lunes, 4 de marzo de 2013

La caída y muerte de Ana Bolena (parte 2)


Las justas del primero de Mayo
La acción vuelve ahora a Greenwich, donde se estaba celebrando el lunes 1 de Mayo el tradicional torneo presidido por el rey y la reina.  Iba a comenzar la justa entre lord Rochford y sir Henry Norris, cuidador de la Bolsa Privada y prometido de la enamorada anterior del rey, Madge Shelton, cuando, inesperadamente, el rey recibió un mensaje. Su contenido sólo puede conjeturarse, pero cualquiera que haya sido, lo hizo ponerse de pie y llevarse a Norris consigo. No le dio ninguna explicación a su esposa. Tal como se había ido de caza desde Windsor sin decirle adiós a la reina Catalina, ahora salió de Greenwich sin despedirse de la reina Ana. Nunca volvió a verla.


Enrique le recrimina a Henry Norris sobre su adulterio con la reina, escena de The Tudors


En su viaje de regreso a Londres, el rey le comentó a Norris ciertas revelaciones hechas por Smeaton; a pesar de sus incrédulas negativas. Norris fue llevado a la Torre de Londres. Aún más impresionante para quienes veían desarrollarse la tragedia —y hacía todo lo posible por no verse implicados— fue el arresto de lord Rochford. Si caía el hermano de la reina, ¿quién podía considerarse seguro?


Lord Rochford, el hermano de la reina, es arrestado

El arresto de la reina
El martes 2 de mayo la propia reina fue arrestada en Greenwich y llevada ante los comisionados que había realizado la investigación, presididos por su tío Norfolk, para oír las acusaciones que se formulaban contra ella. No sólo se le acusaba de adulterio sino también de incesto (la pena para ese cargo podía ser la hoguera) y, lo más terrible desde luego, de conspiración para asesinar al rey. Después la reina fue llevada a la Torre. Tardaron en llegar alrededor de dos horas. La reina Ana estuvo al borde del colapso en el momento en que llegó a la Torre.
Al ver la Torre, en cuyos calabozos tantos infortunados habían desaparecido, la reina comenzó a gritar. Se la oyó exclamar: "Fui recibida con mayor ceremonial la última vez que estuve aquí". El condestable de la Torre, sir William Kingston, un hombre justo y bondadoso, trató de consolarla. Le aseguró que no sería albergada en un calabozo sino en las habitaciones que había ocupado antes de su coronación. Ella lo recompensó arrodillándose y exclamando: "Es demasiado bueno para mí". Luego lloró y entonces "se puso a reír". 
Después, la reina consiguió atravesar el patio, pero finalmente pareció que las fuerzas la abandonaban. Cayó de rodillas. Frente a su escolta de lores, imploró a Dios que la ayudara "ya que no era culpable de la acusación". Entonces suplicó la ayuda de los lores mismos, ¿implorarían ellos al rey "que fuera bueno con ella"?



Pero el rey Enrique estaba muy lejos de esa escena tan desagradable, soñando en su vida futura con la modesta Jane Seymour.

El juicio de Ana Bolena fue una cínica farsa. Sólo se proponía un resultado: su muerte. Esa muerte era necesaria para que el rey pudiera contraer un tercer matrimonio. En ese sentido, el juicio de la reina Ana fue completamente diferente de la investigación que soportó la reina Catalina en 1529: al menos, en Blackfriars, había habido una auténtica intención de determinar la validez del matrimonio de ella con el rey. Nadie tuvo duda alguna, ni durante el juicio de los supuestos amantes de Ana ni durante el suyo propio, de que se esperaba un veredicto de culpabilidad. 



¿Por qué se consideró esencial eliminar de manera definitiva a la reina Ana? La respuesta está en la conducta de su predecesora. El rey y sus consejeros había contemplado una retirada digna de la escena por parte de la reina Catalina, posiblemente a un convento. En lugar de eso se habían enfrentado a siete años de protestas que tomaron formas tan diversas como la amenaza imperialista del exterior y el apoyo personal a Catalina dentro de las fronteras. Un nuevo divorcio hubiese cargado al rey con otra ex esposa sólo pocos meses después de haberse librado de la primera.

