viernes, 23 de agosto de 2019

La sexualidad en la Edad Moderna (Parte 2)

Los registros bautismales ingleses revelan que las tasas de concepción prematrimonial, que en los años 1550-1749 llegaban al 20 por 100, se dispararon, en la segunda mitad del siglo XVIII, hasta superar el 40 por 100. Ni las autoridades protestantes ni las católicas miraban con indulgencia tales desafueros. A partir del siglo XVI, y sobre todo después del Concilio de Trento, en 1563, la Iglesia Católica comenzó a librar una sistemática batalla contra todas las formas de relaciones prematrimoniales.

Amor sacro y amor profano (1515). Tiziano. 

Pese a los muchos y repetidos intentos de eliminar el sexo prematrimonial y la cohabitación, las áreas rurales resistieron durante mucho tiempo el modelo "aprobado" de matrimonio, que estipulaba que todas las parejas debían ser acordadas por los padres. La Europa de los siglos XVI y XVII fue testigo de una andanada de regulaciones contra el matrimonio sin el consentimiento paterno, lo cual privó poco a poco a los jóvenes del derecho a elegir pareja, aun cuando se hubieran prometido, se hubiesen entregado alianzas y hasta hubiesen tenido relaciones sexuales. Particularmente eficiente en las áreas urbanas, el modelo paternalista del matrimonio permaneció incólume hasta el siglo XVIII, cuando la "anglomanía" convalidó un movimiento hacia una visión nueva, sentimental, de los afectos conyugales dentro de las clases altas. La Inglaterra aristocrática se colocó un paso adelante respecto del resto de Europa en el desarrollo de una nueva ideología de la familia según la cual la jerarquía patriarcal en vigor desde la Baja Edad Media cedía el paso a unas relaciones más estrechas e igualitarias entre los esposos. Sin embargo, incluso los que defendían estas ideas, se mostraron inflexibles en la condenación de otros dos motivos posibles de matrimonio: el deseo de beneficio monetario y la pasión sexual o romántica.

Relaciones conyugales
Ciertos rasgos del comportamiento sexual del primer periodo moderno son peculiares de Europa. El primero es el intervalo promedio de diez o más años entre la pubertad y el matrimonio. Esta brecha, que tendía a ser mayor entre las clases sociales más bajas que entre las altas, continuó ensanchándose durante los siglos XVII y XVIII. Además, hay una cantidad significativa de personas que nunca se casaron y que va del 10 por 100 entre los campesinos y pobres de las ciudades a más del 25 por 100 entre las elites. Un segundo rasgo particular es la noción de amor romántico sobre la constante biológica del impulso sexual.

Una tercera y última constante fue el predominio  de la ideología cristiana en la legitimación y práctica de la sexualidad. Aunque algo mitigada por reemplazar el ideal medieval de la virginidad por el del sagrado matrimonio, persistió la actitud desconfiada y hostil respecto a la sexualidad.


Las autoridades religiosas consideraban pecado mortal todo acto sexual fuera del matrimonio, así como todo acto conyugal no realizado en función de la reproducción. San Jerónimo declaró que el marido que abrazaba a su mujer con excesivo apasionamiento era un "adúltero" porque la amaba tan solo por el placer que le procuraba, como haría con una amante. Reafirmada por santo Tomás de Aquino e interminablemente repetida por manuales de autores confesionales durante los siglos XVI y XVII, la denuncia de la pasión en el matrimonio condenaba tanto a la esposa apasionada como al marido libidinoso. Hasta las posiciones que adoptara la pareja estaban sujetas a estricto control. La posición denominada retro o more canino (que no debe confundirse con sodomía) se declaraba contraria a la naturaleza humana porque imitaba el acoplamiento de animales. Igualmente "antinatural" era la posición mulier super virum, en la medida en que colocaba a la mujer en una posición activa.

Los textos médicos daban sostén a las regulaciones teológicas. Ambas autoridades estipulaban ciertos días en los que debían evitarse las relaciones sexuales. Para los píos, los días de ayuno, las fiestas religiosas, los domingos, Navidad, Viernes Santo y Pascua, eran días de castidad. También se recomendaba durante toda la Cuaresma, aunque los teólogos del primer periodo moderno ya no esperaban que los fieles fueran capaces de la plena abstinencia. Además, se instaba a las parejas a que evitaran la relación sexual durante los meses calurosos. La intimidad durante los ciclos menstruales y los cuarenta días después del parto se consideraban peligrosos para la salud del marido. La tasa de mortalidad infantil era considerablemente alta durante los dos primeros años de vida, lo que condujo a autoridades médicas y religiosas a prohibir las relaciones sexuales durante el amamantamiento. E igual eran consideradas una amenaza para el producto del embarazo. 

Junto con el coitus interruptus, la homosexualidad y la bestialidad, la masturbación era uno de los cuatro pecados sexuales que desafiaban el imperativo natural de reproducción. La única forma de masturbación autorizada era la automanipulación femenina, ya fuera en preparación para el coito o después de una eyaculación y retiro precoz del marido, a fin de lograr el orgasmo, "abrir" la boca de la matriz y liberar el "semen" femenino que, de acuerdo con las autoridades médicas del siglo XVII, era tan útil como el del varón. Aunque este tema siguió siendo objeto de discusión en los manuales de confesión hasta bien entrado el siglo XVIII, la mayoría de los teólogos aceptaban la teoría médica de Galeno en relación con la deseabilidad de la satisfacción femenina. 




Bibligrafía
Bajo la dirección de Georges Duby y Michelle Perrot, "Historia de las mujeres en Occidente : del renacimiento a la edad moderna", Madrid, España: Taurus; Santillana; 2000, pag.102-108.


jueves, 22 de agosto de 2019

La sexualidad en la Edad Moderna (Parte 1)


En la Europa del siglo XVII, los pocos baños públicos que quedaban servían a dos finalidades capitales, y lo más probable era que quien no se bañaba por razones de salud se estuviera preparando para una cita amorosa. Análogamente, la cosmética femenina era desaprobada por sus misteriosos poderes de seducción, que, de acuerdo con los moralistas y teólogos, inducían a los hombres a su perdición en las dulces gargantas de la lujuria. 

