres condenados fueron ejecutados en Tower Hill. Por deseo del rey, les fueron conmutadas las terribles penas que debían pagar en Tyburn. Los cinco murieron declarándose leales a su señor, aunque sólo Smeaton pidió perdón por sus "faltas". Lord Rochford, ejerciendo el privilegio del hombre condenado de dirigirse a la gran multitud que siempre se reunía para asistir a tales espectáculos populares, mantuvo su estoicismo hasta el fin. Ese privilegio a veces se anulaba, en el caso de supuestos subversivos, mediante el redoble de tambores para ahogar las palabras del prisionero. Pero lord Rochford no abusó. 




"Señores todos —empezó con voz vibrante—, vengo aquí no para predicar y dar un sermón sino para morir, ya que la ley lo ha decidido, y a la ley me someto." Luego recomendó a su audiencia que confiara en Dios y no en las "vanidades del mundo". Esos sentimientos de resignación y piedad tuvieron mucha aprobación entre aquellos que poco antes habían estado apostando por su absolución, pues era inocente.  

Bibliografia                                                                                                      Fraser, Antonia: Las Seis Esposas de Enrique VIII, Ediciones B, Barcelona, 2007.

No hay comentarios:

Publicar un comentario


Entradas relacionadas



Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...