lunes, 25 de febrero de 2013

La coronación de Ana Bolena

La procesión de Ana Bolena

La coronación de la reina Ana el 1 de junio de 1533, cuando estaba embarazada de casi seis meses, supuso su apoteosis. La coronación de una reina era un acto simbólico y solemne, con una significación que transcendía la del matrimonio con un rey (que en general, como se ha visto, se celebraba privadamente). No todas las reinas eran coronadas. Aquellas que eran «ungidas realmente» —una parte de la ceremonia de coronación— tenían conciencia de la santidad especial que eso confería. El día del juicio de Dunstable, la reina Catalina basó su rechazo a ser relegada a la condición de princesa viuda en el hecho de que había sido «una reina coronada y ungida». Al año siguiente, sir Tomás Moro tuvo el cuidado de aclarar que, a pesar de su creciente oposición a las políticas eclesiásticas del rey, aceptaba el matrimonio del rey con Ana Bolena como parte de la providencia de Dios, y ni «murmuraría ni disputaría al respecto», ya que «esa noble mujer» fue «ungidas realmente reina».
El momento de la coronación de la consorte variaba considerablemente. La reina Catalina, como princesa de España, había sido coronada junto con su esposo para señalar el esplendor de un nuevo reinado. Pero en general había un fuerte vínculo entre la ceremonia y los herederos. La visible fecundidad de la reina Ana «ella está ahora un poco grande con el hijo», admitió Cranmer al embajador inglés ante la corte del emperador— la convertía en una candidata apropiada para recibir la corona del consorte. Hall captó el sabor de esto cuando escribió en su Chronicle que alguna gente juzgaba que Dios quería ese nuevo matrimonio porque «la nueva reina pronto estuvo embarazada».
Según una anécdota, relatada por el egregio Chapuys, los dos Bolena, padre e hija, discutieron por el vestido de la reina. Por lo visto Ana había agregado una pieza de tela a su traje para dar cabida a su creciente barriga (la ropa de embarazada como tal no existía). Cuando su padre le dijo que quitara esa pieza y diera gracias a Dios por su estado, Ana, con su temperamento habitual, replicó que se hallaba en una situación mejor de cuanto él hubiera deseado que tuviera.

Para prepararse para la ceremonia, la reina Ana fue llevada primero de Greenwich a la Torre de Londres por agua, como era la costumbre. Era el 29 de mayo, el jueves anterior al domingo de Pentecostés. Ella iba «ataviada con rica tela dorada» y escoltada por cincuenta «grandes barcas, convenientemente arregladas», pertenecientes a los diversos sectores de la ciudad, que habían ido a saludarla. En consecuencia, Antonio de Guaras, autor de Spanish Chronicle —y testigo presencial—, describió cómo no se veía nada en seis kilómetros salvo «barcas y botes todos adornados con toldos y alfombrados, que daban gran placer de contemplar». En cada barca, según el posterior relato oficial iban «trovadores que producían una dulce armonía».
Cuando la reina Ana llegó a la Torre de Londres, el rey Enrique la recibió "con amoroso semblante en la puerta posterior, junto al agua" y la besó públicamente. Pasaron las dos noches siguientes juntos en la Torre. La antigua estructura había sido objeto de reparaciones importantes en los últimos tiempos, puestos en marcha por Thomas Cromwell en el verano de 1532. Fueron necesarias casi 3.000 toneladas de piedra en Caen, y se gastaron más de 3.500 libras con cuatrocientos trabajadores; se construyó tanto una nueva galería para la reina, entre la del rey y el extremo del guardarropa del rey, como techos y suelos de las habitaciones de la reina. El sábado, la nueva reina debía ser llevada en solemne y magnífica procesión a través de la ciudad de Londres a Westminster. 

Surgen complicaciones 
Ya había habido cierta controversia sobre los arreglos. Por ejemplo, la reina Ana había insistido en usar la barca real de su predecesora, desprovista de sus insignias y con las suyas propias, para su viaje por el río. Éste parece haber sido un gesto más personal de la nueva reina que la previa reclamación de las joyas de Catalina. De todos modos, el duque de Norfolk le comento a Chapuys que el incidente había enfadado mucho al rey Enrique, ya que había muchísimas otras barcas en el río adecuadas para ese fin; el chambelán de la nueva reina, lord Borough, recibió una reprimenda.  

Por supuesto, Norfolk, en su conversación con Chapuys, no estaba libre de prejuicios. Sumamente ansioso ante la perspectiva de la invasión de la invasión española, también deseaba asegurar a Chapuys, de paso, que él personalmente nunca había favorecido el matrimonio del rey con Ana Bolena, aún cuando fuera un matrimonio Howard. (Tampoco esto Norfolk presente en la coronación de su sobrina, ya que partió para Francia inmediatamente antes para ejercer como diplomático inglés en una reunión del Papa y del rey Francisco). Pero Chapuys estaba dispuesto a mostrarse filosófico sobre el tema, ya que después de todo había cuestiones más importantes: "Permita Dios que ella {la reina Ana} en adelante se sienta contenta de poseer la barca, las joyas y el esposo de la reina —escribió— sin pretender también...la vida de la reina y la princesa".