Amor y Psique. 1589. 
Jacopo Zucchi 

Mientras que la Edad Media había sido testigo de la formulación de una ética sexual basada en el rechazo del placer y la obligación de procrear, solo en el siglo XVI se lanzó una campaña contra todas las formas de desnudo y sexualidad extraconyugal. Entre los años 1500 y 1700, nuevas actitudes respecto del cuerpo y nuevas reglas de comportamiento dieron lugar a una promoción de castidad y timidez en todas las áreas de la vida diaria. Se cerraron los burdeles, se obligó a los bañistas a conservar las camisas puestas y el camisón reemplazó al desnudo como equipo aprobado para dormir. Bajo la doble influencia de la Reforma protestante y la Contrarreforma católica, los artistas renunciaron a la dura batalla de exhibir la forma humana. 

En los siglos XVII y XVIII, las refinadas damas parisinas se desvanecían a la vista de cuerpos masculinos desnudos en las orillas del Sena; mientras introducían leche o salvado en su baño privado para preservar de la vista de la servidumbre su cuerpo desnudo. La timidez se convirtió en signo de distinción social y moral.

Las primeras víctimas de la nueva ola de moralidad social fueron las mujeres. En la Baja Edad Media fueron comunes los burdeles de propiedad municipal o autorizados . La prostitución se alentaba con el fin de combatir la homosexualidad, considerada como una de las mayores enfermedades sociales de la época.

Campesino y prostituta. Lucas Cranach el Viejo

Sin embargo, en el siglo XVI, los mismos municipios que habían estimulado la prostitución, se volvieron en contra de esas mismas cosas que unas décadas antes habían cumplido una función social. Acusadas de expandir el libertinaje y la enfermedad, las prostitutas se convirtieron en uno de los grupos "criminales" de la población (junto con los vagabundos y las brujas) que las autoridades seculares y religiosas habían destinado a ser eliminadas. 

La consolidación de la autoridad legislativa y el poder que caracterizó el Renacimiento no solo se preocupó del derecho penal, sino también de las ofensas morales. En 1560, Fernando I de Austria aprobó una serie de edictos contra las ofensas morales que culminaron en la creación de un Comité de Castidad, mientras que solo cinco años antes, en Francia, la violación a una prostituta se declaraba delito tan insignificante que ya no valía la pena castigarlo. Al mismo tiempo, predicadores católicos y protestantes movilizaban la opinión pública contra las damas de la noche: los luteranos fueron responsables del cierre de prostíbulos en Ulm en 1537, en Regensburg en 1553, y en Nuremberg en 1562. Como era predecible, la cantidad de arrestos y juicios en los tribunales civiles relacionados con delitos sexuales fue en aumento. En 1562, en Ginebra, no menos del 20 por 100 de los casos criminales juzgados implicaban relaciones sexuales ilícitas.

Cortejo y sexualidad prematrimonial
A pesar de las prescripciones normativas de teólogos, médicos y funcionarios, la gente joven no aguardó siempre al matrimonio para experimentar placeres eróticos. La edad cada vez más tardía a la que los hombres y mujeres se casaban durante el primer periodo moderno (con un promedio de veinticinco a veintinueve años) significaba que a menudo tenían una década entera de suficiente madurez sexual antes de experimentar legítimamente el sexo. Los historiadores difieren respecto de la naturaleza de la actividad sexual en estos años. ¿Se apoderó de Europa una ola de castidad, o encontraron las necesidades eróticas otras salidas? Dos importantes cambios con respecto al final de la Edad Media (el cierre de gran parte de los prostíbulos y el descenso en la tasa de nacimientos de niños ilegítimos hasta mediados del siglo XVIII) han llevado a ciertos historiadores a postular una interiorización masiva de las preocupaciones morales de la época. Por otro lado, otros estudiosos han afirmado cambios en el comportamiento sexual que van desde un incremento de la masturbación, a la difusión de una rudimentaria anticoncepción. Sin embargo, los jóvenes de ambos sexos de las clases sociales inferiores no solo podían abandonarse a un cierto volumen de experimentación sexual, sino que también podían "probar" posibles compañeros de matrimonio sin tener que soportar el peso de la reprobación moral.

Conocidas en Inglaterra como bundling y en Francia como maraîchinage, en toda Europa hay documentación relativa a diversas formas de flirteo prematrimonial, de experimentación sexual e incluso de cohabitación. El bundling, consistía, en general, en hacer la corte a una muchacha por la noche, en una habitación apartada del resto de la familia, en la cama, en la oscuridad, semidesnudos. Aunque eso implicaba que dos jóvenes pasaran juntos la noche hablando y acariciándose, el bundling no solía producir embarazo.  El maraîchinage era colectivo, con parejas de amantes en la misma habitación e incluso en la misma cama, donde podían controlar a cualquiera del grupo que amenazara con descarriarse. En Savoya, el muchacho tenía que esforzarse en respetar la virginidad de la muchacha antes de casarse con ella. En Escocia, se ataban simbólicamente los muslos de la chica entre sí. 

En los siglos XVII y XVIII, hubo un aumento de las prácticas prematrimoniales, que se atribuyó a la mayor independencia económica de la gente joven y a una gran demanda de afecto como base del matrimonio. En una sociedad sin medios eficaces de control de la natalidad, el indicador más fiable de las relaciones prematrimoniales es la cantidad de niños nacidos antes de los ocho meses y medio de matrimonio. Puesto que las oportunidades de concepción con un solo acto sexual de una pareja sana oscilan entre el 2 y el 8 por 100, lo más probable es que el embarazo fuera resultado de varias semanas o incluso meses de relaciones sin protección. No obstante, no todos los embarazos prenupciales implicaban el matrimonio con el padre de la criatura. 




