viernes, 6 de julio de 2012

El embarazo y el parto en la Edad Media

La sociedad medieval estuvo caracterizada por la constante intervención de la Iglesia en los asuntos más íntimos, como las relaciones sexuales y el parto. 
La Iglesia condenaba las practicas sexuales que solo tenían como fin el placer, y no la concepción. La única postura sexual permitida por la Iglesia era la del "misionero". 

Incluso se decretaron ciertos periodos de abstinencia sexual durante el matrimonio, como la menstruación, pues se creía que los fluidos menstruales podían provocar la muerte. También durante el embarazo, ademas de que la pareja solo buscaba el placer sexual ya que la mujer ya estaba fecundada, se creía que el acto sexual podía dañar al bebe. 

La homosexualidad y la anticoncepción se convierten en actos penados. Así como la mujer estéril que por ello puede ser repudiada por su esposo. 

Entre los médicos de la época se difundieron tratados de saber científico que abordaban cuestiones tales como la medicina, la cirugía y la obstetricia; a tal efecto destacan obras como las realizadas por Hipócrates (siglos V-IV a.C), Aristóteles (S. IV a.C), Sorano de Éfeso (S. II d.C) a quien se considera fundador de la ginecología, Avicena (siglos X-XI) o Al-Zahrawi (Siglos X-XI).


En estos tratados médicos se recogen dos tesis enfrentadas en cuanto al origen del embrión. De un lado, la hipocrática, que afirma que el embrión es fruto de dos espermas, afirmando que la simienta de la mujer es tan indispensable como la del hombre para la formación del nuevo ser; del otro, la tesis aristotelica, la cual establecía que el embrión era producto del hombre, en tanto que la mujer sólo servía para hacer fermentar la semilla masculina.Bartolomé el Inglés afirmaba que, en el proceso de fecundación, en el que el semen del hombre se debía concentrar en los ovarios de la mujer, los niños se creaban en el ovario derecho, y en el izquierdo las niñas. Sobre la evolución del embrión, tanto Aristóteles como Guillermo de Conches (siglos XI-XII) afirmaban que el feto no era humano hasta los 40 días, en el caso del niño, o 50, en el de las niñas.


El embarazo en la Edad Medieval


Los síntomas para saber si una mujer estaba encinta eran la menorrea (ausencia de la menstruación), el oscurecimiento de los ojos de la mujer, las nauseas y vómitos y el movimiento del feto a partir del cuarto mes de gestación.

Otra cuestión que inquietaba a los futuros padres era conocer el sexo de la criatura, por lo que la gente recurría a teorías y supersticiones. Se creía que si una mujer esperaba una niña, el embarazo era más molesto y largo. En cambio, ante la espera de un varón, la mujer se sentía mejor y paria antes. 
En las familias medievales se tenia preferencia por el sexo masculino. El nacimiento de una niña solía traer desilusión, en especial cuando en la familia escaseaban los hijos varones. Este aspecto era muy importante en las familias aristocráticas donde era preferible que un varón heredara todos los bienes familiares. 

El parto en la Edad Medieval 



Antes del parto, era muy frecuente que la habitación dispuesta para que la mujer diera a luz fuese profusamente decorada. Estaba muy generalizado el hecho de colocar en la habitación una imagen de la Virgen y el niño en la cabecera de la cama, con la finalidad de proteger a la mujer y al niño, dada la alta mortandad de mujeres y recién nacidos durante el parto. En cuanto al mobiliario, variaba según la posición económica de cada familia. Se colocaba una cama grande en el rincón, y los cofres que albergaban los ropajes del recién nacido. En la Corte, era tradición decorar de manera profusa, colocando paños y telas en las paredes, que se pintaban de color verde tras la moda impuesta en el siglo XV por María de Anjou, esposa de Carlos VII de Francia, estando vetado para la aristocracia hacer uso de este color. La mujer campesina estaba lejos de permitirse estos lujos, pariendo incluso en el campo donde ejercían su labor de sol a sol.

Era normal que la mujer, por su estado, tuviera miedo en su gestación y ante el acercamiento del parto, por lo que solía rezar e invocar a los santos. La moral cristiana aconsejaba que las situaciones intimas de las mujeres debían ser resueltas entre ellas. Por lo que la ginecología fue exclusiva de las mujeres hasta el siglo XVI.
Hubo casos excepcionales entre la realeza, la nobleza y la burguesía en los que los partos fueron asistidos por varones, aunque lo normal es que estos permanecieran afuera de la habitación.  Hubo el caso de un medico que se atrevió a entrar vestido de mujer en la recamara de una parturienta y fue descubierto, por lo que fue condenado a morir en la hoguera. 

El perfil ideal de una matrona o partera es que fuera discreta, experimentada, fuerte, que tuviera entre 45 y 50 años, buena cristiana (el Obispo le otorgaba una licencia especial para administrarle al niño el sacramento del bautismo, en caso de que la vida del niño peligrara). 
Tras el alumbramiento, la matrona lo mostraba a los testigos para que se comprobara su estado y sexo. Después de cortar el cordón umbilical y lavar al bebe, lo envolvían en un lienzo. 



La supervivencia del recién nacido se atribuía en gran parte al amamantamiento con leche de buena calidad. Sobre todo en la nobleza y en la realeza, se requerían los servicios de una nodriza. Se esperaba que la nodriza tuviese alrededor de 25 años, de constitución sana, senos firmes y no excesivamente grandes. Y que hubieran pasado por uno o dos meses desde que dio a luz, en especial a un hijo varón. 
La nodriza asumía las funciones de la madre: lo bañaba, lo vestía y mecía su cuna.  

Bibliografía
Arjona, María del Carmen, (2008) Nacimiento y Vida Infantil en la Edad Medía

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