viernes, 20 de abril de 2012

Juana I de Castilla "la Loca" (parte 2)

Atrapada en Castilla
El 19 de diciembre del 1502 don Felipe atravesó la frontera francesa, dejando a su esposa a dos meses de dar a luz. Fue una despedida tormentosa, según los testigos, el archiduque alegó que no era conveniente que la princesa viaja en tan avanzado estado de gestación. 




Con la soltura en ella habitual, doña Juana había dado a luz al futuro emperador, Fernando de Alemania, el 10 de marzo del 1503; era su segundo hijo varón, y el primero que nacía en España, por lo que el acontecimiento se festejó como se merecía. Pero se restableció con la celeridad acostumbrada y mostró deseos vehementes de regresar a Flandes para reunirse con su esposo y los tres hijos que habían quedado allí. 

La reina Isabel prometió a su hija que en cuanto llegaran las calmas del verano se organizaría el viaje por mar, pero llegó el verano y como la princesa no viera preparativo alguno para su viaje, sino sólo dilaciones, montó en cólera. Esto sucedía en Alcalá de Henares y madre e hija tuvieron un altercado de buenas proporciones y ahí fue cuando comenzaron a tacharla de loca.



Fue llevada al castillo de la Mota, prometiéndole que en cuanto hubiera tregua entre Francia y España, le organizarían el viaje por tierra, pues el verano se había pasado y con él las posibilidades de trasladarse por mar. Como ya se ha anticipado, hubo una tregua, que se firmó en los primeros días del mes de noviembre del 1503, pero cuidaron de ocultárselo a la princesa, y ahí sí que se equivocaron los que bien la querían, pero no acertaban en lo que le convenía. Había dispuesto la reina Isabel (que siguiendo el consejo de los doctores se había quedado en Segovia) que estuviera doña Juana muy atendida en todo, pero cuidando de que no le dieran noticias que la pudieran alterar, sin caer en la cuenta de que lo que más la alteraba era, precisamente, la falta de noticias. 


Castillo de la Mota


Pero doña Juana acabó por enterarse de lo de la tregua. Fue aquel mes de noviembre muy triste y lluvioso, sin otro entretenimiento para la princesa en el austero castillo de la Mota que los oficios religiosos que, por ser de difuntos como corresponde al mes de noviembre, la sumieron en una melancolía que la tenía postrada, durmiendo mal y comiendo peor. Estas noticias llegaban a la corte, en Segovia, en la que se encontraba aquella doña Beatriz de Bobadilla.




Dio órdenes por medio de correos para que los carros que con su equipaje esperaban en Fuenterrabía atravesaran la frontera. Y al mismo tiempo ordenó a sus criados y despenseros que empaquetasen sus enseres personales para partir al día siguiente.

Las órdenes en parte se cumplieron, y en parte no, pues muchos de los criados sabiendo que aquello no sería del gusto de la Reina Católica se mostraron remisos y ahí es cuando la princesa, tomando una fusta, azotó a algunos de ellos, lo cual tampoco era desusado en aquellos tiempos, entre señores y criados. Pero pronto llegó la noticia a Segovia, que distaba del castillo no más de cincuenta leguas, y la reina Isabel, que se hallaba postrada por las fiebres, comenzó a mandar a sus más altos dignatarios para que hicieran entrar en razón a la princesa.



Ligera de ropas para la estación, Juana se encaminó hacia la poterna de salida, siendo tal la majestad de su figura, que nadie se atrevió a detenerla. Iba la tarde de caída, muy fría, y al obispo Fonseca se le ocurrió ordenar a la tropa que cerrase todas las barbacanas del castillo para que la princesa no pudiera salir al campo abierto. 




Esto sucedía el 8 de noviembre del 1503, que cuentan que fue la noche más fría de aquel invierno, y cuando doña Juana se encontró las barbacanas cerradas se quedó en una de ellas, la que miraba hacia Francia, y no consintió en moverse de allí en toda la noche y todo el día siguiente. Nadie se atrevió a ponerle la mano encima y, pese a las súplicas de Beatriz de Bobadilla, no consintió ni siquiera en echarse una manta sobre los hombros.



Al segundo día accedió a retirarse de la barbacana, pero dijo que si no se le permitía usar de carros y caballerías, porque no eran suyos, tampoco le pertenecía aquel castillo y, por tanto, se quedó en un chamizo del cuerpo de guardia, con la sola compañía de Beatriz de Bobadilla, única persona a la que soportaba. 


La reina Isabel, contra la expresa prohibición de los médicos de cámara, emprendió el camino de Medina del Campo, para encontrarse con el cuadro más patético que imaginar pueda una madre. Doña Juana salió triunfante del empeño ya que su madre consintió en que emprendiera el viaje a Flandes. 

La infidelidad de Felipe

Felipe se encaprichó de una dama de la corte, de la que se sabe que era de buenas proporciones y piel muy blanca. También consta que no era mujer de muchas luces, o por lo menos no acertó a saber con quién se las tenía, al ufanarse de ser la amante del rey. Dicen que la princesa se lanzó contra la dama y le corto el cabello, sin que nadie se atreviera a detenerla. A raíz de este incidente, la princesa comenzó a descuidar su persona, tanto en el vestir como en el aseo personal. 