Hay pruebas, aparte de los informes de Chapuys o de De Guaras, ambos inevitablemente favorables a la reina Catalina, de que las celebraciones en la ciudad no fueron un éxito popular como se suponía que debían ser. Norfolk preguntó si había que invitar al clero de la ciudad, cuyo espíritu era crítico. Entonces era habitual que los dignatarios de la ciudad obsequiaran a la nueva reina con una suma sustancial; en esta ocasión los concejales fueron personalmente a reunir las contribuciones para evitar el rechazo. Con insólito tacto, los concejales dejaron fuera de las listas de los que pagaban un impuesto por el regalo a los comerciantes españoles, sin duda deseando evitar posibles discusiones desagradables que podían repercutir en la ciudad si llegaban a oídos del rey Enrique. Pero las iniciales H y A, combinadas de muchas maneras como una vez se habían visto las iniciales H y K, dieron pie a la sátira "!HA!¡HA!", se burlaban ciertos londinenses desleales. 
Nada de esto se escuchó, por supuesto, en la pompa de la procesión del sábado. La elegancia de la reina Ana combinaba lo virginal con lo deslumbrante. Su magnífico pelo negro caía sobre su espalda como el de una novia, y llevaba algunas flores en la mano. Su traje de brocado carmesí estaba cuajado de piedras preciosas, mientras que alrededor del cuello lucía "una sarta de perlas más grandes que garbanzos", según De Guaras, y una gran joya "formada por diamantes evidentemente de gran valor". Un manto de terciopelo púrpura remataba el conjunto, mientras que sus damas iban también "ricamente vestidas de carmesí con armiños". 

Las alabanzas a la nueva reina


Apolo y las Musas, de Hans Holbein

La reina Ana iba sentada en una litera, con un dosel sobre la cabeza sostenido por los barones de las Cinque Ports, a la cabeza de una larga procesión de nobles y asistentes. Un largo panegírico en latín había sido escrito para Ana por el celebrado gramático Robert Whittington en Año Nuevo mientras ella aún no era más que "la más ilustre y bella heroína lady Ana, marqués de Pembroke". Whittington había hecho una serie de comparaciones con el mundo clásico:

¡Salve, Ana!, joya que brilla muy graciosamente,
este año será dichoso y favorable para vos.
Veréis años, meses y días tan felices como
los que vio Livia, la consorte de César.

Y Whittington ordenaba a los poetas que no siguieran alabando a Penélope o ni siquiera a Helena, ya que esa heroína superaba a ambas. Ahora que era reina, se añadió la figura cristiana de santa Ana, madre de la Virgen María, un claro prototipo, como lo había sido santa Catalina martirizada con su rueda para Catalina de Aragón. 


Varios niños recitaban los versos; cabe esperar que su encanto infantil disimulara la banalidad del texto. Los versos habían sido compuestos por John Leland y Nicholas Udall. Leland era un distinguido anticuario y Udall (un temprano luterano que había estado implicado en el asunto de la venta de libros heréticos en Oxford en 1528) se convertiría en el director del Eton College al año siguiente y luego en director de Westminster School; también escribió la más antigua comedia inglesa conocida, Ralph Roister Doister. De modo que diremos amablemente que esos versos no constituían su mejor logro. 
El primer niño comparaba debidamente a la reina con santa Ana, antepasada de Cristo, y luego pasaba a esperar "tal cuestión y descendencia" en "breve espacio". El segundo niño saludaba la llegada del halcón blanco (el sello de los Butler, condes de Ormonde, heredado por Thomas Bolena y, en el caso de Ana, coronado) seguido por un ángel, portando una "corona imperial" del cielo. Tampoco se olvidaba la celebrada virtud de la reina Ana:
Este gentil pájaro
tan blanco como la cuajada...
En castidad
sobresale

En la Cruz de Cheapside ("recién dorada" para la ocasión), la reina Ana recibió "el libro obsequio de honor" de la ciudad: 1.000 marcos en monedas de oro. Según la versión oficial, la reina dio entonces "muchas gracias con su corazón y su mente". (Pero para el español De Guaras, su conducta fue poco elegante; una verdadera reina hubiese sabido que debía entregar la bolsa a sus alabarderos y lacayos, pero esa dama, como era "una persona de posición baja", la conservo")

El Juicio de París

En Little Conduit, en Cheapside, otra representación mostraba el Juicio de París  versión del siglo XVI, con la reina Ana, no Venus, recibiendo la manzana dorada. La siguiente representación, en Paul´s Gate, fue la crucial, ya que se centraba en el futuro de la reina, y de la nación. Vírgenes "costosamente ataviadas" de blanco, damas con tabletas de plata y oro en las manos, se turnaban para exclamar mensajes en latín cuyo tema general era: "¡Reina Ana, prospera!, procede y reina." Bajo los pies de las mujeres había un largo rollo sobre el cual estaba escrito, también en latín, el verdadero motivo de todo el ceremonial: "¡Reina Ana, cuando des un nuevo hijo varón de sangre del rey, habrá un nuevo mundo dorado para tu pueblo!"