En el pasado había declarado que de buen grado hubiese devuelto a Catalina a su lugar junto a él si el matrimonio de ambos hubiese sido válido. Ahora el sentimiento de culpa por la solitaria muerte de esa mujer triste y enferma en Kimbolton, que lo había amado hasta el fin, fácilmente se convirtió en ira contra la reina Ana: lo había seducido, por la magia o como fuera, alejándolo de la "buena reina Catalina". Entre lágrimas, el rey le dijo al joven duque de Richmond que Ana Bolena era "una puta envenenadora" que había planeado matar tanto al muchacho como a su hermanastra María: ¡con qué fortuna habían logrado escapar! Todos "tenían una gran deuda con Dios". Al voluntario autoengaño de Enrique VIII sumaba una fuerte dosis de autocompasión que, en su caso, terminaba siempre convertida en ira.

La dama de la Torre



La reina Ana probablemente estuviera alojada en las denominadas Habitaciones Reales, en la Guardia Interior, hacia el sur de la Torre Blanca que había ocupado antes de su coronación, pues eso le había prometido sir William Kingston; los apartamentos de la reina estaban en un ala que se extendía hacia el norte desde la Torre Lanthorn. Las condiciones de su reclusión no eran duras. Tomaba sus comidas con el condestable, como era costumbre que hicieran los prisioneros de Estado, y la presencia de cuatro o cinco damas para atenderla demostraba que aún se la trataba como a la reina. No obstante, la reina Ana permaneció en estado de postración precipitado por la inquietud de su viaje y el terror a su llegada. Siempre había sido una mujer muy tensa, que fácilmente sucumbía a la ira o a las lágrimas. Su risa, en tiempos anteriores, a veces había sido quizá demasiado estridente o no del todo apropiada.

Parecía que la reina se había derrumbado por completo. Kingston informó a Cromwell que ella pasaba constantemente de la risa al llanto, tal como había hecho al ser recibida en la Torre. Sus frases de volvieron desquiciadas e incoherentes, más parecidas a delirios que a la conversación ingeniosa con que una vez había cautivado al rey.
Pero sus palabras fueron cuidadosamente anotadas por sus damas. La reina Ana se referiría más tarde a esas mujeres con ira como a sus "guardianas". Ciertamente, eran mujeres leales al rey (y a Cromwell) que a su señora: una de ellas era la tía de Ana, lady Shelton, que había ocupado el puesto de gobernanta de la princesa Isabel; también estaban lady Kingston y la señora Margaret Coffin, esposa del Maestro del Caballo de la reina, y cierta señora Stoner. La señora Coffin compartía dormitorio con la reina. Tenía instrucciones de transmitir todo cuanto decía Ana al condestable y por tanto a Cromwell. 

Aun en sus momentos de cordura, la reina Ana estaba muy atemorizada, y con motivo. No tenía ni idea de en qué se basaban concretamente los cargos contra ella. Se arrestó a otros cortesanos a los que se imputaba haber estado imprudentemente relacionados con la reina. El 4 de mayo fueron apresados sir Francis Weston y William Brereton, camarero de la cámara privada: aunque había cierta inquietud oficial, como escribió sir Edward Baynton, "porque ningún hombre confiesa nada contra ella, salvo Mark [Smeaton] acerca de nada". El 8 de mayo fue arrestado el antiguo admirador de Ana Bolena, sir Thomas Wyatt, aunque luego fue puesto en libertad. Si iniciaron pesquisas a instancias de Cromwell para atrapar a todo aquel a quien las groseras habladurías y las peores revelaciones implicaran en la traición con la reina.


Brereton es apresado

Los fríos procesos de la ley seguían en el mundo exterior. La maquinaria del Estado Tudor podía tener efectos tiránicos, pero existía, y se evitaba cuidadosamente dar la impresión de tiranía. Las acusaciones de traición se presentaban ante grandes jurados tanto en Middlesex como en Kent: esos se hacía para cubrir las áreas geográficas donde supuestamente habían tenido lugar los diversos delitos. 

Los supuestos amantes
Lo que resultaba tan atemorizador para la reina, era la posición de cercanía en la corte de los arrestados. Había mantenido encuentros íntimos con los cuatro hombres —Smeaton, Norris, Weston y Brereton— que fueron procesados primero. ¿Cómo podían no serlo? Y los encuentros íntimos implicaban la clase de galateno romántico pero sin consumación que el rey se había permitido alegremente desde el principio de su matrimonio y, siguiendo su ejemplo, eran parte de la costumbre en una corte del Renacimiento. En cierto sentido, tales relaciones eran un modo tradicional de pasar el tiempo durante las interminables fiestas de la corte, como las justas sólo que en esos encuentros los hombres se medían graciosamente con las mujeres y viceversa. La poesía, la música y la danza formaban parte de la trama de tales "torneos". Había anhelantes declaraciones amorosas tal vez, votos, suspiros, pero no sexo, y desde luego no algo tan peligroso como el sexo con la esposa del rey. 