Bibliografía:
Bajo la dirección de Georges Duby y Michelle Perrot, "Historia de las mujeres en Occidente : del renacimiento a la edad moderna", Madrid, España: Taurus; Santillana; 2000, pag. 96-101.

domingo, 30 de junio de 2019

Juana I de Castilla "la Loca" (Parte 4)

Discordias familiares
El derecho a gobernar Castilla era la causa principal de la discordia entre Fernando y Felipe. Sin embargo, el matrimonio del Rey Católico con Germana de Foix, sobrina del rey francés, había irritado a los castellanos, menguando así la admiración que el reino de su difunta esposa le profesaba. El casamiento del rey aragonés perjudicaba a los archiduques. Incluso circuló el rumor de que Fernando había planeado casarse con Juana la Beltraneja, antigua adversaria de Isabel I, que permanecía en un monasterio portugués. Sin embargo, las razones del rey aragonés estaban justificadas. La alianza de Maximiliano y Felipe de Habsburgo con su mayor enemigo, el rey de Francia, lo dejaba desprotegido, por lo que tuvo que congraciarse con el rey francés por su propia cuenta.

Fernando de Aragón

El 28 de mayo salieron Juana y Felipe de La Coruña, seguidos por una numerosa comitiva. Eran más los nobles que preferían probar fortuna con los nuevos monarcas antes que seguir bajo la autoridad del rey aragonés. Fernando solo contaba con grandes como el duque de Alba y el conde Cifuentes. El cardenal Jiménez de Cisneros fue quien consiguió que suegro y yerno se reunieran en Remesal. 

El 20 de junio de 1506, en Remesal, tuvo lugar la reunión entre Felipe el Hermoso y Fernando el Católico, cuyo objetivo era zanjar el conflicto por el gobierno de Castilla y León. El rey Fernando iba en disposición de paz, acompañado por el duque de Alba, el conde de Cifuentes, algunos señores de su casa y oficiales de su servicio, un total de doscientos y desprovistos de armas. En cambio, Felipe venía con un gran acompañamiento armado. Según los cronistas sus expresiones eran curiosas, contrastando el rostro alegre de Fernando con el gesto adusto y preocupado de Felipe. Fernando recibió con gracia a los nobles, antaño leales a su causa, ahora al servicio de Felipe. Lo que más resintió, fue no poder ver a su hija, que permaneció en Puebla de Sanabria. 


El 27 de junio, el rey Fernando firmó la nueva concordia en la iglesia de Villafáfila, en presencia del arzobispo de Toledo. El rey Felipe juró a su vez en Benavente. Se declaró en la concordia de Villafáfila que correspondían al Rey Católico la mitad de todas las rentas del reino y las de las Indias. La Concordia proporcionó a Fernando una salida airosa, que hubo de pagar con una carta firmada el 27 de junio, que suponía el reconocimiento de la incapacidad de su hija para reinar con un claro alegato contra su estado mental. 
Con esto último, por consejo de Filiberto de Vere, Felipe pretendía convertirse en rey por derecho propio. Las Cortes de 1506 se negaron a declarar la incapacidad de la reina, al igual que su confinamiento. Los procuradores de las ciudades contaban con poderes para jurar a la reina únicamente. Estos hechos impacientaban a Felipe, y al no contar con el soporte de las instituciones, recurrió al apoyo de los grandes nobles.


A punto estuvo don Felipe de cumplir sus propósitos, cuando medió el almirante de Castilla, Fadrique Enríquez de Velasco, quien estuvo al mando de la flota que trasladó a la infanta Juana en su primer viaje a Flandes y desde entonces le era muy devoto. De ningún modo aceptaría tal incapacidad, si antes no hablaba con la reina. El encuentro tuvo lugar en Mucientes; estuvieron presentes el almirante y Pedro López de Padilla. Durante la entrevista, doña Juana contestó con tal prudencia, que no les quedó duda de que podía ser mejor soberana que un rey que ni siquiera sabía valerse del castellano. Al recibir al almirante, Juana le preguntó si venía de donde estaba el rey, su padre, y qué tal le dejaba. El almirante respondió que el día anterior se había separado de él en la aldea de Tudela y que estaba bien, ahora de camino a sus reinos en Aragón. El almirante de Castilla concluyó que la reina "nunca respondió cosa que fuese desconcertada". Los nobles declararon por escrito que no había vestigio de insania en la reina y los procuradores se adhirieron a tal declaración. Juana intentó trasladar las Cortes a Toledo, pero Felipe insistió en que continuasen en Valladolid. El 10 de julio entraron los reyes a Valladolid debajo de un palio de brocado. El 12 de julio del 1506 las Cortes juraron a doña Juana como reina y señora natural, a Felipe como «verdadero y legítimo señor», pero no por derecho propio sino porque era su «legítimo marido», y al príncipe Carlos como heredero y sucesor de aquellos reinos. 

Muerte de Felipe el Hermoso
Mientras tanto, Juana comenzaba con los meses mayores de su embarazo, que era cuando su marido le mostraba mayor desvío. Entró en una de esas melancolías que le acompañarían el resto de sus días. Ser reina de Castilla no le había traído ninguna felicidad, sin duda; lejos de sus hijos y desde una amarga posición en el conflicto entre su padre y su marido. Juana podía ser una esposa devota, pero tenía en alta estima a sus regios progenitores y no estaba en disposición de enemistarse con su padre. Cuando todo se encaminaba a un próximo y brusco rompimiento entre suegro y yerno, Felipe adoleció de una súbita enfermedad que habría de acabar con su vida.



Aparentemente, durante los festejos en la fortaleza de Burgos, Felipe bebió una gran cantidad de agua fría tras un juego de pelota. Sin embargo, prosiguió con su actividad normal durante varios días, hasta que finalmente tuvo necesidad de llamar a los médicos al sentir fuertes escalofríos. La evolución de la enfermedad fue muy rápida y acompañada de terribles trastornos físicos, que permiten suponer una gran complejidad en el proceso que le llevó a la muerte. 