No sorprende que la reina, confiada en que produciría ese mundo de oro en unos pocos meses, exclamara "Amén" sobre "una gran plataforma" que le habían recitado otros "versos de poeta". Fuera cual fuese la calidad de los versos, ella había presenciado todo aquello que le había proporcionado placer durante la larga procesión de la Torre de Westminster, mientras volvía la cara "de izquiera a derecha" a la manera tradicional de la realeza, entonces y ahora. 
En las aceras se hallaba la gente (se dio orden de mantener los caballos apartados para que la multitud no fuera pisoteada) y desde galerías y ventanas observaban las personas más importantes. Es cierto que el agorero español comentaba la escasez de los gritos leales: pocas eran las exclamaciones de "¡Dios os salve!", que había sido la expresión habitual del pueblo cuando pasaba "la reina santa" (Catalina). Hubo otra historia acerca de que el rey Enrique tomó a su esposa en brazos al final del desfile y le pregunto "si le gustaba el aspecto de la ciudad". A lo cual la reina Ana replicó secamente que le agradaba mucho el aspecto de la ciudad, "pero he visto muchas gorras sobre las cabezas y unas cuantas lenguas". Pero después de todo, para ella, esos reveses menores eran insignificantes comparados con el momento de gloria que se avecinaba. 

La coronación 


Escena de coronación de Ana Bolena, The Tudors

A las ocho en punto de la mañana siguiente, la reina Ana Bolena, acompañada de damas nobles "en sus mantos estatales" acudieron a la abadía de Westminster. Ahí ella recibió "su corona" de acuerdo a la crónica oficial "con todas las ceremonias de ello, como corresponde" del arzobispo de Canterbury, Thomas Cranmer. Muy pocos de esos nobles habían jurado lealtad a la reina anterior: el duque de Norfolk, como se ha dicho, estaba convenientemente ausente por asuntos del rey, pero el duque de Suffolk, siempre devoto al rey, actuó como Alto Condestable y Mayordomo del banquete que siguió a la coronación en Westminster Hall (cuando la cañería que de allí provenía dio vino para el pueblo).
El primo hermano del rey, el marqués de Exeter, no asistió, pero en cualquier caso había sido excluido recientemente de la corte por dar su apoyo a la reina Catalina; su esposa Gertrude, la hija del chambelán de Catalina y su dama española Inés de Benegas, era una de las amigas más intimas de Catalina. "Grandes justas" siguieron al otro día; todo era como solía ser (salvo que el rey no participó de los torneos). 


Banquete de coronación de Ana Bolena

Enrique VIII, mientras observaba el desarrollo del banquete desde una galería en Westminster Hall (los monarcas tradicionalmente no asistían a las ceremonias y celebraciones de coronación de sus consortes, si se realizaban en forma separada de la propia), podía sentirse satisfecho.


Bibliografia

Fraser, Antonia: Las Seis Esposas de Enrique VIII, Ediciones B, Barcelona, 2007.

6 comentarios:

  1. En la serie de los Tudor tras la coronación de Ana como reina, Henry le pregunta "¿Estás contenta?" y ella dice que sí pero que "había tan poca gente en las calles..." o algo así, ¿es cierto Ana no fue aclamada lo suficiente por el pueblo? Y luego en la pelicula de "La otra Bolena" durante el banquete la están llamando bruja en la calle después de su coronación! ¿Qué opinas, ficción o realidad?

    ResponderEliminar
  2. Le responde Ana que parecía más bien un funeral. Pues hay varias teorías. Lo que si es cierto es que no fue aclamada como lo había sido su predecesora. Lo que si es ficción es que fue abucheada e insultada. Aunque si hubo burlas por las iniciales "HA". El historiador Eric Ives señalo que era difícil evaluar lo que la gente en realidad pensaba.