Ana Bolena con Smeaton


En cuanto al juicio de Smeaton, Norris, Weston y Brereton, que tuvo lugar en Westminster Hall el 12 de mayo, hay un contrastre entre la larga lista de adulterios y conspiraciones en Hampton Court, Greenwich y York Place (Whitehall) que se leyó y las habladurías de entonces, adornadas posteriormente. Los cargos eran en su mayoría absurdos: por ejemplo, que la reina cometió adulterio con Norris pocas semanas después del nacimiento de la princesa Isabel en una época en que todavía permanecía retirada en Greenwich antes de la ceremonia religiosa oficial con la que una mujer volvía al mundo después del alumbramiento. En cuanto a las habladurías, no constituyen ninguna prueba. Pero las historias recogidas en las biografías hostiles poseen un sabor familiar, como si algunas cosas se hubieran dicho en un contexto diferente, con coquetería, incluso de un modo provocativo pero inocente.  



El joven y apuesto músico Mark Smeaton fue acusado de estar enamorado de la reina y de recibir dinero de ella. Sus finas ropas habían desatado los celos, considerando sus pobres antecedentes y la magra remuneración del rey. A Weston también se lo acusó de recibir dinero de la reina, pero ella se lo daba a muchos jóvenes cortesanos; era parte de su papel tradicional como protectora. Tal vez Smeaton estuviera enamorado de ella, lo que en sí mismo no era un delito, pero sin duda no había pruebas de que la reina correspondiera a su amor. La historia de Antonio de Guaras de que Ana Bolena había estado a su vez locamente enamorada de Smeaton tiene el mismo valor que muchas de las habladurías de quienes, como de Guaras, eran por definición hostiles a una mujer que había suplantado a Catalina de Aragón. Si Smeaton se hubiese confesado enamorado de la reina, entonces la reina Ana podría haberlo reprendido por su presunción. Ése era el tenor de otra historia según la cual la reina le reprochaba sus celos y le señalaba que no se podía esperar que ella conversara demasiado con una persona que no era de origen noble. "Una mirada basta para mí —se suponía que había respondido Smeaton—, y adiós entonces".


Se suponía que sir Francis Weston había hecho insinuaciones semejantes —aunque con más elegancia—a la reina un año antes. El coqueteo de Weston con la prima hermana de la reina, Madge Shelton, comprometida con sir Henry Norris, había fastidiado a la reina, que lo había reprobado por ello. Weston se excusó osadamente diciendo que en realidad había ido a la cámara de la reina para ver a otra persona: "A vos". Pero al oír eso la reina "lo retó", es decir, le prohibió seguir avanzando con su lanza en la justa cortesana.


Los cargos contra Brereton nunca se concretaron. Pero es interesante observar que la acusación más grave contra sir Henry Norris también tenía que ver con Madge Shelton. Se sugería que su compromiso con Madge Shelton había sido un modo de encubrir su pasión por la señora de Madge. En ese sentido, se suponía que la reina le había hecho un comentario notablemente imprudentemente a Norris. Las palabras incriminadoras fueron éstas: "Buscáis zapatos del hombre muerto, porque si algo malo le sucediera al rey me pretenderíais". Pero la razón de tal comentario pudo ser cualquier intercambio alegre cuyo verdadero motivo fuera la rivalidad intermitente de las dos primas hermanas, Ana Bolena y Madge Shelton. El añadido del significante detalle sobre la muerte del rey conllevaba el tinte fatal de la traición.



Ninguna de esas consideraciones tuvo en cuenta el jurado que se reunió en Westminster Hall el 12 de mayo como consecuencia de los informes enviados por los grandes jurados de Middleesex y Kent. Las reglas de la justicia de la época no permitían la asistencia de abogados defensores si los cargos eran de traición. Los cuatro hombres fueron condenados a morir en Tyburn con las penalidades extremas de la ley: ser destripados en vida, castrados, y luego desmembrados. 

Bibliografia                                                                                                      Fraser, Antonia: Las Seis Esposas de Enrique VIII, Ediciones B, Barcelona, 2007.

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