Según la leyenda, murió por beber estando sudado, pero como comentó un famoso jugador de la época, Juan Egaña, conocido en Inglaterra como John Egont, «si eso fuera cierto ninguno saldríamos con vida de estas partidas, pues de nadie se conoce que beba teniendo frío, sino calor». Sospecharon algunos de su corte que la enfermedad fuese producida por envenenamiento. Sus médicos solicitaron el auxilio de varios colegas españoles y en especial del doctor Gonzalo de la Parra, profesor en la universidad de Salamanca y médico del infante Fernando. El doctor viajó desde Valladolid, examinando al enfermo e intercambiando impresiones con sus médicos y así conoció que el rey después de enfriarse el día 16 se sintió mal, pero lo mantuvo en secreto hasta que tres días después hubo de recurrir a los doctores. Otro de los médicos españoles que visitaron al enfermo fue el doctor Yanguas, físico del arzobispo de Toledo. 

La muerte del efímero rey de Castilla se convirtió en fuente de rumores que perduraron por bastante tiempo. Se cree que pudo ser la peste. La epidemia desde luego había seguido a la corte durante el verano de 1506 y el rey Felipe hubo de instalarse en Tudela de Duero huyendo de Valladolid, donde se habían manifestado casos de pestilencia y, posteriormente, también en Burgos. Incluso la reina hubo de abandonar esta ciudad y más tarde Torquemada, villa en la que la peste atacó a la población con gran virulencia.

Doña Juana, olvidando todos los agravios recibidos, se puso a la cabecera del enfermo. El doctor Parra, médico de la corte, le indicó que no era conveniente que estuviera cerca del enfermo, ya que se encontraba en su quinto mes de embarazo. Pero Juana no hizo caso a tales advertencias. Tampoco se recataba de besarle, con grandes muestras de amor, y lo poco que durmió durante los seis días que duró la enfermedad, lo hizo recostada sobre el pecho de su augusto esposo. Éste, mientras conservó el sentido, no hacía más que manifestarle su agradecimiento por cuanto estaba haciendo por él, y prometerle que si Dios, en su inmensa benevolencia, le conservaba la vida, todo habría de ser muy distinto de allí en adelante, y hasta le aseguró que, por darle gusto, aprendería el habla castellana.


Capilla Real de Granada

Un día antes de la muerte de Felipe, el arzobispo Francisco Jiménez de Cisneros convocó un consejo para la formación de un gobierno provisional. También escribió al rey Fernando. Cuenta el citado doctor Parra que «a todos nos admiraron las disposiciones de nuestra señora, la reina, en esos tristes momentos; las fatigas y trabajos que tomaba sobre sí hacían temer por su salud, pero nada sucedió pues es mujer nacida para soportar cualquier fatiga. Siendo muy cristiana, como era, se sentía muy confortada viendo a su regio esposo tan compungido y arrepentido de su vida pasada; durante los últimos días, en los que su majestad, el rey, no parecía oír ni entender, la reina no por eso se apartaba de él, y le decía cosas muy dulces y amorosas, al tiempo que le musitaba oraciones para la buena muerte, por si las podía oír con los sentidos del alma. Falleció y siguió junto a él, pues decía que teólogos había que entendían que el alma tarda en abandonar el cuerpo más de lo que nosotros creemos y que en tanto hubiera espíritu convenía decirle cosas que fueran de su gusto. Costó separarla de su cuerpo, al que hizo muchas muestras de amor, con besos y caricias, pero sin perder la compostura, y sin que ese afán pueda atribuirse al extravío del que diera muestras en otras ocasiones. Por contra, hizo reflexiones muy cristianas sobre lo perecedero que es todo en esta vida mortal, y cómo tanto que urdió su difunto esposo para llegar a reinar en Castilla, para al cabo ser rey por no más de cuatro meses, que ni siquiera fueron los más felices de su vida». Falleció Felipe de Austria, a los 28 años, un 25 de septiembre de 1506. El cuerpo del difunto rey sería trasladado al monasterio de Miraflores, no muy lejos de Burgos, donde se le depositaría, hasta que fuese enterrado en la capilla real de Granada, donde reposaba la reina Isabel.


Bibliografía

RODRÍGUEZ VILLA, A. (1892). La Reina Doña Juana la Loca. Estudio histórico. Madrid.

Zalama, M. (2010). Juana I en Tordesillas. Valladolid: Grupo Página, pp.69-95.

lunes, 8 de abril de 2019

Personajes célebres de la Literatura: Cervantes y Shakespeare

William Shakespeare es el mayor exponente de la literatura inglesa, tal como lo es Miguel de Cervantes para la literatura española. Hay algunas similitudes entre ambos personajes, además de su notoriedad para el mundo. Ambos crearon a dos relevantes iconos de la literatura universal: Hamlet y Don Qujote. Se ha hablado acerca de una supuesta similitud en el estilo de sus obras. Pero hay que tomar en cuenta que vivieron en la misma época y tuvieron contacto con las influencias culturales que predominaron en Europa. Además, Cervantes se enfocaba en la novela; Shakespeare era principalmente dramaturgo. Entre tantas frases célebres bonitas de ambos autores, figuran “cada uno es como Dios lo hizo, y aún peor muchas veces”, de Cervantes, o “ser o no ser, esa es la cuestión”, de Shakespeare.

"Una retirada no es una derrota" 
Miguel de Cervantes

Cervantes nació en 1547 y Shakespeare en 1564; a mediados del siglo XVI, durante una época de grandes cambios y auge para Europa. Hay mucha información sobre la vida de Miguel de Cervantes, sin embargo, los datos sobre Shakespeare son más nebulosos. Incluso se ha especulado acerca de la verdadera autoría de las obras atribuidas a él. No hay pruebas de que los escritores se hayan conocido o que hayan fallecido en el mismo día, como tradicionalmente se afirma, aunque si murieron en el mismo año, 1616. Cervantes murió el 22 de abril y Shakespeare el 23 de abril. Aunque, en realidad, el 23 de abril de 1616 del calendario juliano, que todavía se empleaba en Inglaterra, corresponde al 3 de mayo del actual calendario gregoriano, ya adoptado en España por aquel entonces. 

