viernes, 1 de marzo de 2013

Catalina de Aragón y la batalla de Flodden Field



Del mismo modo, la guerra contra Francia en 1513  encajaba con la imagen que el rey tenía de sí mismo, de cómo debía comportarse un monarca (y de paso demostraba a esos envejecidos reyes europeos que él era una fuerza que debían tener en cuenta). Las maquinaciones del rey Fernando en el sur, que necesitaba un movimiento de tenaza contra Francia, y las plegarias de la reina Catalina, casualmente, coincidían con sus más profundas inclinaciones. 


Una vez que el rey partió hacia Francia en junio de 1513, las oraciones de la reina se centraron en su seguridad personal antes que en la victoria. Thomas Wolsey, por entonces limosnero del rey, era un excelente conducto para los ansiosos mensajes de ella. Catalina le dijo a Wolsey que se preocuparía por la salud del rey: no podría haber descanso para Catalina mientras el rey estuviera tan cerca de "nuestros enemigos". El rey condujo su "ejército real" en los sitios de Thérouanne y Tournai (que fueron tomadas) y en la batalla de las Espuelas (de la que huyeron los franceses). En realidad, él nunca estuvo siquiera cerca del frente —a diferencia de Francisco I, Carlos V y de su propio padre, Enrique VII nunca combatió realmente—, pero si se leen las cartas de la reina parece todo lo contrario. 

      Enrique VIII. 1509, artista desconocido

El 13 de agosto, ella estaba una vez más ansiosa por que su esposo se encontraba tan cerca del sitio de Thérouanne: si no estaban aseguradas "su salud y su vida", escribió, "no veo nada bueno" como resultado de un sitio.  Después de la batalla de las Espuelas, al menos la tranquilizó pensar que la presencia del sabio y anciano emperador Maximiliano moderaría a su impulsivo muchacho: "Pienso que con la compañía del emperador y con su buen consejo, su alteza [Enrique] no se aventurará tanto como yo temía antes". 

Catalina de Aragón

Entretanto, cuando no se preocupaba por su esposo, la reina hacía su trabajo como regente con energía y decisión. Los escoceses, liderados por Jacobo IV, cuñado del rey, aprovecharon la oportunidad para hacer "la vieja jugarreta" y atacaron la frontera septentrional inglesa. 

Jacobo IV de Escocia

El 22 de agosto, Jacobo IV cruzó la frontera. La mayoría de sus soldados iban armados con lanzas de tipo continental de dieciocho pies, unos seis pies más larga que la lanza escocesa tradicional. El ejército tuvo que soportar mal tiempo y enfermedades durante el asalto al castillo de Norham, provocando que muchos desertaran. 

A mediados de agosto, la reina escribió al rey: "Estoy terriblemente ocupada haciendo estandartes, banderas e insignias". Ésa era una tradicional ocupación femenina. Pero la reina, como hija de su madre, también se puso la capa de guerrera. Pedro Mártir, su viejo profesor, se enteró de que, "imitando a su madre Isabel", Catalina había pronunciado unas espléndidas palabras ante los capitanes ingleses, diciéndoles que estuvieran prontos a defender su territorio, "que el Señor les sonreía a aquellos que defendían a los suyos y que debían recordar que el coraje inglés superaba el de todas las demás naciones" 
Se dice que los hombres se sintieron "inflamados por esas palabras", que por otra parte fueron pronunciadas en inglés. A su español nativo, su latín fluido y el francés en que se había vuelto experta en los años en que era el único idioma que podía hablar en la corte inglesa, Catalina sumaba ahora un inglés bueno o discreto (aunque naturalmente debemos imaginarla hablándolo con un fuerte acento español). 

Mientras el rey Jacobo merodeaba en Northumberland, el ejército de rey Enrique VIII comenzaba a reunirse bajo la dirección de Thomas Howard, conde de Surrey, con aproximadamente 24.500 hombres. 

Jacobo IV antes de la Batalla de Flodden Field

La reina tenía planeado ir ella misma al norte, pero antes de su partido llegó la noticia de la colosal derrota escocesa en Flodden del 9 de septiembre. Un poema, Scotish Feilde, escrito para celebrar la victoria se refería al hambre y la sed del ejército inglés bajo "nubes modeladas como alegres castillo allá arriba", el terror de las trompetas y, finalmente, la masa de escoceses muertos: "sin aliento yacen boquiabiertos bajo la luna". La flor de la nobleza de Escocia yacía allá, donde también murió el rey de los escoceses. Pero su cuerpo, tan herido y destrozado que sólo era reconocible por la chaqueta y la cruz, no quedó tendido bajo la luna. Fue llevado a Inglaterra, donde, al menos la reina, en un exceso de fervor, hubiese deseado enviar el cuerpo que estaba debajo de la chaqueta a Enrique VIII en Francia, como trofeo de guerra, "pero el corazón de nuestros ingleses no lo toleraría". La cruz, que pesaba más de medio kilo y enmarcaba un fragmento de la Cruz Sagrada con una cadena enjoyada, fue a parar al Tesoro real y la reina envió la chaqueta del rey de los escoceses, sin el cuerpo, a Francia. "En esto verá Vuestra Alteza cómo puedo mantener mi promesa —escribió ella, enviándoos por vuestras banderas una chaqueta de rey"

El orgullo patriótico de la reina por su logro se trasluce en sus cartas a Wolsey así como al rey. Pero tenía el cuidado de dar crédito a quien correspondía: "Este asunto es tan maravilloso —le escribió a Wolsey—, que pareció obra sólo de Dios". Pero luego no podía resistir agregar: "Confió en que el rey recordará agradecerle por ello" (como ella misma había hecho, en cuanto tuvo la noticia). Por fortuna, el rey lo hizo: se levanto una tienda de tela dorada, se celebró una misa, con un Te Deum y un sermón del obispo de Rochester, el "sabio y virtuoso" John Fisher. Catalina insistió, en su mensaje al propio rey, refiriéndose a "la gran victoria que Nuestro Señor ha enviando a vuestros súbditos en vuestra ausencia", y rogándole personalmente que recordará dar gracias a Dios. "Estoy segura de que Vuestra Alteza no lo olvidara, que será causa de que os envíe muchas más grandes victorias, como confió en que lo hará".


La victoria de Flodden fue en realidad un acontecimiento militar importante: acabó con la amenaza escocesa durante una generación mediante la matanza de sus lideres; el príncipe Jacobo de Escocia, de dieciocho meses, que ahora ocupaba nominalmente el trono, era el sobrino del rey inglés y la regente era su hermana. Comparada con ésa, la victoria en la batalla de las Espuelas sobre los franceses, si bien formaba parte de una campaña de elevado coste, no pasaba a ser un control temporal que se olvidaría al año siguiente cuando el rey cambiara su política exterior. 



No obstante, la reina Catalina celebró la batalla de las Espuelas como si lo cierto fuera lo contrario. "La victoria ha sido tan grande que creo que nunca antes se vio una batalla semejante", escribió ella al enterarse. 





Bibliografia 

Fraser, Antonia: Las Seis Esposas de Enrique VIII, Ediciones B, Barcelona, 2007.

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