Reina de Castilla

Poco tiempo después, el 26 de noviembre de 1504, muere la reina Isabel a causa en Medina del Campo. En su testamento dispuso que su hija, doña Juana, debía ser proclamada reina de Castilla, y desde ese día, Fernando el Católico dejó de usar el título de soberano de Castilla. Su padre, Fernando, había dejado de usar el título de rey de Castilla, que no le correspondía, pero pretendía gobernar como regente con el pretexto de que su hija no estaba en su sano juicio. Pero a los nobles castellanos no les agradaba la idea de que su nueva soberana fuera declarada loca. 

Fernando por su parte, viendo que la nobleza castellana podía serle adversa, tentó de asegurar la continuidad de su dinastía en el reino de Aragón. Fernando contrajo matrimonio con Germana de Foix, la sobrina del rey de Francia. El 12 de julio del 1506 las Cortes declararon a doña Juana como reina propietaria de Castilla y a don
Felipe como «verdadero y legítimo señor», pero no por derecho propio sino porque era su «legítimo marido».


Muerte de Felipe el Hermoso
Con tan solo 28 años, en el mes de septiembre de 1507, Felipe jugaba un partido de pelota en Burgos, se quejaba del calor y no hacía más que beber agua muy fría. Fue entonces cuando se dijo que Felipe el Hermoso murió por beber estando sudado.
Murió el 25 de septiembre de 1507. Hubo rumores acerca de la posibilidad de que fuese envenenado por su suegro, pero jamas se pudo comprobar.




Al momento de recibir la noticia, Juana no derramo ni una sola lagrima, pero era evidente su desconsuelo. Cuenta la leyenda que la reina se dedicó a pasear el féretro de don Felipe, de plaza en plaza, de noche, a la luz de las antorchas. Cierto que mandó embalsamar su cadáver, como era costumbre hacer con los monarcas, y cierto que lo hizo depositar en la Cartuja de Miraflores, próxima a Burgos, a la que cada dos o tres días iba a rezarle misas, pero lo hacía por vía de sufragios para que cuanto antes saliera del purgatorio, en el que pensaba que se encontraba por sus muchas codicias y pecados de la vida pasada. 

Entretanto, y pese a tantas penas, dio a luz a su última hija, la infanta Catalina, el 14 de febrero del 1507. 

Juana en Tordesillas
Juana fue recluida en Tordesillas el mes de  febrero de 1509 por decisión de su padre con la intención de evitar que se formase un partido nobiliario en torno a su hija. Más tarde, aquel encierro se mantendría por orden de su hijo, Carlos I, el cual temía que el pueblo la considerara la verdadera reina. Una vez que la amenaza de la revuelta comunera fue sofocada, las represalias contra su madre no se hicieron esperar. Se le prohibió a la reina incluso salir de su propio cuarto, el cual tenía clausuradas las ventanas que impedían la entrada de la luz del día. Sólo era posible la visibilidad a la luz de las velas. Su única compañía fue su hija Catalina, a quien se le concedieron por orden del emperador ciertos privilegios de acuerdo a su rango. A Juana sólo se le permitió la compañía de unos músicos flamencos a quienes la reina no se cansaba de escuchar, ya que además de ser aficionada a la música, ella misma tocaba algún instrumento. En 1525, Catalina, su querida hija y única compañera, abandonó Tordesillas para casarse con el rey de Portugal, dejando a la reina en la soledad más absoluta durante el resto de su vida: treinta años más. 

Juana encerrada en Tordesillas, acompañada por la infanta Catalina


Cuando la reina era ya anciana, el marqués de Denia informó a Carlos que la reina no cumplía con sus deberes religiosos. Se temía que estuviera endemoniada. Por este motivo, en 1552, Felipe II envió a un religioso a entrevistar a la reina, el jesuita Francisco de Borja. Francisco desmintió las acusaciones contra la reina, encontrándolas faltas de fundamento y ayudó a la reina tratándola con comprensión y dulzura. Juana volvió a sus prácticas religiosas. En 1554, Francisco volvió a visitar a Juana, quien le contó las razones de su alejamiento de la religión, acusando a las mujeres que le asistían: "porque a los tiempos que rezaba, le quitaban el libro de las manos y le reñían y se burlaban de su oración", escupían sobre las imágenes y hacían "muchas suciedades en el agua bendita,...y durante la misa le mandaban que no dixese sino lo que ellas quisieren...". De este modo, la reina volvió a oír misa y dejó que se rociase con agua bendita todo el palacio. Cuando se percató que las dueñas habían regresado, volvió a dejar estas prácticas.

A estas alturas la pobre Juana no solo tiene el alma quebrantada sino también el cuerpo. Su salud de hierro había empezado a mermar debido a un edema en las piernas que cada vez se inflamaba más, a una serie de llagas de muy difícil curación y finalmente gangrena con tremendos dolores. En 1555, cuando Juana ya estaba al final de su vida, volvió a visitarla San Francisco de Borja. La reina recobró la razón durante sus últimos días e incluso dejó de tener las ideas delirantes. Ante la duda sobre si Juana estaba en condiciones de recibir los sacramentos, se pidió parecer al teólogo más destacado de la Universidad de Salamanca, Domingo de Soto, quien acudió a Tordesillas y habló largamente con la reina. El dominico dictaminó que podía recibir la extremaunción pero no la comunión. Era el 11 de abril de 1555. Al día siguiente, 12 de abril de 1555, viernes santo, a las seis de la mañana, Juana murió asistida por San Francisco de Borja. Sus últimas palabras fueron: "Jesucristo crucificado, sea conmigo". El 12 de abril de 1555 falleció en Tordesillas a los 75 años. 



Fuente:
http://www.artehistoria.com/


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