"El mundo es un escenario, y todos los hombres y mujeres son meros actores" 
Shakespeare

Los historiadores sugieren que ambos tuvieron matrimonios infelices. Los historiadores sugieren que ambos tuvieron matrimonios infelices. William tuvo un matrimonio precipitado con Anne Hathaway, quien era nueve años mayor que él y ya estaba embarazada de tres meses en el momento de su boda. Entre otros motivos, han dado lugar a especulaciones los rumores sobre la presunta homosexualidad del dramaturgo y la frase en su testamento respecto a Anne: “Le dejo mi segunda mejor cama”. En cambio, Catalina de Salazar y Palacios si dejo constancia de su amor por Cervantes en un fragmento de su testamento, en el que manda ser sepultada junto a su esposo. Sin embargo, Miguel de Cervantes abandonó el hogar conyugal dos años después de la unión, la cual no produjo hijos.

domingo, 7 de abril de 2019

El asunto del collar de diamantes

Antecedentes
Jeanne Valois de La Motte, la principal instigadora en la estafa, era la hija de un noble arruinado, que vivía de la caza furtiva, y una plebeya que tuvo que dedicarse a la prostitución tras la muerte de su marido. La joven realmente descendía del linaje real de los Valois, pero había crecido en la pobreza. Cuando tenía siete años, mientras pedía limosna, se cruzó en su camino la marquesa de Boulainvilliers, con este asombroso lamento: "¡Piedad para una pobre huérfana de la sangre de los Valois!". 

La marquesa de Boulainvilliers, conmovida de ver en la miseria a alguien de sangre real, lleva consigo a la muchacha, junto con una hermana más joven. Les proporciona educación, a su costa, en un pensionado para hijas de nobles pobres. Tiene la posibilidad de convertirse en monja, sin embargo, pronto ha de probarlo, no tiene vocación religiosa. A los veintidós años escapa del convento junto con su hermana. 

Jeanne de Valois-Saint-Rémy, grabado por un artista desconocido

Llegan a Bar-sur-Aube, donde Jeanne conoce a un oficial de la gendarmería, Nicolas de la Motte, con el cual se casa poco después. Dado que los ingresos de su marido eran modestos, Jeanne se vale de su apellido para seguir escalando socialmente. Recurre a su protectora, la marquesa de Boulainvilliers, quien la recibe en el palacio del cardenal de Rohan. Gracias a su carisma logra ganarse el favor del cardenal, del cual obtiene un puesto de capitán para su marido y el pago de las deudas contraídas hasta entonces. Pero la ambición de Jeanne no queda satisfecha. 

La pareja se muda a París, donde Jeanne se presenta como la condesa de Valois de la Motte. Obtienen prestamos, con los cuales llevan una vida acomodada. Se traslada en varias ocasiones a Versalles, donde no logra ser presentada a la reina, pero sus continuas visitas a la corte hacen creer lo contrario. Alrededor de 1783, Jeanne y su esposo planean asestar el gran golpe.

Comienza la estafa
En ese tiempo, el cardenal Rohan anhelaba el cargo de primer ministro de Francia. Como confidente del cardenal, Madame de la Motte averigua que el único obstáculo temido por Rohan es la antipatía de la reina María Antonieta. En abril de 1784, Jeanne comienza a hacer observaciones sobre su "querida amiga", la reina. El cardenal, deseoso de reconciliarse con la reina, se convence de que la falsa condesa podría interceder por él ante la soberana. En mayo, Jeanne de Valois le promete a Rohan que su "íntima amiga" le dirigirá un saludo discreto en la próxima recepción de la corte, como señal de reconciliación. Cuando se desea crear alguna cosa es grato creerla; cuando se desea su vista, también se llega a verla fácilmente. En efecto, el  cardenal recibe una leve inclinación de cabeza por parte de la reina, la cual interpreta como la señal que Jeanne le había prometido. 

Retrato de Louis René Édouard, cardenal de Rohan (1734-1803)

Para meterse aún con mayor seguridad al cardenal en el bolsillo, le muestran una prueba escrita. El matrimonio es ayudado por su supuesto secretario, Marc Rétaux (amante de la condesa), quien redacta una carta en la que María Antonieta perdona al cardenal: "Me alegro mucho de no tener que considerarte a usted ya como culpable; todavía no puedo conceder a usted la audiencia que desea. Tan pronto como las circunstancias lo permitan se lo comunicaré. Sea usted discreto". El prelado apenas puede contener su alegría. Recibe más cartas falsificadas, y mientras más convencido está de gozar con el favor de la reina, más le aligera los bolsillos a los De la Motte.

La situación se complica cuando el cardenal insiste en que Jeanne concierte un encuentro con la dama. Los "condes" pronto encuentran la solución en el Palais Royal de París: una prostituta de nombre Nicole, con cierto parecido a la reina. En la noche del 11 de agosto, introducen a la prostituta en los jardines de Versalles, disfrazada con un traje de muselina y sombrero de ala ancha que dé sombra a su semblante. La falsa reina recibe al cardenal, quien se inclina respetuosamente ante quien él cree que es María Antonieta. Nicole cumple con su papel y pronuncia: "Puede usted confiar en que todo lo anterior está olvidado".

No cabe en el cardenal Rohan tanta felicidad. Finalizado el encuentro, se ve ya como primer ministro de Francia. Poco tiempo después, Jeanne le comenta al cardenal que la reina tiene el deseo de hacer entrega de 50,000 libras a una familia noble empobrecida, pero carece de fondos para ello. Al cardenal no le asombra, pues todos saben que la reina siempre está metida en deudas. Rohan no demora en conseguir el dinero, del cual hace entrega a la condesa, creyendo, ingenuamente, que esta lo hará llegar a "su querida amiga". Las monedas de oro tintinean sobre la mesa de los De la Motte.