    ResponderEliminar
  3. Sí, el tema del pueblo y su amor por un líder es muy difícil de decir. Grandes líderes han arriesgado su posición por ayudar al pueblo llano a tener más derechos y al final incluso el pueblo (puede ser que por su ignorancia) llevado de un lado a otro por sus adversarios, le han dado la espalda a esos mismos líderes que intentaron llevar el bienestar a su maltrecha clase social. Dos ejemplos reales: el tribuno de la plebe Graco (que era de familia noble y patricia) dio su vida por el derecho de la reforma agraria de la plebe para que tuvieran más tierras y estas no fueran quitadas por los nobles al pueblo para luego expulsarlos de ellas a los ciudadanos libres y emplear esclavos. Familias enteras se quedaban sin trabajo y sin sustento. Roma estaba anegada de ciudadanos libres indigentes. Incluso los esclavos vivían mejor, pero el Senado protegía a los descarados nobles. Al final mataron a Graco la plebe acuciados por los opositores a él y le tiraron al Tiber sin más dilación. No tuvo entierro.
    El segundo ejemplo es el del doctor Dr. Struensee, del que hablamos el otro día, el amante de la reina Carolina Matilde de Dinamarca. Logró vacunas para los más pobres, el acceso a la universidad para todo el ciudadano, abolió las torturas a presos y aprobó la reforma agraria. Pero las masas al final pidieron su cabeza acuaciados por sus opositores, y le ejecutaron.
    Seguro que cuando estos reformadores murieron el pueblo se arrepintió ya que en el caso de los daneses se quedaron sin vacunas, sin ir a la universidad y torturados por los tiranos terratenientes de nuevo en un régimen medieval. Y en el caso de los romanos, las reformas dejadas por Graco de las tierras tardarían en ponerse en práctica. O sea que te entiendo perfectamente con lo de Ana Bolena. El mito de que el pueblo la odiaba yo no lo creo tanto. Más bien el pueblo estaba indiferente, reinase quien reinase, su situación no variaba demasiado. Ana sería odiada por unos, amada por otros, e indiferente a la mayoría.

    ResponderEliminar
  4. Pues la verdad si es difícil saber porque fueron varias crónicas las que se escribieron sobre la coronación. Ana no era popular entre el pueblo pero tampoco creo que la odiaran demasiado. La coronación fue muy fastuosa y he llegado a pensar que olvidaron por unos momentos a Catalina y disfrutaron de los festejos de la nueva reina. Ese hombre que dices, se llamaba Tiberio, según recuerdo. Pero en verdad si tuvo un final triste. Que su preocupación por el pueblo le haya salido tan cara. La gente era bastante desleal pero principalmente, oportunista.

    ResponderEliminar
  5. Sí, el hombre al que me refería era Tiberio Graco, el hijo tribuno de esa gran familia patricia que llevaba ese nombre.
    Ese hombre es una figura histórica injustamente relegada al olvido, pero hizo verdaderas reformas agrarias para un pueblo, que una vez tenido lo que buscaban le dio la espalda más absoluta, dejándose conducir por los mismos tiranos que años antes les habían quitado las tierras. El pueblo veleidoso siempre ha estado presente en cada época, incluso en la actual si te fijas en los últimos eventos mundiales.
    En el caso del que hablamos, el de Ana Bolena, yo en los Tudor, en la serie vi que cuando iban en la carroza el rey le preguntó "¿Estás contenta?" y ella dijo "Sí, pero había tan poca gente". Y en efecto, en la serie pusieron que había cuatro pelagatos en la calle.
    Pero yo creo que era para mostrar la visión del director: que Catalina era la popular entre el pueblo y Ana, en efecto la impopular. Pero objetivamente, es y siempre será un misterio la relación entre Ana Bolena y el que fuera su pueblo, dadas las reformas religiosas que Inglaterra sufrió y las subsiguientes muertes que hubo durante los reinados de María la Sanguinaria y su hermana la gran reina Elizabeth I. Personalmente pienso que las hijas de Henry, entre ellas continuaron con la guerra antaño empezadas por sus madres. Sus madres combatieron por el amor de un rey, sus hijas por las reformas religiosas.

    ResponderEliminar
  6. Tienes razón, es justo lo que pasa con nuestros gobiernos. Es injusto lo que le hicieron a ese hombre. Como dice la frase "al pueblo circo, maroma y teatro", terminan haciendo de las suyas. Es que la creencia popular es que nadie del pueblo quiso asistir a la coronación de Ana. En Ana de Los Mil Días la llaman ramera y la abuchean. Pero hay un artículo que leí hace mucho que decía que en realidad la gente si vitoreaba a Ana en su coronación (por conveniencia, claro) y que le decían que darían la vida por ella. Aunque nunca tendremos una versión real de los hechos. Sus enemigos querrán denigrarla y sus amigos exagerar los detalles. De hecho, vi un capítulo llamado "The Lion´s cub" que habla sobre los primeros años de Elizabeth. Menciona la relación con María. Hay una escena donde María le dice que tiene los mismos ojos que tenía su madre (osea, Ana) cuando dijo "yo seré su muerte, o ella será la mia"

    ResponderEliminar


Entradas relacionadas



Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...