El collar de diamantes
El cardenal parte a Alsacia, para atender asuntos de su diócesis. Pero, para entonces, los Valois de la Motte viven plácidamente con el dinero que le han sacado al ingenuo príncipe de la Iglesia. Adquieren una residencia en Bar-sur-Aube, con un magnífico jardín.

En una de sus reuniones, se entera de que los joyeros de la corte, Boehmer y Bassenge, se encuentran en un gran apuro; han invertido todo su capital en el más soberbio collar de diamantes que se haya visto jamás sobre la tierra. Había sido encargado por Luis XV, como regalo para su amante Madame du Barry, quien lo hubiese adquirido de no ser por la muerte del rey. Lo habían ofrecido a la corte de España y, por tres veces, a la reina María Antonieta. Pero Luis XVI no había querido adelantar el millón seiscientas mil libras que el collar costaba. El 29 de diciembre de 1784, los joyeros muestran el collar a la condesa, con la intención de que convenza a su regia amiga de comprar tan valiosa mercancía.   

"The Queen's necklace", reconstruction, Château de Breteuil, France

El cardenal apenas está de regreso de Alsacia, cuando Jeanne de Valois le hace saber de una nueva oportunidad para ganarse el favor de María Antonieta. La reina desea comprar un precioso collar, sin que lo sepa su marido, y para ello necesita un discreto intermediario. El cardenal Rohan está dispuesto a ayudar una vez más a la soberana; días más tarde, la condesa comunica a los joyeros que ha encontrado un comprador para el collar. El 29 de enero de 1785 se cierra el trato en el palacio del cardenal. El monto asciende a un millón seiscientas mil libras, pagaderas antes de dos años en cuatro plazos semestrales. La joya sería entregada el primer día de febrero y el primer plazo de pago vencería el primer día de agosto. El cardenal rubrica de su propia mano las condiciones del contrato y se lo entrega a la condesa para que ésta lo presente a su «amiga» la reina; inmediatamente, el 30 de enero, trae la engañadora la respuesta siguiente: Su Majestad está conforme con todo. 

Tratándose de un millón seiscientas mil libras y ésta no es una bagatela ni aun para el príncipe más dilapidador de la época. En el caso de una fianza tan enorme, hay, por lo menos, que tener en la mano, para caso de muerte, algo como un reconocimiento de la deuda, un documento firmado por la reina. Al día siguiente, Jeanne de Valois vuelve a traer el contrato: cada cláusula lleva al margen, manu propria, la palabra "aceptado", y al final del documento, la firma "autógrafa": "Marie-Antoinette de France". Un aristócrata de su categoría, siendo gran limosnero de la corte, antiguo embajador y príncipe de la Iglesia, debía saber que la reina de Francia firmaba con su nombre solamente. Pero Rohan vuelve a caer.
Diseño del collar de diamantes

El 1° de febrero, el joyero entrega el estuche al cardenal, el cual, por la noche, lo lleva con la condesa de Valois. Rohan observa cuando la condesa entrega el collar a un joven vestido de negro, que se hace pasar por mensajero de la reina (no se trata de nadie más que Rétaux, el secretario de los condes). La embaucadora Jeanne y su marido cuentan con una gran fortuna en sus manos; proceden a deshacer el collar y vender los diamantes por separado. A los pocos días, los joyeros se quejan ante la Policía de París de que cierto Rétaux de Villete ofrece magníficos diamantes a precios tan bajos, que es forzoso pensar en un robo. Sin embargo, cuando Rétaux comparece ante la Policía y declara que ha recibido los diamantes, para su venta, de la condesa de Valois, la Policía lo deja libre. Pero, en todo caso, la condesa se da ahora cuenta de que sería peligroso continuar deshaciéndose en el mismo París, a cualquier precio, de las piedras preciosas desmontadas del collar. Por ello, envía a su esposo a Londres para que venda los diamantes.

Con los ingresos obtenidos de la venta, la pareja se traslada a su rica residencia en Bar-sur-Aube. Según el inventario de su vestuario (que pudo ser comprobado más tarde por los documentos del proceso), no se registran menos de dieciocho trajes de seda o de brocado, adornados con encajes de Malinas y botones de oro cincelados. El estilo de vida de la pareja no levanta sospechas. Solamente el cardenal empieza a preguntarse por qué la reina no utiliza el collar. La astuta mujer responde que la reina no quiere usar el collar hasta que esté completamente pagado. El cardenal se da por satisfecho con esa respuesta. 

Se descubre la estafa
La condesa se convence de que, al descubrir la estafa, el cardenal Rohan preferirá no hacer mucho ruido sobre el asunto, a fin de evitar la pública humillación. Preferirá pagar el collar antes que se sepa que fue estafado por los Valois de la Motte. Se acerca el 1° de agosto, el primer plazo para las cuatrocientas mil libras. Para ganar tiempo, la condesa comunica a los joyeros que la reina ha pedido una rebaja de 200,000 mil libras. 

Los joyeros aceptan la rebaja. Con lo que no cuenta la condesa, es que Boehmer se lo va a comunicar directamente a la reina. El 12 de julio, Boehmer entrega una carta a María Antonieta: "Señora, nos encontramos en el colmo de la dicha al atrevernos a pensar que las últimas condiciones de pago que nos han sido propuestas, y a las cuales nos hemos sometido con celo y respeto, son una nueva prueba de nuestra sumisión y obediencia a las órdenes de Vuestra Majestad, y tenemos una verdadera satisfacción al pensar que la más bella joya de diamantes que existe en el mundo servirá para la más alta y mejor de todas las reinas". La carta resulta incomprensible para quien no conozca el asunto. Pero la reina no indaga más y arroja el papel al fuego.

Conforme se acerca el día del primer pago, la condesa se da cuenta de que la situación ya es insostenible y decide destapar la estafa. Les hace saber que el escrito de garantía de pago que posee el cardenal es falso, pero él, siendo rico, podría pagar el collar. Con ello espera que los joyeros acudan al cardenal exigiendo su dinero y, como se ha mencionado anteriormente, el prelado cederá a pagar por temor al ridículo.  El 13 de agosto, Boehmer acude a Versalles y pide audiencia con la reina. Al cabo de unos minutos, el joyero descubre que la reina ni tiene el collar ni sabe nada del asunto. Según los testimonios del proceso, es indudable que María Antonieta no tuvo ni la más leve sospecha de la intriga que se urdió en su nombre. 

Proceso
La reina se enfurece al descubrir que el collar fue comprado por el cardenal Rohan en su nombre. Ella está convencida de las malas intenciones de aquel ingenuo. En Versalles no creen en la culpabilidad de Rohan y pronto circula un rumor que dice que con la brutal detención del prelado ha querido deshacerse la reina de un incómodo testigo. El odio contagiado por su madre ha llevado a María Antonieta a una irreflexiva precipitación. Olvida la reina que Louis René Édouard, cardenal de Rohan, es portador de uno de los más antiguos y gloriosos nombres de Francia. Como es natural, todas las familias de abolengo se sienten ofendidas de que uno de los suyos haya sido detenido en palacio como un vulgar ratero.


María Antonieta, retratada en 1783 por Marie Louise Élisabeth Vigée Lebrun

El 15 de agosto de 1785, cuando el cardenal se preparaba para celebrar la fiesta de la Asunción, fue detenido por orden del rey (instigado por su esposa) y llevado a la Bastilla. No solo la nobleza estaba ofendida, la Iglesia tampoco estaba dispuesta a permitir que se manchara el buen nombre de uno de sus siervos más prominentes. El pueblo de Francia está indignado; mientras ellos sobreviven ínfimo salario, los nobles gastan millones de libras en collares. 

Poco después de la detención de Rohan, la condesa de Valois de la Motte es detenida, mientras que su esposo ha podido huir a Londres con los restos del collar. También Rétaux de Villette logra escapar a Suiza. Incluso Nicole, la prostituta que fingió ser la reina, es arrestada, al igual que Cagliostro, sospechoso de cómplice en la estafa. 

Absolución y consecuencias
El Parlamento había sido restablecido a sus funciones por Luis XVI. Conformado por miembros de alta nobleza, se reúne en mayo para deliberar sobre el caso. La nobleza, el clero y el pueblo esperan la absolución del cardenal. En absolverlo, porque ha sido víctima de un fraude, están todos de acuerdo; la diferencia de opiniones impera solo en lo que se refiere a la forma de absolución. Los partidarios de la corte desean que la absolución venga ligada con una reprensión por el mal uso que ha hecho del nombre de la reina, lo cual implica que el cardenal presente sus excusas y la dimisión de sus cargos. El partidario adverso, conformado por los enemigos de la reina, desea la absoluta absolución. Sin embargo, tras una larga deliberación que dura alrededor de dieciséis horas, el tribunal decide absolver al cardenal y a Nicole Leguay (la prostituta que fingió ser la reina). Cagliostro, aunque fue absuelto al no poder demostrarse su conexión con el caso, fue exiliado de Francia. La resolución supone una humillación pública para la reina, así como el desprestigio de la monarquía francesa. Solo Jeanne de Valois es condenada por unanimidad a ser azotada públicamente, a ser marcada con un hierro candente que le imprima una "V" (voleuse, ladrona) y a permanecer encerrada de por vida en Salpêtrière.

Al oír el veredicto, alguien se precipita fuera de la sala de audiencia y lo comunica a las masas. Con tanta violencia se desborda el júbilo, que sus gritos llegan hasta la otra orilla del río. "¡Viva el Parlamento!", grito que sustituye al habitual "¡Viva el rey!", resuena por toda la ciudad. A los jueces les cuesta defenderse de la entusiasta gratitud. La gente los abraza, su camino es cubierto de flores; magníficamente se desarrolla el cortejo triunfal de los absueltos. Diez mil personas escoltan al cardenal, nuevamente vestido de púrpura, hasta la Bastilla, donde todavía debe pasar aquella noche.

En vano se esfuerza la reina por ocultar su desesperación. Mercy comunica a Viena que el dolor de la reina es "mayor de lo que razonablemente parece exigir la causa". El rey, para dar a su esposa una especie de satisfacción, envía al cardenal al destierro. Tal acto, visto como un atropello a la decisión del Parlamento, disgusta al país. El destierro, no obstante, sólo durará tres años, ya que el 17 de marzo de 1788 el rey lo autorizará a regresar a su diócesis.

Pocas semanas después, Jeanne logra salir de prisión y huye a Inglaterra. El mismo día de su llegada, un editor de Londres le ofrece grandes sumas de dinero a cambio de sus revelaciones sobre el asunto que ha sacudido a Francia y a toda Europa. La duquesa de Polignac, favorita de la reina, es enviada a Inglaterra para comprar el silencio de la ladrona a cambio de doscientas mil libras, pero la embaucadora toma el dinero y hacer publicar varias veces el libro de sus Memorias. En estas memorias se encuentra todo lo que un público ávido de escándalo podía esperar: nadie sino la reina ha encargado el collar y lo ha recibido de manos de Rohan, mientras que ella, por amistad, ha echado sobre sí el delito de proteger el desacreditado honor de la reina. En ellas atribuye a María Antonieta todo tipo de infidelidades, orgías y derroches. 

Tras estallar la Revolución Francesa en 1789, los clubs intentaron traer a París a la fugitiva, bajo su protección, para abrir nuevamente el proceso del collar, pero esta vez con María Antonieta en el banco de los acusados. Jeanne de Valois no tuvo oportunidad de regresar a Francia como trágica heroína, pues la muerte la sorprendió en 1791 al caer de su balcón, posiblemente tratando de huir de unos acreedores. Sin esta intervención del destino, el mundo habría asistido a una comedia de justicia más grotesca aun que el proceso del collar: la condesa de Valois, espectadora aclamada en la decapitación de la reina calumniada por ella.


Fuente:
Zweig, Stefan, María Antonieta, segunda edición, México: Editorial Porrúa, 2016.

viernes, 22 de marzo de 2019

El peinado en tiempos de María Antonieta de Austria

Fue a finales del siglo XVII cuando se fijó la moda del peinado Fontange, que perduró hasta el siglo XVIII. Debe su nombre a la duquesa de Fontange, amante de Luis XIV. Se cuenta que la moda surgió después de una cacería en Fontainebleau, cuando a la duquesa se le deshizo el peinado mientras cabalgaba y lo ató con una cinta de una forma que agradó al rey. Las damas de la corte empezaron a peinarse igual; posteriormente, se extendió por Europa.

María Angélica de Scorailles, Duquesa de Fontanges

Hasta 1714, con la llegada de la duquesa de Shrewsbury a Versalles, el Fontange fue cayendo en desuso, cuando la dama inglesa apareció frente a Luis XIV sin fontange, con el cabello ligeramente rizado. El mismo rey alentó el uso de este peinado y el resto de las damas no tardaron en imitarlo. Con esta nueva tendencia, los cabellos quedaban alisados en torno a la cabeza, como puede apreciarse en el retrato de Madame de Pompadour, hecho por François Boucher.

Madame de Pompadour, hecho por François Boucher

A mediados del siglo XVIII, el peinado empieza a elevarse en un alto tupé sobre la frente y largos bucles que caen por detrás de las orejas. A partir de 1770 esta moda se torna cada vez más exagerada. Los peinados se convirtieron en construcciones más complicadas que requerían las manos de peluqueros, así como de elementos que permitiera que los peinados se mantuvieran tiesos. En 1772 el periódico de modas parisiense Currier de la Mode publicaba diversas clases de peinados en sus cuadernos lo que dio para un año 3.744 modelos, quedando patente la locura que supuso la moda por los grandes tocados. Cualquier motivo por muy extravagante y absurdo que fuere se colocaba sobre las cabezas de las damas.

María  Antonieta

Las damas de Francia tenían donde elegir, la moda abarcó tanto y con tan diferentes nombres que no  había motivo para la repetición; podían optar por “le pouf au sentiment”, “les bonnets au parterre”, “au parc anglais”, “les coiffures à la candeur”, “à la Minerve”, “à la Flore”, “à la Cleopâtre”, “à la Diane”, “à la belle poule”, “à la mappemonde”, “à la calèche”, etc. Cualquier motivo era factible: desde mitológico hasta los acontecimientos actuales como “la coiffure à l’inoculation” después de que el rey es vacunado contra la viruela o “la coiffure à la Iphigénie” haciendo alusión a la presentación de la ópera de Gluck. Cuando son saqueadas las panaderías de París, a los frívolos cortesanos se les ocurre mostrar este acontecimiento en los bonnets de la révolte.  Fueron muchas las damas parisienses que se abonaron a diferentes peluqueros para que confeccionaran estas imposibles arquitecturas como Madame Matignon quien pagó al peluquero Beaulard 24.000 libras anuales.


Las pelucas, tanto de hombres como de mujeres, por lo regular eran fabricadas con cabello humano, pero también se incluía pelo de animales (como el caballo o la cabra) o de fibras vegetales. Tuvieron su auge durante la época del Rococó. Debían cargar con rascadores, debido a la proliferación de piojos. Llevaban grandes agujas con joyas incrustadas, que servían como adorno y a la vez sujetaban las pelucas. Eran empolvadas con harina para que se mantuviesen blancas. La gran demanda de polvo provocó el encarecimiento de la harina, perjudicando gravemente a la población más humilde de Francia.

Monsieur Léonard fue el peluquero favorito de la reina María Antonieta. Como un gran señor, se trasladaba todas las mañanas, en carroza de seis caballos, de París a Versalles. Con enormes agujas y pomada, elevaban los cabellos, desde su raíz, sobre la frente, rectos como cirios, hasta una altura aproximadamente doble de la de una gorra de granadero prusiano.

Poco a poco, las torres capilares, gracias a refuerzos y postizos, se hacen tan altas, que las damas ya no pueden sentarse en sus carrozas, sino que tienen que ir de rodillas, levantándose las faldas. Los dinteles de los palacios se hacen más altos a fin de que las damas no necesiten siempre inclinarse al pasar. 

En una de las tantas misivas que la emperatriz María Teresa envía a María Antonieta, su hija, menciona sus extravagantes peinados: "No puedo impedirme de tocar un punto que, con mucha frecuencia, encuentro repetido en las gacetas: me refiero a tus peinados. Se dice que, desde la raíz del pelo, tienen treinta y seis pulgadas de alto y encima aun hay plumas y lazadas". La reina de Francia responde evasivamente, alegando que en Versalles están tan acostumbrados que a nadie sorprende tales peinados. 

Retrato de María Antonieta, por Élisabeth Vigée Le Brun

Con el tiempo, la misma María Antonieta abandona esa moda y usa simplemente unos largos bucles, debido a que había perdido mucho cabello tras el parto. Sin embargo, las pelucas son sustituidas por los grandes sombreros. Las plumas de avestruz se ponen de moda y resultan tan costosas como las elaboradas pelucas. Con el estallido de la Revolución en 1789, la moda se simplifica en todos los sentidos, quedando atrás el lujo del Antiguo Régimen. 


Fuentes:
Hernández Delgado, Ana Lorena. "La moda femenina en el retrato: un estudio iconográfico de la moda en Francia 1715-1815" (2016-2017). Url: https://bit.ly/2TrubQv

Zweig, Stefan, María Antonieta, segunda edición, México: Editorial Porrúa, 2016.